Capítulo 20
Capítulo Veinte
Ilya
Me levanté antes de que el amanecer siquiera rozara el horizonte. No es que hubiera dormido. Me había pasado la noche con Daisy entre los brazos, besándola y tratando de averiguar qué demonios tenía que hacer ahora.
Al final, renuncié del todo a dormir y me fui al gimnasio del otro extremo del piso para no despertar a nadie.
Podría haber intentado perderme otra vez en su cuerpo, y era tan tentador como siempre.
Ella era tan tentadora como siempre, pero al final había decidido venir aquí. Correr en la cinta y luego levantar hierro hasta que el sudor me cubriera la piel y los músculos me temblaran y amenazaran con fallar.
¿Por qué no podía decidirme cuando se trataba de ella? Un segundo quería hacer que pagara, y al siguiente me perdía en su calor húmedo y tenía que contenerme para no decirle que la amaba con todo lo que era.
Precisamente porque aún la amaba era peligrosa. Yo lo sabía, y mis hombres también. En otro tiempo le había dado todo lo que tenía, y ella me había roto el corazón. Ni siquiera se había girado a mirar el destrozo que dejaba atrás.
Demasiada gente había pagado el precio que debería haber sido suyo.
Todo el dolor se lo merecía; quería ver sus ojos bonitos llenarse de lágrimas, pero al mismo tiempo quería oír mi nombre cayendo de sus labios mientras se corría alrededor de mi polla y yo la dejaba temblando.
Lo quería todo.
Pero ¿cómo podía tenerlo todo si sabía que cuanto más tiempo pasara con ella, más caería bajo su hechizo?
Marguerite.
Su rostro perfecto se me apareció delante de los ojos, y dejé caer el peso sobre la colchoneta con un gruñido. Marguerite era preciosa. Era la mujer perfecta. Pero yo no la amaba.
No era perfecta para mí, porque esa era Daisy.
Pero si no podía tener a Daisy, entonces tendría que bastarme con Marguerite.
Me casaría con ella, lo antes posible. Haría que Daisy mirara mientras decía mis votos. Puede que incluso la hiciera mirar…
Con un gemido, dejé caer la cabeza entre las manos. Ahí era donde siempre metía la pata. Tenía estas fantasías de lastimar a Daisy tanto que se rompiera por dentro, pero jamás sería capaz de hacerlo.
Por mucho que la odiara, no quería ver ese tipo de lágrimas en sus ojos. Verme casarme con otra mujer y saber que ya nunca sería ella sería castigo suficiente.
Puede que incluso la dejara ir. Podría seguir viendo a Alec.
Ya no les privaría el uno del otro, pero podría tener su propio sitio, donde no tendría que presenciar mi matrimonio y donde yo no pudiera colarme en su cama a media noche para hacerle el amor hasta que los dos fuéramos un desastre jadeante y sudado.
Sí, eso haría. Me casaría con Marguerite pero mantendría a Daisy a distancia hasta que todos mis sentimientos viejos se hubieran desvanecido.
—Papá…
Levanté la cabeza despacio y encontré a Alec de pie ahí, con su pijama lleno de trenes.
—Eh, peque. —Me lancé hacia él, lo alcé en brazos y hundí la nariz en su pelo, que olía dulce.
—Ejj, papá. —Me pegó con sus manitas en los hombros—. Estás todo sudado.
Soltando una risa, lo dejé de nuevo en el suelo.
—Sí, estoy todo sudado. ¿Qué haces despierto tan temprano?
Se encogió de hombros.
—Tenía hambre. Iba a ver si mamá Daisy quería hacer tortitas.
El corazón me dio un vuelco al oírlo llamarla mamá.
—Hoy vamos a dejar que Daisy duerma un poco más. De hecho… —me agaché hasta ponerme a su altura— quiero que desayunemos con otra persona. —Tomé aire hondo—. ¿Te acuerdas de la señora que vino ayer a desayunar?
Se le oscurecieron los ojos mientras fruncía el ceño, pero no dijo nada. Se limitó a mirarme fijamente, acusador.
—La guapa.
Se me curvó la comisura de la boca.
—Sí, Marguerite es muy guapa, y quiere volver a desayunar con nosotros hoy. Después quizá podríamos ir los tres al parque y…
Me cortó.
—Daisy también es guapa.
Cerré los ojos un segundo y asentí.
—Sí, Daisy es muy guapa, pero Marguerite es una amiga especial de papá, y quiero que sea tu amiga también.
Joder, era más difícil explicárselo a un crío de seis años de lo que pensaba.
—Daisy es mi amiga.
Suspiré otra vez.
—Lo sé. Daisy te quiere mucho. Igual que yo. Pero podemos tener más de una amiga, Alec. Y quiero que tú y Marguerite seáis amigos. ¿Me ayudas a preparar el desayuno para ella?
Esperé a que dijera que sí, porque siempre decía que sí. Siempre quería complacerme.
—No quiero ser su amigo.
Parpadeé, sorprendido.
—¿Qué?
—No quiero ser su amigo. No quiero desayunar con ella. Me mira feo. —Golpeó el suelo con su pie pequeño.
Tuve que mirarlo dos veces, rebuscando en mi memoria algún momento en que Marguerite hubiera sido mala con él, y no encontré nada.
—Vale, no cocinamos. ¿Pedimos algo? —Le tendí la mano. No la tomó—. Alec.
—¿Por qué no podemos desayunar con Daisy? —contraatacó.
—Porque Daisy… —mi paciencia empezaba a agotarse— no es familia. Nosotros somos familia, y Marguerite también será familia pronto.
Se quedó mirándome, con la boca entreabierta.
—Quieres que sea mi mamá.
Tomé aire y asentí.
—Si a ti te parece bien.
La rabia le afinó los labios mientras me fulminaba con la mirada.
—Yo quiero a Daisy.
—No puedes tener a Daisy, Alec. Daisy no me quiere.
Vi cómo se le agrandaban los ojos y me arrepentí al instante de mis palabras. ¿Por qué le soltaba eso a un niño pequeño? Era demasiado inocente para entender los líos complicados entre adultos.
—Papá. —Me cogió la mano—. Daisy podría quererte, si fueras bueno con ella. Yo sé que podría quererte.
Casi me echo a reír. Era tan dulce y tan ingenuo. En otro tiempo, yo le había dado a Daisy todo lo que tenía, incluido mi corazón, y ella no me había querido. Dudaba que hubiera algo que pudiera hacer ahora para despertarle esos sentimientos.
No era idiota. Sabía que la única razón por la que estaba aquí era el niño que tenía delante. De lo contrario, habría desaparecido de mi vida otra vez.
—Basta, Alec —solté, y en seguida deseé no haberlo dicho—. Daisy es…
No llegué a terminar, porque el zumbido del móvil me interrumpió. Lo acerqué a la oreja y le dije al conserje que la subiera.
—Alec —volví a mirarlo—, quiero que te comportes como un caballerito y hagas que Marguerite se sienta como en casa. ¿Está claro?
La culpa me atravesó cuando alzó hacia mí los ojos llenos de lágrimas.
—Sí, papá —susurró, y entendí por qué. Yo nunca le hablaba así. Nunca le reñía.
—Mira, lo siento. —Le toqué la mejilla—. Papá hoy está de mal humor, nada más. ¿Por qué no vas a jugar y te llamo cuando esté listo el desayuno?
El ascensor dio su campanada y me giré para ver a Marguerite salir, pareciendo una supermodelo. Me pregunté a qué hora se habría levantado para estar así de perfecta a estas horas.
—Marguerite. —Crucé el enorme espacio entre nosotros, la tomé por los hombros y rozé con mis labios su mejilla ofrecida—. Estás impresionante.
Arrugó la nariz.
—Y tú estás sudado. ¿Es un mal momento?
—Claro que no. Ahora llamo para que suban el desayuno y me pego una ducha. Tú y Alec podéis… —Lo vi escabullirse. Sin siquiera saludar. Pero no hacia su cuarto, donde tenía los juguetes. No. Se fue directo a la habitación de Daisy.
Ni siquiera me sorprendió. Sabía que pasarían por lo menos la siguiente hora acurrucados en pijama. Era su ritual matutino. Uno en el que yo me moría por participar.
Recorrí a Marguerite con la mirada de arriba abajo, me obligué a sonreír y le indiqué que tomara asiento, sabiendo, muy dentro de mí, que nunca tendría esas mañanas con la mujer con la que iba a casarme.
—Lo siento, es que él…
Cruzó las piernas con delicadeza y sonrió.
—Quizá sea lo mejor, Ilya. Así tenemos un rato a solas, sin manitas sucias ni voces a gritos. Me gusta la tranquilidad por las mañanas.
Fruncí el ceño y me aparté un poco, inundado por una sensación de incomodidad.
—Sería encantador. —Mentí, porque si pudiera elegir entre estar aquí con ella o ahí dentro con ellos, elegiría a ellos.
Solo que no podía.
Ya había tomado una decisión. Daisy era mi pasado, y me negaba a quererla ni un segundo más. Esto no iba de amor ni de finales felices. Iba de hacer lo correcto y de venganza.
Y eso significaba que tenía que elegir a Marguerite.