Capítulo Dos #2
Estás llena de sorpresas, bibliotecaria. Creo que nos vamos a llevar muy bien.
Su mensaje final antes de decir buenas noches me hizo gemir en voz alta en mi oficina vacía:
Ivy
Buenas noches, Ben. Estoy deseando continuar esta conversación... y quizás convertirla en algo más que palabras en una pantalla muy pronto.
Ben. No Ethan. El nombre fue como un jarro de agua fría. Ella pensaba que estaba construyendo una conexión con alguien completamente diferente. Alguien más seguro, más predecible que yo. Alguien que no la llevaría al límite como yo instintivamente quería hacer.
Contemplé las luces de la ciudad, mi excitación atenuada por una inusual sensación de culpa. Debería terminar con esto ahora. Contarle lo del fallo de la aplicación, disculparme y pasar página.
En vez de eso, escribí:
Duerme bien, Ivy. Sueña con estanterías y rincones silenciosos, y con todas las formas en que voy a hacer realidad esas fantasías. Esto es solo el comienzo.
Después de darle a enviar, dejé el móvil y me pasé las dos manos por el pelo. ¿Qué demonios estaba haciendo? Esto no era lo mío. No iba de jueguecitos ni necesitaba engaños para llevarme a una mujer a la cama. Si quería a alguien, iba de frente.
Y sin embargo, algo de Ivy se me había metido en la cabeza de una forma que no sabía explicar.
Quizás era el contraste entre su apariencia reservada y el descaro de sus fantasías.
Quizás era la vulnerabilidad de sus confesiones.
O quizás simplemente estaba harto de la rutina predecible en la que se había convertido mi vida.
Fuera lo que fuese, tenía una cosa clara: quería ver adónde llevaba esto.
Cerré la aplicación y abrí la base de datos de la empresa en mi ordenador.
Las ventajas de ser dueño de una empresa tecnológica: acceso a recursos que la mayoría de la gente no tiene.
Solo tardé unos minutos en encontrarla: Ivy Ramírez, bibliotecaria de referencia en la Sucursal Central del sistema de bibliotecas públicas de la ciudad.
Veintiocho años. Máster en Biblioteconomía por Columbia.
Una búsqueda rápida me llevó a su cuenta de Instagram, pública aunque rara vez actualizada. Sobre todo libros, cafeterías y algún que otro skyline urbano. Nada revelador, nada que dejara entrever a la mujer que acababa de compartir sus fantasías más íntimas con un desconocido.
Excepto... ahí estaba, en una foto de hacía casi un año. En algún tipo de fiesta, con un vestido dorado y brillante que se ceñía a sus curvas. El pie de foto decía simplemente: «Zoe me obligó a ponerme esto. Sobreviví».
Me quedé mirando la imagen más de lo necesario. Era guapa, no con esa belleza artificial y fotogénica de las mujeres con las que solía salir, sino de una forma más natural y cercana que, de algún modo, hacía que su confesión sobre fantasías exhibicionistas resultara aún más intrigante.
Cerré el navegador con la sensación de que ya había invadido bastante su privacidad por una noche. Mañana tendría que decidir cómo actuar. Lo ético sería sincerarme, contarle lo del fallo de la aplicación, disculparme por el engaño.
Pero mientras recogía mis cosas para irme a casa, sabía que probablemente no haría lo correcto. No cuando la alternativa era mucho más interesante.
El móvil vibró con un recordatorio del calendario: reunión con inversores a las 9 de la mañana. La realidad irrumpiendo en la fantasía.
Suspiré, me guardé el móvil en el bolsillo y me dirigí al ascensor. Tenía una empresa multimillonaria que dirigir, una presentación que revisar y una noche de probable insomnio por delante gracias al giro inesperado que había dado mi velada.
Mientras el ascensor bajaba, sonreí. Para variar, sentía auténtica curiosidad por otra persona.
Quería saber más, no solo de su cuerpo o sus fantasías, sino de ella.
¿Qué libros le hacían brillar los ojos? ¿Tomaba el café solo o era de las de pedidos complicados?
¿Qué hacía que una mujer como ella mantuviera sus deseos tan cuidadosamente ocultos?
Cuando el ascensor llegó al vestíbulo, ya había tomado mi decisión. Seguiría con la farsa, al menos de momento. Vería adónde llevaba. Y si —cuando— finalmente nos conociéramos en persona, ya lidiaría con las consecuencias.
Al fin y al cabo, ¿qué era la vida sin un poco de riesgo?
A la mañana siguiente, me desperté más temprano de lo habitual y mi mente volvió de inmediato a Ivy. Miré el móvil, medio esperando encontrar un mensaje suyo diciendo que se había dado cuenta de su error o que se arrepentía de nuestro intercambio.
Pero no había nada. Todavía no.
Para cuando llegué a la oficina, había mirado el móvil al menos una docena de veces. Seguía sin noticias de Ivy.
—Pareces distraído —comentó Olivia cuando llegó para el briefing previo a la reunión—. ¿Noche larga?
—Algo así. —Obligué a mi mente a centrarse en la presentación. Cincuenta millones en nueva financiación dependían de ella—. Centrémonos en el pitch.
La reunión salió impecable, como casi todo en mi vida profesional. Los inversores quedaron impresionados, las condiciones fueron favorables. A mediodía, BlackEdge Solutions había conseguido el capital necesario para nuestra expansión a nuevos mercados.
Debería haber estado eufórico. En cambio, en cuanto los inversores se marcharon, volví a mirar el móvil. Pero ella no escribió hasta la tarde.
Ivy
Hola. Espero no haberte asustado con mis confesiones de anoche. Échale la culpa al vino y a la hora tardía si quieres una salida fácil.
El deje de inseguridad en sus palabras me hizo fruncir el ceño. Creía que había sido demasiado directa, cuando en realidad yo era quien había cruzado la línea al seguir con una conversación que no iba dirigida a mí.
Respondí de inmediato:
No hay nada que disculpar y no necesito ninguna salida fácil. Disfruté cada palabra. Es más, espero que haya más.
Dudé un momento y añadí:
¿Qué tal tienes la agenda? Me gustaría conocer a la mujer que hay detrás de esos pensamientos tan intrigantes.
Algo en esta situación me ponía impaciente de un modo que no era habitual en mí. Quería verla, saber si la química que habíamos encontrado por mensaje se trasladaba a la vida real. Y sincerarme sobre mi identidad.
Aparecieron los tres puntos y desaparecieron. Esperé. Estaba dudando.
Ivy
Creo que deberíamos conocernos mejor primero. Me gustaría saber si realmente nos gustamos. Ver si somos tan buena pareja como el algoritmo parece pensar.