Capítulo 21 — Soy gestora de crisis y esto es lo único que no he sabido gestionar
(Greta)
He observado la situación con la paciencia que me caracteriza.
Mi humana ha vuelto a la pared y a la luz del pasillo.
El perro, abajo, araña una puerta que no se abre.
Dos animales —porque ellos también lo son, por mucho que lo disimulen— muriéndose de pena cada uno en su piso, separados por un techo y por una cosa que los humanos llaman orgullo y que huele exactamente igual que el miedo.
Yo los junté una vez. Con esfuerzo. Con lengua de perro prestada y noches de estrategia. Y ellos lo han roto en una tarde, que es lo que mejor se les da.
No pienso repetir la campaña entera. No me quedan otros tres meses.
Pero la puerta de esta casa, hoy, va a quedar mal cerrada.
Como siempre. Y esta vez no voy a bajar al tercero.
Voy a ir más lejos. Voy a ir donde está el perro de verdad, donde huele a todos los que no quiere nadie, y mi humana, que no me deja solo ni para ir a por el correo, va a tener que seguirme.
Si ellos no saben volver el uno al otro, los llevo yo. A rastras. Por el barrio entero si hace falta.
Conclusión oficial: alguien con criterio tiene que arreglar esto, y en esta familia el criterio soy yo.
Conclusión que no consignaré: lo hago también por mí. He dormido fatal sin el tonto rubio en la cama. No se lo digáis.
Tenía un plan, claro. Hasta para destruirme tenía un plan.
El viernes por la mañana, el día en que la protectora cerraba, monté lo que mejor sé montar: un directo.
Lo preparé como preparo todo. Guion escrito.
Mensajes clave subrayados. Un orden de aparición de las verdades, calculado para soltar primero las que dan simpatía y dejar para el final las que hacen daño, de modo que cuando llegara el daño el que mirara ya estuviera de mi lado.
Tenía hasta un plan B: nota de prensa, tres contactos de medios y una lista de cuentas grandes que me debían favores y que iban a compartirlo sin saber muy bien por qué.
Iba a coger un barrio pidiendo con la gorra en la mano y a convertirlo en tendencia nacional antes de comer, porque es lo único que tengo y lo hago mejor que nadie.
Pero iba a hacerlo controlando cada palabra. Iba a quemarme, sí, pero de forma ordenada, con extintor a mano y la manguera revisada. Hasta mi propia hoguera la había planificado para que ardiera solo lo justo.
Mateo vino a ayudarme. En realidad vino a vigilar que no me arruinara del todo, que es su forma de ayudar. Me vio montar el guion, subrayar, ordenar, cronometrar, y negó con la cabeza despacio.
—Esto no es soltar el control, Greta —dijo—. Esto es gestionar que parece que lo sueltas. Es un comunicado de crisis con lágrimas programadas en el minuto tres.
—Funciona.
—Funciona para un cliente. Para ti, no. Ese chico te huele la grieta a un kilómetro, me lo has dicho tú, y va a oler que esto también lo tienes medido. Si vas a hacerlo, hazlo de verdad o no lo hagas. —Cogió su café—. Aunque, conociéndote, dudo que sepas. Lo de verdad no se ensaya.
No le hice caso. Nunca le hago caso hasta que es tarde, y aun entonces me cuesta.
Estaba repasando el guion por última vez, cronómetro en mano, cuando Nerón saltó al alféizar.
Miró la puerta —que yo había dejado mal cerrada, como la dejo siempre, como llevo tres años dejándola y fingiendo que no sé por qué—, me miró a mí, miró el guion, y tomó, con esa cara suya de emperador aburrido, una decisión ejecutiva.
Se fue.
No se escapó como se escapan los gatos, despacio, probando el terreno, volviendo la cabeza para ver si lo riñes.
Salió disparado. Bajó las escaleras de cuatro en cuatro, cruzó el portal, salió a la calle, y un gato naranja de siete kilos que no había pisado el asfalto en su vida echó a correr por el barrio como si llevara el plano tatuado por dentro, porque lo llevaba.
Lo seguí. ¿Qué iba a hacer? Es lo único que me queda de mi hermana.
Salí detrás de él en zapatillas de estar por casa, sin abrigo, despeinada, con el móvil del directo todavía conectado y olvidado en la mano.
Bajé gritando «¡Nerón!» por una calle que me conoce desde hace dos años como la mujer seria que no saluda, la de hielo, la del cuarto que se queja del ruido.
Y la mujer seria que no saluda iba ahora dando saltos detrás de un gato gordo que esquivaba bolardos con una agilidad insultante para su volumen.
Tiré una papelera. Le pedí perdón a la papelera.
La del estanco salió a la puerta a ver el espectáculo y no se molestó en disimular que era el mejor día de su semana.
Doña Encarna, desde el balcón, gritó algo que sonó a ánimo y a sentencia a la vez.
Perdí una zapatilla a la altura de la panadería y no me paré a recogerla, porque pararme era perder al gato, y perder al gato, ese día, me pareció de pronto lo único imperdonable de una vida entera llena de pérdidas que sí había sabido gestionar.
Adiós al guion. Adiós a la hoguera ordenada. Adiós al plan B y a los tres contactos de medios.
El gato me llevó, a rastras y descalza de un pie, exactamente adonde yo no pensaba ir sin un plan blindado: a la puerta de la protectora.
Donde estaba el barrio entero. Donde estaba doña Encarna —que había bajado del balcón a una velocidad sospechosa para su edad— con el móvil en alto.
Donde estaba, abriendo la verja con cara de no haber dormido en una semana, él.
Nerón frenó en seco delante de Bruno. Se sentó. Y se puso a esperar al perro, tan tranquilo, su misión cumplida, mientras yo llegaba detrás sin aire, sin peinar, con una sola zapatilla y la dignidad perdida por algún sitio de la calle Mayor, entre la papelera y la panadería.
El móvil seguía grabando. En directo. A saber cuánta gente. No lo había planeado así —no había planeado nada de así, y esa era justo la cuestión—, y por una vez en doce años no podía hacer nada para arreglar el plano, ni el encuadre, ni la luz, ni la cara.
Así que dejé de intentarlo.
Levanté el móvil yo misma. Lo giré hacia mi cara.
Mi cara entera —no medio segundo al fondo de un vídeo ajeno, reconocible sin querer; mi cara entera, de frente, a propósito, con permiso, descompuesta, sin guion y sin una zapatilla— y hablé.
No para mis contactos. No con mensajes clave ordenados por simpatía.
Solo la verdad, que es lo que llevo doce años cobrando por que la gente no tenga que decir nunca.
—Me llamo Greta Cossío —dije—. Soy gestora de crisis.
Me dedico a que las historias que no le convienen a la gente con dinero dejen de contarse.
A enterrar la verdad con buena letra y mejor tono.
Y esto —miré la verja, los animales asomados, el barrio, a él— es lo único que no he sabido gestionar en toda mi vida.
Lo conté entero. Sin orden de aparición. Sin reservarme las verdades feas para cuando el espectador ya estuviera de mi lado.
Conté que la protectora cerraba ese día.
Que la había levantado un hombre que ya no estaba y que su hijo se estaba ahogando solo por no pedir ayuda a nadie, porque hay gente a la que pedir le parece morirse un poco.
Conté que yo, en vez de preguntarle qué necesitaba, monté a sus espaldas un trato con una marca para salvarlo, porque no sé querer de otra forma que arreglándole la vida a la gente sin su permiso, decidiendo yo qué se salva y qué no.
Conté lo del logo sobre el nombre de su padre.
Conté mi parte. Toda mi parte, sin maquillar, que es lo que jamás dejo hacer a un cliente.
Y conté lo de Víctor, sin nombrarlo, porque no hacía falta y porque hasta quemándome tengo modales.
—Hay una persona —dije a cámara— que tiene guardados un par de favores míos de los que se hacen a oscuras, y un secreto viejo, para usarlos contra mí el día que le convenga.
Llevo semanas con esa correa al cuello. Pero resulta que esa correa solo aprieta si tengo algo que proteger: una reputación intacta, una cara fuera de las cámaras, una versión limpia de mí misma.
Y eso lo estoy quemando ahora, en directo, yo sola.
A quien se prende fuego sola no se la puede amenazar con una cerilla.
Así que esos favores ya no valen nada. Quedan saldados. Por incomparecencia del chantaje.
Y dije, por fin, lo que no había podido decirle a mi hermana en un pasillo de hospital, hace tres años, por estar llamando para adelantar una prueba.
—Llevo toda la vida gestionando a la gente que quiero en lugar de quererla de frente.
Una vez se me murió alguien sin oírmelo decir, porque yo estaba en el pasillo ocupándome de los detalles.
Así que esto no lo voy a gestionar. —Bajé el móvil.
Dejé de hablarle al país y le hablé a él, que era lo único que importaba de toda la operación—.
Voy a hacer el ridículo de pie, descalza de un pie, diciendo la verdad delante del barrio entero.
Que es lo más valiente que he hecho nunca y lo que peor se me da.
No sé cuántos lo vieron en directo. Sé que para la tarde lo habían visto muchísimos más, y que el contador no paró en toda la semana.
La verdad, resulta —y esto debería haberlo sabido yo, que vivo de lo contrario—, viraliza mejor que cualquier estrategia.
La gente no se cansó nunca del gato y el perro, pero con esto se volcó distinto: con una mujer de hielo deshaciéndose en una acera por una protectora de barrio.
Entró dinero de verdad. Mucho. Suficiente, con la colecta que ya tenían y con lo que puse yo —que era casi todo lo que tenía, y que por primera vez en mi vida darlo no me supo a coste—, para parar la venta del edificio, comprar tiempo y pelearle el local al casero a cara descubierta.
Y ganarle, que es lo que pasa cuando dejas de mover el mueble para tapar la mancha y le enseñas la mancha al mundo entero: que la mancha deja de tener poder sobre ti.
A Víctor lo vi una sola vez más, semanas después, de lejos, por la calle.
No me saludó. No me amenazó. No le quedaba con qué: el secreto que guardaba ya lo había contado yo, y los favores los había saldado en directo delante de testigos.
Hasta me pareció —pero a lo mejor me lo invento, que de inventar versiones sé un rato— que inclinaba un poco la cabeza al pasar, de profesional a profesional, ante la única jugada que él, que se cree el más listo de la sala, no se atrevería a hacer jamás: perder a propósito, en alto, a la vista de todos.
Pero todo eso vino después. En la acera, aquel viernes, con una zapatilla y el barrio entero mirándome y el móvil ya caído a un lado, lo único que importaba era que él no había dicho todavía nada.
Bruno se acercó. Despacio. Sin la sonrisa de aguantar; eso lo noté enseguida, que venía con la cara de verdad, la que solo le había visto a las cuatro de la mañana y una vez en el despacho de su padre.
Brioche, a su lado, ya le lamía la cabeza a Nerón, que se dejaba, regio, su misión cumplida, los dos animales reunidos antes que nosotros otra vez, como desde el primer día, como si supieran algo que a nosotros nos costó doscientos cincuenta y dos.
—Has dicho la verdad en directo —dijo Bruno—. Tú. La que entierra verdades para vivir.
—Se me ha escapado el gato. Lo demás ha sido improvisación.
—Greta.
Y se paró. Y noté que le subía a la boca la frase de siempre, la suya, la que deja a medias para no comprometerse a nada, «no pasa nada» o «ya hablaremos» o cualquiera de las que usa de persiana.
La vi venir, igual que él me ve venir a mí.
Y lo vi tragar, y respirar, y por una vez no dejarla colgando.
—Quiero que te quedes —dijo—. Y lo digo entero, mira.
No para que me arregles nada. No te necesito para que me salves la protectora, ni la vida, ni nada; eso ya lo hemos probado y casi nos mata.
Te quiero a ti, cerca, aunque no me arregles nada nunca, sobre todo si no me arreglas nada.
Eso es lo que quiero. Me ha costado un mundo decirlo y lo digo hasta el final: quiero que te quedes.
La terminó. La frase entera, fea y verdadera, la primera completa de su vida según doña Encarna, que lo estaba grabando todo y que soltó un gritito tapándose la boca.
Somos como el perro y el gato. No tenemos nada que ver.
Él da y yo gestiono; él perdona y yo archivo; él deja las puertas mal cerradas y yo coloco felpudos en paralelo.
Todo, absolutamente todo, dice que no deberíamos.
Y sin embargo ahí estábamos, en una acera, descalza yo, sin coraza ninguno de los dos por primera vez, con dos animales lamiéndose al lado como si llevaran toda la vida sabiendo lo que a nosotros nos costó doscientos cincuenta y dos días aprender.
—Vale —dije.
—¿Vale? ¿Ya está? ¿Todo esto y me dices «vale»?
—No lo estropees. —Lo cogí de la camisa, la fea, la de cuadros que le tengo dicho que no se ponga, y lo besé yo, porque si algo iba a perder en mi vida prefería perderlo conduciendo y no de copiloto—.
Es lo más cerca que voy a estar nunca de soltar el control en una acera, con público. Acéptalo y no pidas más.
Lo aceptó. Se reía contra mi boca, el idiota, otra vez, como la primera vez en el portal, y el barrio aplaudía, y doña Encarna lloraba sin dejar de grabar, y Pombo decía por lo bajo que «esto en la vía pública sin licencia no se puede hacer» sin que nadie le hiciera el menor caso, y en algún momento, no sé cómo, alguien sacó comida, porque en este barrio todo, hasta el fin del mundo, termina en comida.
Bruno me puso en la mano la última croqueta de la bandeja. Sin mirarme. Sin cobrarla. Como quien deja un anillo sin la ceremonia.
Esta vez no le busqué el ángulo. Ya sabía que no tenía, que nunca lo había tenido, que un hombre sin ángulo era exactamente lo que yo llevaba doce años sin saber dónde archivar, y resultaba que no había que archivarlo: había que quedárselo.
Me la comí. Le robé la suya. Y me quedé.