CAPÍTULO 2 VEINTISIETE MINUTOS
E l problema empezó con veintisiete minutos.
Julia sabía que eran veintisiete porque Bruno había escrito a las ocho y doce: Paso por lo de Nico a buscar el módulo y en veinte estoy. A las ocho y treinta y nueve todavía no había llegado. Tampoco había contestado el mensaje que ella había mandado siete minutos antes.
¿Todo bien?
Julia miró la pantalla otra vez. Nada.
Estaba sentada en el borde de la cama, con un zapato puesto y el otro en la mano.
Camila había dicho que se encontraban a las nueve y media en el karaoke, lo que en idioma Camila significaba cualquier horario entre las nueve y veinte y las diez y diez, pero ese no era el punto.
El punto era que Bruno había dicho veinte minutos.
Abrió el chat.
¿Bruno?
Esperó. Contó mentalmente hasta treinta, se irritó consigo misma por estar contando y dejó el teléfono sobre la cama. Terminó de ponerse el zapato. Se miró al espejo. Se soltó el pelo. Volvió a recogerlo. Miró el teléfono.
Nada.
Lo llamó.
La llamada sonó hasta cortarse.
Julia frunció el ceño. No pensó accidente.
No exactamente. Pensó una lista más corta y más molesta: se quedó sin batería, tuvo que ayudar a Nico con algo, estacionó mal, se le pinchó una rueda, alguien lo chocó, se mareó, dejó el teléfono en silencio, le pasó algo que podía resolverse si ella sabía qué era.
Volvió a llamar.
La llave entró en la cerradura mientras todavía estaba sonando.
Bruno abrió la puerta con una caja pequeña bajo el brazo y el teléfono en la mano. Miró la pantalla, después a Julia y después otra vez la pantalla.
—¿Dos llamadas?
Julia se puso de pie.
—No contestabas.
—Estaba manejando.
—Podías contestar cuando estacionabas.
—Estacioné hace treinta segundos.
—Entonces podías contestar hace treinta segundos.
Bruno dejó la caja sobre la mesa del living.
—Buenas noches para vos también.
Julia sintió el tono y supo que él estaba molesto. Eso no modificó el dato principal.
—Dijiste veinte minutos.
—Y tardé veintisiete.
—Siete más de lo que dijiste.
Bruno se quedó quieto.
—Sí. Había tránsito y no encontré lugar.
—Perfecto. Eso era todo lo que necesitaba saber.
—Mandaste dos mensajes y llamaste dos veces para saberlo.
—El primer mensaje era normal.
—¿Y el segundo?
—El segundo era porque no contestaste el primero.
—¿Y las llamadas?
Julia señaló el teléfono como si la respuesta estuviera ahí.
—Porque no contestaste los mensajes.
Bruno se pasó una mano por la cara. No parecía enojado de verdad. Todavía no. Julia reconoció más cansancio que bronca en el gesto, como si él estuviera buscando el error en una cuenta que para ella era evidente.
—Si digo veinte y tardo veintisiete, no estoy desaparecido.
—Nunca dije que estuvieras desaparecido.
—Me llamaste dos veces.
—Porque quería saber si estabas bien.
—Estoy bien.
—Ahora lo sé.
Bruno la miró.
—Ese es exactamente el problema.
Julia abrió la boca, pero el teléfono de ella vibró. Camila: ¿VIVEN O YA SE MATARON? Julia leyó el mensaje y se lo mostró.
Bruno levantó una ceja.
—No respondas la verdad. Podría preocuparla.
Julia lo miró durante medio segundo y terminó riéndose. La tensión bajó lo suficiente para que ninguno tuviera ganas de arruinar la noche, pero no desapareció. Bruno fue a cambiarse. Julia terminó de arreglarse. Cuando salieron, ella agarró las llaves y él dijo:
—Manejo yo.
—No dije nada.
—Te estoy ahorrando una pregunta.
—No iba a preguntar eso.
—No sabremos nunca.
El karaoke quedaba a pocas cuadras, en un subsuelo con paredes oscuras, luces que cambiaban de color sin respetar ninguna música y un escenario lo bastante chico como para que cualquiera que subiera pareciera tener más confianza de la recomendable.
Julia iba ahí con Camila desde antes de terminar enfermería.
Habían celebrado parciales, trabajos nuevos, rupturas que duraron tres semanas y reconciliaciones que duraron menos.
Camila ya estaba en una mesa del fondo con su novio cuando los vio entrar.
—¡Al fin!
Julia miró la hora.
—Son diez menos cuatro.
—Dije nueve y media.
—Llegaste nueve y cuarenta y siete.
—Eso no viene al caso.
Bruno se sentó.
—Necesito entender qué parte sí viene al caso.
—Ninguna. ¿Ya se odian?
—Todavía no —dijo Julia.
—Hubo un operativo de búsqueda y rescate —dijo Bruno.
Julia giró hacia él.
—Fueron dos llamadas.
Camila apoyó los codos en la mesa.
—¿Cuánto había tardado?
—Veintisiete minutos.
—Siete de más —corrigió Julia.
Camila miró a Bruno con una solemnidad falsa.
—Pobre familia. ¿Ya avisamos a Missing Children?
—Andate a la mierda.
—No puedo. No mandé ubicación en tiempo real.
Hasta Bruno se rió. Julia también, aunque le mostró el dedo medio a Camila. La escena quedó convertida en anécdota con la facilidad de las cosas que todavía permiten chiste. Eso era parte del problema: desde afuera sonaba gracioso. Incluso desde adentro, a ratos, también.
Una hora después Julia estaba en el escenario con un micrófono y una canción demasiado ambiciosa para sus capacidades.
No le importaba. Nunca le había importado.
Cantaba mal con una convicción que merecía mejor instrumento.
A mitad del estribillo encontró a Bruno mirándola desde la mesa.
Él tenía esa expresión seria que usaba cuando estaba a punto de decir algo insoportable.
Cuando bajó, se sentó a su lado.
—Tengo una hipótesis —dijo él.
—No quiero escucharla.
—Tu problema no es tonal.
—Te dije que no.
—Es de exceso de confianza.
Julia apoyó una mano sobre su muslo debajo de la mesa.
—Qué raro. A vos suele gustarte mi exceso de confianza.
El cambio en Bruno fue mínimo. Una pausa un poco más larga.
—Depende del contexto.
—Este contexto va a mejorar cuando Camila deje de elegir canciones de siete minutos.
—Te escuché —gritó Camila desde el otro extremo.
—Era la idea.
Volvieron caminando pasada la una. Almagro estaba húmedo por una llovizna reciente y el aire olía a vereda mojada y comida de algún local todavía abierto.
Julia caminaba enganchada al brazo de Bruno porque los zapatos que había elegido eran cómodos solo durante las primeras dos horas, un fraude que repetía con regularidad.
—Cantaste peor que la última vez —dijo él.
—Gracias.
—No era elogio.
—Lo recibo como quiero.
Bruno la miró de costado.
—Eso explica varias cosas.
Julia le pegó con el hombro.
En el departamento, Bruno dejó las llaves en el cuenco de la entrada. Julia se sacó los zapatos en medio del pasillo.
—Eso va contra tu doctrina de superficies —dijo él.
—El piso no es una superficie horizontal. Es el piso.
—Voy a necesitar un abogado.
—No te alcanza el presupuesto.
La discusión de las llamadas seguía ahí, debajo de todo, pero ya no tenía filo suficiente para imponerse a la noche. Julia se acercó, le pasó las manos por la cintura y lo besó. Bruno respondió sin apuro. Ella lo empujó apenas contra la puerta.
—Sacate la remera.
—¿Eso también tiene plazo?
Julia se separó lo justo para mirarlo.
—No arruines tu suerte.
Bruno sonrió por primera vez desde que habían vuelto y obedeció.
La intimidad siempre había sido uno de los lugares donde sus diferencias funcionaban a favor.
Julia decía lo que quería. Bruno no tenía que adivinar.
Si algo cambiaba, se decía. Si algo no gustaba, se frenaba.
La claridad no volvía el sexo menos espontáneo; a Julia le permitía dejar de interpretar señales y limitarse a sentir.
* * *
Más tarde, Bruno quedó boca arriba, con Julia dormida contra su hombro. El teléfono de ella estaba boca abajo en la mesa de luz. El de él vibró una vez: Nico preguntando si el módulo había llegado entero.
Bruno respondió que sí.
Después abrió las notas.
No tenía una intención clara hasta que apareció el cursor parpadeando. Se quedó mirándolo. Pensó en los dos mensajes, las dos llamadas y la manera completamente sincera en que Julia había dicho ahora lo sé, como si con eso el procedimiento quedara justificado.
Escribió un título.
CÓMO CONVIVIR CON UNA TÓXICA
Lo releyó y tuvo que apretar los labios para no reírse y despertarla. Era injusto. Exagerado. También era la clase de exageración que, en ese momento, le impedía seguir pensando en la conversación.
Debajo escribió:
Regla 1: si dijiste «llego en veinte», a los veintiuno empezás a figurar como desaparecido. Contestá antes de que se active búsqueda y rescate.
Bruno sonrió. Después dejó de sonreír un poco.
Bloqueó la nota y dejó el teléfono sobre la mesa de luz. No tenía ninguna intención de mostrársela a Julia. Era una broma privada. Una forma de no discutir otra vez por siete minutos.
Al menos eso creyó esa noche.