Tres
Los profesores resultaron ser justo el tipo de problema que Hali esperaba y temía a la vez.
La mujer que se quejaba de no poder beber en botellas de cristal en la playa acabó tan frustrada que, en un momento dado, se largó hecha una furia al complejo principal.
Ya era lo bastante tarde como para que Hali gritara «¡última ronda!»
y se pusiera a vaciar el bar. Antes de media hora, el único que quedaba era Gray.
Hasta Carrie se fue… aunque las miraditas pícaras que no dejó de lanzarle a su mejor amiga le dejaron claro a Hali que le tenía preparada una conversación incómoda.
—No tenías por qué quedarte —dijo Hali mientras limpiaba la barra.
Gray había ayudado a recoger: había revisado cada mesa y llevado los utensilios a la zona del tiki para lavarlos con ella.
—Estoy acostumbrada a encargarme de esto yo sola.
—Eso no significa que no pueda ayudar. —Le guiñó un ojo—. Además… ¿no te debo una?
—Quizá no te convenga seguir recordándome que debería estar enfadada contigo —señaló ella mientras apoyaba la mano en la barra y cerraba los ojos un instante al notar un pinchazo en la cadera—. A estas alturas solo te estás haciendo daño a ti mismo.
—Algo me dice que la que está sufriendo eres tú.
Los sorprendió a ambos cuando la cogió en brazos y la llevó a una de las sillas que había fuera de la cabaña.
—Yo cierro el bar.
Le lanzó una mirada seria cuando ella hizo ademán de levantarse.
—No. Ya me encargo yo. Descansa la cadera.
Hali frunció el ceño. Odiaba parecer débil más que nada en el mundo.
Pero la cadera era un problema. Nunca se había parado a pensar en cómo el dolor crónico podía condicionarle la vida hasta que la atropelló un multimillonario borracho con un carrito de golf.
Pasó días en el hospital tras el incidente y, aun después, tardó semanas en volver a ponerse en pie.
Ahora, más de un año después, tenía que descansar la cadera constantemente.
No era algo que comentara con mucha gente.
Y Gray era uno de los pocos. Conocía sus mayores secretos… y nunca la había juzgado por ellos.
—Probablemente debería contratar ayuda extra, para tener a alguien que me ayude a cerrar incluso los días de entre semana —reflexionó mientras se enjugaba el sudor que le resbalaba por la frente—. Pensaba que podría aguantar, pero está claro que me equivocaba.
Gray apoyó los codos en la barra y la observó con ojos solemnes.
—¿Y qué pasa con esa operación que mencionaste?
Ella se cerró en banda al instante.
—No quiero hablar de esto.
—Lo sé. —Sonaba de lo más razonable—. Entiendo que no quieras hablar de ello. Incluso entiendo por qué no quieres hablar de ello. Eso no quita que te duela.
—Estoy acostumbrada.
Él frunció el ceño.
—El dolor no es algo a lo que haya que acostumbrarse.
—Bueno, no tengo otra opción.
—Sí que la tienes —dijo con firmeza—. Podrías operarte. Sé que hablamos de una recuperación que podría llevar meses, pero aquí el negocio te va de maravilla. Puedes permitirte unos meses de descanso si el resultado es que dejas de tener dolores.
—¿Y a ti qué te importa? —Hali sabía que sonaba quejica, pero no era capaz de controlar sus emociones—. No eres tú el que tiene un problema de cadera.
—No, pero no soporto verte sufrir —dijo con expresión suplicante—. Si necesitas ayuda aquí, quizá yo podría ser el que… te ayude.
Parecía incómodo con la sugerencia, pero no se echó atrás.
—Podríamos llegar a algún acuerdo.
A Hali se le escapó un bufido antes de darse cuenta de que iba a hacerlo.
—¿Me acabas de proponer un trueque a cambio de sexo?
—No, y deja de pensar en guarradas. —Gray la señaló con un dedo a modo de advertencia—. Jamás propondría algo así.
—¿Seguro? Porque algunas personas (no necesariamente yo, ojo, pero algunas personas) podrían decir que tienes pinta de pervertido.
Se le curvaron los labios.
—Tengo pinta de hombre que no soporta ver cómo intentas fingir que no te duele nada. Y cuando eso pasa, quiero arreglar el problema.
—Pero no te toca a ti arreglarlo —dijo en voz baja.
—No. Lo entiendo. —Soltó un suspiro—. No voy a dejar de darte la lata con la operación. Pero por esta noche podemos dejarlo.
Levantó una llave.
—Con esto cierro la caja, ¿verdad? Luego te llevo la bolsa del dinero y bajo las rejas para cerrar el bar tiki por fuera. ¿Se me olvida algo?
Por un momento, Hali solo fue capaz de quedarse ahí sentada, mirándolo. Al cabo de unos segundos se dio cuenta de que él la observaba expectante.
—Esa es la idea general.
—Vale.
Se encargó de todas las tareas y luego se reunió con ella en la mesa. Le entregó el sobre del dinero sin decir palabra y después le tendió la mano.
—No irás a intentar llevarme en brazos, ¿no? —Hali recelaba, y con razón. Solo lo conocía desde hacía unas semanas y ya la había llevado en brazos más de una vez. Resultaba vergonzoso y estimulante a la vez, aunque jamás admitiría que ese numerito de machote la ponía de vez en cuando.
—Había pensado que primero probáramos a andar —dijo él—. Despacio. Pero si me parece que te duele demasiado, no descarto llevarte en brazos.
—Qué ilusión. —Hali le lanzó una mirada severa mientras se ponía en pie.
Vivía en el recinto. Parte de sus negociaciones con el equipo de Franklin Craven incluía un alquiler de por vida en una de las villas. Eso significaba que no tendría que caminar mucho.
—No esperarás que te bese cuando lleguemos a mi casa, ¿verdad?
Entonces se le ocurrió algo.
—Tampoco esperas que te invite a entrar para un revolcón, ¿no?
Él soltó una carcajada. Lo encandilaba a cada paso, y esta vez no fue la excepción.
—Te acompaño a casa para asegurarme de que llegas sin tener que sentarte. No descarto un beso, pero creo que podré contenerme. Esta noche no habrá revolcón… y, en serio, ¿quién usa esa palabra hoy en día?
—Mi abuela.
—Ah. —Gray asintió, comprensivo. Había conocido a su abuela y ahora la palabra tenía sentido—. Creo que deberíamos aparcar el tema del ñaca-ñaca una temporadita. Ya sabes, conocernos antes.
Hali ya sentía que lo conocía mejor que a casi nadie con quien hubiera salido desde la universidad. Y caer en eso, precisamente, la devolvió de golpe a la realidad. En lugar de darle vueltas, le deslizó la mano dentro de la suya con naturalidad para el corto trayecto hasta la villa.
Él bajó la mirada hacia los dedos entrelazados, sorprendido, y luego sonrió.—Qué bien se está así, ¿eh? —Inspiró hondo para calmarse—. Me encanta el sonido de las olas al romper en la orilla. Siempre he querido vivir cerca de la playa para poder oírlo.
—Sí, pensaba que lo oiría desde la villa —admitió Hali—. Pero la cosa no salió exactamente así.
—Bueno, hay tiempo de sobra para encontrar un sitio donde oigas las olas. —Decidió cambiar de tema—. ¿Te preocupa esa mujer que se fue hecha una furia a quejarse a recepción? Parecía enfadada.
—No. —Hali sacudió la oscura cabeza—. Para empezar, eso es la ley.
Me metería en más líos sirviendo bebidas en botellas de cristal que con cualquier cosa que recepción pueda echarme encima.
Y segundo, cuando cerré el trato con Cecily, una de las condiciones fue que el hotel no tuviera ni voz ni voto en lo que yo hiciera en el bar tiki.
—Es un acuerdo muy singular.
—Sí, bueno, incluso en mi estado de debilidad sabía lo que tenía que hacer. Así me quedo con todas las ventajas del complejo y sin ninguna supervisión.
—O sea, que eres un genio.
—Puede que sí.
Fue sonriendo todo el camino hasta la villa de ella, y luego frunció el ceño al darse cuenta de que había llegado la hora de dar las buenas noches.—Entonces… cena mañana, ¿no? —De repente le preocupó que ella intentara echarse atrás.
—Cena mañana —confirmó ella al instante.
Él soltó el aire.—¿Crees que para entonces seguirás enfadada conmigo? Lo pregunto porque igual te mando flores o algo durante el día, para ablandarte.
—No cuenta si me dices lo que vas a hacer —protestó Hali.
—Solo lo pregunto.
—Sinceramente, creo que ya se me ha pasado el enfado… por ahora, al menos. Conociéndote, no durará mucho.
—Tendemos a sacarnos de quicio mutuamente, es verdad.
Aquello era otra preocupación, pero no algo que Hali quisiera sacar a esas horas de la noche.—Gracias por acompañarme a casa.
Gray le soltó la mano y alargó el brazo para rozarle la piel suave de la cara. Antes de darse cuenta de lo que hacía, le había tomado la barbilla entre los dedos.—Cuando quieras.Se inclinó tanto que compartían el mismo aliento, pero no llegó a posar los labios sobre los de ella.
—¿Estás intentando torturarme? —preguntó ella al cabo de un momento.
Él sonrió, y la sonrisa le iluminó toda la cara.—La espera es la mitad de la diversión.Se demoró sobre sus labios un segundo más, sin llegar a tocarlos en ningún momento, y después la soltó.—Ahora los dos tenemos algo que esperar con ganas para mañana por la noche.
—Eres todo un sádico —se quejó Hali mientras empezaba a subir los escalones de su villa—. En serio, eres horrible.
—Nos vemos mañana —le gritó él.
Hali no se volvió a mirarlo. Le daba miedo mostrarle la sonrisa que se negaba tercamente a esconderse, y mucho menos a desaparecer.—Nos vemos mañana.
—Descansa esa cadera. Si no, volveré a darte la lata con la operación.
—Ah, bueno, pues ya tengo algo que esperar con ganas.
HALI SE PUSO HIELO EN LA CADERA TODA LA NOCHE Y estaba de buen humor cuando salió a desayunar a la mañana siguiente.
Había pasado por encima de su familiar borracho, el flamenco Wayne, camino de la puerta, y sin soltar ni una maldición al ver su cuerpo tendido.
Aquello era toda una novedad para ella, pero no le dio demasiadas vueltas.
La felicidad era su propia recompensa y, por una vez, quería regodearse en ella.
Optó por desayunar en el restaurante tranquilo. Estaba situado en la parte del complejo que la mayoría de los huéspedes no encontraba a menos que buscara el spa. Eso significaba que casi siempre estaba en calma, algo que Hali prefería.
Mindy Grant atendía las mesas cuando Hali entró. La camarera la saludó con la mano y le señaló una mesa del rincón. Hali asintió y sonrió cuando Mindy le llevó el café y el zumo de tomate.
—Gracias.