Comprada por Santa (Obsesiones estacionales nº 1) Capítulo 22
61%

Capítulo 22

El Papá Noel

Dejar a Carolina desnuda en la cama es más difícil de lo que debería ser. Normalmente, disfruto de los negocios, me encanta el poder que conlleva estar al mando. Desde que mi fierecilla entró en mi vida, ya no siento la misma sed por ello.

No importa cómo me sienta, no puedo seguir dejándolo todo en manos de otros. No puedo permitir que nadie se dé cuenta de lo ausente que he estado, y menos aún con lo que Sergei ha descubierto. Así que, por mucho que quiera quedarme en la cama con Carolina, el deber me reclama.

Es mi adicción, hace que la sangre me hierva en las venas con solo pensar en cómo se estremece bajo mis caricias. Nunca he sido de obsesiones, siempre he mantenido el control, pero ella me hace querer perderlo.

Marco me alcanza mientras me dirijo a la sala que solemos reservar para reuniones como la de esta noche.

—Jefe —dice, con una inclinación de cabeza.

—¿Está todo listo? —pregunto, aunque ya sé que sí.

Asiente, abre la puerta y enciende la luz.

—Sí. Algunos invitados ya han llegado. ¿Los hago pasar?

Camino hacia los ventanales que van del suelo al techo y contemplo el horizonte de Nueva York que se extiende ante mí. Un testimonio del imperio que gobierno, del poder que ejerzo.

—Trae primero a la rata —respondo entre dientes.

La reunión de esta noche es improvisada, y no me gustan los cambios de última hora. Este es mi dominio, y no tolero a los imbéciles ni las faltas de respeto. El ruso que pillamos husmeando donde no debía encaja en ambas categorías, y esta noche lo pagará.

Marco regresa con el hombre atado y amordazado.

Sangra sobre mi alfombra por las múltiples laceraciones en el torso y el rostro.

Tiene un ojo completamente hinchado y cerrado, la nariz rota, y cuando abre la boca para gemir de dolor, veo que le faltan varios dientes.

Una pierna está tan destrozada que el hueso sobresale, y es evidente que el hombro opuesto está dislocado.

—¿Te divertiste? —observo secamente, enarcando una ceja en dirección a Marco, que se limita a encogerse de hombros y sonreír.

—Me dijo que no había nada que pudiera hacer para hacerlo hablar —afirma—. Y ya sabes cuánto me gusta demostrarle a la gente lo equivocada que está.

Sí, eso bastaría para provocarlo. Marco se toma esas cosas como un desafío, uno que jamás rechazaría.

Observo cómo arroja al hombre a la esquina y lo encadena al radiador.

No es que haga falta, no creo que vuelva a caminar jamás.

Vamos, que nunca saldrá vivo de aquí, eso seguro.

Pero aunque lo dejara ir, tendría que arrastrarse para salir, o reptar como la serpiente que es.

Resoplo al pensar en lo apropiado que resulta.

—Ya puedes hacer pasar a los tres —digo, observando a Greta mientras se une a nosotros y coloca botellas de alcohol sobre la mesa antes de sacar los vasos del armario de la esquina—. Gracias.

Le dedico un breve gesto de asentimiento.

En cuanto ambos se han ido, me agacho frente al hombre. Parece tan perdido en su dolor que apenas se da cuenta de que ya no está solo. Le paso un dedo por el rostro, lo que lo hace estremecerse, y le quito la mordaza.

Deja escapar otro gemido lastimero.

—P-por favor, d-déjame i-ir.

Sus palabras son aburridamente predecibles, así que le vuelvo a meter la mordaza en la boca. Luego me pongo de pie y le pateo la pierna rota, lo que lo hace aullar de dolor.

—No encontrarás compasión en mí —digo con frialdad.

Me siento a la cabecera de la mesa y ocupo mi lugar justo cuando Marco regresa con nuestros invitados.

Cada uno inclina la cabeza en señal de respeto antes de tomar asiento.

La sala está en penumbra, y las sombras alargadas se proyectan sobre los rostros a mi alrededor: hombres que ostentan poder en sus respectivos territorios, pero que me rinden cuentas a mí.

Al otro lado de la mesa, los capos del crimen que están bajo mi mando se sientan con una mezcla de tensión y respeto.

Dominic, el líder de las operaciones del East Side, lleva un parche para ocultar el ojo que perdió.

Es un recordatorio de una traición pasada que resolvió con rapidez y brutalidad.

Su ojo bueno recorre la sala, siempre calculando, siempre observando.

Junto a él está Lee, un hombre que construyó su imperio con una mezcla de encanto y miedo. Sus trajes son siempre impecables, sus modales intachables, pero hay una frialdad en él que pone en guardia incluso a los hombres más duros. Sonríe con facilidad, pero la sonrisa nunca le llega a los ojos.

Y luego está Sergei, el ruso que atrapó al espía, probablemente enviado por alguno de sus compatriotas. Es el más nuevo en este círculo, pero ya ha demostrado su valía. Su presencia es como el hielo: serena, deliberada y absolutamente despiadada.

Le digo a Marco que se siente frente a mí, en el otro extremo de la mesa, de modo que cuando llega mi padre, intenta ocupar el asiento a mi derecha.

—No —ladro—. Ese es para Jack.

Como si le hubieran dado pie, mi hermano entra con una sonrisa de suficiencia y se acomoda en la silla que le he reservado.

Solo queda un sitio, y carece de toda importancia, que es precisamente la razón por la que quiero que mi padre se siente ahí. Y también por la que no le hace ninguna gracia.

—Seguramente...

Lo interrumpo.

—Siéntate de una vez para que podamos empezar.

El ceño fruncido que me lanza es el mismo que me hacía acobardarme de niño, pero ahora no me afecta en absoluto. Bueno, eso no es del todo cierto: me divierte.

Dejo que el silencio se prolongue un momento, que sientan todo su peso. Esta sala, esta mesa, son mías. Lo saben, y no necesito recordárselo. La ciudad de ahí fuera es nuestra, pero solo si seguimos las normas: mis normas.

Me inclino hacia delante y rompo el silencio.

—Vayamos al grano.

—¿Quién es? —La voz de Lee es grava mezclada con seda. Se refiere a la figura atada y desplomada contra la pared.

Sergei se inclina hacia delante en su silla y va directo a por el vodka.

—Es la razón por la que estamos aquí —responde mientras se llena el vaso hasta el borde.

—Un espía ruso —afirmo, con la voz cargada de autoridad—. Lo pillamos merodeando en nuestro territorio. Gracias a los reflejos de Sergei, logramos atraparlo antes de que pudiera desaparecer.

Jack se remueve en su asiento, un depredador listo para abalanzarse.

—¿Qué sabemos? ¿Ha hablado?

—Solo lo suficiente para confirmar su propósito —inclino la cabeza hacia el hombre que no se atreve a moverse, que sabe que cada aliento podría ser el último.

—Cantó para mí —dice Marco con una risa fría—. Y no fue nada bonito.

Todos los de la mesa se echan a reír.

—¿En serio? —Dominic suelta una carcajada—. Esa podría ser la peor ofensa de todas.

Marco se inclina hacia adelante con los dedos entrelazados.

—¿Puedo hablar?

Aunque ya lo está haciendo, aprecio el gesto y asiento.

—Confirmó que lo enviaron a espiarnos, pero nunca me dijo exactamente qué averiguó, cuánto tiempo lleva en tu territorio ni quién lo mandó.

—Mátenlo —gruñe Lee.

Dominic y Sergei asienten con un gruñido de aprobación.

Tamborileo con los dedos sobre la mesa, sopesando las opciones. Que solo haya un desenlace posible no significa que haya una única forma de llegar a él.

—Sergei.

Ladea la cabeza hacia mí.

—¿Te parece extraño que no quiera decirnos quién lo envió?

Aunque estoy bastante seguro de conocer la respuesta, tengo que preguntar.

—En absoluto —dice, confirmando mi sospecha—. Si habla...

—Pero morirá de todos modos. Entonces, ¿por qué no ahorrarse el sufrimiento extra? —pregunta Jack.

—Como iba diciendo —continúa Sergei—, si habla, lo más seguro es que su familia lo pague. Es muy probable que los dejen en paz, joder, puede que hasta les paguen algo, si no canta como un canario.

Me llevo la mano a la mejilla y palpo la cicatriz con el pulgar. No hay ninguna historia gloriosa detrás de esta herida. Me traicionaron por confiar en quien no debía, algo que no volveré a hacer jamás.

Papá pone los ojos en blanco.

—Si necesitas que estos... —hace una pausa y señala a los presentes— hombres te digan qué hacer, no estás listo para liderar. Es patético.

Por dentro me hierve la sangre, pero mantengo la expresión neutra, sin dejar que se note cuánto me molesta su actitud.

—Y si mi padre cree que lo necesito para llevar los negocios, quizá no debería estar aquí —respondo con frialdad.

Nadie dice nada mientras sostengo la mirada de Papá, negándome a parpadear primero. El problema de un duelo de miradas entre el líder anterior y el actual es que ninguno quiere ceder. Pero si soy yo quien lo hace, les demuestro a todos que soy el más débil. Y eso no va a pasar.

Papá aparta la mirada cuando Jack golpea la mesa con el puño.

—Deberíamos enviarles un mensaje.

Tomo nota mental de agradecérselo después.

—Nadie espía a la familia Knight y vive para contarlo.

—Estoy de acuerdo —dice Sergei mientras se hace crujir los nudillos—. Uno sangriento.

—De acuerdo —digo, y le hago una señal a Marco con la cabeza. Él entiende: esto no es solo un castigo, es un ejemplo. Sin piedad para quienes nos traicionan.

Miro al espía, con el pecho agitado bajo las cuerdas tensas, el miedo palpable en su rostro. Lo ha oído todo, pero no puede decir nada. Bien. Que su mente dibuje las imágenes macabras de lo que le espera.

—Marco, acerca a nuestro invitado —ordeno.

—Por supuesto —responde Marco sin inmutarse, mientras se arremanga.

La hoja en mi mano es como una extensión de mi voluntad mientras Marco mantiene el brazo del ruso extendido sobre la mesa de madera oscura.

El ojo del espía, desorbitado de terror, va de mí al acero que brilla bajo las luces.

Sus gemidos ahogados son el único sonido en la habitación mientras apoyo el filo contra su carne.

—¿Últimas palabras? —pregunto, aunque la mordaza convierte la pregunta en retórica. Nadie traiciona a Nicklas Knight y vive para contarlo.