Come, bebe y sé bruja Diecinueve
100%

Diecinueve

—¿Qué es esto?

Dos días después del desafortunado fallecimiento de Mike, la cadera de Hali había vuelto a la normalidad —bueno, a su normalidad— y repartía bebidas tan contenta en el Salty Cauldron cuando apareció Gray con una enorme bolsa de playa colgada al hombro.

—Es nuestra segunda cita —respondió él mientras se inclinaba para besarla.

Ella le devolvió el beso, no solo porque era lo que se esperaba, sino también porque le apetecía, y miró la bolsa con recelo.

—Ahí dentro no habrá un montón de folletos sobre operaciones de cadera, ¿verdad?

—No, pero qué buena idea. —Le brillaron los ojos—. Dije que te daría seis meses antes de empezar a dar la lata con el tema, y lo decía en serio. El contenido de esta bolsa es una sorpresa.

Hali no se dio por satisfecha.

—No me gustan las sorpresas.

—Sí que te gustan.

—No. —Negó con la cabeza—. Dime qué hay en la bolsa.

—Si vienes conmigo, te enseñaré lo que hay en la bolsa.

—No lo hagas —intervino Tanya desde la barra, donde preparaba copas y observaba la escena con cara de estar disfrutando—. Eso es algo que diría un acosador.

—Déjalo ya. —Gray la apuntó con el dedo, pero sin apartar los ojos de Hali—. Vamos. Son las siete. Dijiste que podías librarte a las siete para nuestra segunda cita. Espero que cumplas. Sin excusas.

Hali entrecerró los ojos y soltó un suspiro.

—Está bien.

Se desató el delantal y se lo pasó a Tanya.

—De todas formas, hoy está bastante tranquilo.

Lanzó una última mirada a la bolsa y luego le dio la mano.

—Puedes tú sola, ¿no? —le preguntó a Tanya mientras echaban a andar por la playa.

—Estoy perfectamente. —Tanya la despidió con la mano—. Pásatelo bien. Y, por una vez, no pienses en el trabajo.

—Sí, sí, sí.

Hali se detuvo a los pocos metros y se quitó las sandalias de una patada. Gray las cogió antes de que pudiera hacerlo ella y las metió en la bolsa.

—Podría haberlas llevado yo —protestó.

—No vamos muy lejos.

La cogió de la mano y se la llevó lejos del complejo, más allá de las pequeñas cabañas con tumbonas y del enorme tobogán, hacia la hermosa puesta de sol.

—Sé que esta es nuestra segunda cita, pero no hemos pasado una sola noche separados desde la primera, así que resulta raro pensar en esto como una cita —comentó Hali mientras caminaban.

—Pues es una cita.

—Ya lo sé. Solo digo que es raro.

—Shhh.

Hali frunció el ceño.

—¿Me acabas de mandar callar?

—Shhh.

Soltó una serie de refunfuños que se le murieron en los labios cuando salieron al otro lado de las cabañas y se encontró entrando en un país de las maravillas playero.

—Pero ¿qué demonios...?

Le soltó la mano a Gray y deambuló bajo los toldos de colores vivos.

Había al menos cuatro, dispuestos en distintos ángulos, y debajo alguien había extendido una manta enorme.

Había farolillos tiki solares repartidos por diversos puntos de la arena, y lo que parecía una cesta de pícnic gigante presidía el centro.

—¿Has hecho tú todo esto? —Se volvió hacia él con los ojos llenos de asombro.

—Me han ayudado un poco. —Dejó la bolsa junto a la cesta de pícnic y le sonrió—. Es una suerte que te quieran en este sitio, porque Cecily reclutó a un montón de gente para echar una mano, Franklin pagó de buena gana a los trabajadores extra y llevan la última hora dando los toques finales.

—¿Esto lo ha hecho Franklin? —Hali estaba comprensiblemente atónita—. ¿Desde cuándo quiere ayudar?

—Desde que ayudaste a limpiar su nombre. Ah, y porque Cecily le dijo que lo hiciera. Lo creas o no, me da que está colado por ella.

—No me lo creo. Cecily es una mujer fuerte. Eso aterraría a un hombre como Franklin.

—¿Y a qué clase de hombre no le aterra una mujer fuerte?

—Al mejor de todos. —Hali le sonrió de oreja a oreja—. A ti no te doy ningún miedo, y soy fuerte como pocas.

—Eso es cierto. —Señaló hacia la manta—. Vamos. La comida está tapada con calientaplatos, pero quiero comer antes de que se enfríe.

—¿Qué tenemos?

Hali sonrió mientras se arrodillaba y veía a Gray sacar una enorme bandeja de marisco.

—¡Anda la leche! Esa es una de las bandejas de los banquetes que preparan. Es el gran festival del marisco. Solo se la sirven a los peces gordos. —Abrió mucho los ojos y los clavó en Gray—. ¿Cómo sabías que me vuelvo loca con las sobras?

—Puede que un pajarito me lo haya contado —respondió Gray mientras se acomodaba a su lado.

—¿Y ese pajarito se llama Carrie?

—Puede. —Se negó a mirarla a los ojos—. No pienso delatar a mis fuentes.

—¿Ves? Ni siquiera puedo enfadarme con ella por ser tan bocazas, porque gracias a eso pasan cosas como esta.

—Es una buena amiga. —Gray le dio un beso en la coronilla y luego cogió una de las colas de langosta—. Bueno, hay tenedores y pinzas para romper los caparazones. Y bolsas de basura para tirarlos después, pero vamos a acabar perdidos. No quiero oír ni una queja al respecto.

—Ay, no me voy a quejar ni cuando me chorreen los brazos de jugo de cangrejo —prometió Hali—. Me da igual acabar hecha un pringue.

A Gray le brillaron los ojos de deseo.

—Estaba pensando que, cuando acabemos, podríamos darnos un baño.

—No he traído bañador.

—No vas a necesitarlo. Mira a tu alrededor.

Con el ceño fruncido y un trozo de langosta colgándole de la boca, Hali inclinó la cabeza y miró por debajo del toldo. Solo entonces se dio cuenta de lo que no había visto al llegar al pícnic.

—Alguien ha levantado un glamur —dijo, rebosante de asombro.

—Sí, y se extiende hasta dentro del agua. Tenemos nuestro propio trocito de cielo todo el tiempo que queramos, y nadie puede ver lo que hay dentro.

—¿Eso también lo hizo Carrie? —A Hali se le empañaron los ojos de repente.

—Oh, no llores. —Gray se inclinó hacia ella con la sensación de haber recibido un puñetazo en el estómago—. Quería hacerte feliz.

—Soy feliz. —Y lo decía de corazón—. Es solo que me siento un poco abrumada. Anoche nuestra cita consistió en tacos y en correr por ahí en ropa interior.

Gray soltó una risa grave.

—Sé que te parecerá ridículo, pero a mí eso también me vale. No creo que tengamos que ser de una sola manera.

Apoyó la cabeza en su hombro y alargó la mano hacia un racimo de patas de cangrejo.

—Esta es la cita más pringosa y la mejor que he tenido en mi vida. Quiero que lo sepas, por si luego me olvido de decírtelo.

Él agarró un langostino por la cola.

—Lo mismo digo.

Se lo metió en la boca, masticó y tragó. Luego volvió a hablar.

—Sí que tengo una novedad sobre Mike. Pensé en guardármela hasta mañana, pero supuse que querrías saberlo.

—Pues sí. Cuéntame.

—Rusty se reunió con uno de los ancianos de los Everglades.

Les entregó lo que quedaba del cuerpo de Mike para que pudieran enterrarlo, como le había pedido, y a cambio se llevó un buen sermón.

Por lo visto, los cambiaformas de los Everglades sabían que daba problemas desde muy pequeño.

Su madre lo mantenía apartado, pero lo llevaba a las reuniones familiares, y allí ya se dieron cuenta.

Además, varias cambiaformas desaparecieron cuando él era adolescente.

Sospechaban de él, pero nunca pudieron probarlo.

—¿Y todo esto porque era medio mago? —A Hali le costaba asimilarlo—. Ni siquiera sé qué pensar de eso.

—Nadie sabe gran cosa de su padre. Rusty dijo que los ancianos lo consideraban un sociópata, y que incluso a su madre le costaba rebatir las pruebas.

Por eso se quedó con la manada cuando a él lo repudiaron.

Quieren creer que fue la sangre de mago lo que lo convirtió en eso, pero no sé si puedo darles la razón.

—Los sociópatas no nacen así por la genética. Simplemente son así. No hay manera de controlar cuándo ni cómo ocurre.

—Pues da la casualidad de que estoy de acuerdo.

—¿Dijeron algo sobre su muerte?

—¿Te preguntas si quieren venganza?

—Algo así.

—Rusty los tanteó. Ni siquiera preguntaron quién lo había matado.

Rusty les explicó que se cruzó con una bruja a la que intentó secuestrar y que ella se defendió.

Básicamente lo planteó así. Le dieron las gracias por avisarlos, se llevaron los restos y dijeron que los enterrarían lejos de las tierras de la manada.

—Eso es un insulto, ¿verdad?

—Sí.

—Bueno, si creían que era un asesino, supongo que no me sorprende.

—No, no es nada sorprendente —convino él mientras pinchaba una vieira.

Hali se inclinó y se la comió del tenedor antes que él.

—¡Oye! Hay para todos.

Ella se rio de su indignación fingida.

—Vas a tener que aprender a compartir. Cuando estás conmigo, estás conmigo… y eso significa que yo consigo lo que quiero.

—¿Ah, sí? —Un destello coqueto le atravesó la mirada y se le dilataron las fosas nasales—. ¿Y lo que quiero yo?

—¿Qué quieres?

—Parece que solo a ti.

—Pues qué oportuno. Yo también te quiero solo a ti.

—Genial.

Agarró otra vieira y se la metió en la boca antes de que ella pudiera robársela. Luego la atrajo hacia sí para darle un beso de lo más cómico.

—¿Qué tal ha estado? —preguntó cuando terminó de tragar.

—Absolutamente asqueroso —respondió entre risas—. Aunque me ha gustado un poco. No sé qué dice eso de mí.

—Dice que tú también eres un poco asquerosa.

—Por desgracia, creo que tienes razón. —Partió una pata de cangrejo en dos y sacó la carne de un tirón—. Creo que vamos a ser una pareja asquerosa.

—A mí me parece bien.

—Bien. —Tiró el caparazón vacío a la bolsa de basura que habían dejado allí para eso—. ¿Qué hay en la bolsa? —Su voz sonó baja y sensual.

—Champán y postre.

—¿Qué hay de postre?

—Tarta.

—Sabes cómo llegar directo a mi corazón.

—Eso espero, desde luego.

Esta vez, cuando la besó, no hubo nada asqueroso en ello.

—¿Sabes? Te va a costar muchísimo superar esta cita —señaló ella—. O sea… cuando sirves la perfección, ya solo se puede ir a peor.

—No sé. Es que a mí me gustan los retos.

—Ya. Aunque también está bien tener noches tranquilas como la de anoche.

—Ah, pienso compartir contigo todo tipo de noches. Noches tranquilas. Noches ruidosas. No me importa en absoluto ver la tele y escucharte roncar. Así de mucho me gustas.

Hali se quedó boquiabierta.

—Yo no ronco.

—Eh… sí, sí que roncas.

—Que no.

—Cariño, es que te adoro, pero roncas. No pasa nada. Yo también ronco.

—Ya me he dado cuenta. Pero yo no ronco, así que aquí no hay ningún «también».

—Puede ser lo nuestro. Ya sabes, la pareja que ronca junta permanece junta.

No quería reírse. Solo conseguiría animarlo. Pero no pudo evitarlo.

—Supongo que hay cosas peores.

—Pues sí. Además, te toca a ti planear nuestra tercera cita. Si quieres que incluya ronquidos, estaré encantado de ver a dónde nos lleva.

—¿Y por qué me toca a mí la tercera cita?

—Porque somos compañeros.

Ella suspiró y se desinfló un poco.

—Eso me gusta.

—Lo sé. A mí también.

—Aun así, no quiero planear ninguna cita. Creo que eso debería ser cosa tuya.

—Ah, no. —Negó con el dedo—. Los compañeros lo comparten todo, incluido planear las citas.

—Eso suena a mucho trabajo.

—Merezco la pena.

Era cierto. Merecía la pena.

—Vale, pero voy a necesitar tiempo para pensar. Nada va a superar esta cita.

—Me gusta ganar, así que me parece bien.

—¿Y ahora sientes que estás ganando?

—Pues sí.

—Yo también.

Pinchó la siguiente vieira y se la tendió.

—Te vas a bañar desnuda conmigo cuando terminemos, ¿verdad? Es decir… me he tomado muchas molestias para montar todo esto. Creo que un baño en pelotas debería ser mi recompensa.

—Ya veremos cómo me siento después de comerme mi propio peso en marisco.

—Supongo que me conformo con eso.