Colección de la serie Match equivocado (Serie Desemparejados) Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

JAMES

Volví a mi tienda y dejé a Nora con mucho en qué pensar. Tenía que irme para no perder los estribos. Quería golpear algo. O a alguien. Preferiblemente a sus exnovios. ¿Cómo se atrevía ningún hombre a hacer que esa mujer hermosa e inteligente se sintiera como basura?

Aunque quería terminarme la botella de whisky y ahogar mis penas por una mujer que no dejaba de rechazarme, cerré el local y me fui a casa antes de volver a buscarla y suplicarle una oportunidad.

No tenía ni idea de cómo Nora había calado tan hondo en mí. Compartimos una noche. Una sola noche fenomenal.

Solo fue una vez. No había razón para estar tan obsesionado con una mujer solo por haber tenido sexo increíble.

Pero no era solo el sexo. Los pequeños momentos que habíamos compartido desde entonces: cómo se movía por su tienda mientras montaba los escaparates, las conversaciones a través de la pared, el café de la mañana y escucharla hablar de cómo creaba un nuevo aroma.

No podía dejarla escapar así como así. No cuando sabía que ella también había disfrutado del tiempo que pasamos juntos. Le daría espacio para que lo pensara, pero no iba a fingir que no éramos nada.

Siempre había creído en el destino, pero que Nora Waters resultara ser la vecina de mi tienda estaba poniendo a prueba mi fe en la intervención cósmica.

Había pensado que la conversación a través de la pared había sido un avance. La forma en que se había abierto, confiando en mí lo suficiente como para dejarme ayudarla a superar su estrés, me había parecido significativa. Un progreso real.

Por lo visto, me había equivocado.

Huía muerta de miedo, más decidida que nunca a mantenerme a distancia. Cada paso que dábamos hacia delante parecía hacerla retroceder cuatro.

No podía seguir con ese juego. No podía seguir llevándole café con la esperanza de que algún día dejara de luchar contra lo que ambos sabíamos que era inevitable. Era demasiado terca, tenía demasiado miedo a perder el control como para ceder solo con sutileza.

Hora de cambiar de táctica.

Habían pasado días desde aquella copa nocturna con Nora. Cada día la veía de refilón mientras iba y venía, algún que otro casi tropiezo en la acera, y esa tensión inconfundible que vibraba entre nosotros cada vez que compartíamos el mismo espacio.

Había vuelto a evitarme. De forma espectacular, creativa.

Se escondía en el almacén cuando entraba en su tienda a llevarle un café, de repente le surgían asuntos urgentes en la trastienda cuando pasaba frente a su escaparate, incluso daba rodeos hasta el aparcamiento para minimizar las posibilidades de cruzarse conmigo.

Habría tenido gracia si no fuera tan jodidamente frustrante.

—Parece que alguien te ha robado la bici —observó Marcus sin levantar la vista mientras ordenaba sus piercings—. Déjame adivinar: ¿la chica de las velas te ha dado calabazas otra vez?

Me pasé una mano por la cara y me dejé caer en mi silla de tatuar.

—Ni siquiera quiere cenar conmigo. Dice que sería «complicado».

—¿Y lo sería?

—Todo en ella es complicado —respondí. Cogí mi bloc de dibujo y pasé las páginas sin ver realmente los diseños—. Me desea. Lo veo en sus ojos, lo siento en cómo reacciona a mí. Pero tiene tanto miedo de desear algo que prefiere fingir que no somos nada antes que arriesgarse a que la hagan daño.

—¿Y qué vas a hacer?

Buena pregunta. El enfoque directo no había funcionado. Tampoco la paciencia ni darle espacio. Quizá había llegado el momento de recordarle a Nora de qué estaba huyendo exactamente, y por qué merecía la pena luchar por ello.

—Voy a dejar de permitir que ella ponga todas las reglas —dije por fin—. Dejar de aceptar un «no» como respuesta definitiva cuando los dos sabemos que no lo dice en serio.

Marcus arqueó una ceja.

—Eso suena peligrosamente parecido a no aceptar un no por respuesta, tío.

—No me refiero a eso —negué con la cabeza—. Jamás la presionaría para que hiciera algo que de verdad no quisiera. Pero se acabó lo de fingir que esto es cosa de uno solo. Se acabó dejarla esconderse detrás de excusas sobre ser vecinos o mantener las cosas sencillas.

—¿Y cómo piensas hacer eso exactamente?

Antes de que pudiera responder, sonó la campanilla de la puerta y entró una chica joven con el pelo morado y varios piercings. Era Zoe, la ayudante de Nora.

—Bienvenida a Calloway Ink —la saludé mientras activaba automáticamente el modo profesional—. ¿En qué puedo ayudarte?

Se acercó al mostrador con seguridad, recorriendo la tienda con la mirada.

—Bonito local.

Me miró de nuevo.

—Soy Zoe, de la tienda de al lado.

—James Calloway —respondí y le tendí la mano, que ella estrechó con sorprendente firmeza—. ¿Qué te trae al lado oscuro, Zoe de al lado?

Sonrió, al parecer le había hecho gracia la broma.

—Dos cosas. Primero, quiero hacerme un tatuaje nuevo.

Señaló la media manga de diseños botánicos que llevaba en el brazo derecho.

—Mi tatuador se mudó a Portland y busco a alguien que pueda trabajar con lo que ya tengo.

—Estaré encantado de echarle un vistazo —le dije con interés genuino. Lo que llevaba era buen trabajo: florales de línea fina con un estilo ilustrativo no muy distinto del mío—. ¿Y lo segundo?

—El viernes por la noche hacemos una pequeña fiesta —dijo—. Una especie de bienvenida al barrio para vosotros, pero también es cosa del distrito artístico. La mayoría de los dueños de tiendas lo hacen cada mes: copas, contactos, esas cosas.

Deslizó una invitación hecha a mano sobre el mostrador.

—Deberíais venir. Los dos —añadió con un gesto hacia Marcus.

Cogí la invitación —obra de Nora, obviamente, con la misma letra elegante que recordaba de las etiquetas de sus velas—.

—¿Tu jefa sabe que me estás invitando?

La sonrisa de Zoe se volvió pícara.

—Ella fue quien hizo la invitación.

Mejor todavía.

—Entonces, ¿cómo voy a negarme? —me guardé la invitación en el bolsillo—. Allí estaremos.

Cuando Zoe se marchó, Marcus arqueó una ceja.

—Ahí tienes tu oportunidad de no aceptar un no por respuesta.

—Exacto. —Sentí que se me dibujaba la primera sonrisa genuina del día. Nora podía evitarme en la cafetería, esconderse tras su mostrador y mantener las distancias. Pero en su propia fiesta, rodeada de gente, no podría huir. Y pensaba aprovechar la ocasión al máximo.

La noche del viernes llegó cargada de una expectación que no sentía desde aquella primera noche en el bar con Nora.

Me vestí con esmero: vaqueros oscuros y una camisa gris marengo con las mangas remangadas para lucir mis tatuajes.

El objetivo era recordarle exactamente a qué estaba intentando resistirse.

Marcus me esperaba en la puerta de Wax Poetic poco después de las ocho. —¿Estás listo para esto?

—Más que listo.

El local se había transformado para la ocasión.

Habían retirado las mesas de exposición para crear un espacio donde mezclarse, del techo colgaban guirnaldas de luces y habían montado una barra improvisada cerca de la caja.

Unas veinte personas llenaban el lugar, la mayoría enfrascadas en conversaciones animadas, con copas en la mano.

Pero mi atención fue directa a Nora.

Llevaba un vestido verde oscuro que se ceñía a sus curvas y se abría a la altura de las caderas, el cabello oscuro suelto sobre los hombros. Mientras se reía de algo que había dicho uno de sus invitados, se le iluminó todo el rostro, y sentí esa opresión familiar en el pecho.

Hermosa, segura de sí misma, completamente en su elemento mientras se movía entre la multitud.

Y evitándome con una determinación increíble.

Marcus y yo nos acercamos a la barra, donde un hombre con una barba impresionante servía vino y cerveza artesanal. Pedí una IPA local y me giré para observar la sala con estudiada despreocupación.

—¡James! Has venido. —Zoe apareció a mi lado, visiblemente satisfecha—. Ven, que te presento a algunos.

Durante la siguiente media hora, estreché manos, intercambié tarjetas de visita y hablé sobre el distrito artístico con los dueños de tiendas que ahora eran mis vecinos.

Todos se mostraron acogedores y algo curiosos.

Respondí preguntas sobre mi estilo, mi trayectoria, mis planes para el negocio, sin perder de vista en ningún momento dónde estaba Nora.

Era hábil: cada vez que me movía hacia ella, encontraba asuntos urgentes en otra parte. Pero yo era paciente. Y persistente.

Finalmente, me coloqué cerca de la dueña de la tienda de ropa vintage, sabiendo que Nora tarde o temprano tendría que pasar por allí para atender a sus invitados. Cuando apareció con dos copas de vino, sentí una oleada de satisfacción.

—Veo que has conocido a Eliza —dijo, entregándome una de las copas—. Lleva en el barrio más tiempo que cualquiera de nosotros.

Nuestros dedos se rozaron al pasarme la copa, y la vi tragar saliva, la única señal visible de que le afectaba.

—James me estaba hablando de su aprendizaje en Japón —dijo Eliza, mirándonos alternativamente con interés—. Una técnica fascinante.

—¿Ah, sí? —Nora me miró a los ojos por primera vez en toda la noche—. Nunca mencionaste Japón.

—Hay muchas cosas de las que aún no hemos hablado —respondí, sosteniendo su mirada un momento más de lo necesario.

Un rubor le subió por el cuello. —Bueno, debería atender a los demás invitados. —Se giró para irse, pero le sujeté el codo.

—En realidad, esperaba que me enseñaras el local —dije, manteniendo un tono ligero para no levantar sospechas—. Solo he visto el taller, nunca la tienda entera.

Nora vaciló, claramente atrapada por las normas de cortesía. —Por supuesto —cedió al fin—. Discúlpanos, Eliza.

Dejé que me guiara, posando la mano en la parte baja de su espalda.

El breve contacto hizo que su respiración se entrecortara: una pequeña victoria.

El vestido dejaba la espalda al descubierto, revelando las delicadas vértebras de su columna, y recordé haberlas recorrido con la lengua aquella noche en su apartamento.

—Lo estás haciendo a propósito —me acusó en voz baja cuando estuvimos donde nadie pudiera oírnos, deteniéndose junto a un expositor de diarios encuadernados en cuero.

—¿Hacer qué?

—Hacerme sentir incómoda en mi propia tienda.

Me acerqué más, lo suficiente para oler su perfume. —Si quisiera hacerte sentir incómoda, Nora, mencionaría cómo puedo oírte tararear mientras trabajas. Cómo caminas de un lado a otro cuando estás pensando. Cómo miras por la ventana cada mañana exactamente a la hora en que suelo traerte el café.

Sus ojos se abrieron de par en par. —Yo no...

—Sí lo haces. —Le aparté un mechón de cabello detrás de la oreja, dejando que mis dedos se demoraran—. Eres tan consciente de mí como yo de ti. La pregunta es cuánto tiempo vas a seguir fingiendo lo contrario.

—Quedamos en ser solo vecinos.

—Tú impusiste esa condición. —Di un paso atrás, dándole espacio mientras mantenía la voz baja, íntima—. Pero soy un hombre paciente, Nora. Puedo esperar a que dejes de huir de lo que ambos queremos.

Se alisó el vestido, intentando recuperar la compostura. —¿Querías ese recorrido, o solo era un pretexto?

—Adelante.

Mientras me enseñaba el local, explicándome su inventario y modelo de negocio, la escuché con genuino interés al tiempo que dejaba que mi presencia la afectara.

Me mantenía lo bastante cerca para que sintiera el calor de mi cuerpo.

Le hacía preguntas que la obligaban a mirarme.

Elogiaba no solo sus productos, sino su perspicacia, su creatividad, la pasión evidente en cada expositor cuidadosamente seleccionado.

—Y estos son los más vendidos —dijo, señalando un expositor destacado cerca de la caja—. La colección Pasiones Literarias.

Examiné las velas, cada una con un nombre inspirado en una famosa historia de amor. —Romeo y Julieta —leí en una etiqueta—. Déjame adivinar: ¿huele a hormonas adolescentes y malas decisiones?

Eso me valió una sonrisa reacia. —Rosas, cedro y pólvora.

—Apropiado. —Cogí otra—. ¿Orgullo y Prejuicio?

—Jardín inglés, libros viejos y un toque de bergamota.

—¿Y a qué olería nuestra historia? —pregunté.

—No tenemos una historia, James.

—Tenemos un comienzo —repliqué—. Y desde mi punto de vista, el desarrollo pinta muy prometedor.

—No hay desarrollo. Hay un comienzo que no debería haber ocurrido y un final que lleva demasiado tiempo pendiente.

Estudié su rostro y noté el conflicto en sus ojos, que desmentía su tono firme.

—No te lo crees.

—No sabes lo que creo.

—Te conozco mejor de lo que piensas, Nora.

Hablé con suavidad para no asustarla.

—Sé que te asusta esto, que te asusto yo, lo que pasó entre nosotros. Sé que te gusta tener el control, y lo que sentiste aquella noche fue todo menos controlado.

Se le cortó la respiración.

—Te estás pasando de la raya.

—¿Me equivoco?

Antes de que pudiera responder, apareció Zoe, afortunadamente ajena a la tensión.

—Nora, los Hartman se van y quieren despedirse.

Nora asintió, visiblemente aliviada.

—Ahora mismo voy.

Cuando Zoe se retiró, se volvió hacia mí.

—Tengo que atender a mis invitados.

—Por supuesto.

Me hice a un lado para dejarla pasar.

—Nora...

Esperé hasta que me miró a los ojos.

—Esta conversación no ha terminado —dije en voz baja—. Nosotros tampoco.

Se estremeció ligeramente, y supe que había logrado mi objetivo. Recordarle que lo que había entre nosotros no iba a desaparecer solo porque ella lo deseara.

Era hora de dejar de jugar según sus reglas y empezar a imponer las mías.