Come, bebe y sé bruja Siete
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Siete

Gray consiguió concretar algunos detalles sobre varios de los profesores, pero ni de lejos los suficientes para decidir por dónde tirar.

Así que se quedó rondando el bar del vestíbulo, observándolos mientras daba sorbos al café e intentaba disimular las ganas que tenía de salir con Hali al cabo de unas horas.

—¿Hay algo? —preguntó Cecily sentándose a su lado.

—¿Mmm? —Gray levantó la vista hacia la abogada—. ¿Decías algo?

—Te pregunto si avanzas con la investigación para la que te hemos contratado —insistió Cecily con retintín.

—Ah. Todavía no.

—Y entonces, ¿qué haces? Aparte de pensar en cierta dueña de un bar tiki, quiero decir.

—¿Cómo sabes que estoy pensando en Hali?

—Porque lo llevas escrito en la cara, pedazo de sentimental. —Pese a su puesto en la organización de Franklin, Cecily parecía divertida—. Sois adorables.

—Vamos a ser adorables del todo antes de que esto termine —convino él.

—Me gusta que tengas tanta confianza.

—No sé si «confianza» es la palabra que usaría yo para describir lo que siento. «Determinación» quizá sea más adecuada.

—En cualquier caso, Hali merece algo de felicidad. Te sonríe cuando cree que nadie la mira. Yo lo tomo como una buena señal.

—Yo también.

—Quizá puedas convencerla de que se opere la cadera, que lo necesita con urgencia.

Gray se quedó helado. Sabía que Cecily no lo estaba mirando: algo deliberado por su parte. Aun así, de pronto su presencia le resultó abrumadora.

—¿Lo sabías?

—Yo estaba allí la noche en que la atropellaron.

—Por tu jefe, el imbécil.

—Por mi jefe, el niño grande que se niega a madurar —aclaró Cecily—. Y que quede claro, no es mal hombre. Solo es un idiota.

—Creo que en eso no nos vamos a poner de acuerdo. Fue mi tío, si mal no recuerdas. Sé qué clase de hombre es.

—No digo que sea un buen hombre. Solo digo que nunca se propone hacer cosas horribles. Es que no puede evitar comportarse como un capullo.

—Eso no lo justifica.

—No.

Se instalaron en un silencio cordial mientras Gray seguía observando a los profesores. Algunos estaban claramente afectados, pero no conseguía decidir si era porque la pérdida de Rachel los horrorizaba de verdad o porque creían que era así como debían reaccionar.

—¿En qué piensas? —preguntó Cecily cuando el silencio ya se había prolongado tres minutos enteros.

—Me pregunto qué sabes tú de la posible operación de Hali. Ella no ha querido concretar. Básicamente, si la he entendido bien, le da miedo operarse porque, si no le sirve de nada, habrá perdido toda esperanza.

—No sé si toda la esperanza —matizó Cecily—.

Aunque le duele, eso sí. Se le nota. Debería haberse operado cuando se lesionó, pero ya entonces tenía por delante un camino de recuperación muy largo.

Cuando el médico le dijo que uno de los riesgos, un riesgo mínimo, ojo, era que quizá no volviera a caminar, Hali lo cortó en el acto. Dijo que prefería aguantar el dolor.

—Entiendo por qué tenía miedo —reconoció Gray—. Pero no me gusta verla con dolores todo el tiempo.

—Eso es porque, cuando se trata de ella, eres un blandengue. Es adorable… y algo que nunca pensé que llegaría a ver.

—Se le da bien sacármelo. —La sonrisa de Gray fue lobuna, y luego se puso serio—. ¿A ti estos profesores te parecen raros?

Cecily parpadeó varias veces, asimilando el cambio de tema, y después negó con la cabeza.

—No sé muy bien qué me estás preguntando.

—Nadie está de luto.

—Eso no es verdad. Están todos sentados contando historias sobre Rachel Champion. Si eso no es estar de luto, no sé qué lo será.

—Sí, pero es como si cumplieran el trámite. Aquí no hay una sola emoción auténtica. La mayoría de esta gente reacciona como cree que debería reaccionar. No quieren parecer insensibles ni nada. No es emoción de verdad.

—Vaya. —Cecily inclinó la cabeza y sopesó lo que acababa de oír—. ¿Sabes qué? Creo que puede que tengas razón.

—Soy listo y adorable.

Ella soltó un bufido.

—Tendrías que serlo, para haber conquistado a Hali. Esa chica no se chupa el dedo.

—Ella también es lista y adorable.

—Ay, madre mía. —Cecily se atragantó con una risa—. Estás colado hasta las trancas. Otro día quizá me apetecería escucharte hablar y hablar de tu romance con ella. Pero hoy no tengo tiempo. Tengo demasiado entre manos.

—¿La tobillera?

—Se la están colocando ahora mismo. He mandado que traigan algunas de sus cosas. Va a quedarse encerrado aquí, en el ático, hasta que lo descarten como sospechoso. Va a ser una tortura para todos.

—¿Todos nosotros?

—Yo también me traslado a una habitación. No al ático, pero hay una habitación con cama de matrimonio justo enfrente del ático. Me parece mejor estar aquí mismo para tener a Franklin a raya. Ya sabes…, por si acaso.

—¿Y hay alguien capaz de tener a Franklin a raya?

—No, pero tengo que intentarlo.

Gray asintió, comprensivo. No era difícil deducir a qué se enfrentaba.

—Puede que seas una santa.

—O simplemente muy buena en mi trabajo.

Hizo un gesto hacia los profesores.

—¿Crees que uno de ellos es el responsable?

—No lo sé. Tengo sentimientos encontrados al respecto. Por un lado, la estrangularon y la arañaron. Apuesto a que la causa de la muerte será estrangulamiento cuando el forense entregue su informe. Es una muerte muy íntima.

—¿Porque notas cómo se le escapa la vida a alguien?

—Exacto. —Gray le lanzó una mirada evaluadora—. A veces eres más lista de lo que creo.

—Es que leo mucho. Y además, bueno, he fantaseado con estrangular a Franklin alguna que otra vez.

—Me lo imagino.

—¿Hay alguna forma de acotar cuál de estos profesores podría ser sospechoso? —preguntó Cecily.

—Tengo a los chicos de la oficina de seguridad sacándome unas grabaciones. He reducido un poco la lista de nombres, pero solo porque he descartado a los sospechosos obvios.

—Entonces, ninguna mujer. Ninguna pareja casada. Nadie demasiado mayor, porque estrangular a alguien requiere fuerza.

Gray le lanzó otra mirada de reojo.

—Más o menos.

—Oye, no pongas esa cara de sorpresa —lo reprendió ella—. Yo sé cosas.

—Está claro. —Gray volvió a su labor de vigilancia—.

También les he pedido que sigan a Rachel en vídeo desde el momento de su llegada.

Según tengo entendido, estuvo aquí dos días en total antes de la agresión.

El primer día no llegó hasta pasadas las tres de la tarde, y murió en algún momento de la segunda noche.

Por suerte, no es una barbaridad de tiempo que rastrear.

—¿Y qué crees que vas a encontrar?

—No lo sé.

Gray levantó la vista cuando Mike apareció en el vano de la puerta abierta que daba a la sala de seguridad y le hizo un gesto para que se reuniera con él.

—Vamos a averiguarlo, ¿no?

Mike ya estaba sentado delante del ordenador cuando Gray y Cecily se unieron a la fiesta.

—Tengo a varios chicos ahí fuera haciendo preguntas a los profesores. Va bien, pero me han llegado varios informes que apuntan a que ninguno de ellos conocía demasiado a la víctima.

La información no sorprendió a Gray.

—Anoche no estuve mucho tiempo observándola —empezó.

—Probablemente porque estabas demasiado ocupado observando a Hali —señaló Cecily.

Gray continuó como si ella no hubiera hablado.

—Parecía una extraña dentro de su propio grupo. La única razón por la que le presté atención es porque no paraba de quejarse del refresco Jones. Montó un escándalo tremendo con sus protestas y era imposible ignorarla.

—¿Y cómo lo gestionó Hali? —preguntó Mike.

—Fue de lo más pragmática —respondió Gray—.

Es una ley, así que no es una simple norma que se pueda saltar.

Rachel insistía en que iba a hablar con un encargado.

Carrie —la amiga de Hali— no dejaba de llamarla Karen.

Y cada vez que lo hacía, los profesores se reían.

Parecían estar de acuerdo. Cuando Rachel por fin se marchó hacia el vestíbulo, fue un alivio, aunque solo fuera porque dejamos de oírla gritar.

—¿Carrie estaba aquí? —Mike se animó—. Carrie me cae bien. Es una bocazas, pero es divertidísima.

Gray le lanzó una mirada de lástima.

—También es lesbiana.

—¿Qué? —Mike parecía conmocionado—. No lo sabía. Entonces, ¿no tengo ninguna posibilidad con ella?

—No. Lo siento. —Gray le dio una palmadita suave en el hombro al guardia de seguridad—. Hablaré con Hali y te buscaremos una cita. Seguro que conoce a alguien.

—Si ni siquiera has tenido tu primera cita con Hali —le recordó Mike—. ¿No deberías arreglar tu propia vida amorosa antes de preocuparte por la mía?

Gray no podía discutírselo.

—Enséñame las grabaciones.

—La he aislado durante las treinta y cuatro horas que pasó aquí —respondió Mike—. Aquí está, haciendo el registro de entrada.

Gray y Cecily se inclinaron hacia delante para estudiar las imágenes.

Las cámaras de Paradise Lodge eran de primera, pero seguían estando limitadas por los ángulos.

No costó nada seguir a la mujer en cuestión mientras recogía su llave y se dirigía a su habitación.

Gray empezó a tomar notas mientras Mike le iba mostrando las grabaciones.

—Estuvo en su habitación casi dos horas —observó Gray—. Supongo que se duchó y deshizo la maleta.

—Me da la impresión de que era de esas mujeres que deshacen la maleta del todo en cuanto llegan a un hotel —comentó Cecily.

—¿Hay gente que no lo hace? —preguntó Gray.

Cecily se encogió de hombros.

—Hay gente —nadie con quien yo querría irme de vacaciones, ojo, pero hay gente— que vive de la maleta en lugar de usar las cómodas.

—Eso es de bárbaros.

Ella soltó un bufido.

—Si algún día llegas al punto de llevarte a Hali de vacaciones, te garantizo que es del tipo que vive de la maleta.

Gray archivó eso para pensarlo más tarde —no entendía por qué le gustaba la idea de llevarse a Hali de vacaciones cuando todavía no habían tenido ni la primera cita— y volvió a concentrarse en las imágenes.

—Vale, cenó con un grupo grande en el restaurante italiano —dijo—. Parece que eran unos veinte. Voy a querer los nombres de todos, incluso de las mujeres. Quiero interrogarlos para ver si pasó algo raro durante la cena.

—No parece que pasara nada raro —señaló Mike.

—No lo parece, pero eso no quiere decir nada. Solo tengo que cubrir todos los frentes.

—Puedo conseguirte una lista.