Colección de la serie Match equivocado (Serie Desemparejados) Capítulo Cuatro
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Capítulo Cuatro

ETHAN

Me quedé mirando el teléfono mucho después de que terminara la llamada, la pantalla apagada pero aún vibrando de algún modo con el eco de la voz de Ivy: jadeante, vulnerable, completamente deshecha.

El sonido de su orgasmo, cómo había gemido mi nombre (aunque no era mi nombre en realidad, ¿verdad?), la confianza que había depositado en un desconocido para que la guiara en algo tan íntimo... todo aquello me pesaba en el pecho.

Dame quince minutos para asearme, había dicho, y yo había aceptado, pero ahora esos quince minutos se extendían ante mí como una eternidad. ¿Qué demonios estaba haciendo?

Me eché hacia atrás en la silla y caminé hasta las ventanas de mi despacho. Normalmente, esta vista me centraba, un recordatorio visual de todo lo que había construido, de todo lo que controlaba. Pero esa noche era como contemplar un paisaje desconocido.

Porque por primera vez en mucho tiempo, no tenía el control. Ni de esta situación, ni de mi reacción, y desde luego tampoco de la culpa creciente que me roía desde aquel primer mensaje enviado por error.

El móvil vibró. Ivy.

Ivy

Vale, ya estoy. Y tengo que preguntarte: ¿de dónde ha salido eso? Nunca he... o sea, no suelo...

Incluso por escrito, percibía su vergüenza, su incertidumbre. Por eso había mandado un mensaje en vez de llamar. Algo protector se removió en mi pecho, una necesidad desconocida de tranquilizarla, de asegurarme de que supiera lo extraordinaria que era.

Ben

Fuiste perfecta. Receptiva, honesta, valiente. No te cuestiones.

Ivy

Valiente no es la palabra que yo usaría. Más bien imprudente.

Ben

A veces son lo mismo.

Una pausa.

Ivy

Eres diferente de lo que esperaba.

Los dedos se me quedaron en el aire sobre el teclado. ¿Diferente de qué? ¿De Ben, el hombre con quien creía estar hablando? ¿El hombre cuyos mensajes ella debería haber recibido, cuya identidad yo había usurpado por culpa de un error que debería haber corregido?

Ben

¿En qué sentido?

Pregunté, posponiendo el momento de la verdad que sabía inevitable.

Ivy

No lo sé. Cuando empecé a escribirte, esperaba a alguien... más inofensivo, supongo. Más predecible. Pero tú me desafías. Me empujas a admitir cosas que nunca he dicho en voz alta.

No se me escapaba la ironía. Tenía razón: yo era diferente de lo que esperaba. Porque no era en absoluto quien ella creía.

Ben

¿Qué tipo de cosas?

Pregunté, con curiosidad genuina pese a la culpa que me corroía.

Ivy

Como lo de esta noche. Nunca había hecho nada parecido. ¿Sexo telefónico con un completo desconocido? Debería aterrarme. Pero contigo... fue natural. Como si entendieras exactamente lo que necesitaba.

Su honestidad me atravesó como un cuchillo.

Porque aunque había entendido lo que necesitaba —había leído sus respuestas con una intuición que me resultaba familiar—, lo había hecho bajo falsos pretextos.

Ella confiaba en Ben. No tenía ni idea de que en realidad estaba confesando sus deseos más profundos a Ethan Blackwood, un hombre cuyo mundo estaba tan alejado del suyo que bien podrían vivir en planetas distintos.

Ben

Cuéntame algo más.

Me impulsaba una necesidad de saber más de ella, algo que trascendía lo físico.

Algo real.

Ivy

¿Como qué?

Ben

Lo que sea. Tu libro favorito. Tu peor miedo. Lo que desayunaste.

Casi podía oír su risa desde la pantalla.

Ivy

Vaya abanico. Vale... el libro favorito cambia según mi estado de ánimo.

Y preguntarle a una amante de los libros cuál es su favorito es de una crueldad tremenda.

El peor miedo es probablemente ser invisible, no importarle a nadie lo suficiente como para que me vea de verdad.

Y el desayuno fue café y una barrita de cereales porque me quedé dormida y llegué al trabajo por los pelos.

Cada detalle pintaba una imagen de ella dolorosamente real. El miedo revelaba una vulnerabilidad que me oprimía el pecho. Y el desayuno mostraba a una mujer normal con problemas normales, no una figura de fantasía que existiera solo para mi entretenimiento.

Ben

No eres invisible.

Yo te veo.

Pero ¿de verdad? ¿Realmente veía a Ivy, la bibliotecaria de referencia que se despertaba tarde y cogía barritas de cereales a toda prisa? ¿O estaba proyectando mis propios deseos sobre una mujer cuya verdadera identidad apenas empezaba a vislumbrar?

Ivy

Tu turno. Algo real sobre ti.

Debería haber sido fácil. Sin embargo, me quedé paralizado, con la vista fija en el cursor. ¿Qué podía decirle que no fuera mentira? ¿Qué verdad podía compartir sin revelar de inmediato el engaño que había estado manteniendo?

Ben

Últimamente no duermo bien. Mi mente no se apaga.

Ivy

¿Estrés laboral?

Ben

Algo así.

No era del todo mentira. No dormía bien, pero no por el trabajo, sino porque pensaba en sus mensajes y en la mujer detrás de ellos. Me preguntaba cómo sería su cara al reírse, cómo tomaba el café, si era de las que dejan libros a medio terminar en la mesita de noche o siempre lee hasta el final.

Ivy

¿A qué te dedicas? Aparte del diseño gráfico.

Se me heló la sangre.

Este era el momento. El momento de confesar o de hundirme más en la mentira. Podía decirle la verdad: que era un CEO tecnológico, que sus mensajes habían llegado por error, que básicamente le había estado mintiendo sobre mi identidad. O podía mantener la ficción, seguir siendo Ben para ella.

Ben

Trabajo en tecnología. Sobre todo resuelvo problemas.

Técnicamente, era cierto.

Ivy

Eso es muy vago.

Ben

¿Y tú? Sé que mencionaste la biblioteca, pero ¿qué haces allí exactamente?

La maniobra funcionó, y ella se lanzó a describir su trabajo como bibliotecaria de referencia, con una pasión por los libros raros y los documentos históricos que se notaba en cada palabra.

Me habló de un manuscrito del siglo XV que había ayudado a autenticar, de la emoción de conectar a los investigadores con los recursos exactos que necesitaban, de la callada satisfacción de preservar el conocimiento para las generaciones futuras.

Mientras leía sus mensajes, me sentía realmente fascinado.

No solo por su naturaleza sumisa o su disposición a explorar su sexualidad, sino por su mente.

Por cómo pensaba en su trabajo, por el cuidado con que equilibraba la preservación del pasado y el servicio al presente.

Era una perspectiva que jamás había encontrado en mis círculos habituales, donde la innovación y la disrupción se valoraban por encima de todo, donde los «sistemas heredados» eran obstáculos a superar y no tesoros que preservar.

Ben

De verdad amas lo que haces.

Ivy

Así es. Sé que no es glamuroso ni está bien pagado, pero hay algo mágico en estar rodeada de todo ese conocimiento, de todas esas historias. A veces siento que soy una guardiana de la memoria colectiva.

Ben

Es un trabajo importante. Y lo haces sonar mágico.

Lo decía en serio. Sentado en mi reluciente torre de oficinas, rodeado de los frutos del progreso tecnológico, sentí una extraña punzada de envidia por su conexión con algo tangible, algo con peso, con historia, con un significado que iba más allá de los beneficios trimestrales.

Ivy

Gracias por decir eso. La mayoría de la gente piensa que los bibliotecarios no somos más que archiveros con ínfulas.

Ben

La mayoría de la gente es idiota.

Su respuesta fue un emoji de risa, seguido de:

Ivy

Me gustas, Ben. No eres lo que esperaba cuando me descargué esa app de citas.

El nombre me hizo rechinar los dientes. Ben. El hombre del que ella creía estar enamorándose. El hombre cuya identidad había tomado prestada, cuya vida estaba viviendo, en esencia, ante sus ojos.

Debería decírselo. Ahora mismo, esta noche, antes de que esto llegara más lejos. Antes de que se enamorara de alguien que no existía.

Pero incluso mientras lo pensaba, sabía que no lo haría. No podía. Porque la alternativa era perderla, y esa posibilidad se había vuelto impensable en algún momento.

Tú también me gustas, Ivy. Más de lo que esperaba.

Era lo más sincero que había dicho en toda la noche.

Seguimos escribiéndonos durante otra hora: sobre libros, sobre la ciudad, sobre nada y sobre todo.

Me habló de su cafetería favorita (un local diminuto cerca de la biblioteca que servía lattes de lavanda), de lo que más le sacaba de quicio (la gente que no devolvía los carritos de la compra) y de su talento secreto (era capaz de doblar grullas de origami con cualquier trozo de papel, por pequeño que fuera).

Me descubrí atesorando cada detalle como un avaro con su oro.

Su manera de escribir con frases completas incluso en mensajes informales.

Su tendencia a enviar tres mensajes cortos en lugar de uno largo cuando se emocionaba.

Que se quedaba despierta hasta muy tarde leyendo y siempre se arrepentía a la mañana siguiente.

Ivy

Probablemente debería dormir un poco. Mañana madrugo.

Ben

Claro. Dulces sueños.

Ivy

Seguro que lo serán, después de esta noche.

Lo que insinuaba volvió a agitar mi cuerpo, pero ya era algo más que atracción física. Era la intimidad de todo aquello: que estuviera pensando en mí (o en quien ella creía que era yo) mientras se quedaba dormida.

Ben

¿Hablamos mañana?

Ya me angustiaba pensar en las horas que faltaban para poder escribirle de nuevo.

Me encantaría. Buenas noches, Ben.

Ahí estaba otra vez. Ese nombre que no era el mío, pero que cada vez sentía más como propio cuando ella lo pronunciaba.

Buenas noches, Ivy.

Dejé el teléfono a un lado y me recosté en la silla, mirando al techo.

Lo que había empezado como una distracción divertida —un mensaje equivocado que me había intrigado demasiado como para corregirlo— se había convertido en algo completamente distinto.

Algo complicado, real y jodidamente aterrador.

Porque la verdad era que no solo me atraía que Ivy estuviera dispuesta a explorar su sexualidad o lo receptiva que era a mi dominación. Me estaba enamorando de su mente, de su pasión por el trabajo, de su fuerza callada, de su capacidad de mostrarse vulnerable.

Y ella no tenía ni idea de quién era yo en realidad.

Quienquiera que fuese el destinatario original de Ivy estaba en algún otro lugar, viviendo su vida sin saber que se había perdido algo extraordinario.

Su pérdida era mi ganancia, pero ¿a qué precio? Cada día que no le decía la verdad, me hundía más en el engaño. Y cuando inevitablemente lo descubriera —cuando el castillo de naipes que había construido se derrumbara— le haría un daño que no soportaba ni imaginar.

Pero todavía no. Aún no estaba preparado para perderla.

Recogí mis cosas y decidí dar la noche por terminada. Mientras esperaba el ascensor, vi mi reflejo en las puertas de metal pulido: el ejecutivo de éxito de pies a cabeza. El hombre que tenía todo lo que el dinero podía comprar y nada que de verdad importara.

¿Cuánto tiempo hacía que no mantenía una conversación de verdad con alguien?

No una negociación comercial ni un contacto profesional, sino un intercambio genuino de pensamientos, sentimientos y sueños.

¿Cuánto tiempo hacía que no me importaba la felicidad de otra persona más que mis propios intereses?

Llegó el ascensor y entré; mi reflejo se multiplicó en las paredes de espejo. Todas esas versiones de mí mismo, y ninguna era el hombre del que Ivy creía estar enamorándose.

La pregunta del millón era: ¿cuál de ellas era real?

Mientras el ascensor bajaba hacia el aparcamiento, me hice una promesa. Encontraría la manera de decirle la verdad. Mañana. Le pediría que quedáramos. Antes de que esto llegara demasiado lejos, antes de hacerle más daño del que ya le había hecho.

Le mostraría quién era yo en realidad.

Solo esperaba que, cuando lo hiciera, hubiera suficiente conexión real bajo toda esa mentira como para sobrevivir a la verdad.