Cómo matar a un cisne 62
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N o es ningún secreto que los encuentros entre los dos hermanos siempre los provocaba Austin.

Cuando veía a Jack, iba a por él y no lo soltaba: le hablaba con cualquier excusa, le soltaba frases subidas de tono con la intención de buscar los límites y divertirse con él, le parecía emocionante… Pero lleva tiempo sin vacilarle.

¿A qué se debe ese cambio de dinámica? Es la pregunta que se ha hecho Jack y que Austin prefiere no plantearse, porque la respuesta la sabe pero no la quiere aceptar.

El actor se ha dado cuenta de que el interés que Jack le despertaba se ha convertido en algo más emocional, más serio, más peligroso.

Se ha dado cuenta de que nunca se va a aburrir del chico de ojos verdes; un presentimiento que no ha sentido antes con nadie y que solo puede significar una cosa: Jack Brooks le gusta de verdad.

Ya no es un entretenimiento, ni tampoco un capricho o un objetivo a conseguir.

Antes, estar con él le hacía sentir vivo igual que te puede hacer sentir vivo subirte a la montaña rusa o ver una película de terror.

Ahora siente que podría enamorarse y que tiene algo que proteger.

Por eso ha evitado tener la conversación con Jack.

Pero hoy se ha publicado la revista, todos en casa están comentando la enemistad o el amor que puede existir entre los dos y el actor cree que ha llegado el momento de hablar con Jack sobre el beso que casi se dieron y que ha enrarecido su relación.

—Mejor me espero a mañana —se dice a sí mismo.

No sabe que está a punto de verlo porque la luz está apagada.

Y es que a veces, simplemente, la arena del reloj se acaba y la ausencia del tiempo te empuja a que aquello que tenía que ocurrir suceda. Quizá por eso, esta noche, las cosas que merecen encontrar un final parecen alinearse para hacer coincidir a los dos hermanos en la terraza.

Austin ve a Jack y hace el amago de dar marcha atrás y volver a la habitación, pero al final se queda clavado en el sitio.

—Hola —dice.

—Hola —responde el otro.

—¿Te importa o…?

Jack niega y parece a punto de sonreír.

—Creo que aquí entramos los dos.

Esas palabras llevan un recuerdo inscrito. Austin le dijo algo parecido cuando vio que Jack se encerraba en el baño y él le pidió entrar. Entonces el actor podía hacerle bromas porque no sabía que ese juego que él había empezado se acabaría convirtiendo en una trampa.

—¿Por qué no estás durmiendo?

—Por lo que cuentan de nosotros. ¿Y tú, Austin?

—Por lo mismo.

Austin avanza hasta Jack con su pijama azul marino y el pelo negro despeinado.

Su hermano lo mira de arriba abajo: los ojos de Austin brillan en la oscuridad gracias a la luz de la luna que se refleja en ellos; ve que aprieta la mandíbula, pero no sabe que lo hace para ocultar los nervios, solo ve que su rostro se afila como el de un animal salvaje.

Jack tiene la sensación de estar delante de un lobo. Una persona normal se habría sentido intimidada por la forma en la que Austin Brooks lo mira y se le aproxima, pero él no es como los demás y no le dan miedo los lobos; le da miedo lo que empieza a sentir por él y no puede borrar.

—Por mi culpa mucha gente te odia —comenta Jack en voz baja, con un tono ligeramente animado. Como si en lugar de una mala noticia estuviera celebrando un triunfo.

—Tranquilo, la otra mitad te odia a ti —responde Austin igual de bajito.

—¿Y qué hay de los que creen que estamos juntos?

El actor suelta una carcajada que le obliga a relajar la mandíbula.

—Les diría que se pusieran Netflix y nos dejaran en paz.

—Se decepcionarían si supieran que en realidad no pasó nada.

Austin levanta una ceja por encima de la otra.

—¿Fue una decepción para ti? —pregunta.

Jack no responde. Por lo menos, no lo hace durante los segundos siguientes.

En lugar de eso hunde las manos en los bolsillos y vuelve a mirar a Austin, recorriendo su cuerpo como si fuera a despedirse de él para siempre: el pelo negro y revuelto, los mechones que dibujan líneas curvas sobre el azul eléctrico de sus ojos, su poderoso cuello, los hombros anchos y grandes, la tela de su pijama que se estira en la zona del pecho y de los brazos…

—No lo fue.

—¿No?

—Es más, creo que fue lo mejor.

—Ah.

—Sí —afirma Jack—. Ahora lo pienso y digo: «Menos mal».

Se miran y se quedan en silencio. Y se van acercando sin ser conscientes de que lo hacen.

Uno adelanta un paso y el otro lo imita por inercia.

Las caras demasiado juntas como para que solo sea una conversación y demasiado alejadas como para que suceda algo más.

Austin se para de golpe; Jack también frena.

—¿Y por qué piensas «menos mal»?

Si ninguno vuelve a dar un paso al frente, seguirá existiendo ese muro invisible. Y los dos se han quedado muy quietos. Han sentido el miedo en los pies al acercarse a la línea roja y han decidido no cruzarla. Pero siguen mirándose.

El deseo les humedece la lengua y sienten que la vida puede cambiar de un momento a otro.

—Pienso «menos mal» porque creo que es mejor así.

Los dos estamos compitiendo por el mismo premio y nadie debería confiar en nadie.

—Habla como si estuviera compartiendo un secreto con Austin, y aprovecha para cambiar de tema—.

Sigue habiendo un topo y uno de nosotros estuvo dispuesto a matar a Maximus para evitar que consiguiera más puntos.

Lo que pasó es muy fuerte y parece que todos lo han olvidado.

—Ya.

—¿No te parece una puta locura? Es que, sinceramente, no lo entiendo… No entiendo cómo la gente no sigue hablando de lo que pasó en el teatro. ¿De verdad Morgan no va a tomar medidas?

—Morgan no puede saber quién cambió la llave —dice Austin en voz baja—. Y nuestros hermanos no están pensando en eso, están pensando en el premio. Es lo único que les importa. —Tras una breve pausa, le pregunta—: Para ti, ¿qué va antes? ¿El dinero o la familia?

—El dinero.

Es mentira. Para Jack siempre va primero la familia; es lo que siempre ha deseado: rodearse de gente que le quiera.

Pero él no está pensando en una familia normal, está pensando en los Brooks.

Y sabe que ellos nunca llenarán el hueco que existe desde que es pequeño. Aunque sí podrá obtener dinero y fama.

—Para mí también. Sobre todo cuando hay mucho dinero de por medio. La prueba está en que hay muchísimas familias que se han roto y no se hablan desde que les ha tocado repartirse la herencia.

Jack suspira.

—Por eso creo que lo mejor es que cada uno vaya por libre.

—Ah, en eso no estoy de acuerdo —replica Austin—. Las alianzas son necesarias en tiempos de guerra.

—No, si desde el principio sabes que esa alianza no puede durar demasiado.

—¿Crees que yo te traicionaría?

—Sí. Aunque no te veo capaz de matar.

—Ni yo a ti. Por eso no le dije a Morgan que encontré la llave en tu habitación.

Jack se tensa. Cree que Austin está a punto de hacerle chantaje. Pero no.

En lugar de eso, suelta una confesión que le sorprende completamente:

—Tampoco te veo capaz de besarme.

Todos los músculos de la espalda de Jack se contraen a la vez. Abre y cierra la boca, y luego consigue decir:

—Baja la voz.

—Ya estamos hablando bajito.

—No, ahora has hablado más alto. Podrían oírte. —Lo último que necesitan es que alguien los escuche y confirme lo que ya sospechan que hay entre ellos.

—Están todos dormidos —insiste Austin, restándole importancia con un movimiento de mano.

—Aun así, deberíamos tener más cuidado.

—¿Por qué?

Jack vuelve la vista hacia la fachada. Las puertas que conectan la terraza con sus habitaciones están entornadas y el interior tiene la luz apagada.

No se oye ningún ruido, pero son muchos los que viven aquí.

Además de Morgan y sus hermanos, están los guardaespaldas y el equipo que se encarga de que la mansión funcione como un hotel.

—Porque todo sucede por la noche. La gente, cuando cree que nadie la está viendo, hace cosas que no haría a la luz del día.

Austin mira la boca de Jack antes de soltar la pregunta:

—¿Qué haces tú cuando nadie te ve?

—Nada. Yo no tengo nada que esconder.

Su hermano ríe por lo bajo.

—Vamos, Jack, todos tenemos secretos. Yo el primero. Y… creo que se me daría bien guardar el tuyo.

—No hace falta.

Pero Austin, gracias a que su rostro queda a un palmo del de Jack, puede leer en él que está guardando un secreto que le pesa y necesita sacarse de encima.

—Si así te resulta más fácil, puedo cerrar los ojos.

—¿Por qué ibas a cerrarlos?

—Para hacer aquello que no harías si supieras que te estoy mirando.

Esa frase, la forma en la que la ha pronunciado, con una voz ronca y lenta como si cada palabra fuera un caramelo que ha chupado antes de dejar que resbale fuera de su boca…

Lo rápido que pasa Austin de mostrarse esquivo a sujetar la cuerda que los une desde el principio y tirar de ella para apretar el nudo, lo deja descolocado.

Jack nota el tirón en el pecho y el calor en la cara, pero responde con e sa frialdad con la que se esfuerza en seguir tapando aquello que se ve porque es más fuerte que el miedo.

—Solo te he dicho que bajes la voz y que tengas cuidado.

Los ojos de Austin ruedan de su boca a su entrepierna, y suelta una carcajada al comprobar lo que ya intuía.

Le encanta ver lo fácil que despierta su cuerpo y lo poco que le cuesta poner nervioso al que en su día debió de ser, si no uno de los matones, por lo menos alguien a quien sí respetaban en el orfanato.

Jack tiene carácter y va de tipo duro, pero, si le dice algo con doble sentido, lo desestabiliza y le da la vuelta como un calcetín. Eso, y una erección imposible de disimular. Sobre todo cuando llevas puesto un pantalón de pijama y la tela es fina y gris.

La sonrisa que esboza Austin es de cabrón.

—Creo que empiezo a entender con qué debería tener cuidado…

—Por fin, después de dos semanas sin hacerlo, se ha atrevido a lanzar un comentario que ponga nervioso a Jack.

Lo ha hecho porque está decidido a tener la conversación con él.

Y, si van a tenerla, quiere sea lo más sincera posible.

Por lo menos hasta donde el miedo les deje serlo esta vez.

—Austin. —El otro grita su nombre mientras intenta tapar el bulto con las manos—. Para, joder.

—Está bien, paro. —Vuelve a reírse por lo bajo.

—Y deja de hacer eso.

—¿El qué? ¿Reírme?

—No. Mirarme así.

Austin enarca las cejas.

—¿Así, cómo?

Jack no piensa antes de hablar, está nervioso, le suda la nuca y las seis palabras salen disparadas como si hubiera presionado el gatillo por accidente.

—Como si me fueras a besar.

Las comisuras de Austin ascienden de forma peligrosa.

—¿Te gustaría? —Sus ojos azules bajan hasta la boca de Jack tras dejar la posibilidad en sus manos.

—Me gustaría que no existiera el miedo. Creo que así sabría qué hacer con todo lo demás.

—O puedes dejar que elija yo —responde, envalentonándose cada vez más.

—Bueno, los dos elegimos no sacar el tema.

—Porque somos tontos. Nuestras habitaciones están separadas por una pared. Si queríamos hablarlo, solo teníamos que llamar a la puerta.

Jack deja de taparse cuando se le baja la erección y se recoge el pelo en una coleta; sigue acalorado.

La frente le queda despejada salvo por dos mechones rubios que le llegan hasta la mandíbula, atraviesan sus ojos y le dividen el rostro en tres partes iguales.

Austin lo mira como si estuviese decidido a tomar la del medio.

—Tienes razón —responde Jack.

—Como siempre.

Jack lo fulmina con la mirada.

—No, «como siempre», no. Pero… es verdad que los dos teníamos la opción y preferimos no hacerlo.

—¿Y por qué crees que ha sido?

Su hermano responde con otra pregunta:

—¿Tú has estado antes con un chico?

—No.

—Y… ¿no te preocupa probar y que tus fans se enteren? Eso también podría perjudicar tu carrera.

—Me preocupa más que, aunque ahora ninguno de los dos piense solo en el premio, que al final el dinero siga pesando más para ti y que por eso no quieras tener nada conmigo.

A Jack le sorprende que Austin se abra de esa forma con él, y luego pone en duda si lo que está diciendo es verdad o si intenta engañarlo.

Podría estar jugando sus cartas y que todo fuera mentira.

Es retorcido, pero… ¿realmente puede confiar en Austin?

No lo sabe. Lo que sí sabe y le gustaría decirle es que él podría ganar cien puntos si delata al topo y está eligiendo protegerlo, pero en lugar de eso deja que Austin piense lo que quiera de él.

—Para ti también es importante ganar.

—Claro que es importante. Pero también me gustaría que supieras que tú no eres un capricho para mí.

—¿Por qué me dices esto ahora?

Austin baja la cabeza, se mira los pies.

—Porque en su día te dije lo contrario, pero ahora lo siento todo de otra forma. Aunque ya deberías saberlo.

Con cuidado, como si se estuviera acercando demasiado a un explosivo, Jack pregunta:

—¿Y qué sientes?

Austin alza la barbilla y clava sus ojos en él.

—Siento que a los dos nos da miedo esto. A ti te da miedo que te convierta en mi capricho. Y a mí me da miedo que pueda ser un experimento para ti.

—¿«Experimento»?

Asiente despacio.

—No sabes si te va a gustar besarme o no. Si un chico te va a poder hacer sentir eso.

—Bueno, por esa regla de tres, tú tampoco.

—Yo sí lo sé.

—No.

—Sí —insiste Austin—. Porque no me hace falta besarte para saber que me importas más de lo que deberías. Pero creo que a ti sí.

Jack traga saliva, incómodo, y, cuando parece que está a punto de hablar, decide quedarse callado.

Austin tenía la esperanza de que Jack lo sorprendiera dando un paso al frente, igual que ha hecho él.

Si esta conversación llegan a tenerla a mediados de julio no habría sentido la punzada en el pecho.

Pero ahora es agosto y las cosas han cambiado para los dos.

Y Austin está cansado; cansado de autoconvencerse de que no siente nada emocional por Jack y que lo tiene todo bajo control cuando, en el fondo, se le ha ido de las manos. Por eso se ha rendido a la verdad.

Y aunque Jack no lo haya hecho porque cada uno tiene su tiempo, cuando se miran a los ojos, la tensión que se respira entre los dos marca un único camino.

Se van a besar.

No ahora.

No esta noche.

Pero sucederá igual que suceden los desastres naturales.

—Me ha gustado hablar contigo —dice Austin, alejándose de Jack y sintiendo tres emociones a la vez: amor, incertidumbre y alivio—. Buenas noches, rubio.

El otro intenta detenerlo.

—Austin, espera.

Él se gira para mirarlo.

—¿Qué pasa, Jack?

«Que no quiero que te vayas, que me gustaría seguir compartiendo la terraza y hablando contigo, que no recuerdo la última vez que me sentí tan cómodo y seguro con alguien, y que no me imaginaba que la persona que me fuera a hacer sentir así fueras a ser tú. Eso me pasa».

Pero escoge decir:

—¿Por qué no te quedas un rato más?

Austin esboza una sonrisa pequeña y suave, la primera que no parece hecha con prisa; una sonrisa con la que intenta decirle que no le importa esperarle, que él es libre de elegir, y a la que también le pone voz:

—Porque si algún día cambias de opinión y decides soltar el miedo, ya sabes dónde encontrarme .