5 - La Prometida que Nadie Esperaba #2
Durante la cena, Isadora se sentó junto a Victor.
Camila estaba algunas sillas más allá, cerca de Regina, que observaba todo con discreta atención.
Los platos llegaban con elaboradas presentaciones, delicadas salsas y porciones que Isadora consideraba demasiado pequeñas para justificar semejante cantidad de cubiertos.
Victor se dio cuenta cuando ella analizó una diminuta composición en el centro del plato.
—No digas nada —murmuró.
—No he dicho nada.
—Tu expresión sí.
—Estoy intentando descubrir dónde está el resto.
Él bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
—Habrá más platos.
—Espero que unos quince.
Victor rio por lo bajo.
Regina se dio cuenta.
Isadora también.
Era la segunda vez que conseguía arrancarle una reacción espontánea y, por alguna razón, aquello le pareció más importante de lo que debería.
Más tarde, mientras Victor conversaba con unos inversores, dos mujeres se acercaron a Isadora y comenzaron a hacerle preguntas sobre la rapidez de la relación.
Una quería saber dónde se habían conocido.
La otra preguntó si Isadora pretendía abandonar definitivamente sus antiguos trabajos ahora que estaba comprometida con un hombre tan rico.
Isadora respondió con calma, siguiendo la historia acordada, hasta que una de ellas mencionó la deuda de su padre.
—Imagino que Victor también la habrá ayudado con aquella desagradable situación de su familia.
La sonrisa de Isadora desapareció durante un instante.
Antes de que pudiera responder, volvió a sentir la presencia de Victor.
Él no interrumpió inmediatamente. Simplemente se detuvo a su lado y pasó una mano alrededor de su cintura, acercándola con naturalidad.
—Estábamos hablando de la familia de Isadora —dijo la mujer.
—Me he dado cuenta.
El tono de Victor continuaba siendo educado.
—Entonces imagino que también le habrán hablado de las suyas.
El silencio fue instantáneo.
La mujer soltó una risa incómoda.
—Naturalmente, no pretendíamos ser indiscretas.
—Estoy seguro.
Victor cambió de tema con facilidad, pero no apartó la mano de la cintura de Isadora.
Ella sintió el calor de sus dedos a través de la tela del vestido.
Aquello debería ser solo una actuación.
Su cuerpo parecía no saberlo.
En la terraza del hotel, algún tiempo después, Isadora finalmente encontró unos minutos lejos de los invitados.
La noche estaba fresca y el sonido del evento llegaba amortiguado a través de las puertas de cristal.
Apoyó las manos en la barandilla y respiró profundamente.
Victor apareció poco después sosteniendo dos copas de agua. Le entregó una.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Estás mintiendo.
Isadora volvió el rostro.
—Es curioso escuchar eso de alguien que me paga para mentirle a cientos de personas.
Victor permaneció serio.
—Aquello fue diferente.
—Sabía que investigarían.
—No deberían haber mencionado a tu familia.
—La gente es curiosa.
—Algunas personas no saben cuándo detenerse.
Isadora lo observó durante unos segundos.
—Te ha molestado de verdad.
—Forma parte del acuerdo impedir que te conviertan en un objetivo.
—Siempre el acuerdo.
Victor no respondió.
El viento movió un mechón de su cabello. Isadora llevó una mano al rostro y el movimiento hizo que el medallón escondido escapara discretamente del vestido.
Victor se dio cuenta.
—Eso no estaba entre las joyas elegidas.
Ella sostuvo el pequeño colgante.
—Era de mi madre.
—¿Por qué lo escondiste?
—Porque no combina con el vestido.
—Entonces, ¿por qué lo trajiste?
Isadora contempló las luces de la ciudad.
—Porque combina conmigo.
Victor no encontró una respuesta para aquello.
El regreso a la mansión ocurrió después de medianoche. Dentro del automóvil, Isadora se quitó los zapatos y soltó un suspiro de alivio. Victor observó el gesto con desaprobación.
—No hagas eso delante de los fotógrafos.
—No hay fotógrafos dentro del coche.
—Aun así, tienes que acostumbrarte.
Isadora volvió el rostro.
—¿A qué?
—A mantener cierta postura. En el próximo evento no puedes mostrar incomodidad cada vez que alguien haga una pregunta sobre tu pasado.
—No la mostré.
—Lo hiciste cuando mencionaron a tu padre.
—Porque mencionaron a mi padre.
—Precisamente. Tenemos que trabajar en eso.
Isadora dejó los zapatos en el suelo.
—¿«Tenemos»?
—Tienes que aprender a no mostrar tus reacciones.
—No soy una de tus ejecutivas, Victor.
—Lo sé.
—A veces no lo parece.
El automóvil quedó sumido en el silencio.
Cuando llegaron a la mansión, la discusión continuó en el vestíbulo.
Isadora estaba demasiado cansada para fingir tranquilidad.
Victor insistía en que necesitaba comprender las reglas de aquel ambiente; Isadora respondía que comprenderlas no significaba permitirle decidir qué expresiones podía mostrar.
—No estoy intentando decidir tus emociones —dijo Victor.
—Estás intentando decidir cuándo puedo demostrar que tengo alguna.
—Estoy intentando protegerte.
Isadora se detuvo.
Victor también.
—¿Protegerme?
Él comprendió demasiado tarde la palabra que había utilizado.
—Proteger la imagen que hemos construido.
—Claro.
—Isadora...
—Has pasado toda la noche apareciendo cada vez que alguien me hacía sentir incómoda.
—Porque era necesario.
—Pusiste la mano en mi cintura cuando nadie estaba haciendo fotografías.
Victor guardó silencio.
Isadora dio un paso hacia él.
—¿Eso también era necesario?
La pregunta cambió el aire entre ambos.
Victor estaba muy cerca. Sin los tacones, Isadora tenía que levantar el rostro para mirarlo.
El vestíbulo estaba casi a oscuras, iluminado únicamente por discretas lámparas en las paredes.
Ella todavía podía percibir su perfume mezclado con el fresco aroma de la noche.
Victor miró sus ojos y, durante un instante, después sus labios.
Isadora lo notó.
Su corazón latió con más fuerza.
Ninguno de los dos se apartó.
Victor levantó una mano, como si pretendiera tocar un mechón que se había soltado de su peinado. Se detuvo antes de alcanzarlo.
Aquella vacilación dijo más que cualquier gesto.
Isadora respiró profundamente.
—¿Esto también forma parte del acuerdo?
La mano de Victor descendió lentamente.
—No.
La respuesta llegó en voz baja.
Ella permaneció inmóvil.
—Entonces será mejor que no confundamos las cosas.
Victor sostuvo su mirada.
—Estoy de acuerdo.
Ninguno de los dos parecía convencido.
Isadora fue la primera en alejarse. Subió los escalones lentamente, todavía con el corazón acelerado. Victor permaneció en el vestíbulo observándola desaparecer en la planta superior.
El contrato debería facilitarlo todo.
Definía dónde viviría Isadora, a qué eventos asistiría, cuánto tiempo permanecería y exactamente cuánto recibiría.
Pero no había una sola cláusula que explicara qué hacer cuando el contacto necesario para una fotografía permanecía sobre la piel mucho después de que las cámaras hubieran desaparecido.
Y aquella noche, por primera vez, ambos comprendieron que la mayor amenaza para el acuerdo quizá no viniera de Regina, de Camila ni de las personas que investigaban a Isadora.
Quizá viniera de ellos mismos.