Cómo conquistar a un duque en diez pasos (y fracasar en nueve) Capítulo 6 Paso número cinco Hazlo reír
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Capítulo 6 Paso número cinco Hazlo reír

(O al menos intenta no asustarlo con una imitación de vaca).

Eleanor tenía un objetivo claro para el día: hacer reír al Duque de Redmoor. Una risa. Una sonrisa, siquiera. Un pequeño resoplido nasal sería aceptable.

Según su prima Margaret —que había servido de público de prueba esa mañana—, su monólogo sobre las vacas que tenían complejo de aristócratas era "moderadamente gracioso" y "ligeramente perturbador". Pero Eleanor confiaba en que todo era cuestión de encontrar el momento exacto para soltar la broma.

Ese momento llegó durante un paseo campestre organizado por Lady Cranford.

El duque caminaba a una distancia socialmente apropiada pero emocionalmente galáctica.

Aun así, Eleanor se las ingenió para quedar a su lado cuando el grupo se detuvo a admirar una pradera que, francamente, no merecía tanta atención.

—Las vacas de Yorkshire tienen una actitud muy particular —dijo Eleanor de pronto, con aire casual, mirando a una en la distancia—. Caminan como si supieran que pertenecen a la alta sociedad. Como si fueran… duquesas. Vacas-duquesas. Duquacas.

Silencio.

Un petirrojo trinó.

El duque la miró. No con desaprobación, exactamente. Más bien como si intentara decidir si debía preocuparse.

—¿Duquacas? —repitió él, finalmente.

—Sí —asintió con convicción—. Es una nueva especie. Muy exclusiva. Rumian con dignidad. Jamás mugen sin razón.

Un músculo se tensó en la comisura de su boca. ¿Una sonrisa? ¿Un tic nervioso? Imposible saberlo.

—Interesante observación —respondió, antes de volver la vista al frente.

Margaret, que los observaba desde unos pasos atrás, se llevó una mano a la cara con resignación.

—¿Por qué no puedes ser normal? —susurró cuando Eleanor volvió a su lado.

—¡Lo he hecho sonreír por dentro! Lo sé —susurró de vuelta, con aire triunfante—. Es un comienzo.

Y lo era. Solo que ella no sabía que, unos minutos antes, mientras creía que él no la miraba, él sí la había estado observando.

No fue la broma de las vacas lo que captó su atención. Fue la manera en que Eleanor, sin darse cuenta, recogía los bordes de su vestido para no pisarse, o cómo miraba el cielo como si esperara que el universo le guiñara un ojo.

Y algo en él —algo enterrado muy hondo bajo años de compostura— empezó a moverse.

Pero claro, Eleanor no lo supo. Ella solo anotó mentalmente:Paso cinco: Técnicamente, no un completo fracaso.

Y planeó su siguiente jugada con más entusiasmo del que una vaca-duquesa jamás habría aprobado.