Capítulo 11
El Papá Noel
—¿Estás bien, jefe? —pregunta Marco con voz perezosa mientras entramos en mi casa.
Mi camisa se pega a la piel, la tela impregnada del olor a pólvora y sudor, el hedor de los tratos de esta noche.
—Nunca mejor —digo con una sonrisa.
—Se te nota —replica Marco con una risita.
Esta noche actuamos siguiendo un soplo de Dominic, y dio resultado. Siete tipos nos esperaban a mí, a Jack y a Marco cuando fuimos a recoger nuestro cargamento. Por suerte, Dominic y sus hombres estaban al acecho para darles la vuelta a los que intentaron emboscarnos.
Algo en todo esto me huele mal. Si no hubiera sido por el soplo que recibimos apenas una hora antes, Jack habría estado allí solo.
Antes de que pueda decirle a Marco lo que estoy pensando, nos interrumpe uno de sus hombres. Creo que es el que estuvo de guardia con Carolina hoy.
—¡Marco! Ahí estás. Mira, necesito… —Se calla en seco y abre los ojos como platos al verme. El tipo parece a punto de mearse encima del miedo.
Miro a Marco y levanto una ceja en silencio. Joder, si el tipo no aguanta ver las salpicaduras de sangre que llevamos encima, está en el puto negocio equivocado.
—¿Y bien? —lo apremia Marco, cruzándose de brazos—. Suéltalo. ¿Qué es tan importante?
Como el tipo es nuevo, decido que no necesito estar aquí para lo que sea que tenga que decir. Es territorio de Marco, y sé que me pondrá al tanto si hace falta.
—Nos vemos —digo mientras me alejo.
—E-es sobre la mujer —inspira hondo—. Carolina.
Giro la cabeza hacia él de golpe.
—¿Qué pasa con ella? —gruño, poniéndome en guardia al instante—. ¿Ha ocurrido algo?
Estoy bastante seguro de que me habría enterado antes si se hubiera escapado, y no me imagino a ninguno de mis hombres haciéndole nada. Me tienen demasiado miedo como para desobedecer mis órdenes.
Cuando el tipo suelta un gemido patético en lugar de responderme, acorto la distancia entre nosotros. Mi mano le rodea el cuello y mis dedos se le clavan en la garganta.
—¡Habla! —rujo.
Se le va todo el color de la cara y se queda pálido como la puta luz de la luna. Abre la boca como para hablar, pero lo único que sale de su puta boca inútil es un jadeo entrecortado.
—No es que sea asunto mío —dice Marco con calma—. Pero si quieres respuestas, quizá deberías dejar de estrangularlo.
Cierto.
Lo suelto de inmediato y el tipo se desploma de rodillas, doblándose como un saco de patatas. Patético. Me agacho frente a él y le agarro del pelo claro con el puño.
—No me hagas preguntar de nuevo —gruño amenazante.
El tipo mira a Marco, y es casi cómico cómo le suplica piedad con los ojos.
—No fue culpa mía —gimotea—. Hice mi trabajo como se suponía que…
—¿Qué no fue culpa tuya? —exijo.
Marco suspira y se acerca. Cuando llega a mi lado, me aprieta el hombro.
—Déjame hablar con el chico a solas, jefe.
—¡No! —Respiro entrecortadamente mientras la ira me hierve en las venas—. Él sabe algo. Y quiero saber qué coño es.
—No puede decírtelo si está demasiado acojonado para hablar —dice Marco con calma—. Así que retrocede unos pasos y haz como que tienes algo mejor que hacer.
Resoplando, suelto al tipo y me incorporo cuan alto soy.
Le lanzo una mirada fulminante a Marco mientras hago lo que dice, retrocediendo lo suficiente para darles algo de privacidad.
Una parte de mí quiere correr al dormitorio y ver qué coño ha hecho Carolina.
Pero otra, la fría y calculadora, sabe que necesito esperar el momento.
Sea cual sea la respuesta, tengo la sensación de que no la obtendré sin que el tipo se lo cuente a Marco.
Parece que pasan horas antes de que Marco le diga a su hombre que se vaya a casa, y luego viene hacia mí. Su ceño profundamente fruncido me dice que no me va a gustar lo que acaba de descubrir.
—Suéltalo —gruño.
Niega con la cabeza y me agarra de ambos hombros.
—No.
—¿No? —repito.
—Quiero que hagas dos cosas por mí, jefe.
Resoplo y lo miro. Su expresión es grave, lo que me dice más que mil palabras. Marco no está bromeando.
—¿Qué quieres que haga? —pregunto, obligándome a calmarme de una puta vez.
—Mira la grabación de la cámara de seguridad de tu dormitorio, y cuando termines…
—¡Marco! —grito, sin estar de humor para sus juegos.
—Y cuando termines, recuerda que fuiste tú quien le dijo al chico que no le quitara los ojos de encima a la chica.
Mientras me quedo ahí, abriendo y cerrando la boca como un maldito idiota, Marco da media vuelta y desaparece. ¡Joder! Me paso la mano tatuada por el pelo oscuro, obligándome a ir al dormitorio en lugar de seguirlo.
Camino con sigilo, la puerta cruje apenas lo justo al abrirla para colarme dentro. La luz de la luna baña la silueta de Carolina. Su cabello rubio forma un halo contra la funda de almohada oscura. Por un instante, verla así, tan vulnerable y serena, casi borra la violencia del día. Casi.
Aunque quiero despertarla y hacer que me la chupe otra vez, la dejo dormir y me dirijo al baño contiguo.
Cierro la puerta y enciendo la luz. Empiezo a desvestirme, sabiendo que necesito una ducha antes de meterme en la cama.
La sangre en la ropa y en las manos no es mía, y no dejaré que nadie más la toque.
El tintineo de los gemelos al arrojarlos sobre la encimera de mármol del lavabo resuena con fuerza en la habitación silenciosa. Una vez desnudo, tras apartar la ropa ensangrentada de una patada hacia la esquina, entro en la ducha y me lavo.
Pensar en cuando tuve a Carolina de rodillas hace que mi polla se despierte, y me tienta masturbarme. Pero no. Debe estar llegando al final de su ciclo, así que necesito guardar todo mi semen para mi fierecilla.
Terminada la ducha, me seco y camino hacia el espejo.
Me paso la mano por la mandíbula; la barba incipiente aún no está fuera de control, así que decido dejar el afeitado para dentro de un par de días.
Cojo mi cepillo de dientes, y es entonces cuando lo siento: la pegajosidad que cubre el mango de plástico blanco.
Me lo acerco a la nariz e inhalo profundamente. Su aroma me envuelve; es dulce y... —Ohh, gatita traviesa —gruño en cuanto me doy cuenta de que lo que huelo es su excitación.
Incluso mientras sangraba, podía oler su deseo a través del aroma cobrizo de su sangre. Saber que está en mi cepillo de dientes es como un cable con corriente que chasquea contra mi piel y enciende una oleada de deseo.
Al recordar al tipo que parecía a punto de vomitar con solo pensar en decirme lo que vio, recupero el teléfono de los pantalones del traje y abro la grabación de seguridad del dormitorio.
No me lleva mucho encontrar lo que necesito, y mi polla palpita mientras veo a mi fierecilla masturbarse con mi cepillo de dientes.
Tan. Jodidamente. Caliente.
Con otro gruñido, recojo el mango y abro la puerta del baño de par en par, sin importarme el ruido. Carolina se incorpora de golpe en la cama, girando la cabeza a izquierda y derecha mientras busca el origen del sonido.
—Nicklas —respira cuando su mirada se encuentra con la mía.
Camino hacia la cama, apoyo una rodilla en el colchón y me acerco a ella. La mano grande y tatuada se cierra alrededor de su delicada barbilla y le inclino la cabeza para que tenga que mirarme. —¿Tienes algo que quieras decirme? —digo con voz ronca.
Se le ensanchan las fosas nasales, pero no dice nada hasta que le muestro el mango manchado. —Yo-yo... —Aprieta los labios y mira hacia un lado.
Me inclino, lo suficientemente cerca como para sentir su aliento rozarme los labios. —Carolina —la incito, con la voz apenas por encima de un susurro, pero cargada de autoridad—. Más te vale responderme.
Ella suspira. —No quería decepcionarte otra vez —susurra suavemente.
Mi mente vuelve al vídeo, y me maldigo por haberlo visto sin sonido. —¿Decepcionarme? —pregunto, arqueando una ceja—. ¿Cómo?
A pesar de la oscuridad, noto el rubor que se extiende por sus mejillas. —Dijiste que era falsa —admite—. Así que yo... ahh. —Hace una pausa y se lame los labios—. No quería que cancelaras nuestro acuerdo.
Me quedo en silencio, atónito, y la mano me cae de su rostro. ¿Qué demonios? Sé que he sido un cabrón, que he mantenido la distancia después de obligarla a chuparme la polla. Pero nunca dije nada sobre cancelar nuestro acuerdo.
—Así que, ¿qué? —digo con voz ronca. Necesito que me diga qué pasó por su bonita cabeza.
El vídeo se reproduce en bucle en mi cabeza, y recuerdo la expresión de frustración, que a veces rozaba la ira, que cruzó su rostro más de una vez. Parecía estar concentrándose mucho sin obtener el resultado que quería.
Traga con dificultad, con los ojos buscando los míos.
Veo las preguntas en ellos, el rápido cálculo mientras intenta averiguar qué quiero oír.
El aire entre nosotros crepita con promesas no dichas; cada respiración que tomamos entrelaza nuestros destinos aún más.
Su aroma me envuelve, dulce y embriagador, y se mezcla con las notas más oscuras de mi propio deseo.
—Di algo —digo con voz baja, plenamente consciente de que está atrapada en la trampa de mi presencia.
—Algo —susurra desafiante, pero hay un temblor en su voz que traiciona su indiferencia.
—Listilla —replico, aunque no hay malicia detrás de la palabra. Es un reconocimiento a su espíritu.
Carolina suspira audiblemente. —Estaba intentando no fingir mis gemidos. —Sacude la cabeza—. Fue más difícil de lo que pensaba.
Esto capta mi interés, y quiero que siga hablando. —Continúa —rujo mientras le levanto los brazos por encima de la cabeza y le quito la camiseta de tirantes. Debería azotarla por llevar ropa en la cama cuando le he dicho que no lo haga.
En su lugar, la empujo hacia abajo para que quede tumbada de espaldas, mirándome.
Inhala bruscamente mientras me subo del todo a la cama, me coloco entre sus piernas abiertas y apoyo los brazos a cada lado de su cabeza para no cargarle mi peso encima.
Inclino el cuello y me llevo uno de sus pezones erectos a la boca, donde lo chupo y mordisqueo.
—¡Oh! —jadea.