Capítulo Diez #2
Grité y le solté el pelo. Me observó de cerca mientras volvía a poner la mano en el borde del mostrador.
En cuanto lo hice, volvió a mi sexo y se aferró a mi clítoris, azuzándolo con la punta de la lengua.
Luego succionó con tanta fuerza que me levantó del mostrador.
El agudo placer-dolor desapareció en un instante cuando lo calmó con la parte plana de la lengua.
Estaba al límite, persiguiendo el orgasmo, pero él no me dejaba. Cada vez que mi cuerpo sabía qué esperar, cambiaba de posición, de caricia, de presión. El sudor me perlaba la frente y goteaba entre mis pechos. Tenía la boca seca de tanto jadear para no perder el conocimiento.
Volvió a alternar entre trazar círculos y succionar mi clítoris.
—Dios mío. Estoy cerca. Justo ahí. No pares.
Así que, por supuesto, lo hizo.
Gruñí de frustración mientras una lágrima se escapaba por la comisura del ojo. Apoyó la mejilla en mi muslo y me miró.
—No te preocupes —dijo con suavidad—. Voy a cuidarte como prometí. Será tan bueno que nunca volverás a esconderte de mí.
Volvió a acariciarme, llevándome de nuevo al límite. Cerré los ojos para ocultar lo hondo que me habían calado sus palabras, y esta vez me dejó mantenerlos cerrados, como si lo supiera.
La piel me ardía, las manos agarrotadas de tanto aferrarme al mostrador. Me retorcí y cabalgué su boca. Tan cerca. Todo mi interior se tensó con fuerza. Los muslos empezaron a temblarme sin control.
Y se apartó. Golpeé el mostrador mientras las lágrimas de verdad amenazaban con brotar.
Entonces hundió dos dedos en mi interior. Succionó con fuerza el clítoris y curvó esos dedos gruesos para acariciarme el punto G.
Me perdí. Le rodeé el hombro con una pierna para acercarlo más, pero al mismo tiempo el otro pie lo empujaba para alejarlo. Quería más, pero no podía soportar más.
Con los dedos hundidos en mi interior, James deslizó el brazo izquierdo bajo mi muslo y me ancló a su boca.
No había escapatoria. Era aterrador. Era glorioso. Cada nervio de mi ser estalló de placer y alivio.
Cuando mi cuerpo dejó de convulsionar, James ralentizó los movimientos. Tragué saliva con la garganta seca y rasposa.
Se puso de pie y se limpió la barbilla húmeda. Luego me besó largo y lento, robándome el poco aliento que había recuperado. Me saboreé en sus labios. Olí mi propia excitación y eso lo hizo todo mucho más intenso.
Cuando por fin se apartó, apoyé la frente en su hombro.
—Eso fue increíble.
Las palabras se quedaban cortas. Increíble ni siquiera empezaba a describirlo.
—¿Creías que habíamos terminado? —oí la sonrisa aunque no podía verla—. Decidí ser amable y dejarte recuperar el aliento, pero ni de lejos he terminado contigo. Tu coño, tu cuerpo, tú... eres mía.
Me estremecí en sus brazos. Sus palabras deberían molestarme, pero no era así. Me gustaban.
Lo miré y dije:
—¿Podemos al menos ir a mi oficina? Preferiría no romper el mostrador y no creo que aguante el peso de que me folles.
—No necesita aguantar mi peso. Vas a bajarte, darte la vuelta y agarrarte fuerte otra vez.
—No estoy segura de que las piernas me sostengan.
—Sé que pueden. No te subestimes.
Me levantó del mostrador como si no pesara nada. Mientras me deslizaba por su cuerpo, sentí su polla dura presionando contra mí.
Me di la vuelta, dándole la espalda. Él deslizó una mano por todo mi brazo derecho y lo movió al borde opuesto del mostrador, curvándome los dedos sobre el borde una vez más.
Luego repitió lentamente el proceso con el brazo izquierdo.
La posición me obligó a girar la cara hacia un lado y presionar la mejilla contra el mostrador.
Me separó más las piernas de una patada y me subió el vestido. Amasó cada nalga, masajeándolas.
Apreté los muslos, excitándome de nuevo.
James me mordió una nalga.
Grité y me incorporé a medias para girarme y mirarlo.
—Vuelve a donde te puse —me dio un golpecito en el muslo.
—¿O qué? —No debería presionarlo. Sabía que no era inteligente. Había aprendido rápido que hacer lo que él quería me beneficiaba.
Me dio un azote en la otra nalga. Se me pusieron los ojos en blanco ante la nueva sensación.
—Oh, ¿te gusta eso? Entonces quizás lo que haré será tocarte lo justo, mantenerte al borde toda la noche y no dejarte correr nunca.
Zoe vendrá aquí por la mañana y te encontrará chorreando y suplicando que te dejen acabar —me empujó suavemente de vuelta a la posición y me susurró al oído—. ¿Crees que Zoe te ayudaría?
—Yo... no lo sé.
—¿Quieres que lo averigüemos?
—No.
—Así que no quieres que Zoe ni nadie más te vea así, ¿no?
—No —dije en voz baja.
Me deslizó una mano por la espalda.
—¿Estás segura? No lo pareces. Podría pasar alguien.
—No —dije con más firmeza.
—Eso es, nena. Porque esto —hundió dos dedos de nuevo en mi coño empapado— es solo para mí. ¿Verdad?
—S-sí.
Tenía los nudillos blancos de agarrarme al mostrador.
—Apuesto a que no estás pensando en nada ahora mismo, ¿verdad? —bombeó los dedos unas cuantas veces.
—Mm-mm —por instinto intenté cerrar los muslos, atrapar su mano para darme placer.
—Dilo —me separó las piernas de nuevo con el pie.
—Solo estoy pensando en ti.
—¿Todavía crees que soy el James equivocado? —retiró la mano.
—No. No.
—Eso pensaba —oí el siseo de su cremallera—. Veamos. ¿Qué quiero hacer primero? ¿Te hago correrte en mi boca otra vez?
Se me escapó otro gemido.
Se inclinó y me apartó el pelo de la cara.
—¿No te gusta mi lengua?
—Sí me gusta —jadeé—. Es solo que no creo que pueda aguantar eso otra vez.
—¿Por qué no?
—Quiero sentirte dentro de mí. Me siento vacía. Te necesito dentro.
—Voy a llenarte y hacerte gritar cuando te corras con mi polla. Pero creo que puedes correrte una vez más antes de eso. ¿Cuánto crees que podrías aguantar?
—No mucho. Ya estoy muy cerca.
Moví las caderas involuntariamente.
—Si aguantas cinco minutos completos, te daré mi polla. ¿Qué te parece?
Sacó el teléfono, puso un temporizador de cinco minutos y lo colocó junto a mi cara.
—¿Lista?
Asentí y respiré hondo. Miré fijamente los números digitales que iban contando hacia atrás.
Usó las dos manos, acariciándome y pellizcándome el clítoris. Al cabo de un minuto, giré la cabeza y apoyé la frente contra el mostrador. Concentrarme en el reloj no servía de nada. Pero si no me contenía, no me follaría. Sabía que no lo haría, aunque tenía que desearlo tanto como yo.
A los tres minutos, jadeaba y gemía, goteando por los muslos.
A los cuatro minutos, todo el cuerpo me temblaba.
Cuando sonó la alarma, hundió la polla en mí de una sola embestida larga y profunda. Grité de placer y empujé las caderas hacia atrás. El coño se me convulsionó alrededor de su gruesa polla y lo atrajo más adentro.
Me agarró del hombro y me embistió con fuerza. Tenía los pechos aplastados dolorosamente contra el mostrador. Él lo controlaba todo. No podía marcar mi propio ritmo, pero no me importaba.
De repente me incorporó y me apretó contra su cuerpo, con la mano presionada en la parte baja del abdomen. Me gruñó al oído:
—Córrete otra vez. Córrete con mi polla.
Luego me presionó el clítoris, ya sensible, con un dedo, y todo el cuerpo me vibró. Grité su nombre mientras él palpitaba dentro de mí, vaciándose. Me acarició el cuerpo mientras ambos nos recuperábamos.
Cuando finalmente se apartó y murmuró algo sobre deshacerse del condón, crucé los brazos sobre el mostrador y apoyé la cabeza en ellos.
—¿Estás bien? —preguntó.
Levanté la cabeza y me giré para mirarlo.
—¿Qué demonios fue eso? —susurré.
—Estoy bastante seguro de que fue sexo fenomenal.
Se acercó y me limpió con toda la suavidad posible con la áspera toalla de papel que había traído del baño. Luego me ajustó el vestido para cubrirme.
—Nunca he... No sabía que podía...
Me pasó los dedos por el pelo, apartándomelo de la cara.
—Lo sé.
Se inclinó y me besó con suavidad.
El pánico me trepó por la garganta. ¿Qué demonios estaba haciendo? Me aparté. Miré alrededor de la tienda. Hacia las ventanas que daban a la calle. ¿Cómo había dejado que pasara esto?
—Esta no soy yo.
Extendí los brazos y alcé la voz, todavía ronca de tanto gritar.
—Tener sexo con un casi desconocido en mi tienda, frente a las ventanas, donde cualquiera podría vernos.
Me inundaron emociones que no podía ni empezar a nombrar. ¿Y si alguien nos hubiera visto? ¿O escuchado? No era precisamente que hubiera estado callada.
—Esto fue un error —solté.
—Nora...
—No, James. Me dejé llevar por el momento.
Tragué saliva.
—No te estoy culpando ni acusando de nada. Pero esta no soy yo. Esta no es la vida que quiero.
Abrió mucho los ojos.
—¿Qué tipo de vida exactamente?
—Una en la que hago todo lo que un tío me diga. Una que me pone en una posición precaria que podría afectar a mi negocio.
—Jamás haría nada que pudiera hacerte daño a ti o a tu negocio a propósito.
Levanté una mano.
—Por favor, solo vete.
Se acercó un paso.
—Nora, hablemos de esto.
—Ahora no. No puedo con esto.
Por eso había estado buscando a un tío majo y estable en la aplicación. Debería haber sabido que el James Equivocado ejercería este poder sobre mí.