Compañero de cuarto enemigo multimillonario (Multimillonarios inalcanzables nº 3)
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Ethan
Necesito una copa. Este happy hour de la oficina no podía venir en mejor momento. El St. Regis en Buckhead es uno de mis sitios favoritos para tomar algo después del trabajo.
Mi casa está cerca, pero alquilé el ático por esta noche solo por el capricho. Me gusta el gimnasio de aquí, así que cuando me levante por la mañana, puedo entrenar bien y luego volver al balcón de la suite para desayunar con servicio de habitaciones.
Es un capricho tonto, pero puedo permitírmelo. ¿Qué otra cosa voy a hacer con todo mi dinero? Son las pequeñas cosas de la vida las que hacen que todo valga la pena.
Vivo a menos de diez minutos de aquí, pero no pienso arriesgarme a tener problemas con la policía.
Siempre me han encantado los coches rápidos, así que aunque llevo chófer a casi todas partes, a veces, cuando tengo unas copas encima, me entra el gusanillo de ponerme al volante y ver de lo que es capaz.
Alcohol más un tipo que no conduce mucho más un Maserati no es una buena combinación.
Por no hablar de que las calles por aquí tienen curvas ciegas y algunas cuestas. Son geniales para probar los límites del Maserati, pero no tanto si el conductor va aunque sea un poco perjudicado. He visto demasiadas consecuencias fatales de errores de una fracción de segundo al volante.
—Hola, Richard. ¿Qué tal, tío? —saludo al maître cuando entro en el hotel.
—Ya sabes, tirando. Hace tiempo que no te pasas por aquí. ¿Va todo bien?
—Sí, sí. Unos cuantos casos importantes me tuvieron en la oficina hasta tarde y tuve que viajar bastante. Te he echado de menos, tío. No te vas a librar de mí tan fácilmente.
—Me alegra saber que todo va bien. Tu grupo está en la zona del bar. Que disfrutes de la velada.
El bufete reservó todo el bar para nosotros, así que deberíamos tener el espacio para nosotros solos. Tengo ganas de relajarme y tomarme unas copas con los compañeros.
No tengo ganas de ver a Ava otra vez. Siempre que está cerca, todo se vuelve tenso e incómodo. Siempre va por ahí con los humos subidos, como si estuviera por encima de todos.
La conozco a ella y a toda su familia desde hace años. Su hermano y yo somos muy amigos desde el instituto.
Nunca me ha caído bien. Siempre ha sido la típica hermana pequeña pesada, demasiado estirada para mi gusto. Solía meterme con ella para intentar que se relajara y se riera un poco, pero eso solo la hacía más insoportable.
Reconozco que me pasé de la raya una vez cuando la dejé en evidencia delante de todo el instituto contando que de adolescente se chupaba el dedo. No pensé que fuera para tanto.
O tal vez sí. Quizás quería demostrarle al mundo que no lo tenía todo tan controlado como aparentaba.
Nada más contar la historia, me sentí como un imbécil, pero supuse que ya no había nada que hacer. No creo haber hablado con ella desde esa noche, aunque la he visto unas cuantas veces desde entonces.
Joder, de eso debe de hacer ya diez años.
Tengo que admitir que me quedé de piedra cuando la vi hoy en el despacho de Carter. Me pilló desprevenido reconocerla allí sentada, eso seguro. Tuve que mirar dos veces para que mi cerebro procesara quién era.
Cuando asomé la cabeza por la puerta de Carter y vi unas piernas largas y tonificadas que subían hasta una falda corta, se me puso un poco dura. Como eso fue todo lo que vi al principio, me emocioné pensando en una posible becaria nueva.
Luego me di cuenta de que era ella. Se me cortó el rollo de golpe.
Fue genial, eso sí. Fui a darle un abrazo, y cuando vi su cara después, tuve que contener una sonrisa de suficiencia. Como en los viejos tiempos, disfrutando de verla incómoda para mi propia satisfacción sádica.
Disimuló muy bien delante de Carter, pero su odio hacia mí se leía tan claramente como si lo llevara escrito en la frente.
¿Quién iba a decir que acabaríamos en el mismo bufete a tres estados de distancia? Seguro que estará aquí esta noche, así que quizás sea hora de comportarnos como adultos y dejar el pasado atrás. Además, pienso ser encantador con ella hasta que no pueda más.
No voy a ir contando por ahí lo de su fetiche secreto de chuparse el dedo, y con suerte, ella no hará que resulte incómodo estar cerca. Supongo que ya veremos...
—Ethan Browning, en carne y hueso.
—¿Qué pasa, Garrett? ¿Qué tal todo?
—No tan bien como tú, por lo visto. Buen trabajo con ese acuerdo de ochocientos millones de dólares que conseguiste —silba tras mencionar la cifra.
—Normal que te hicieran socio después de eso. Enhorabuena, por cierto.
—Solo hago mi trabajo —respondo, incómodo con tantos halagos.
Intento cambiar de tema:
—¿Preparado para el fútbol americano de Georgia? Creo que esta va a ser su temporada.
—Todas las temporadas son su temporada. Va a ser glorioso entre los setos en Athens. Oye, perdona que me escape, pero mi mujer acaba de llamar. Me alegro de verte, tío.
No me gusta ir presumiendo, pero estoy que flipo desde que gané mi último caso.
Fue por un resbalón en el Lenox Mall. El acuerdo fue uno de los más grandes de la historia de Atlanta.
Resultó muy fácil demostrar que el equipo de mantenimiento del centro comercial sabía que había agua goteando de los conductos al suelo.
Cuando mi investigador subió al falso techo sobre el lugar donde cayó mi clienta, quedó clarísimo que, en lugar de arreglar la gotera, simplemente iban cambiando las placas del techo para tapar las manchas de humedad.
Es imposible determinar el tiempo exacto, pero a juzgar por las vigas de madera manchadas y el óxido, llevaba goteando bastante tiempo. Lo habían estado tapando, lo que demostraba que sabían que era un problema. No hicieron el menor esfuerzo por arreglarlo, y como consecuencia, mi clienta se cayó.
Estaba de compras con su hija adolescente un sábado por la tarde. Pisó el charco de agua y ¡PAM! El agua no se veía desde ciertos ángulos por el reflejo en el suelo de mármol, y cayó de espaldas, golpeándose la cabeza contra la esquina de una jardinera elevada.
Con una simple caída y algo de agua aparentemente inofensiva en el suelo, ahora tiene tetraplejia. Nunca volverá a caminar ni a alimentarse por sí misma. Fue una lesión devastadora, y creo que el veredicto de ochocientos millones de dólares fue apropiado.
Lo peor de mi trabajo es lidiar constantemente con capitalistas negligentes y codiciosos que solo ven los números. No les importa que sus recortes afecten a personas ajenas a su mundo. Y peor aún es tener que ponerle precio a una vida humana.
Pero lo mejor es que soy yo quien se lo hace pagar al final. Vivo para eso.
Eso llegó aproximadamente un mes después de otro veredicto importante relacionado con una tienda que vendió alcohol a un menor. El imbécil del chaval se llevó a un grupo de amigos a hacer el loco con el coche por Lake Burton, y el resultado fue un accidente que mató a uno de los pasajeros.
Ese caso se resolvió en 100 millones de dólares.
El bufete está bastante contento conmigo ahora mismo.
En los últimos doce meses, les he conseguido cerca de mil millones de dólares en acuerdos.
Desde que me hice socio, mi salario ha subido a poco más de un millón de dólares al año.
Eso sin contar la comisión que gano por cada dólar que consigo.
Este año, las previsiones dicen que me embolsaré cerca de 2,5 millones.
Si a eso le sumas mi propio fondo fiduciario, oficialmente soy multimillonario. Aunque, sinceramente, me da igual. El dinero no es la razón por la que lo hago. Me encanta el carácter combativo que exige este trabajo.
Hay algo especial en poner en su sitio a una corporación multimillonaria que tiene más dinero que Dios y construye su imperio a costa de gente anónima. Nací para esto.
Entro en el bar y enseguida veo un grupo de caras conocidas. La decoración es oscura y romántica, con música en directo que llega desde un rincón acogedor.
Un músico vestido de esmoquin está sentado en un taburete frente al micrófono, interpretando una versión de James Taylor mientras toca una guitarra de doce cuerdas.
Al instante, una sensación cálida me invade. Hay algo en el sonido de las cuerdas y una voz rasposa al entrar en un bar con poca luz que me relaja. El olor a whisky flota en el ambiente. Estoy en mi elemento.
Veo primero a Jay Sedlick y voy directo hacia él.
—Oye, tío, ¿cómo va todo?
—Pues la verdad, no me puedo quejar. No tan bien como a ti, por lo que parece, pero la vida es buena. Enhorabuena por la gran victoria.
—Bah, unas veces ganas y otras ganas rápido. Ya sabes cómo va esto.
—Ya te digo. La estás petando. ¡Bien por ti! Me alegro, hermano.
—¿Cómo va ese acuerdo del caso de negligencia en construcción en el que andas metido?
—Estamos cerca. A estos abogados de errores y omisiones les gusta alargar esta mierda, pero van a ceder. Presiento que está al caer. Dos años ya.
—Tú puedes con esto. Sigue dándole caña.
La verdad es que muchos de estos acuerdos millonarios pueden tardar años en resolverse. Últimamente he tenido suerte y he ganado casos importantes y mediáticos en poco tiempo.
Los últimos demandados a los que fui a por ellos querían llegar a un acuerdo rápido y que los medios pasaran página, lo que me dio una victoria fácil.
El pánico a la cultura de la cancelación es real.
Los que tienen pasta intentan evitarlo a toda costa, sobre todo cuando su negligencia es innegable.
Veo que Ava entra con Carter y Bobby poco después de conseguir mi primera copa. La mantengo en mi visión periférica, observándola todo lo que puedo sin que me pillen mirándola.
Ha pasado tanto tiempo desde que nos vimos que me quedo un poco flipado con lo mucho que ha cambiado. Nunca me había fijado, pero es una mujer impresionante.
—¿Esa es la nueva asociada? —le pregunta Jay a Patrick. No respondo. No quiero meterme en eso con ellos.
—Sí. Está buena —responde Patrick.
—Me la tiraría.
—Eres un idiota —Patrick le da un golpe. Quiero decirles que es demasiado estirada, pero ya lo descubrirán ellos solos. Sigo a lo mío con la copa.