Comprada por Santa (Obsesiones estacionales nº 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

El Papá Noel

Me inclino sobre el escritorio, tamborileando con impaciencia sobre la caoba mientras Marco expone los términos en la tableta. Cada palabra que pronuncia es crucial: cada cláusula, un filo con el que labrar nuestro futuro dominio en los bajos fondos de Nueva York.

—Los márgenes de beneficio se dispararán en cuanto cerremos esto —dice Marco.

Su voz es puro negocio, un murmullo bajo que solo yo alcanzo a oír. El aire en la oficina está cargado de promesas de poder y crepita a nuestro alrededor como electricidad estática.

Pero antes de que pueda responder, la puerta se abre y aparece Ruby.

—Hola, Nick —saluda antes de volverse hacia el otro hombre en la habitación—. Marco.

—Eso ha sido rápido.

Apenas han pasado un par de horas desde que le envié un mensaje para que viniera. Después de follarme a mi fierecilla sobre la mesa ayer, ella me contó lo que Ruby ha estado haciendo y lo de la amenaza a Willow.

—¿Qué crees que estás haciendo con Willow? —pregunto, yendo al grano mientras señalo una silla vacía con un gesto.

Sin necesidad de más indicaciones, entra en mi oficina con paso decidido y toma asiento.

—¿A qué te refieres? —pregunta con tono inocente, aunque su expresión dice todo lo contrario.

Suspiro y junto las yemas de los dedos.

—Deja los juegos, Ruby. Carolina me dijo que la amenazaste.

Ruby pone los ojos en blanco.

—No hice tal cosa.

Cruza una pierna sobre la otra.

—Simplemente le recordé que...

—¡Ruby! —la interrumpo, sin estar de humor para tonterías—. Ahórrate los juegos y dime qué demonios estás haciendo.

—Bien —cede—. Hice lo que pediste, ofrecí una donación al lugar y aproveché para conocer a Willow. Es... es una persona interesante, ¿sabes? De hecho me cae bien.

Me sorprende su sinceridad; a Ruby no le cae bien casi nadie, pero a juzgar por su tono y la leve sonrisa que asoma en sus labios, la hermana de Carolina le ha caído bien de verdad.

—Así que he pasado algo de tiempo con ella. Admito que no esperaba que me cayera bien, pero así es.

Asiento.

—Entonces, ¿por qué la amenazaste?

Pone los ojos en blanco de nuevo.

—Pensé que eso era lo que querías, Nick. ¿Por qué otra razón me pedirías que fuera allí si no era para mantener a raya a tu coñito elegido?

Aunque eso no es lo que quiero ni necesito, su razonamiento tiene sentido. Y si soy honesto conmigo mismo, por eso le pedí a Ruby que revisara el lugar.

—Bien —cedo—. Pero no más juegos. Deja a Willow en paz.

Mi hermana hace un puchero.

—Me gusta pasar tiempo con ella, Nick. Es un soplo de aire fresco. Es tan... positiva.

Entrecierro los ojos y me inclino hacia ella.

—No más amenazas, Ruby. Y menos aún a Carolina. Si me entero de que me has desobedecido, yo...

—¿Tú qué? —replica, apretando los puños mientras la ira emana de ella—. Te dije que solo lo hice porque pensé que eso era lo que querías. Si no quieres que piense por mí misma, deberías dejar de darme instrucciones tan vagas.

Dejo escapar una risa oscura.

—Entendido —acepto, aliviado de no tener que terminar la amenaza vacía.

Ambos sabemos que no hay nada que no haría por ella.

Además, incluso amenazarla me hace sentir como una mierda. Especialmente cuando lo único que podría quitarle es la poca libertad que tiene. Ruby solo va adonde le dicen, que supongo que es lo que se espera de una princesa de la mafia.

—¿Puedo preguntarte algo, Nick?

—No —respondo bruscamente, sabiendo de antemano que no quiero oír lo que mi hermana tiene en mente.

Ignorándome, pregunta de todos modos:

—¿Qué estás haciendo con Carolina?

Mantengo el rostro impasible, aunque por dentro una posesividad primitiva me araña el pecho. Carolina es mía, y nadie tiene derecho a cuestionarlo, ni siquiera la familia.

—Carolina no está en discusión, Ruby —digo con tono tajante.

—No puedes hablar en serio.

Cruza los brazos, cada palabra cargada de veneno.

—Carolina prácticamente ha abandonado a su hermana. Su. Hermana. En ese hogar frío. ¿Es realmente ese el tipo de mujer...?

—¡Basta! —grito, incapaz de contener la ira—. No es que la situación de Willow sea asunto tuyo, pero es temporal.

Ruby resopla, y veo su determinación flaquear solo por un segundo. Sabe que no le conviene desafiarme en asuntos de familia, así que esto debe ser importante para que me plante cara en mi propia casa.

—Vamos, sabes que tengo razón —argumenta—. No es lo suficientemente buena para ti.

Estudio a mi hermana con los ojos entrecerrados, tratando de encontrar alguna pista sobre este arrebato, pero no encuentro nada.

—Ni una palabra más sobre Carolina —gruño.

Para mi sorpresa, mi hermana lanza las manos al aire con un suspiro audible.

—Nick... yo solo... es su hermana. Nadie debería abandonar a la familia así. ¿Cómo sabes siquiera que va a ser una buena madre...?

No le doy la oportunidad de terminar. Con unos pocos pasos, rodeo la mesa que nos separa y la agarro por los hombros con tanta fuerza que hace una mueca de dolor.

—¿Qué demonios te pasa? —rujo—. ¿Por qué crees que está bien venir a mi casa así? ¿A hacer exigencias?

Sus ojos se abren de par en par, y no la culpo, ya que nunca antes le había puesto las manos encima. Por Carolina, mataría a mi propia hermana.

Abre la boca, probablemente para escupir más veneno, pero luego lo piensa mejor y la cierra. Cuando estoy seguro de que ha captado el mensaje, la suelto y doy un paso atrás.

—¿Algo más? —pregunto, forzando un tono cordial.

Ruby alza la barbilla y me sostiene la mirada. —Estás jugando con fuego, Nick.

—Entonces que vengan las llamas —respondo con una sonrisa burlona—. No me da miedo quemarme.

Ruby niega con la cabeza mientras se dirige lentamente hacia la puerta. —Si estás tan seguro de tu coñito elegido, ¿por qué no la traes a cenar esta noche?

Sin esperar mi respuesta, se marcha, y me propongo decirle a mi gente que no la dejen entrar así en mi casa.

La puerta se cierra con la contundencia de un mazo de juez, y la salida de Ruby deja un vacío frío a su paso. Cambio de posición, con las manos apoyadas en el escritorio de caoba, los nudillos blancos. La ira hierve dentro de mí, un fuego contenido.

Niego con la cabeza y me vuelvo hacia Marco, que ha permanecido en silencio durante la breve visita de Ruby. Sabe que es mejor no meterse en los dramas familiares de los Knight. Buen hombre. —Asegúrate de que todo esté listo para la cena de esta noche —ordeno mientras mi mente ya pasa a otra cosa.

—Por supuesto, jefe —responde Marco, con un tono que sugiere que entiende la urgencia subyacente sin necesidad de preguntar.

Cuando él también sale, me hundo en mi silla de cuero y cierro los ojos un momento mientras me recompongo. ¿Cómo se atreve Ruby a hablar de mi fierecilla con tal desdén? El pensamiento enciende algo salvaje dentro de mí. Carolina es mía, una verdad cruda que me pulsa en cada vena.

Quien la encuentra se la queda, y ahora que la he encontrado y he vislumbrado su carácter, quiero que sea la reina en mi tablero de ajedrez, mi puto tablero de ajedrez.

No sé por qué siento una atracción tan fuerte por ella después de tan pocos días juntos.

Obviamente aún no la conozco de verdad, pero sé lo suficiente.

Cada vez que la he desafiado, ha estado más que a la altura. Eso me excita, y me hace querer tenerla cerca más tiempo. La cena de esta noche con mi padre y Arthur es el momento perfecto para presumir de mi fierecilla y ver si está lista para un desafío más.

Un suave golpe interrumpe mis pensamientos.

Me enderezo y compongo mis rasgos en una máscara impasible mientras la puerta se abre.

Carolina entra en la habitación, y aun en su sencillez, devasta mis sentidos.

Su cabello rubio cae como oro fundido sobre sus hombros, esos ojos azules que albergan tormentas propias.

—¿Nicklas? —Su voz es suave, pero tiene un filo de acero. La admiro por ello.

—Carolina —digo, y me pongo de pie para acercarme—. Ha habido un cambio de planes para esta noche.

—¿Ah, sí? —Inclina la cabeza, con la curiosidad despierta.

—Te voy a presentar oficialmente a la familia —digo mientras la observo con atención—. Como mía.

Sus ojos se abren ligeramente, pero no retrocede. —Tuya —repite, saboreando la palabra, calibrando su peso—. ¿Tu qué? ¿Tu reproductora? —Se estremece al pronunciar la palabra, lo que me hace sonreír.

—Simplemente mía —confirmo, cada sílaba un martillo golpeando el hierro, forjando el vínculo entre nosotros—. Y Carolina, ponte algo… memorable.

—¿Memorable cómo? —me desafía, con esa actitud descarada que muerde el anzuelo.

—Algo que grite que no perteneces a nadie más que a mí. —Mi mirada se clava en la suya, una promesa silenciosa de que esta noche marcaré su alma con mis caricias.

—Mmm… —Me mira, retorciéndose las manos—. No tengo nada así que ponerme —admite con voz suave.

Es cierto, sé por haber estado en su casa que todo lo que tiene es muy… modesto. —Ve a ducharte —digo con una risita, y doy un paso adelante para apartarle un mechón de pelo detrás de la oreja—. Te prometo que habrá algo entre lo que elegir cuando salgas.

Ella asiente, y un destello de comprensión pasa entre nosotros.

—Ah, y Fierecilla —la llamo. Se detiene, pero no se da la vuelta para mirarme. Verla desafiarme en cada oportunidad, por pequeña que sea, me pone la polla dura al instante—. No te pongas bragas.

—¿Q-qué? —jadea, todavía sin darse la vuelta, pero noto que se le tensan los hombros.

—Me has oído —gruño—. Nada. De. Bragas.

Asiente de nuevo y da un paso más para alejarse de mí. Estoy tentado de dejarla marchar y observarla en la cámara de seguridad cuando se dé cuenta del error que está a punto de cometer. Como no tengo tiempo para jugar con ella ahora, vuelvo a llamarla.

—Puedes quitarte el tapón mientras te duchas.

No responde, no necesita hacerlo. Y me quedo aquí encantado, viéndola alejarse. Tengo los ojos clavados en el balanceo seductor de sus caderas, en cómo se le mueve el culo con cada paso. Estoy empalmado otra vez.