Sin título
Ilya
Por el espejo retrovisor la observé. Mi mujer estaba ahí, con nuestros hijos a cada lado. Era raro: de chico nunca había querido esa clase de felicidad doméstica. Ahora no lograba imaginar un momento en que no la hubiera querido.
Mientras la miraba, Daisy se inclinó sobre el asiento del coche, atendiendo a nuestra hija bebé, a la que habíamos dejado que Alec nombrara.
Claro que él quería llamarla Daisy, pero acabó cediendo a otro nombre de flor.
Rose. Aunque todos la llamábamos Rosie. Le iba perfecto al pequeño paquete de dulzura, con sus mofletes rosados y su cabello rubio fresa, igual que el de su mamá.
Como si oyera mis pensamientos, Daisy alzó la vista de golpe y yo no pude evitar sonreír.
Una sonrisa lenta y satisfecha que sabía que iluminaba todo mi rostro.
Ella me la devolvió, pero sólo por un segundo antes de que nuestra normalmente tranquila y contenta niña empezara a chillar.
Ella volvió al instante a tratar de calmarla.
—Aquí —dijo Alec con voz pequeñita pero firme; hurgando en una bolsa a sus pies, sacó un elefante de peluche. Estaba gastado y descolorido porque había sido su juguete favorito—. Lo necesita.
—Gracias —contestó Daisy en voz baja, tomándolo de sus manos—. Pero creo que también le hace falta un cambio de pañal.
Vi cómo la cara de mi hijo se descomponía; arrugó la nariz de asco por un segundo antes de enderezar sus delgados hombros.
—No me gusta hacerlo, huele mal. Pero —suspiró teatralmente— lo haré.
No pude contener una risita. Eso era Alec en estado puro. Siete años ya, y con un aire de viejito. Desde que nació Rosie se había tomado su papel de hermano mayor muy en serio.
Las comisuras de la boca de Daisy se alzaron en una media sonrisa.
—Lo sé, pero quizá esta vez lo haga yo —le guiñó un ojo—. Tú harás el próximo cambio, ¿de acuerdo?
Alec asintió solemnemente.
—Trato, o puedo jugar con ella.
Daisy se puso a hacer como que pensaba mucho y luego asintió, con el rostro totalmente serio.
—Sí, eso podría funcionar. Tú eres mejor en eso que yo.
Negué con la cabeza y volví la atención a la carretera. Honestamente, Daisy era la mejor madre que pudiera desear para mis hijos.
Era amable, atenta, y nada le parecía demasiado.
Para cualquiera que mirara desde fuera parecía haber superado por completo lo que había pasado, pero yo la conocía mejor.
Aun le costaba. Sobre todo por las noches, y a veces la veía mirarme con expresión pensativa antes de que nos sorprendiera mirándonos y apartara la mirada.
Éramos felices, no cabía duda, pero incluso después de todo este tiempo, a veces una sombra se cernía sobre ella.
Y de eso iba hoy. Iba a intentar quitarle esa sombra y llenar su vida de sol y felicidad como debía haber hecho desde el primer momento en que la conocí.
Mujeres como Daisy sólo aparecen una vez, y no iba a perderla.
—Llegaremos en —reduje la velocidad, tomando la salida con una risita nerviosa— unos treinta segundos. ¿Puede esperar tanto?
Por el retrovisor, Daisy me miró.
—¿Y exactamente a dónde vamos, esposo?
Negué con la cabeza.
—Es una sorpresa.
Ella entrecerró los ojos.
—Bueno —murmuró sin comprometerse—. Sabes que no soy muy fan de las sorpresas, ¿verdad?
—Lo sé, pero te va a gustar. —Al menos eso esperaba. Llevaba planificándose más o menos ocho años.
La carretera giró lentamente hacia la izquierda y apareció una casa. Una enorme construcción de piedra color arena entre jardines frondosos. Supe que se quedaría aún más impresionada al ver la parte trasera: había una piscina y un área de juegos completamente equipada.
—¿De quién es esta casa, Ilya? —preguntó en voz baja, inclinándose hacia adelante, medio metiendo el cuerpo por el hueco sobre la consola central.
—Si fuéramos a visitar a alguien, me habría vestido mejor —dijo ella.
Le eché un vistazo mientras pasábamos por las puertas eléctricas abiertas, seguidos por nuestro coche de seguridad que venía a toda velocidad detrás. Hoy en día ninguno de nosotros salía sin seguridad. Sobre todo mi familia. Aprendí la lección por las malas.
—Te ves perfecta —dije, y lo decía en serio. Siempre se veía perfecta; no importaba qué se pusiera—. Pero no, no vamos a ver a nadie.
—Entonces—
—Es nuestra casa.
Un fugaz desconcierto cruzó su cara.
—¿Compraste una casa y no me lo dijiste? —No había reproche en su voz; sólo preguntaba.
—En realidad la compré antes de que quedaras embarazada de Alec —dije en voz baja, deteniendo el coche.
—¿Qué hiciste? —murmuró ella.
—Ha sido mía durante años. La compré para nosotros —dije, apagando el motor—. Supe que te gustaría, así que la compré. Las reformas tardaron, pero ya está lista para ti. ¿Te gusta?
Daisy permaneció inmóvil mientras nuestra niñera, Sara, bajaba los escalones con una amplia sonrisa.
—Buenas tardes, señor y señora Popovitch.
Asentí al saludarla y salí del coche para abrir las puertas.
—Rosie necesita un cambio de pañal.
—Me ocupo ahora mismo. Vamos, Alec. ¿Quieres ver tu cuarto? —dijo Sara.
Mi hijo ni siquiera necesitó que se lo dijeran dos veces. Desabrochó el cinturón, subió y besó la mejilla de su madre.
—¿Puedo?
Daisy asintió en silencio.
—Daisy? —pregunté cuando los niños se perdieron dentro de la casa—. ¿Estás bien?
Empezaba a preocuparme; seguía sin moverse.
Con calma, se desenredó del asiento trasero y se puso en pie. Buscó mi mano y apretó mis dedos.
—¿Me compraste una casa? ¿Hace tantos años? —susurró.
—Nos compré una casa, Daisy. Una casa familiar, con espacio para crecer.
—Me amabas—
Sosteniendo su mano con fuerza, la atraje contra mi pecho y la abracé.
—Sí, te amaba ya entonces. Supe que eras mi futuro.
—Oh, Ilya. —Ella sollozó amortiguada contra mi pecho, y eso hizo que mis brazos la apretaran todavía más.
—Cariño. —Mi voz se quebró—. ¿Por qué lloras?
Sentí que el corazón me daba un vuelco. No esperaba que llorara, y sin embargo ahí estaba en mis brazos, y sonaba como si el suyo se rompiera.
—Si no te gusta, podemos buscar otra cosa —susurré, entrecortado—. Cualquier otra cosa.
Ella hizo un pequeño sollozo.
—Me encanta, Ilya. Son lágrimas de felicidad. ¿Me muestras nuestra casa nueva?
Las lágrimas felices que enjuagaban sus ojos continuaron mientras le hacía el recorrido. Había decorado la casa tal como sabía que a ella le gustaría. Puse todo lo que alguna vez había mencionado que quería o que le gustaba. Era un santuario dedicado a ella y a sus necesidades.
Fue sólo cuando llegamos al ala oeste, la que había acondicionado exclusivamente para nuestros hijos, que esas lágrimas se secaron.
De pie en medio del enorme cuarto de juegos, la vi mirar a Alec trepando en la estructura de juego y a Sara meciendo a Rosie en sus brazos; la felicidad le sonrojó las mejillas.
—Esto supera todo, Ilya —sollozó, apoyándose con fuerza en mí—. Pensaste en todo. No puedo creer que te hayas tomado tanto trabajo por nosotros.
La volví hacia mí.
—Nada implica demasiado esfuerzo por ti, Daisy. Ni por nuestra familia.
Lo decía con todo el corazón. Si no le hubiera gustado, lo habría tirado todo abajo y empezado de nuevo. O le habría comprado otra cosa.
No me importaba nada más que la felicidad de mi esposa. No mentía cuando le dije que me pasaría el resto de mi vida enmendando las cosas. Comprar una mansión no era tanto en comparación.
—Quería que tuviéramos un hogar familiar. Algo solo para nosotros —murmuré, rozando mis labios contra su pelo que olía a vainilla—. Un lugar donde empezar de nuevo, sin tantos recuerdos dolorosos. —La voz se me quebró al final, cargada de emoción, casi sin poder terminar la frase.
Ella me empujó el pecho con suavidad lo justo para inclinar la cabeza y mirarme.
—¿A qué te refieres? —susurró, pero su rostro ya decía que lo entendía.
Maldita sea, yo veía su incomodidad todo el tiempo en el ático. Sí, era nuestro hogar y el lugar donde nos habíamos enamorado, pero ella nunca se sintió del todo cómoda allí. Había demasiados recuerdos horribles para ella.
Y casi todos los había causado yo.
—¿Y el ático? —dijo ella.
—Si te parece bien, lo pondré en venta —dije entrecortado—. Necesitamos este comienzo.
—Vale. —Sus ojos buscaron otro lado—. Y gracias. A veces no podía evitar recordar— —se quedó en silencio.
—¿Marguerite? —murmuré, sintiéndome avergonzado como siempre que pensaba en la mujer con la que me comprometí por venganza. No sentía nada por esa víbora, pero mi necesidad de hacer daño a Daisy había superado toda sensatez.
—Y las otras —susurró Daisy.
Me quedé helado. Recorrí su rostro con la mirada. ¿Otras? ¿Qué otras? Hice memoria y, de pronto, lo entendí.
La racha de mujeres que había llevado a la casa. En su mayoría prostitutas de alto precio que sabían hacer su trabajo: parecer divertidas aunque yo no las tocara.
Joder, había sido un imbécil.
Quería que Daisy pensara que no valía nada y, por la expresión de su cara, lo había logrado.
—Ven conmigo. —Deslicé mi mano por su brazo hasta poder tomarla de la mano y sacarla de allí.
—¿A dónde vamos? —preguntó, pero sus pasos se ajustaron a los míos sin dudar.
—A hablar.
—¿Y no podemos hablar aquí?
—No si quiero besarte como se debe, no.
Ella rió, una risita ligera y clara.
Subí por la amplia escalera curvada y la llevé al cuarto principal sin decir palabra hasta que cerré la puerta detrás de nosotros.
En cuanto la cerré, ella estaba entre mis brazos y la pegué contra la madera pulida. La inmovilicé con mi cuerpo. Manos a cada lado de su cabeza mientras bajaba la boca sobre la suya.
Fue un beso salvaje, apasionado. Puse todo lo que sentía y todo lo que había sentido en la manera en que mis labios se encontraron con los suyos, y no dudé cuando ella me respondió con la misma urgencia.
Pasaron cinco minutos, cinco gloriosos minutos en los que ella sólo me dio su boca, y luego, con un suspiro, se apartó.
—¿Qué te ha dado? —preguntó, divertida pero con curiosidad.
Hice como si no entendiera.
—¿Cómo que qué? ¿Acaso un hombre no puede besar a su esposa?
—Claro que sí. —Ella puso los ojos en blanco—. Pero—
—No hubo nadie más —solté de golpe, apoyando la frente contra la suya.
—¿Qué?
—Después de ti —murmuré, con los ojos aún cerrados—, no hubo otra mujer.