Compañero de cuarto enemigo multimillonario (Multimillonarios inalcanzables nº 3) Ethan
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Ethan

La velada está saliendo mejor de lo que había imaginado. Acabamos de entrar tras pasar un rato junto a la piscina, donde vimos ponerse el sol por el lado oeste del jardín mientras disfrutábamos de una copa de Sauvignon Blanc.

Podría pasarme toda la noche observando cómo se mueve su cuerpo cuando habla, da igual de qué. Y esos labios. Me pongo duro solo de pensar en ellos.

La puesta de sol no le llega ni a los talones. Y eso que esta noche dio todo un espectáculo.

Entramos a cenar. La cena la ha preparado Steven, el genio culinario. Mi único mérito es tener el placer de conocerlo, no haber preparado la comida.

En el menú de esta noche hay filete mignon, cola de langosta, puré de patatas con trufa y espárragos. El delicioso aroma nos envuelve al entrar y se me hace la boca agua.

Ava tiene que ausentarse a mitad de la cena. Tiene la cara un poco pálida y me invade una punzada de preocupación.

—Perdona. El estómago me está dando guerra otra vez —dice al volver unos minutos después—. Puede que tenga que parar un rato. Todo está delicioso. Es como si últimamente nada me sentara bien. Necesito volver a lo básico, a los zumos frescos de la R.D.

Le he insistido en que vaya al médico, por miedo a que haya pillado alguna bacteria sin darse cuenta durante nuestra estancia en aquel pueblo remoto.

En un resort como el Iberostar Grand Bávaro, imagino que cada bocado está pasteurizado y tratado con el máximo cuidado. Pero en una zona remota y sin regular como Monte Negra, en un país que es prácticamente del tercer mundo, la comida es una lotería.

Los lugareños, bien adaptados a su entorno, seguramente lo llevan mejor. Pero nuestros sistemas digestivos, tan protegidos, eran sin duda vulnerables.

Prácticamente había terminado cuando ella volvió. Damos las gracias a Steven por una cena increíble y nos acomodamos para la segunda parte de nuestra noche tranquila. Una que no requiere pasaportes ni destinos exóticos, sino que nos transporta al reino de la fantasía: «Juego de Tronos».

Mientras pongo el primer episodio, no puedo evitar que la emoción me desborde.

—Mira —empiezo—, hay una razón por la que esta serie tiene tantos seguidores. No se trata solo de dragones y espadas, sino de las complejidades del poder, la lealtad y la traición. Los personajes son complejos, cada uno con sus propios motivos y arcos. Creo que te va a encantar.

Ava ladea la cabeza, picada por la curiosidad. Seguramente quiere reírse de mi entusiasmo friki y cursi por una serie de televisión.

—¿En serio? He oído que va todo de política y guerra. Supongo que ya veremos.

—Claro, hay batallas épicas y maniobras políticas, pero también trata sobre la condición humana. Amor, honor, ambición y lo lejos que llega la gente por conseguir lo que quiere. Y el universo que han creado es fenomenal. Es como adentrarse en otro mundo.

La observo como un niño pequeño que busca una señal de aprobación. A medida que las intrincadas tramas empiezan a encajar, no puedo evitar comentar de vez en cuando para explicar algunos detalles ocultos que solo he llegado a entender después de verla varias veces.

Veo cómo crece su interés. Los exuberantes paisajes de Poniente se despliegan en la pantalla, desde el gélido Norte hasta los reinos bañados por el sol del Sur. El vestuario es una obra de arte; cada detalle añade profundidad a los personajes.

Conocemos a la familia Stark, cada miembro enfrentándose a sus propias luchas y excesos. Y a la enigmática Daenerys Targaryen, que se embarca en un viaje de autodescubrimiento.

Cuando descubrimos la poco convencional relación de Jaime y Cersei, me estremezco un poco pensando en Michael. Es muy diferente, pero Jaime es muy protector con Cersei y mata a cualquier hombre que se atreva a hacerle daño a su hermana.

El escepticismo inicial de Ava empieza a desvanecerse, sustituido por una intriga genuina.

Se inclina hacia delante, ya no solo mirando sino sumergiéndose en este nuevo mundo.

La tensión de la historia la tiene en vilo, y veo cómo conecta con los personajes a un nivel más profundo a medida que sus vulnerabilidades y fortalezas quedan al descubierto.

Cuando llegamos al final del segundo episodio, los ojos de Ava brillan con un entusiasmo recién descubierto.

—No puedo creer que no haya visto esto antes —dice con una sonrisa. ¡Le gusta! Otra señal de que es la mujer de mi vida—. Hay mucho más de lo que esperaba. Estoy enganchada.

—Yo tampoco. No se lo digas a nadie. No haber visto JDT es algo vergonzoso y lamentable que deberías mantener en secreto.

Me río con ella, encantado de que le esté gustando. Ojalá esto se convierta en «lo nuestro». Intentaré no hablar en cada escena. Podría verla un millón de veces; siempre aprendo algo nuevo.

Estamos casi al final del tercer episodio cuando noto que se ha quedado dormida sobre mí. Respira despacio y se sacude un poco cada pocos minutos; su cuerpo lucha contra el sueño. Sé que está cansada, así que la despierto con suavidad y le sugiero que vayamos a mi cama.

Empieza a frotar mi polla, ya abultada, y me resulta imposible mantener las manos alejadas de ella como me había prometido.

Como no se ha encontrado del todo bien, no quería que sintiera que teníamos que follar cada vez que estuviéramos juntos.

Pero ella tenía otros planes. ¿Quién soy yo para quejarme?

—¿Puedo saborearte? —le pregunto, ahora que estoy completamente excitado.

Asiente sin decir nada al principio. Luego:

—Hazme correrme. Con tu lengua.

Sus grandes ojos azules, tan llamativos, me penetran el alma. Antes de ponerme manos a la obra, no puedo resistirme a besar sus labios carnosos y rosados. Estoy duro como una piedra, con la esperanza de poder saborearla y llevarla al orgasmo antes de correrme yo.

Me pongo de rodillas y tiro de ella hacia el borde del sofá. Le quito los suaves pantalones de chándal y descubro que no lleva nada debajo. Mi lengua encuentra su punto de placer de inmediato y ella arquea la espalda. Su sabor en mi boca desata una explosión de sensaciones por todo mi cuerpo.

La sujeto por las caderas y tiro de ella hacia mí, hundiendo la lengua cada vez más adentro, queriendo saborear cada centímetro de su cuerpo. Grita mi nombre, sin que ya le preocupe la privacidad ni las inhibiciones entre nosotros.

Me atrae hacia ella, pero el sofá es demasiado incómodo.

—Vamos arriba —le susurro al oído.

La levanto en brazos y ella me rodea la cintura con las piernas. Siento su cálida humedad a través de la camisa. Me besa el cuello mientras camino hacia las escaleras.

Apenas puedo subir las escaleras con la rapidez suficiente; mi polla empuja violentamente por salir de los pantalones y entrar en ella.

Clarissa, mi ama de llaves, preparó la cama mientras cenábamos. Dejó una vela encendida en la mesita del otro lado y una rosa blanca para Ava sobre la almohada. La habitación huele suavemente a cítricos. Un detalle precioso que no le pedí. Debió intuir que necesitaba crear el ambiente adecuado.

Hemos hablado de que empiece a tomar anticonceptivos, y tiene cita con su médico en dos semanas. Hasta entonces, toca usar protección de toda la vida. Cojo uno de mi mesita mientras ella se sienta en la cama.

Me quito la camisa, me desabrocho el cinturón y los pantalones y los dejo caer al suelo. La luz del dormitorio está apagada, pero la claridad que llega del baño basta para vernos.

—Eres jodidamente sexy, Ethan. Echaba de menos ver esos abdominales marcados. Sueño contigo por las noches y pienso en ti mientras me toco.

Su silueta a contraluz, recortada contra la luz del baño, le da un aura mágica. Le quito la sudadera y la tiro a un lado. Me pongo el condón, me coloco sobre ella, le sostengo la espalda y me inclino hacia ella.

—Ava, te he echado de menos. Te necesito. Te deseo.

Antes de colocarme para entrar en ella, la volteo y la pongo encima de mí. Se acomoda sobre mí, se alza sobre las rodillas, una a cada lado, montándome a horcajadas. Se deja caer lentamente y grito.

De alguna manera, el sexo es incluso mejor aquí que en la R.D. Estar en mi casa, en mi cama con ella, lo hace sentir más real.

Su cuerpo firme me cabalga, con las manos sobre mi pecho mientras echa la cabeza hacia atrás y gime de placer, y me envía a otro planeta. El placer me abruma y tengo que contenerme de nuevo para no correrme demasiado pronto. No quiero que esto termine nunca.

Se levanta de encima de mí.

—Tómame por detrás.

Se pone de rodillas y yo me arrodillo detrás de ella. Abre bien las piernas e inclina la cabeza hacia la cama. Me deslizo en su humedad, despacio al principio, hasta que pide más. Aguanto unas tres embestidas antes de no poder contenerme más y explotar por completo, casi reventando el condón.

Los dos nos desplomamos en la cama. La atraigo hacia mí y la beso.

—Eso ha sido increíble. ¿De dónde ha salido eso? Ava, soy completamente adicto a ti.

—Te echaba de menos. La última vez que te tuve dentro fue el martes por la noche. Necesitaba tenerte dentro, sentir cada centímetro de ti sobre mí y en mí. No creo que pueda volver a pasar tanto tiempo sin ti.

—¡Asegurémonos de que no vuelva a pasar! O quizá deberíamos. Nunca he sentido nada mejor que lo de esta noche. Eres una diosa, Ava. Yo...

Casi le digo que me estoy enamorando de ella. Pero no puedo. Es demasiado pronto. Podría asustarla.

Y he aprendido a no soltar nunca la palabra «amor» después de sexo explosivo. En el pasado, eran las endorfinas las que hablaban. Pero sé que con ella es más que eso. No he dejado de pensar en ella desde que volvimos a casa. Me estoy enamorando de Ava Thomas.

Le digo que tengo un cepillo de dientes para ella y que lo he dejado en la encimera.

—¡Qué detalle! ¡Gracias! Traje el mío, con la esperanza de que pasáramos la noche juntos.

Se ríe y saca un pequeño neceser de su enorme bolso.

—Qué bien tener una maletita secreta para llevar a todas partes, por si acaso —digo entre risas—. Es genial.

Antes de que pueda entrar al baño a hacer su rutina nocturna, la agarro del brazo y la atraigo hacia mí para besarla. Se aferra a mí y deja caer el bolso. Tiro de ella hacia mi regazo.

—Me estoy enamorando de ti, Ava Thomas. Me provocas algo que no puedo explicar —digo en voz baja mientras le aparto un mechón de pelo de la cara.

No me responde. Se inclina para besarme con pasión y me pasa los dedos por el pelo mientras parece estudiar mi rostro.

—Yo también me estoy enamorando de ti, Ethan Browning.

—¿Qué tal esa ducha de la que hablamos? ¿Puedo cobrarme ese favor pendiente? —le pregunto guiñándole un ojo con picardía.

Salta de la cama y corre hacia el baño; su trasero perfecto y redondo se desliza por la habitación. La sigo y enciendo los dos cabezales de lluvia y los dos paneles de chorros laterales, creando una ducha envolvente.

Esta es nuestra primera ducha juntos. La ducha compartida en casa de Mamá Rita no se prestaba a ducharnos juntos.

Una noche, tarde, intentamos colarnos para probarla después de que pensamos que todos se habían ido a dormir, pero nos pilló otro huésped trasnochador al entrar.

No creo que supiera lo que tramábamos, o quizá nos estaba ahorrando la vergüenza.

Aquello nos hizo volver a la habitación muertos de risa y luego tuvimos otra ronda de sexo explosivo, así que todo salió bien.

Fue todo lo que imaginé. El agua y sentir su cuerpo mojado contra el mío es la experiencia sensual definitiva. Mis manos se deslizan sobre su piel húmeda mientras la enjabono. Se deja hacer, sumisa, y me permite bañarla y lavarle el pelo.

Cuando terminamos, ella sale y yo me quedo con la tediosa tarea de lavarme. Me doy prisa porque no quiero perderme ni un segundo de tenerla aquí.

—Hay camisetas en el cajón de arriba de la cómoda —le grito desde la ducha. Sigue envuelta en una toalla, cepillándose los dientes. Verla así, desnuda salvo por la toalla en la cintura, frente a mi lavabo, me hace desear esa imagen todos los días.

—No pienso dormir con ropa, tonto —dice.

Eso es justo lo que quería oír.