Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 22 — El felpudo, por fin, perfectamente alineado
100%

Capítulo 22 — El felpudo, por fin, perfectamente alineado

(Bruno)

La protectora no la salvamos. La salvó el barrio, que es distinto, y que es exactamente lo que mi padre llevaba dieciséis años intentando enseñarme desde el fondo de una caja.

Con el dinero del directo de Greta —que entró a chorros, porque resulta que la gente paga por la verdad mucho más de lo que paga por un gato mono— y con la colecta, y con lo que Greta puso de su bolsillo sin dejar que se lo agradeciera, le compramos el local al casero antes de que firmara la venta.

No fue rápido. Hubo papeles, hubo notario, hubo una semana en que pensé que se nos escapaba en el último metro.

Pero salió. Y no quedó como «Refugio Bond». Quedó como lo que es.

En la fachada que levantó mi padre, donde por poco va el logo de una marca de pienso, pusimos su nombre.

Tomás Olmedo. Una placa pequeña, fea, hecha por el del taller de la esquina con una letra que se tuerce al final, que es exactamente la clase de placa que le habría gustado, porque mi padre desconfiaba de todo lo que quedaba demasiado bien.

Decía que lo que queda perfecto es que alguien ha cobrado de más.

Y la abrimos distinto. Antes la abría yo, solo, cada mañana a las siete, matándome por sostener a pulso una cosa que era mía solo para tener el privilegio de perderla.

Ahora la abre el barrio. Hay turnos pegados con celo en la puerta del despacho, con letras de tres caligrafías distintas y un tachón de doña Encarna, que se apuntó a dos días y luego a cuatro.

Hay una hoja en la panadería para apuntarse a pasear perros y otra para traer mantas viejas.

Iris la lleva conmigo, oficialmente, con sueldo de los pocos que podemos pagar, sin que yo finja ya que no necesito que la lleve.

Greta le montó las redes y las cuentas y, por una vez en su vida, lo hizo a la vista de todos, preguntando antes de cada cosa, enseñando cada número, que era lo único que yo le había pedido. No salvarme. Preguntarme.

La caja de mi padre ya no está cerrada en un rincón del despacho.

La vacié. Las fotos están en la pared, junto a la puerta, donde las ve todo el que entra: mi padre joven y flaco delante de una verja recién pintada, con una camada en brazos y la sonrisa de aguantar que yo heredé sin saberlo.

Y debajo, enmarcada, la lista vieja de la colecta de hace dieciséis años —la suya, los nombres del barrio, las cantidades ridículas y enormes— al lado de la lista nueva, la nuestra, para que se note que esto ya había pasado una vez y que el truco para que no se acabe nunca es justo el que más miedo me daba: pedir.

Tarta encontró familia, por fin. Volvió el niño del principio, el del primer mes, un año más alto y con dos dientes nuevos, arrastrando a sus padres detrás, rendidos los tres a una perra de tres patas que llevaba un año esperándolo en la verja sin saber su nombre.

Tarta corrió hacia él en diagonal, que es como corre ella, como si no hubiera dudado nunca, porque ella no dudó nunca: ella siempre supo que todo el que se va vuelve.

Hasta Greta volvió, y Greta tenía pinta de no volver de ningún sitio.

Tarta llevaba un año entero esperando que el mundo le diera la razón, sentada en esa verja, y el mundo, por una vez, tarde, se la dio.

Greta se mudó al cuarto del todo en primavera, lo cual sobre el papel fue un trámite, porque vivía media calle más abajo y ya dormía arriba casi todas las noches.

Pero hacerlo oficial le costó más que cualquier crisis que le haya visto apagar, porque mudarse es dejar que otro te vea el inventario entero: las manías, los cajones por dentro, la marca de la gente que ya no está.

Trajo pocas cosas. Trajo a Nerón, que inspeccionó el piso como quien tasa una herencia y decidió quedarse al comprobar que había un alféizar con sol y un perro al que despreciar a diario.

Vivir con ella es vivir con una mujer que sigue haciendo listas, salvo que ahora, a veces, en mitad de una, suelta el boli, me mira y dice «esto puede esperar», que en su idioma es la frase de amor más bestia que existe.

La primera vez que la dijo me quedé tan parado que se me quemó la cena, y ella, en vez de organizarme la cocina, se rio y pidió pizza, que para la Greta de hace un año habría sido una claudicación moral.

Ya no me gestiona. Lo intenta, claro, le sale solo, como a un zurdo le sale escribir con la izquierda.

Empieza a montarme la solución de un problema que no le he pedido que resuelva y, a media maniobra, se para sola.

Se ríe de sí misma. Y me pregunta —pregunta, ella, que antes diagnosticaba— qué necesito.

A veces la respuesta es nada, solo que se quede, y entonces se queda, quieta, sin arreglar nada, sin sacar la libreta invisible, que es justo lo que su hermana le pidió una vez en un pasillo y ella no supo dar.

Lo sabe ahora. Tres años tarde, conmigo, que es como se aprenden estas cosas: siempre con la persona equivocada para la primera vez y con la correcta para la segunda.

Duerme con la luz del pasillo apagada. Lo sé porque la primera noche que la dejó apagada para siempre no dijo nada, y yo tampoco, porque hay cosas que se rompen si las nombras y esa era una de ellas.

Me limité a apagarla yo las noches que se le olvidaba, sin comentarlo, hasta que dejó de olvidársele.

Hay maneras de cuidar a alguien que consisten, sobre todo, en no señalar que lo estás haciendo.

Y yo termino las frases. Todas. Me ha costado, todavía noto el tirón de dejarlas a medias, de desviar, de decir «bah, ya se verá» y cerrar con una broma para que nadie me vea pedir.

Pero las termino, hasta el final, aunque sean feas, aunque pidan algo.

Doña Encarna dice que desde que las termino parezco otro y que ella estaba muy a gusto con el de antes, el simpático, el que no daba problemas.

Luego me aprieta la mejilla, me mira con los ojos un poco brillantes, y me dice que no, que es mentira, que este me gusta más. Que este come.

Pombo lo intentó una última vez.

Presentó una denuncia nueva el mismísimo día de la reinauguración —ruidos, aglomeración en la vía pública, una placa «colocada sin el preceptivo permiso municipal»—, con el móvil en alto grabando pruebas, fiel a sí mismo hasta la médula.

Llevaba el cuerpo preparado para la bronca, que es lo que él esperaba y lo único que le habría dado la razón: un Pombo agredido es un Pombo feliz.

Pero el barrio no le dio la bronca. Le dio lo contrario, que es lo que de verdad desarma a los Pombo del mundo.

Doña Encarna le puso un plato en la mano antes de que terminara la frase.

El del estanco le guardó una silla a la sombra.

Alguien —creo que Iris, que tiene una crueldad muy fina— le dejó en el regazo a un perro viejo, gordo y baboso, de esos que se enamoran del primero que se sienta, y el perro decidió que Pombo era el amor de su vida y no se bajó en toda la tarde.

Y Pombo, denuncia en mano, móvil ya guardado en el bolsillo, se pasó la reinauguración entera formando parte, muy a su pesar, de la única cosa que llevaba años intentando destruir, que es exactamente lo que querría siempre, debajo de todo el vinagre: que lo dejaran entrar.

Retiró la denuncia el lunes. Pasó por la protectora, dejó un saco de pienso «que le sobraba» —no le sobraba, lo había comprado— y dijo que lo hacía «por los animales, que ellos no tienen la culpa de los desórdenes de los humanos».

Le dejamos que lo dijera. En este barrio se quiere a la gente dejándole sus coartadas.

Esa tarde, recogiendo las sillas, Greta se agachó en la puerta de nuestro portal y, sin pensarlo, enderezó el felpudo del tercero.

El mío. Por costumbre, por reflejo, como un tic que le quedó de cuando no nos hablábamos.

Paralelo, centrado, los flecos hacia fuera, milimétrico, como llevaba haciéndolo desde antes de saber mi nombre, cuando enderezar mi felpudo era la única manera que tenía de tocar mi vida.

—Ya no hace falta —le dije—. Lo dejo bien yo. Todas las mañanas, antes de bajar. Aprendí.

Levantó la vista. Miró el felpudo, que estaba perfecto sin que ella lo tocara, paralelo y centrado, porque yo lo dejaba cada mañana como a ella le gusta aunque a mí me siga dando exactamente igual dónde caen los flecos.

Que es, al final, lo único que he aprendido del amor que no sabía: cuidarle a alguien las tonterías que solo le importan a él, sin entenderlas, solo porque son suyas.

—Ya lo veo —dijo. Y no lo volvió a tocar. Lo dejó estar. Confió en que estaría bien sin su supervisión, que viniendo de Greta es prácticamente un voto de fe, casi una boda.

Subimos. En la encimera quedaba media bandeja de croquetas de la fiesta.

Cogí una para mí y fui a dejarle a ella la última en el plato, como hago siempre, sin pensarlo, porque dejarle la última es lo más parecido a un te quiero que me sale sin atascarme.

Y la mano se me paró en el aire. Porque ella había alargado la suya a la vez, con la misma idea, las dos manos sobre la misma última croqueta, los dos intentando dársela al otro sin cobrarla, sin reconocer que la estábamos dando.

Nos quedamos así, atascados en un exceso de generosidad ridículo, hasta que nos echamos a reír los dos a la vez, fuerte, sin avisar.

—Es para ti —dije.

—Es para ti —dijo ella.

La partimos. Que es, después de un año, lo más cerca que hemos llegado de resolver el viejo asunto de quién cuida a quién en esta casa: a medias, los dos a la vez, mal repartido y riéndonos, con un gato vigilando desde el alféizar que ninguno de los dos se llevara el trozo grande.

Epílogo

(Nerón)

Consigno, por última vez, los hechos. Después pienso jubilarme de cronista, que la posteridad es agotadora y yo tengo una siesta pendiente desde hace un año.

Ha pasado un año. Lo sé porque he tenido que reeducar a un humano nuevo en la casa —mi humana lo metió en primavera, el rubio, sí, el del perro— y reeducar a un adulto lleva justo eso, un año, y aún no ha terminado, pero da menos guerra de la prevista.

Deja la última croqueta. Apaga la luz del pasillo.

Sabe que el alféizar de la izquierda es mío y no lo discute. Tiene sus usos.

El perro viene a diario. Brioche. Sigue siendo grande, rubio y conmovedoramente estúpido, y me lame la cabeza con una devoción que ya no me molesto en fingir que tolero por estrategia, porque a estas alturas hasta el del estanco sabe que es mentira.

Lo dejo. Es más: algunas noches, cuando los humanos duermen, voy yo a buscarlo a los pies de la cama y me coloco contra su costado, que da un calor absurdo e innecesario, y me quedo.

No lo consigno por gusto. Lo consigno porque hoy toca decir la verdad y empiezo a entrenar.

La protectora lleva el nombre del padre del rubio y huele a todos los que no quiere nadie, que es el mejor olor que existe después del atún.

Voy de vez en cuando, en mi transportín, como la realeza visita las provincias.

Hay otro gato naranja allí, viejo, con una oreja partida y una mala leche que me llega al alma, que me desprecia con un talento que respeto profundamente.

Somos amigos en el único sentido que vale entre gatos: nos ignoramos en la misma habitación durante horas, dándonos la espalda, profundamente a gusto.

Los dos humanos están bien. Insufriblemente bien.

Se ríen sin avisar, los dos, ahora, fuerte, sin pedir permiso, como se reía la otra —la que ya no está, la que me recogió de una calle y me puso nombre de emperador y se reía así, llenando las habitaciones, hasta que un día dejó de llenarlas—.

A veces creo que lo hago por ella. Mantenerlos.

Que en esta casa siga habiendo alguien que se ría así de fuerte, ahora que son dos y el sonido casi llega.

Toda mi vida he cerrado estos informes con dos conclusiones: una oficial, para la galería, y otra que me reservaba, porque un gato no enseña las cartas y porque decir la verdad es de perros.

Hoy, por una vez, por ser la última, voy a consignar solo la que me reservaba.

Son como el perro y el gato. No tienen nada que ver. Él da y ella ordena; él perdona y ella archiva; él deja las puertas mal cerradas y ella alinea felpudos en un rellano. No deberían haberse cruzado más que para reñir por el ruido de las escaleras.

Y sin embargo los junté yo. Con una lengua de perro prestada, con noches de estrategia y con la paciencia de quien ha incendiado Roma y no se arrepiente.

Los junté porque arriba olía a orden, y el orden, a la larga, huele a nada, y yo quería para mi humana lo que tenía el perro a los pies de la cama: alguien tonto y leal a quien lamerle la cabeza sin calcular nunca lo que cuesta.

Lo conseguí.

Y duermo mejor desde que están. Los tres. Que conste. Por fin, que conste.