35 Logan
LOGAN
La Nochebuena en la gran mansión fue perfecta.
Cada uno de nosotros había celebrado las fiestas por su cuenta durante los últimos años, pero aquella Navidad, puesto que estábamos más unidos, habíamos decidido volver a las antiguas tradiciones, y eso significaba que todos recibiríamos juntos a Papá Noel bajo el mismo techo.
Se suponía que deberíamos estar relajándonos, pero Noah estaba bastante alterado por haber comido demasiadas galletas, porque se suponía que iba a decorar una casita de jengibre, pero había terminado por comérsela entera.
A Gwen le había costado muchísimo conseguir que Sophia se quedara dormida, y yo tenía la sensación de que Noah se pasaría horas pidiendo vasos de agua y que le contaran historias.
La amenaza de acabar en la lista negra de Papá Noel no resultaba tan efectiva cuando él ya sabía que estaba a punto de llegar, cargado de regalos.
Nos habíamos instalado en una de las estancias recién renovadas que, bajo las instrucciones de Nina, había pasado de ser un salón poco usado, a una biblioteca y estudio con una gran chimenea encendida y el árbol de Navidad más enorme de la casa.
Yo había querido que fuera tan limpia y despejada como la cieloteca de mi antigua casa, pero Nina había insistido en que debía ser acogedora y clásica.
Había tenido razón, como siempre, y la nueva biblioteca se había convertido en el lugar en el que todos nos instalábamos para relajarnos y descansar.
Esa noche, cada uno de nosotros se había instalado en su asiento favorito para charlar y tomar una última copa mientras escuchábamos canciones de Navidad antiguas.
Ariel entró, adornada con un collar muy festivo, y nos miró a todos con el desdén de un gato adulto.
Aún le gustaba recibir caricias, pero en el fondo, era una introvertida a la que no le agradaban los grupos de gente.
Al menos, había preferido unirse a nosotros en la biblioteca en lugar de desaparecer dentro de un armario, lo que me pareció un triunfo.
Si alguien era capaz de lograr que se relacionara socialmente, serían Noah y su tía Emilia, a la que todos los animales adoraban, sin importar su especie.
—Hola —dijo Nina, dejándose caer en el sofá a mi lado.
—Hola —respondí, y la atraje hacia mí. La miré un instante y bajé la voz—. Pareces cansada. ¿Demasiadas labores de anfitriona?
—Venga ya —rio ella—. Ya sabes que esto me encanta, y nunca soy más feliz que cuando estoy creando recuerdos con mis personas favoritas. Y no olvides que Gwen, Emilia, Candace y Josie han ayudado con los preparativos.
—Y los hombres hemos recogido —le recordé.
—Como es vuestro deber —respondió ella con soltura.
Observé su perfil, iluminado por el resplandor del fuego.
—Eres preciosa de la hostia.
Escuché unos ruidos procedentes de detrás del sofá.
—¡Papá! —exclamó Noah, escandalizado—. ¡Has dicho una palabrota!
—Ay, peque, no sabía que estabas ahí. Tienes razón, no debería usar esa palabra.
—Esto me resulta familiar —rio Nina—. Lo de que sueltes palabrotas delante de los niños.
—No me lo recuerdes. —Dejé caer la cabeza hacia atrás—. Así fue como empezó todo.
Noah nos mostró una especie de walkie talkie híbrido que le había regalado su tío Drew, parte de nuestro acuerdo de abrir un único regalo en Nochebuena.
—Te he grabado. Escucha —dijo, trasteando con los botones.
—Noey, no, por favor. —Extendí la mano para que me diera el aparato—. Enséñame cómo se borra.
Él suspiró y me explicó los pasos para hacerlo, mientras yo notaba la sonrisa de Nina al mirarnos. Me volví a ella cuando las pruebas de mi mal vocabulario quedaron eliminadas y Noah se marchó a espiar a alguien más.
—¿Qué? —pregunté.
—Solo pensaba en lo afortunada que soy. A ver, fíjate en esto. —Levantó un brazo para hacer brillar su nueva pulsera de diamantes.
—¿Te gusta? Pues solo es el primero de muchos regalos que están por venir —le aseguré—. Un par de ellos van destinados a estas estanterías.
Hice un gesto para señalar los libros que nos rodeaban. En los últimos meses, había tenido muy ocupado a mi tratante de libros antiguos.
Ella se inclinó para darme un beso en la mejilla.
—Estoy segura de que me encantará todo lo que hayas previsto, sea lo que sea, pero se te ha olvidado abrir mi regalo de Nochebuena para ti.
Había estado tan ocupado repartiendo los regalos asignados a cada uno de los miembros de mi familia, que se me había olvidado por completo que yo también debía abrir uno. Pero daba igual, porque ningún regalo podía compararse a lo que ya tenía en la gente que me rodeaba.
—Puedo esperar a mañana —dije—. Mira, todo el mundo está absorto en su pareja.
Al mirar a nuestro alrededor, vimos a Noah haciendo una especie de danza interpretativa para Drew y Emilia; a Gwen, adormilada sobre el pecho de Harrison en el sofá situado enfrente del nuestro, y mi padre y Candace bailando despacio junto al árbol, al ritmo de una canción de Bing Crosby.
—Vale, pero yo no quiero esperar —insistió Nina—. Además, eres el único que no ha recibido nada, y te mereces un regalo.
Me entregó un sobre pequeño, con los ojos brillantes.
—Esto es diminuto —comenté al cogerlo, y lo agité un poco—. ¿Son las llaves de un coche nuevo?
—Venga ya —respondió ella con un resoplido de risa—. Como si necesitaras más.
—¡Qué dices! Tú nunca tendrás demasiados zapatos, y yo nunca tendré demasiados coches.
Ella me dio un manotazo en el brazo.
—¿Puedo tratar de adivinar lo que es? —pregunté.
Ella hizo un gesto, animándome a intentarlo.
—Vale. ¿Es algo que he dicho que quiero?
—Oh, sí. Unas cuantas veces.
—¿Es solo para mí? No sé, ¿como unas clases de parapente?
—No es solo para ti —respondió con firmeza—, y ¡de ninguna manera te regalaría nada que representara un riesgo de muerte!
—Hmm. —Hice una mueca—. ¿Es algo efímero? ¿Como una cena con mi chef favorito en París? ¿O algo que durará para siempre, como un buen reloj?
—Es para siempre.
—¿Puedo compartirlo? —pregunté.
—Más te vale.
Me sonreía como quien sabe que su regalo ha dado en el clavo.
—Es… —No terminé de hablar—. Umm.
—Por Dios, ¿puedes abrirlo ya, por favor? —resopló Nina con indignación fingida.
—Vale —dije, y deslicé el dedo bajo la solapa del sobre.
Ella dio unas palmadas, casi del mismo modo en que lo hacía Noah cuando estaba demasiado emocionado para contenerse. Saqué del sobre un papel doblado diminuto y se lo mostré. Ella asintió.
Lo desdoblé y leí las dos palabras escritas con su letra, y los ojos se me llenaron de lágrimas en el momento en que asimilé su significado. Al mirarla, descubrí que ella también estaba llorando.
—¿Estás embarazada? —pregunté en un susurro tembloroso.
Ella asintió y se mordió el labio.
—He esperado a esta noche para decírtelo porque es el regalo perfecto.
La atraje hacia mí para estrecharla en mis brazos, mientras intentaba no venirme abajo por completo.
Habíamos estado intentándolo desde aquella noche en el dormitorio de mi infancia y, aunque no habíamos llegado al punto de estresarnos por ello, estábamos empezando a frustrarnos por lo mucho que tardábamos, considerando que hacía el amor con mi mujer cada maldito día y, en ocasiones, dos veces diarias.
Por fin, me aparté de ella.
—¿De cuánto estás?
Ella se llevó una mano a la tripa.
—De siete semanas. Aún es muy pronto. —Miró a su alrededor al resto de la familia y bajó la voz—. Pero, aun así, quiero contárselo a todos.
—¿Contarnos qué?
Los dos dimos un salto cuando Noah salió de detrás del sofá.
—Ven aquí, Noey —dijo Nina, cogiéndolo de la mano para acercarlo a nosotros—. Tenemos que contarte algo muy emocionante.
Él se quedó delante de nosotros, y sus ojos saltaron del uno al otro. Debía resultar evidente que teníamos algo muy importante que decir.
—No te vayas a volver loco, ¿vale? —advertí.
Últimamente, Noah había dejado de lado toda su timidez y había perdido el miedo a dejarse oír. Su personalidad era aún más fuerte que antes, y eso me encantaba.
—Noah —empezó Nina en voz baja—. Le acabo de dar a tu padre su regalo de Navidad, pero también es para ti porque… —Hizo una pausa y tragó saliva—. Vas a convertirte en un hermano mayor.
Mi hijo se quedó con la boca abierta.
—¿Quieres decir que vas a tener un bebé? —preguntó en un susurro ahogado.
—Así es —respondió Nina con una sonrisa enorme.
Él se tomó un momento para asimilar la noticia y su expresión pasó de la sorpresa a la confusión, la felicidad y, por fin, la picardía. Se dio la vuelta.
—¡Abuelo! ¡Tienes que comprarme una litera!
Noah corrió hacia él, señalándonos por encima del hombro. Mi padre me miró con sorpresa y, enseguida, Candace lo imitó al comprender las implicaciones.
—¿Estás…? —Gwen se había despertado y nos miraba, mientras Harrison parecía igual de sorprendido.
Noah se subió al sofá y levantó los brazos en el aire.
—¡Voy a ser un hermano mayor!
Y eso fue todo lo que hizo falta para que la paz de Nochebuena se convirtiera en un caos de felicidad. Todo el mundo se puso en pie y corrió hacia nosotros, mientras los vítores se mezclaban con las lágrimas y el ruido se apoderaba de la habitación.
Fue maravilloso.
En eso consistía la familia. La antigua y la nueva, la adquirida y la de sangre.
Era absolutamente perfecto.