Cómo convivir con una tóxica (Amores imperfectos 4)
© inepub.com
CAPÍTULO 1 DOS MESAS
L a primera discusión de convivencia empezó antes de que terminaran de entrar las cajas.
Bruno estaba arrodillado en el living, con un rollo de cinta pegado a la muñeca, cuando abrió una caja que Julia había marcado con fibrón negro: COSAS QUE USAMOS TODO EL TIEMPO.
Adentro había dos cargadores, una tijera, un botiquín, tres repasadores, un destornillador Phillips, una taza sin asa y un paquete de velas.
Se quedó mirándolo unos segundos.
—¿Qué? —preguntó Julia desde el pasillo.
Bruno levantó la taza.
—Estoy tratando de entender el criterio.
Ella apareció con una bolsa de perchas. Llevaba el pelo negro recogido en un rodete que había empezado la mañana siendo firme y ahora sobrevivía gracias a una gomita y una cantidad optimista de fe. Un mechón ondulado le caía sobre la mejilla. Julia sopló hacia arriba sin conseguir moverlo.
—Todo eso se usa seguido.
—¿Las velas?
—Se corta la luz.
—Una vez por año.
—Y ese día las usás muchísimo.
Bruno volvió a mirar la caja.
—Entonces no está organizada por frecuencia.
—Está organizada por necesidad.
—Hay una taza rota.
Julia se la sacó de la mano.
—No está rota. Le falta el asa.
—Eso es una definición bastante generosa de «no rota».
—Es mi taza de mate cocido.
—No tomás mate cocido.
—Porque no encontraba la taza.
Bruno la miró. Julia sostuvo la seriedad exactamente dos segundos antes de sonreír. Eso, pensó él, era una de las razones por las que se estaban mudando juntos y no una de las razones por las que deberían haber salido corriendo en direcciones opuestas.
La decisión había tenido tan poco de ceremonia que, semanas después, seguía resultándole graciosa.
El propietario del departamento de Julia no iba a renovarle el contrato.
Ellos llevaban un año juntos, dormían en la misma cama cinco o seis noches por semana y conservaban dos alquileres para guardar dos juegos de sábanas, dos frascos de café y una cantidad absurda de ropa repetida.
Habían hecho cuentas, visto departamentos y descartado el de Bruno porque era chico.
Después encontraron ese dos ambientes en Almagro, con parquet gastado, una cocina donde dos personas podían cruzarse solo si una respiraba hacia adentro y una mesa grande en el living que Bruno había mirado con interés técnico desde la primera visita.
Julia la había mirado como una mesa.
Ahí había estado el primer error de interpretación.
—Esa caja no va ahí —dijo ella.
Bruno siguió la dirección de su dedo. La caja azul con placas, sensores y cables descansaba sobre un extremo de la mesa del living.
—¿Por qué?
—Porque es la mesa.
—Correcto.
—La mesa donde vamos a comer.
Bruno señaló hacia la cocina.
—Hay otra mesa.
—Esa es la mesa de la cocina.
—Sigue siendo una mesa.
Julia dejó las perchas en una silla y apoyó las manos en la cintura.
—No podés colonizar una superficie común el primer día.
—No la estoy colonizando. Estoy dejando una caja mientras termino de armar el estante.
—¿Cuánto tarda «mientras» en lenguaje ingeniero?
—Menos que «lo guardé en un lugar lógico» en lenguaje Julia.
Ella se acercó. Bruno pensó que iba a levantar la caja. En cambio, le pasó un dedo por la frente y le mostró una raya gris de polvo.
—Tenés mugre hasta en las ideas.
—Eso explica muchas cosas.
—Andá a lavarte.
—Orden directa. Primer día y ya empezó el régimen.
Julia le dio un beso corto.
—El régimen consiguió empanadas para la noche.
—Retiro lo dicho.
—Tarde.
Durante las tres horas siguientes entraron y salieron cajas, un perchero que se negaba a pasar por el marco de la puerta y un hombre de la mudanza que aseguró cinco veces que el colchón «entraba perfecto» mientras demostraba lo contrario.
Bruno disfrutó cada minuto más de lo razonable.
No de la mudanza. La mudanza era un trámite caro que dejaba cartón en lugares donde antes no había cartón.
Disfrutó la facilidad con la que Julia decía nuestro sin convertirlo en una ceremonia.
Nuestro baño. Nuestra heladera. Nuestro problema porque el sofá había quedado contra la pared equivocada.
Cuando por fin se fueron los hombres de la mudanza, Julia apareció frente a la pared del living con una cinta métrica.
—¿Qué hacés?
—Midiendo.
—Eso veo. ¿Por qué?
Señaló el rincón junto a la ventana.
—Tu estante.
Bruno miró la pared.
—No hace falta armarlo hoy.
—No dije hoy. Dije que entra ahí. Si la mesa va a ser territorio compartido, necesitás un lugar para las cosas que no pueden terminar adentro de una caja marcada «cosas que usamos todo el tiempo».
—Ese ataque fue innecesario.
—Fue preventivo.
Bruno tomó la cinta y volvió a medir por costumbre.
Ochenta y cuatro centímetros. El estante entraba con margen.
Su proyecto todavía no era una empresa ni una promesa que pudiera explicar sin usar demasiadas palabras.
Era un prototipo que funcionaba algunos días, una pila de sensores comprados de a poco y varias noches de código que prefería no calcular.
Julia había sido la primera persona, después de Nico, que no había preguntado cuánto dinero podía sacar de eso antes de preguntar si funcionaba.
—Podemos poner una repisa arriba —dijo ella—. Para las cajas chicas.
—¿«Podemos» significa que vas a opinar sobre cómo ordeno mis componentes?
—No. Significa que no quiero encontrar un sensor de vibración al lado de los platos.
—Eso sería objetivamente un mal lugar.
—Me alegra que tengamos una base común.
Bruno apoyó la cinta sobre la mesa. Durante un segundo tuvo ganas de decir algo más grande de lo que correspondía a una repisa.
Que le gustaba que ella hubiera pensado en su proyecto como parte de la casa y no como el hobby molesto que traía cajas.
Que le gustaba, incluso, que dijera tu estante dentro de un departamento que acababan de empezar a llamar nuestro.
No lo dijo. Le pasó un brazo por la cintura y le besó la sien.
Julia se apoyó un instante contra él, sin pedir explicación.
A las seis y media, Bruno descubrió que faltaban dos tornillos largos para fijar el estante y que el auto seguía en una zona donde no podía dejarlo toda la noche.
—Bajo a moverlo y paso por una ferretería —dijo, buscando las llaves.
Julia levantó la vista desde una caja de platos.
—¿Cuál ferretería?
—La que encuentre abierta.
—¿Por dónde?
Bruno la miró.
—Por Buenos Aires.
—Muy útil. ¿Cuánto tardás?
—Quince minutos. Veinte.
Julia miró la hora en su teléfono.
—Si a los veinticinco no volviste, te llamo.
—¿Por qué a los veinticinco?
—Porque dijiste veinte y te estoy regalando cinco.
—Generosa.
—Muchísimo.
—Voy a estacionar el auto, Julia. No a cruzar los Andes.
—La gente tiene accidentes estacionando.
Bruno sostuvo las llaves en alto.
—Esa frase no ayuda a nadie.
—No era para ayudar. Era información.
Lo dijo con tanta normalidad que él soltó una risa. Bajó, encontró lugar a tres cuadras, compró los tornillos y volvió dieciocho minutos después. Julia estaba sentada en el piso, rodeada de platos envueltos en diario. Apenas oyó la llave, miró el reloj del microondas.
—Dieciocho.
—¿Me estabas cronometrando?
—No. Miré la hora cuando te fuiste.
—Eso tiene otro nombre con menos prestigio.
—Volviste dentro del plazo. No hay caso.
Bruno dejó la bolsa de ferretería sobre la mesa y se inclinó para besarla. Julia le sostuvo la cara un segundo más de lo necesario.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Bien.
La respuesta pareció cerrarle algo por dentro con la misma eficacia con la que había cerrado una caja. Después lo soltó y volvió a los platos.
Bruno se quedó mirándola apenas un segundo.
Durante el noviazgo, Julia siempre había preguntado si había llegado, si el viaje había salido bien, si el médico había dicho algo, si la rueda del auto que hacía un ruido raro seguía haciendo el mismo ruido.
Él lo había leído como una de sus maneras de estar.
A veces intensa, sí. También clara. Nunca tenía que adivinar si le importaba.
Esa noche no vio ninguna razón para leerlo de otra manera.
A la una y cuarto de la madrugada todavía no habían armado el placard.
Habían abierto dos cajas más, discutido sobre si los vasos debían ir cerca de la pileta o cerca de la mesa y descubierto que el agua caliente tardaba exactamente cuarenta y tres segundos en llegar a la ducha.
Julia lo había medido con el cronómetro porque, según ella, si iban a quejarse tenían derecho a quejarse con datos.
Las empanadas estaban frías. Comieron igual, frente a frente en la mesa pequeña de la cocina, con una lámpara de pie enchufada en el pasillo porque todavía no encontraban dos focos.
Julia tenía el pelo recién lavado, oscuro y ondulado sobre los hombros.
Bruno tenía polvo en la remera y una felicidad doméstica que le parecía un poco ridícula.
—Mañana compramos cortina para el baño —dijo Julia.
—Y focos.
—Y café.
—Hay café.
—Eso que trajiste no cuenta.
—Es café.
—Es una amenaza marrón.
Bruno mordió una empanada y miró alrededor.
La cocina estaba llena de cajas, el living había perdido media superficie útil a manos de sus prototipos y el placard parecía diseñado por alguien que odiaba la madera.
Aun así, por primera vez en toda la mudanza, tuvo la sensación física de haber llegado.
Julia estiró el pie por debajo de la mesa hasta tocarle el tobillo.
—¿Estás contento?
La pregunta salió sin solemnidad. Eso la volvió más seria.
—Sí.
—Bien.
—¿Eso era otro control?
Julia sonrió.
—Era una pregunta.
Bruno le atrapó el pie entre los suyos.
—Sospechosa.
—¿Querés que la retire?
—No.
Y por esa noche no hubo nada más que resolver.