Capítulo 20
El veredicto de la vieja escuela
La claridad gris del amanecer se filtró por la ventana desvencijada del piso-taller y tiñó el suelo de madera de un azul gélido.
La brisa salina que subía desde los muelles de Puerto Azul mecía las cortinas finas, trayendo el graznido distante de las primeras gaviotas y el rumor apagado de los remolcadores arrancando motores en la dársena.
Sobre el respaldo de la silla de mimbre, el vestido verde esmeralda colgaba todavía húmedo en el dobladillo, arrugado y sin el lustre de las lámparas de araña del Club Náutico.
A su lado, sobre la mesa de pino, la pantalla de mi portátil permanecía encendida e iluminaba en silencio una hilera de documentos cerrados.
No había pegado ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los párpados, el chasquido del micrófono al apagarse volvía a retumbar en mis sienes con la fuerza de un portazo.
A las siete y doce minutos, el móvil vibró contra la madera, dando saltitos espasmódicos sobre una pila de facturas.
Descolgué antes de que sonara el segundo tono.
—¿Julián?
Al otro lado de la línea se escuchó una inhalación entrecortada, seguida por un carraspeo agónico. La voz del pasante sonaba rota, pero vibraba con una electricidad desquiciada.
—Marina. Dime que estás despierta. Dime que no estoy hablando con un contestador automático porque me va a dar un síncope aquí mismo, en el bordillo de la plaza.
Me incorporé en la banqueta, apretando el auricular contra la oreja con tanta fuerza que me dolió el cartílago.
—Estoy despierta. ¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado en el club?
—Sigo vivo, lo cual ya es un precedente legal inaudito —soltó Julián en un suspiro atropellado, y de fondo se escuchó el chirrido de los frenos de un autobús urbano—.
Tengo tres carpetas de actas reventadas bajo el brazo, una mancha de salsa tártara en la solapa y un principio de hipotermia, pero sigo con pulso.
Marina... tienes que escuchar esto. Tienes que escucharlo palabra por palabra porque si no lo cuento voy a empezar a gritarle a las palomas.
—Julián, por favor, ve al grano antes de que te dé un infarto a ti o me dé a mí.
—El silencio —dijo él, bajando el tono a un susurro solemne—.
Cuando Gonzalo soltó el micrófono y se bajó del atril, cayeron sobre ese salón unos treinta segundos de silencio absoluto.
Treinta segundos reales de reloj, Marina.
Cuatrocientas personas sin atreverse a pestañear, los camareros congelados con las bandejas en alto y la junta directiva mirando a Gonzalo como si acabara de prenderle fuego a la bandera del club.
Yo estaba detrás del biombo de los técnicos y te juro por mi título de grado que me despedí mentalmente de mi finiquito y de mi vida laboral.
Tragué saliva.
—¿Y Gonzalo?
—Gonzalo se quedó plantado al pie del escenario —relató Julián, y pude oír cómo daba zancadas nerviosas por alguna acera de la bahía—.
Recto como una vara. Sin las notas, con el cuello de la camisa abierto y la corbata hecha un pingajo en el bolsillo de la chaqueta.
Tenía la cara de quien está esperando el pelotón de fusilamiento pero no piensa pedir que le venden los ojos.
Y entonces... entonces Don Aurelio se levantó de la mesa presidencial.
Apreté los párpados; el estómago se me cerró en un nudo helado.
—¿Qué hizo?
—Apoyó el bastón de madera en la tarima, dio un paso al frente y clavó los ojos en Gonzalo.
Yo creí que sacaba a relucir el protocolo de rescisión de contratos por fraude mercantil.
Mercedes estaba a tres metros, lívida, esperando el momento exacto para presentar a los albaceas...
y de pronto, Don Aurelio soltó un bufido.
—¿Un bufido?
—Un bufido por la nariz —corrigió Julián—.
Y después del bufido, Marina... se le escapó una carcajada.
Pero no una risita de cortesía de esas que se usan en las recepciones de embajada, no.
Una carcajada atronadora, de las que hacen vibrar las copas de cristal de Bohemia y rebotan en las molduras del techo.
Una carcajada de viejo lobo de mar que dejó a toda la sala con la mandíbula colgando.
El corazón me dio un vuelco salvaje.
—¿Se rio?
—¡Se partió de risa en la cara de todo el consejo!
—exclamó Julián, tropezando con sus propias palabras por la emoción—.
Se giró hacia los miembros de la junta, señaló a Gonzalo con la empuñadura plateada del bastón y soltó, a voz en grito: «Llevo cuarenta años en estos muelles rodeado de comadrejas con trajes a medida de tres mil euros que me juran lealtad eterna mientras me esconden las pérdidas bajo la alfombra.
Cuarenta años de hipócritas impecables que no tienen el valor de decirme una verdad a la cara ni aunque les vaya el pellejo en ello.
¿Y este muchacho se inmola en riguroso directo, renuncia a una minuta multimillonaria y le prende fuego a su reputación por no mentirme y por defender a la mujer que quiere? ».
Me quedé sin aire. Apoyé la frente contra el marco de madera de la ventana, con el tacto frío del cristal contra la piel.
—¿Dijo eso?
—Dijo exactamente eso —ratificó el pasante, resoplando con orgullo—.
Y no se quedó ahí. Don Aurelio miró al presidente del consorcio, que estaba blanco como la cera, y le espetó: «Ese de ahí es el único abogado con los arrestos suficientes para no vender su alma por un balance.
Si este imbécil es capaz de jugarse la carrera por una redactora, no hay nadie más en este puerto en quien vaya a confiar los barcos y el patrimonio de mi familia».
Se me escapó una risa temblorosa, mezclada con un ardor punzante en los lagrimales.
—No me lo puedo creer.
—Créetelo, porque yo mismo tuve que redactar la providencia de urgencia a las cuatro de la madrugada en una servilleta del bar del muelle —afirmó Julián con voz triunfal—.
El traspaso del fondo de inversión del Grupo Valdés está ratificado.
Cincuenta millones de euros blindados bajo la dirección exclusiva de Gonzalo.
Don Aurelio puso como cláusula no negociable que ningún otro socio de la firma toque un solo papel de la operación.
Es la victoria más absurda, suicida y brillante de la historia judicial de San Telmo del Norte.
Me pasé la mano libre por la cara, apartando los mechones revueltos mientras contemplaba cómo los primeros rayos dorados del sol golpeaban las grúas del puerto.
—¿Y dónde está él ahora? —pregunté, y la voz me salió más fina y vulnerable de lo que pretendía.
Julián hizo una pausa corta, amortiguada por el sonido del viento matinal.
—Salió de la torre hace media hora —respondió en un tono más suave—. No ha dormido, Marina. Pero antes de irse... me ha pedido que te dejara descansar hasta que saliera el sol.
El silencio volvió a instalarse en la línea.
Miré la bahía a través del cristal; la hora punta estaba a punto de desatarse en las avenidas, pero la marea había empezado a cambiar de rumbo.
El murmullo de los motores en la avenida no logró apagar el zumbido de la línea.
Separé el teléfono de la oreja un segundo para apoyar la espalda contra el marco de la cocina mientras terminaba de preparar la cafetera italiana.
El chasquido del quemador azul rompió la penumbra del piso cuando la puse al fuego.
—Espera, Julián —dije, volviendo a pegar el móvil al oído—. Si Don Aurelio ratificó el acuerdo a carcajadas... ¿qué hizo Mercedes? Porque la conozco lo suficiente para saber que no se quedó aplaudiendo en su mesa con el juego de perlas puesto.
Al otro lado, Julián soltó un quejido entrecortado, mezcla de agotamiento terminal y puro deleite procesal.
—Ah, la señora de Mendieta... —resopló, entre el crujido de una bolsa arrugada de cruasanes—.
Eso fue lo mejor, Marina. Un espectáculo forense.
En cuanto Don Aurelio terminó su discurso sobre los abogados con agallas, Mercedes cruzó el salón como un acorazado de gala.
Llevaba el dosier negro encajado bajo el brazo, con las esquinas de tu contrato asomando por la solapa.
Iba directa a la mesa presidencial para enseñarle a Don Aurelio el desglose de honorarios, las dietas y tus tres enmiendas manuscritas.
Quería impugnar la operación por fraude contractual delante de toda la prensa económica.
Apreté la taza vacía contra la encimera. El contacto frío me devolvió de golpe a la realidad de las baldosas.
—¿Llegó a enseñárselo?
—Ni siquiera pudo abrir la carpeta —respondió Julián, bajando la voz con una solemnidad casi litúrgica—.
Gonzalo se interpuso en mitad del pasillo central.
Se plantó entre su madre y Don Aurelio a tres metros de la tarima.
Desarmado, sin chaqueta, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y la mirada más tranquila que le he visto en los tres años que llevo sufriendo a sus órdenes.
Mercedes le soltó una de esas frases suyas envenenadas, de las que no levantan la voz pero te hielan la sangre a cuatro mesas de distancia.
Le dijo: «Has destruido tres generaciones de prestigio por una aventurera sin oficio.
Si no te apartas, este informe estará en manos de los jueces del tribunal superior antes de que amanezca».
El agua de la cafetera empezó a borbotear con un quejido sordo. Contuve la respiración.
—¿Y qué le contestó él?
—La miró directo a los ojos, Marina. Sin pestañear.
Sin esa rigidez en la mandíbula que le entra cada vez que ella pisa la planta setenta —relató el pasante, con un tono que casi proyectaba la escena sobre el vapor del café—.
Gonzalo metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta que yo sostenía a su espalda y extrajo el manojo de llaves maestras del bufete y del despacho noble familiar.
Esas de latón dorado que pertenecían a su padre y que Mercedes le hacía pulir cada seis meses como si fueran una reliquia dinástica.
—¿Las llaves del despacho?