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EMILIA
Ethan me había organizado una reunión con alguien que utilizaba los nombres clave que el hotel asignaba a la gente importante: «John y Jane Doe» venían a hacer una visita para conocer el hotel.
Yo había enviado un correo electrónico pidiendo detalles, porque ¿cómo iba a prepararme para una reunión si no tenía ni idea de con quién me iba a reunir?
A los creadores de contenidos ansiosos de atención les interesaba un tipo de visita diferente de la que esperaban los banqueros de inversiones de mediana edad planeando su tercera boda, por poner un ejemplo.
La respuesta de Ethan había sido muy vaga.
Se limitó a decir que no sabía quiénes eran porque habían organizado la reunión a través de su asistente, y luego me soltó un rollo sobre que yo siempre daba la talla y no tenía ninguna duda de que estaría a la altura.
Me alegré de que uno de nosotros, al menos, tuviera fe en mis habilidades.
Aunque ahora trabajaba en el hotel, mi plan para la primera reunión con unos clientes seguía siendo llevar ropa de inspiración nupcial.
Aquel día me había puesto un vestido blanco, sin mangas, con cinturón y botones en la parte delantera, pero me había costado elegir unos zapatos.
¿Alpargatas de cuña para una pareja mayor con dinero, o tacones sexis para unos influencers? Terminé por elegir los tacones.
Atravesé el edificio en dirección al salón principal, con la tableta apretada contra el pecho y saludando a mis compañeros.
Aunque era público que me estaba acostando con el jefe, eso no había cambiado la forma en que me trataba la gente.
Los jardineros se metían conmigo, el personal de cocina me mimaba y el conserje me daba órdenes, como a todos los demás.
Ya estaba integrada en el grupo.
Por supuesto, las reuniones con clientes aún me ponían nerviosa.
Cuando acepté el puesto en el hotel, fue con la condición de que mantendría a mis clientes externos.
No quería que ninguno de ellos pensara que les estaba obligando a elegir el hotel para su boda, pero resultó que no había razón para preocuparse.
El programa de Kristen y Carter había atraído mucha atención sobre el hotel y sobre mi trabajo, y el público daba por hecho que ambas cosas iban juntas, así que estaba más ocupada que nunca.
Dorian había hablado con Drew sobre un posible programa adicional centrado en la división de eventos del hotel, pero Drew lo había zanjado en menos de diez minutos de discusión. Ya habíamos pasado bastante tiempo bajo el implacable ojo de las cámaras.
Apreté el paso por el vestíbulo. Siempre olvidaba lo enorme que era el hotel, hasta que llegaba tarde a una reunión.
Entonces, un único ladrido agudo me hizo detenerme.
Debía ser la señora Barclay. Miré a mi alrededor y la vi sentada en una de las zonas de espera, con los tres perros sujetos con correas y sentados a sus pies con aspecto angelical.
Cuando me vio, saludó con la mano, así que no tuve más remedio que acercarme a ella.
En los meses transcurridos desde que nos conocimos, nos habíamos visto varias veces y, por suerte, todas ellas habían sido mucho más agradables que la primera.
—¡Buenos días, señora Barclay! ¿Cómo están usted y los chicos hoy?
Me arrodillé para acariciar la cabeza de cada perrito.
—Estamos de maravilla, muchas gracias. Esperamos a que llegue Jeremy, su paseador, para que se los lleve a otra aventura. Siempre vuelven agotados ¡y duermen toda la noche! Nunca podré agradecer esa idea lo bastante a Andrew.
Le dirigí una gran sonrisa. La tregua entre mi hombre y su cliente más irritante parecía estar aguantando bien.
—Me alegro mucho de oír eso —respondí.
—Ah, y dile que a los tres les encantan esas galletas gourmet de la cesta de bienvenida. ¿Las hacen aquí, en el hotel?
—¡Sí! —asentí—. Fue Drew quien pensó en añadirlas a la cesta, y trabajó con el repostero para desarrollar los sabores. Nosotros mismos probamos las dos clases y, en mi opinión, las galletas de queso cheddar son deliciosas.
La señora Barclay abrió mucho los ojos.
—¿Habéis probado las galletas para perros? ¡Qué encantador!
Cuando me alejé, aún se estaba riendo.
Fue como si, al jubilarse Oliver, Drew se hubiera animado a mirar su negocio con ojos nuevos.
Siempre había sido un hombre innovador, pero ahora no dejaba de encontrar nuevas formas de sorprender y agradar a sus clientes.
Me gustaba pensar que yo también tenía algo que ver con su cambio de actitud.
Ahora parecía más relajado, más feliz. Seguía siendo el jefe más motivado del mundo, pero parecía emanar una paz que resultaba evidente para todos.
Antes de entrar en el salón, hice una pausa para comprobar mi aspecto en el teléfono. Sí, yo también era más feliz, y eso se me notaba en la cara, aunque hubiera sudado un poco al tener que apresurarme. Inspiré hondo, empujé las puertas dobles y entré en la habitación.
—¿Drew? ¿Qué haces tú aquí?
Eché un vistazo al enorme espacio vacío, buscando a la pareja de clientes.
—¿Has espantado a mi pareja? Tenía una reunión a las diez con John y Jane Doe, y se suponía que nos debíamos encontrar aquí.
Él se acercó a mí, riendo un poco.
—Yo no espanto a los clientes. Al menos, ya no.
Estaba muy ocupada tecleando en mi tableta, y no lo miré.
—¿Me he equivocado de sitio? —Miré mi agenda con atención—. No, aquí dice Salón Hawthorne.
—Donde ocurre la magia —bromeó Drew, porque habíamos pasado mucho tiempo en aquel lugar, sobre todo durante el rodaje del programa.
—Vamos, Drew, ayúdame. No quiero llegar tarde a la reunión. ¿Puedes comprobar el calendario central mientras yo llamo a Ethan? A lo mejor ha puesto la reunión en el calendario de otra persona, por error.
Estaba a punto de llamar cuando Drew puso una mano sobre la mía, y me hizo bajar el teléfono.
—Encantado de conocerla, señorita. Me llamo John Doe.
Lo miré enfadada y volví la vista al teléfono.
—No tiene gracia. Déjame hacer mi trabajo.
—Emilia… Lo digo en serio. Fui yo quien organizó la reunión. Yo soy el cliente.
Me costó unos momentos entender lo que decía.
—¿Por qué ibas a…?
Volví a mirar a mi alrededor y me fijé en el gran ramo de flores sobre la mesa dispuesta para exhibir las muestras de vajilla.
Eran hortensias. Detrás de la mesa, había varias fotos situadas sobre caballetes.
¿Eso eran los invernaderos Longwood? ¿Por qué había expuesto esas fotos?
¿Estaba pensando en comprarlos? No, eso me lo habría contado, ¿verdad?
El corazón se me aceleró mientras intentaba encontrar el sentido a lo que estaba ocurriendo.
—¿De qué va esto, Drew? ¿Me vas a despedir, o algo así?
Él echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—¿Por qué diablos sacarías esa conclusión de lo que estás viendo aquí?
Le enseñé mi tableta y di unos golpes en la pantalla con el dedo.
—Quiero confirmar que no voy a perder unos clientes importantes, ¿vale? Porque ahora mismo estoy superconfusa, y Ethan ha dicho que…
Sin dejar de reír, me estrechó entre sus brazos e, inconscientemente, me apreté contra él, a pesar de mi confusión.
—Te prometo que esta es la única reunión que tienes hoy en tu agenda, y soy yo quien la ha organizado, así que, ¿quieres relajarte? Por Dios, ni que trabajaras para algún capullo tirano, o algo así.
—No me digas —reí yo—. Bien, explícame por qué has organizado una reunión para estar a solas conmigo. Y por qué has necesitado reservar todo un salón para esto. Porque conozco cierto almacén que ha visto un montón de cosas emocionantes, y tu despacho también se cierra con llave.
—No me tientes —gruñó, y me dio una palmada en el culo.
Después, me dio un beso en lo alto de la cabeza y se apartó.
—Te he traído a este lugar porque es muy importante en nuestra historia. Hemos pasado bastante tiempo en este salón organizando los detalles de la boda de Kristen y Carter.
Sonreí, mirando a mi alrededor.
—Y que lo digas. No puedo creer todo lo que ha ocurrido en esta sala.
Pero fue en los invernaderos Longwood donde empezó todo.
—Me acerqué a las fotos y señalé la primera de ellas—.
Aquí mismo es donde me propusiste que fingiera ser tu prometida.
—Señalé en la foto el lugar al que me había arrastrado para plantear su propuesta—. Vaya ridiculez.
—Sí, pero salió bien —respondió—. Luego volvimos aquí y montaste una boda digna de la mejor telerrealidad. ¿Sabes qué más pasó en esta misma sala?
—Un millón de recuerdos —suspiré.
—Tienes razón —respondió Drew, mirándome con atención—. Pero lo más importante es que fue aquí donde me enamoré de ti.
Di un paso atrás.
—¿Aquí?
—Puede que fuera en el vestíbulo —asintió él—, la primera vez que te vi.
—Venga ya. —Reí un poco—. Me odiaste desde el primer momento.
Drew me puso una mano en la mejilla, y yo me apoyé sobre ella.
—Ni de lejos. Me resultaste fascinante. No fue solo tu belleza, obviamente, sino la forma en que no te dejaste amedrentar. Eso me gustó.
—Pues no lo pareció, desde luego —reí.
—Aún no estaba acostumbrado. No hay mucha gente que se atreva a plantarme cara.
—Pues tal vez deberían —insistí—. Pero bueno, ¿me puedes decir de qué va esta reunión? Estoy en horario de trabajo, y no quiero cabrear a mi jefe.
—Vaya —rio él—. Tendré que hablar con él para que no te machaque tanto.
Drew me cogió de la mano y me llevó al balcón. Me detuve junto a la barandilla, mirando los inmensos jardines del hotel, que destacaban contra el cielo azul brillante. Detrás de las palmeras se escuchaba el océano.
—Hemos creado muchos recuerdos maravillosos para nuestras parejas felices en este lugar —dijo Drew—. Y creo que ha llegado el momento de construir los nuestros.
Drew se volvió hacia mí y, despacio, se dejó caer sobre una rodilla. Por un instante, no pude respirar.
—Un momento, ¿qué haces? —Sentí un poco de pánico, y miré a mi alrededor por si había cámaras.
Drew me miraba con tanto amor en los ojos que casi me eché a llorar. El labio inferior me temblaba, pero me esforcé por mantener la compostura. Drew me cogió las manos.
—Emilia Louise Marino, me has demostrado lo dulce que puede ser el mundo con alguien especial a tu lado.
Me has enseñado a reírme de las cosas difíciles y centrarme en los pequeños detalles que alegran cada día, como nuestro buen amigo el del caparazón al que le encantan los hibiscos.
Me has ayudado a enfrentarme a muchos retos, y me has demostrado una y otra vez que siempre estarás a mi lado, aunque no me lo merezca.
—Para —sollocé—. Tú mereces todo eso, y yo siempre estaré a tu lado, pase lo que pase.
—Eso lo sé ahora —susurró—. Y te estoy agradecido de cojones. Por eso, tengo que hacerte una pregunta.
Me soltó la mano y metió la suya en el bolsillo de la chaqueta, de donde sacó un anillo.
Y no era un anillo cualquiera. Era el anillo original de su madre. Mi anillo, el que había encajado tan bien en mi dedo. Lo levantó hacia mí.
—Una vez, te lo di como parte de un acuerdo. Esta vez, te doy este anillo como una promesa. Siempre, siempre tendrás mi corazón, y por eso te pido que tú me des el tuyo.
Los dos nos detuvimos para saborear el momento.
—Emilia, ¿quieres casarte conmigo?
Durante un segundo, no fui consciente de lo que hacía, así que no supe cómo acabamos los dos en el suelo. Supuse que me había abalanzado sobre él, pero solo percibí que estaba encima de él, y estábamos riendo y llorando a la vez.
—Te iría bien en un equipo de fútbol —rio Drew, abrazándome—. ¿Eso es un sí?
—¿Me lo tienes que preguntar? —Le di un puñetazo en el brazo—. ¡Estás convirtiendo mis sueños en realidad!
—Bueno, pues cumple tú mi sueño ya mismo y ponte el anillo, antes de que salga despedido —resopló él.
Le cubrí la cara de besos, me bajé de él y me dejé caer sobre el trasero. Él se sentó a mi lado.
—¿Me permites? —Drew levantó el anillo.
Yo extendí mi mano hacia él, pero él se la llevó a los labios para darme un beso antes.
—¿Por qué tiemblas? —preguntó en voz baja.
—Porque no me parece que esto sea real —respondí con voz rota—. Como si fuera a despertarme en cualquier momento.
Drew sonrió y me puso el anillo con cuidado.
—Oh no, esto es muy real.
Extendí la mano y miré el anillo, que brillaba aún más de lo que recordaba.
—Es perfecto —dije en una exhalación, mientras movía la mano en el aire para admirarlo.
—Como debe ser —confirmó—. Igual que nosotros.
—Como nosotros —confirmé.
—¿Sabes? Dije algo sobre ti en mi última entrevista en el programa que, en ese momento, creí que era mentira. Pero ahora sé de primera mano que hay un ápice de realidad en la telerrealidad.
Volvió a besarme la mano.
—¿Y qué era? —pregunté—. Creo que he bloqueado la mayor parte del programa.
Él me miró a los ojos durante un instante.
—Dije que, para mí, tú eras para siempre.
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Oh, eso es verdad al cien por cien —respondí por fin—. Ahora, ven aquí y empecemos eso de para siempre.
Le agarré por las solapas y presioné mis labios contra los suyos, eufórica por la forma tan espectacular en que estaba comenzando el nuevo episodio de nuestra vida sin guion.