13 - El Magnate que Aprendió a Perder
Las primeras semanas después de la separación le enseñaron a Victor Salvatore que perder algo era muy diferente de fracasar en una negociación.
Cuando un negocio no salía bien, había informes capaces de explicar los errores, estrategias alternativas y nuevas oportunidades esperando en algún lugar.
Con Isadora Lima no existía nada de eso.
Ninguna reunión podía recuperar la confianza perdida.
Ningún equipo podía calcular la probabilidad de que ella regresara.
Victor seguía despertándose temprano, participando en reuniones y tomando decisiones que movían cantidades enormes de dinero, pero ahora cargaba con la incómoda conciencia de que lo único que realmente deseaba estaba completamente fuera de su control.
Curiosamente, no intentó cambiarlo. Había días en que tomaba el teléfono y abría la conversación con Isadora.
Escribía dos o tres líneas. Después las borraba.
No porque no tuviera nada que decir, sino porque finalmente había empezado a preguntarse si ella quería escucharlo.
La negociación con la familia Ferraz fue la primera prueba real de su cambio.
Algunos miembros del consejo creían que el fin del compromiso de Victor podía utilizarse para retomar el acercamiento anterior, y Regina pidió a su hijo que fuera a su casa para conversar.
Victor aceptó. Encontró a su madre en una sala donde había pasado incontables tardes durante su juventud, rodeada de muebles antiguos, fotografías familiares y retratos de hombres Salvatore que parecían observar cada decisión tomada bajo aquel techo. Regina dejó una carpeta sobre la mesa.
—Todavía existe una posibilidad de preservar la alianza.
Victor no la abrió.
—La alianza empresarial puede continuar.
—No de la misma manera.
—Entonces tendremos una alianza diferente.
Regina lo observó.
—Victor, hay momentos en los que los intereses personales deben...
—No.
La respuesta fue tranquila.
Tal vez precisamente por eso Regina guardó silencio.
Victor no discutió. No acusó a su madre de haber interferido en su vida ni utilizó a Isadora como argumento.
Simplemente explicó que ya no aceptaría ninguna negociación que transformara las relaciones personales en instrumentos empresariales.
Si los Ferraz querían invertir, negociarían con ejecutivos, abogados y números.
Camila no formaría parte de la ecuación.
—¿Estás dispuesto a perder una ventaja considerable por una experiencia sentimental que terminó? —preguntó Regina.
Victor miró a su madre.
—No estoy haciendo esto porque haya terminado.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque ya estaba mal antes de que Isadora apareciera.
Regina permaneció en silencio.
Victor se recostó en la silla.
—Ella simplemente fue la primera persona que me obligó a verlo.
La conversación continuó durante casi una hora.
Por primera vez, Victor habló de su infancia sin transformar los recuerdos en hechos neutrales.
Le contó a su madre que recordaba el internado.
La llamada en la que había pedido volver a casa.
Las competiciones en las que había aprendido a esconder el miedo a perder.
Las veces en que había necesitado consuelo y había recibido instrucciones.
No habló para herirla. Regina lo comprendió, y quizá precisamente eso hizo que sus palabras fueran más difíciles de escuchar.
Cuando Victor terminó, ella permaneció mirando sus propias manos.
—Tenía miedo —confesó.
Él frunció el ceño.
—¿De qué?
—De que fueras débil.
Victor esperó.
—Tu padre siempre estaba rodeado de personas que intentaban encontrar una abertura. La empresa atravesaba problemas que eras demasiado joven para conocer. Yo veía cómo aquel mundo trataba a los hombres que dudaban.
Respiró profundamente.
—Así que decidí que mi hijo jamás dudaría.
Victor la miró.
—Funcionó.
Regina levantó los ojos.
—Sí.
Había tristeza en su expresión.
—Te enseñé a proteger el patrimonio, el apellido, las empresas y tu propia imagen.
Hizo una pausa.
—Solo que no te enseñé a construir intimidad con alguien.
Victor no respondió inmediatamente.
—Tal vez tú tampoco sabías cómo hacerlo.
La frase pareció sorprenderla.
Regina sonrió con amargura.
—Tal vez no.
No hubo un abrazo ni una reconciliación perfecta. Aquella familia no aprendería en una tarde a demostrar sentimientos que había pasado décadas ocultando. Pero, cuando Victor se levantó para marcharse, Regina tocó su brazo.
—Lo siento.
Él miró la mano de su madre.
Después la miró a ella.
—Yo también.
Era poco.
Para ambos, significaba mucho.
Camila buscó a Victor algunos días después.
Pidió hablar con él en privado y fue recibida en el despacho.
No había hostilidad entre ellos. Camila se sentó frente al escritorio con la misma elegancia que siempre parecía formar parte de ella.
Durante unos segundos, ninguno de los dos mencionó a Isadora.
—Me enteré de que terminaste las conversaciones sobre un acercamiento entre nuestras familias —dijo.
—Terminé cualquier conversación que nos involucrara personalmente a los dos.
—¿Incluso ahora?
Victor comprendió lo que quería preguntar.
—Incluso ahora.
Camila asintió lentamente.
—Entonces no era solo por ella.
—Nunca se trató de que tú no fueras suficiente.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Se supone que eso debería hacerme sentir mejor?
—No lo sé.
—Al menos es sincero.
Victor juntó las manos sobre el escritorio.
—Camila, durante mucho tiempo permití que las personas a mi alrededor trataran mi vida como una extensión de las empresas. A ti también te pusieron en esa posición.
Ella desvió la mirada.
—Yo lo acepté.
—Yo también.
Camila guardó silencio antes de admitir:
—Y yo quería ganar.
Victor lo comprendió.
—Lo sé.
Ella lo miró.
—Cuando apareció Isadora, no soporté la idea de que una desconocida ocupara un lugar que pasé años creyendo que sería mío.
—Por eso investigaste.
—Sí.
Camila no pidió disculpas por haber descubierto la verdad, pero reconoció que sus motivos estaban lejos de ser altruistas. Victor tampoco la culpó por revelar algo que él mismo debería haber contado.
—Si yo no hubiera encontrado los documentos, ¿se lo habrías contado? —preguntó.
Victor pensó en todas las oportunidades desperdiciadas.
—Quería contárselo.
—No fue eso lo que pregunté.
Él casi sonrió ante la familiaridad de aquella frase.
—No lo sé.
Camila asintió.
—Entonces tal vez hice algo correcto por las razones equivocadas.
—Tal vez.
Ella se levantó.
—Espero que consigas arreglarlo.
Victor negó con la cabeza.
—No depende de mí.
Camila lo observó durante un instante.
—Realmente has cambiado.
—Lo estoy intentando.
—Buena suerte, Victor.
Él se levantó.
—A ti también.
Cuando Camila salió, no había una vencedora ni una derrotada entre las dos mujeres.
Solo había un camino que jamás debería haber sido decidido por las familias.
Mientras Victor reorganizaba los límites de su propia vida, Isadora empezaba a construir una que no dependiera de él.
Por primera vez en años, podía pensar en un trabajo sin aceptar automáticamente la opción que pagara más rápido.
Investigó cursos, habló con varias personas y decidió retomar los estudios que había interrumpido.
Todavía no tenía todas las respuestas, pero comenzó a interesarse por la gestión de proyectos sociales después de recordar la conversación que había tenido con Rafael durante el evento benéfico.
No se puso en contacto con él por ningún interés romántico.
Buscó el instituto donde trabajaba y descubrió vacantes en un programa de formación profesional. Envió su currículum.
Cuando recibió la invitación para una entrevista, volvió a leer el correo cuatro veces.
—¿Lo conseguiste? —preguntó Mateus.
—Una entrevista.
—Entonces ya conseguiste la mitad.
—No funciona así.
—Déjame ser optimista por una vez.
Isadora sonrió.
Era extraño sentir ansiedad por algo que deseaba para sí misma.
La entrevista tuvo lugar en un edificio mucho menos impresionante que la sede de los Salvatore.
Las paredes tenían carteles de proyectos, los empleados circulaban cargando cajas y alguien había dejado dos bicicletas cerca de la recepción.
A Isadora le gustó el lugar inmediatamente.
Durante la conversación, habló de los diferentes trabajos que había tenido, de la capacidad de organización desarrollada mientras cuidaba de su familia y de cómo había aprendido a resolver problemas con pocos recursos.
Por primera vez, no intentó ocultar su origen humilde.
Tampoco mencionó a Victor para abrir ninguna puerta.
Cuando salió, compró un café en una pequeña cafetería y caminó hasta la parada del autobús.
Podía pedir un coche.
Prefirió caminar.
El sol era intenso, había ruido de tráfico y una mujer discutía por teléfono algunos metros más adelante.
Isadora sonrió.
Aquella vida no era lujosa.
Pero era suya.
Mateus también había empezado a cambiar. Una noche entró en la habitación de Isadora y encontró a su hermana estudiando para un proceso de selección relacionado con el curso que pretendía comenzar. Se quedó parado en la puerta hasta que ella se dio cuenta.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué me estás mirando?
Él entró.
—Fui un idiota.
Isadora dejó el bolígrafo.
—Eso es bastante genérico. Tendrás que especificar.
Mateus se sentó en el borde de la cama.
—Cuando empezaste a trabajar más. Cuando dejaste de estudiar. Cuando decías que no tenías dinero para salir.
Isadora se puso seria.
—Mateus...
—Yo creía que te gustaba controlarlo todo.
Ella casi rio.
—A veces me gusta.
—Lo sé.
Él se pasó las manos por el cabello.
—Simplemente no me daba cuenta de que hacías todo porque alguien tenía que hacerlo.
Isadora sintió que los ojos le ardían.
—Eras un niño.
—Aun así.
Mateus la miró.
—Gracias.
Isadora atrajo a su hermano hacia un abrazo.
—Solo prométeme una cosa.
—¿Qué?
—No conviertas mi elección en una deuda tuya.
Él frunció el ceño.
—¿Cómo?