Colección de la serie Match equivocado (Serie Desemparejados) Capítulo Doce
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Capítulo Doce

MARCUS

Diez días.

Habían pasado diez días desde que Holly se marchó de mi ático.

Miraba por las ventanas de mi oficina, observando cómo la ciudad continuaba su ritmo implacable mientras yo permanecía inmóvil.

Los documentos de la fusión llevaban horas intactos sobre mi escritorio, mi asistente había dejado de programar reuniones no esenciales, y había rechazado tres invitaciones sociales en lo que iba de semana.

La parte racional de mi mente insistía en que aquello era normal. Poner fin a una relación de entrenamiento siempre requería un período de adaptación.

Pero la parte racional de mi mente se desmoronaba sistemáticamente ante la otra, la que seguía reproduciendo la expresión de su rostro cuando me preguntó por qué no podía ser yo.

La que había pasado los últimos diez días analizando cada palabra de nuestra última conversación, buscando el momento en que podría haber actuado de otra forma.

La parte que la echaba de menos con una intensidad que me oprimía el pecho.

El móvil vibró con una notificación de Blake, mi asistente: Recordatorio: Fiesta navideña de la cuenta Kyleon esta noche. Confirmaste asistencia hace tres semanas.

Miré el mensaje y lo borré. Lo último que me apetecía era pasar la velada charlando de banalidades mientras fingía ser el empresario exitoso y sereno que todos esperaban.

A las seis, dejé de fingir que era productivo. Llegué a casa, y cuando se abrieron las puertas del ascensor, me quedé paralizado como cada noche.

Las decoraciones navideñas seguían allí.

La huella de Holly estaba por todas partes. El árbol se erguía en la esquina, con los adornos reflejando las luces de la ciudad de un modo que hacía que aquel espacio austero pareciera cálido y habitado.

Ya debería haberlo quitado todo. La Navidad había terminado. Pero cada vez que me acercaba a un adorno o me dirigía hacia una hilera de luces, me quedaba paralizado por el recuerdo de la alegría de Holly mientras transformaba mi espacio, su imagen de pie en medio de mi apartamento decorado.

Cómo había dicho que se sentía como un hogar.

El día anterior, mi ama de llaves había preguntado si podía quitar las decoraciones, y le había espetado que las dejara en paz. La sorpresa en su rostro fue un recordatorio brutal de hasta qué punto había perdido mi compostura habitual.

Me serví tres dedos de whisky y me dejé caer en el sofá, rodeado de recordatorios de su presencia.

Era patético. Yo era Marcus Cole, director ejecutivo de una empresa multimillonaria, un hombre que había construido su vida sobre la acción decisiva y el control emocional.

No me consumía por antiguas parejas como un adolescente enamorado.

Pero Holly no había sido una pareja cualquiera, ¿verdad?

Sobre todo hacia el final, cuando las líneas entre instrucción e intimidad se habían difuminado hasta resultar irreconocibles.

Cuando abrazarla después se había vuelto más necesario que respirar.

Cuando verla dormir en mi cama me había llenado de una satisfacción que jamás había experimentado.

Cuando me preguntó por qué no podía ser yo, y le solté mis explicaciones de siempre en lugar de la verdad: me aterraba lo mucho que deseaba que fuera yo.

Aquello era ridículo. Era un hombre adulto, no un personaje de tragedia romántica. Lo que necesitaba era perspectiva, distracción, volver a la vida que había llevado perfectamente bien antes de que Holly Winters irrumpiera en ella por culpa de un fallo en una aplicación de citas.

Lo que necesitaba era acostarme con alguien.

La decisión cristalizó con una claridad sorprendente.

Iría a Sanctuary, el club privado donde había conocido a la mayoría de mis parejas anteriores.

Encontraría a alguien experimentada, alguien que entendiera las reglas, alguien que no me mirara con aquella mezcla de confianza y afecto propia de Holly.

Alguien que no me hiciera desear cosas que no tenía derecho a desear.

Una hora después, me encontraba frente a la discreta entrada de Sanctuary. El portero me reconoció con un gesto y me dejó pasar el control de seguridad que mantenía a raya a los simples curiosos.

El interior del club era exactamente como lo recordaba: sofisticado, con iluminación tenue, impregnado de una sexualidad que la mayor parte del mundo exterior encontraría escandalosa.

Allí, el intercambio de poder se comprendía, se aceptaba, se celebraba.

Allí, podía encontrar lo que buscaba sin explicaciones ni disculpas.

Acepté una copa de un camarero y comencé a circular, reparando en rostros familiares y nuevos, en la danza cuidadosa de dominantes y sumisas que sabía navegar. Varias mujeres llamaron mi atención. Eran hermosas, experimentadas y claramente interesadas en mí.

Sin embargo, mientras observaba las diversas escenas que se desarrollaban en los espacios públicos del club, no sentí nada. Ni un atisbo de interés, ni deseo de participar, ni atracción hacia ninguna de las hábiles jugadoras que en otro tiempo habrían capturado mi atención durante horas.

—Marcus.

La voz pertenecía a Veronica, una pelirroja impresionante con la que había jugado de vez en cuando a lo largo de los años.

—Hace meses que no te veo por aquí.

—Veronica.

Acepté el beso en la mejilla que me ofreció, fijándome en cómo se colocaba para lucir sus atributos.

—Estás muy bien.

—Estoy bien. Muy bien, de hecho.

Su sonrisa era cómplice, depredadora de un modo que en otro tiempo me habría atraído.

—Precisamente estaba pensando en lo vacía que se me hacía la velada, y entonces apareciste tú. ¿Será el destino?

Era exactamente el tipo de pareja que había buscado durante años. Miré su rostro perfectamente maquillado y no sentí más que una vaga insatisfacción.

—Quizás —respondí sin comprometerme.

—Hay una sala privada disponible arriba —continuó Veronica mientras su mano se deslizaba por mi brazo a modo de invitación—. Podríamos continuar esta conversación en un lugar más íntimo.

La oferta era exactamente lo que había venido a buscar.

Sin complicaciones, sin emociones, solo interacción física experta con alguien que entendía las reglas.

Sin embargo, la idea de seguir a Veronica escaleras arriba, de representar el ritual de dominación y sumisión con alguien que no era Holly, me dejó frío.

—Te lo agradezco —dije con cautela—, pero esta noche solo he venido a mirar.

Un destello de decepción cruzó su rostro antes de que volviera a sonreír.

—Por supuesto. Quizás en otra ocasión.

Continué mi recorrido por el club, copa en mano, intentando recuperar el interés que me había llevado allí. En una sala, observé una elaborada suspensión con cuerdas que meses atrás me habría fascinado. En otra, una escena bellamente orquestada con juegos de temperatura y privación sensorial.

Todo me parecía vacío. Actuación sin conexión, técnica sin intimidad. Todo lo que en otro tiempo había valorado de aquellos encuentros me resultaba ahora insuficiente, y me asaltó la incómoda certeza de que mis criterios habían cambiado.

Por Holly. Porque ella me había mostrado lo que se sentía cuando la sumisión era más que técnica, cuando la dominación nacía del cuidado genuino y no de la manipulación experta. Cuando la persona entre tus brazos te confiaba no solo su cuerpo, sino también su corazón.

Me adentré en el club, pasando por salas que había frecuentado en el pasado, en busca de algo —lo que fuera— que despertara mi interés. Las conversaciones a mi alrededor se fundían en un murmullo de fondo, y las escenas cuidadosamente orquestadas me parecían más teatro que conexión real.

Fue entonces cuando oí la risa.

Provenía de una sala a la que nunca había prestado mucha atención. Uno de esos espacios temáticos dedicados a fantasías específicas. Esa noche, según el discreto cartel junto a la puerta, era «Navidad Oscura», una versión traviesa de los temas navideños con un toque para adultos.

Era una risa luminosa, auténtica, y me detuvo en seco porque sonaba exactamente como la de Holly.

Me acerqué a la entrada, diciéndome que era absurdo. Holly no podía estar aquí. Estaría en casa, probablemente bebiendo chocolate caliente y viendo películas navideñas, viviendo su vida normal mientras yo me derrumbaba en un club de sexo como el cliché andante que era.

Pero la risa volvió a sonar, y entré en la sala aunque todo mi ser racional me gritaba que estaba perdiendo la cabeza.

El espacio se había transformado en un paraíso invernal con un toque erótico: nieve falsa esparcida por las superficies, luces titilantes por todas partes y miembros del club ataviados con disfraces festivos que dejaban poco a la imaginación.

Papás Noel y Mamás Noel, elfos y renos, todos entregados a distintas fases de juego y coqueteo.

Y allí, al otro lado de la sala, la vi.

Al principio pensé que tenía que ser mi imaginación, una jugarreta cruel de mi mente que proyectaba el rostro de Holly en una desconocida porque la echaba de menos con desesperación. Pero a medida que me acercaba, abriéndome paso entre la multitud, el parecido se volvió imposible de negar.

Era Holly. Mi dulce e inexperta Holly, vestida de Mamá Noel de una forma que me heló y me encendió la sangre a la vez.

El vestido de terciopelo rojo se ceñía a las curvas que había memorizado con mis manos, el ribete de piel blanca enmarcaba un escote mucho más pronunciado que cualquiera que me hubiera mostrado.

Llevaba el pelo suelto sobre los hombros, el maquillaje más marcado de lo habitual, pero era imposible confundir ese rostro, esa sonrisa.

Esa risa que me había perseguido en sueños durante los últimos diez días.

Me quedé paralizado, observándola mientras charlaba con un grupo de personas, con un lenguaje corporal relajado y seguro que me dejó atónito.

Esta no era la mujer vacilante que me había pedido que le enseñara sobre sumisión.

Esta era alguien que parecía totalmente a gusto en un entorno que debería haberle resultado por completo ajeno.

Como si sintiera mi mirada, Holly se giró.

Nuestros ojos se encontraron a través de la sala abarrotada, y vi el momento exacto en que me reconoció.

Su sonrisa vaciló, el color se le fue del rostro al asimilar mi presencia en un lugar donde claramente no esperaba encontrarse con nadie de su vida real.

Durante un instante, nos quedamos mirando. Entonces la expresión de Holly cambió a algo que no logré descifrar.

Se apartó de mí y desapareció entre la multitud, dejándome solo en una sala llena de gente que vivía sus fantasías navideñas mientras la mía se desmoronaba a mi alrededor.

¿Qué demonios hacía Holly aquí? ¿Y por qué verla en este lugar, tan cómoda, tan segura de sí misma, me hacía sentir como si jamás la hubiera conocido?