Capítulo 36 — Final provisional
Final provisional
A la mañana siguiente hubo desayuno.
Desayuno de verdad.
Nada de tostadas quemadas con efectos secundarios emocionales.
Nada de café con un sabor que sugería que, a modo de castigo, lo habían hecho pasar por un expediente administrativo.
Nada de alpiste para unas palomas que, a esas alturas, ya habían desarrollado su propio orden de prelación para las sillas y se clasificaban por rango a la hora de picotear.
Desayuno de verdad.
Panecillos que aún estaban tibios, porque alguien había ido a por ellos a la panadería de la zona peatonal en lugar de materializarlos desde una máquina.
Mantequilla, mermelada, queso, un tarro de miel que Eberle observaba con una desconfianza digna de quien espera que el objeto presente una instancia en cualquier momento.
Café. Té. Un cuenco de cereales. Un plato de agua para Karo y el perro de tres patas del Margen, que provisionalmente ya respondía al nombre de Nulli; había llegado de la nada y, como Eberle propuso en primer lugar llamarlo «perro del Margen 1», Miriam le había quitado el bolígrafo sin mediar palabra para escribir «Nulli».
Olía a café y a piedra mojada. Sobre el patio flotaba la primera mañana despejada en días, pálida, suaba y poco espectacular, y eso era precisamente lo que la hacía extraordinaria.
En algún lugar, dos naves más allá, alguien estaba recalentando Maultaschen, demasiado temprano, como siempre.
El mundo seguía rodando, estuviera uno preparado o no.
Al tostador no se le permitió ayudar.
Estaba atado sobre su taburete y mostraba en la pantalla:
RESPETO LA DECISIÓN, PERO ME SIENTO INFRAUTILIZADO.
Leo lo leyó, asintió y dijo:
—Eso es madurar.
El tostador emitió un pitido ofendido.
El frigorífico zumbó desde la esquina del taller:
—La infrautilización puede ejercer un efecto estabilizador.
Leo levantó el dedo.
—Su turno de palabra no es hasta las diecisiete horas.
—No estoy formulando ninguna queja. Estoy aportando filosofía de desayuno.
—Eso computa doble.
El frigorífico guardó silencio.
Elara, sentada en el banco de trabajo, le dio un mordisco a un panecillo como si este le hubiera ofendido personalmente.
A su lado había tres destornilladores, dos rollos de cable y las gafas de montura dorada, ya rotas, de la Elara consejera delegada; aquella versión consolidada y fría de sí misma que una vez creyó que un mundo sin fallos era un mundo seguro, y que por ello había estado dispuesta a cribar mediante la gestión administrativa todo lo que estuviera inacabado.
Leo se había fijado en que Elara ya no escondía las gafas.
Estaban allí expuestas, en mitad de las herramientas, con una patilla doblada y un cristal agrietado. Ni en un cajón, ni tapadas con un paño. Tampoco clavadas en la pared como un trofeo. Ni al alcance de la mano como un arma.
Simplemente estaban allí, donde se dejan las cosas con las que uno termina por pasar página en algún momento, sin necesidad de tirarlas a la basura.
Como un recordatorio de lo cerca que había estado ella misma de la respuesta incorrecta.
Leo no dijo nada al respecto. Elara tampoco. En esa familia había cosas que no hacía falta verbalizar para que fueran ciertas.
Eberle se había buscado un sitio en el extremo de la mesa, donde podía desayunar y, al mismo tiempo, controlar la lista de búsqueda. Junto a su taza descansaba un montón de hojas en blanco. En la superior constaba, con su angulosa caligrafía funcionarial:
Lista de búsqueda abierta — trámite no concluido
Debajo, cuarenta y una entradas.
Nombres. Fragmentos. Recuerdos.
Tilo. Marja. Zapatos amarillos — nombre pendiente.
Eberle se detuvo en esa anotación un instante más que en las otras.
Sin nombre, sin más descripción que el calzado.
¿Quién llevaría unos zapatos tan llamativos sin dejar ninguna otra pista?
Alguien con un tarro de miel. La mujer sin última frase.
El chico de la ventanilla del tren. Tres voces de un sótano.
Un hombre que solo conoce el olor a zumo de manzana.
No era una lista hermosa. Resultaba demasiado larga y fragmentaria, y algunos apuntes eran más una pregunta que un nombre.
Pero existía. Ocho de las entradas aparecían ya tachadas; no borradas, sino tachadas con una marca de verificación al lado: recuperados. Hanna y otros siete.
Y aquello era más de lo que el Margen había pretendido concederles jamás.
Miriam estaba sentada al lado de Leo. No por casualidad. No de forma demostrativa. Simplemente ahí, con el hombro a un palmo del suyo, lo que para Leo suponía una distancia sobre la que llevaba toda la mañana intentando no pensar, sin éxito.
Clara se sentaba enfrente, con ambos zapatos negros bajo el banco y una taza de té entre las manos, que sostenía como si aún no estuviera del todo segura de si le correspondía quedársela. Entre madre e hija mediaba todavía un espacio.
Pero no estaba vacío.
Era un lugar donde, más adelante, podría crecer algo.
Tal vez.
Provisionalmente.
Hanna se sentaba al otro lado de la mesa. Llevaba la bufanda roja sobre los hombros, con aquel hilo un poco más claro que el resto integrado de nuevo en el tejido. El hombre del abrigo beis se sentaba junto a ella. No demasiado cerca. Lo había entendido. O empezaba a entenderlo.
Ya no esperaba que Hanna cumpliera un papel determinado que él le hubiera asignado.
Ahora esperaba con ella.
Eso era distinto. Más difícil, tal vez. Pero más honesto.
Los tachados se sentaban, permanecían de pie o se apoyaban por todo el patio.
Algunos habían encontrado sus propias zonas de anclaje.
Otros todavía no. Algunos se habían vuelto más nítidos durante la noche, como si el desayuno los hubiera empujado un trecho de vuelta al mundo.
Otros conservaban los bordes difuminados, como si una parte de su ser no hubiera terminado de llegar.
Unos pocos lucían aún los ribetes dorados de sus hermosas mentiras.
Pero nadie los obligaba a despojarse de ellos.
Hoy no. Quizá nunca.
Sin embargo, se los veía. Y no se los olvidaba.
Leo miró hacia la Casa Ancla.
No había quedado bonita. Ese nunca había sido el plan y, aun así, una pequeña parte de él, adicta a la optimización, lo había esperado en secreto.
El tejado estaba remendado, pero torcido.
Se notaba a la legua que las ventanas procedían de cuatro décadas distintas.
Sobre la entrada colgaba un cartel, y debajo de este, a lo largo de los últimos días, tantas manos habían añadido tantas anotaciones que Leo había desistido de aplicar medidas correctoras dos días atrás.
El cartel decía escuetamente:
CASA ANCLA — PERMITIDA LA ESTANCIA PROVISIONAL.
Debajo, el añadido de Elara con rotulador grueso:
PROHIBIDO ALBERGAR ESPERANZAS INNECESARIAS SIN CONSULTA PREVIA.
Y con la caligrafía más pequeña de Miriam, situado un poco más abajo:
LA ESPERANZA NECESARIA TIENE DERECHO A QUEDARSE.
Eso era todo. Tres líneas. Eberle, por cierto, había levantado el sello de forma mecánica para estampar la autorización de rigor, pero Miriam había sacudido la cabeza y él había vuelto a bajar el sello.
Leo había renunciado hacía tiempo a controlar la señalización.
Aquello probablemente también era madurar.
Después del desayuno, el área de Control de Causalidad se reunió para su primera sesión oficial de cierre.
Leo no quería llamarla sesión de cierre. La palabra entrañaba cierta naturaleza definitiva, y nada en aquel lugar se antojaba definitivo.
Eberle insistía en una denominación. Una reunión sin nomenclatura resultaba para él tan inconcebible como un formulario sin número de expediente.
Elara propuso «réplicas con café».
Miriam intervino:
—Llamadlo simplemente: lo que ya sabemos.
Fue aceptado.
En la gran pizarra del patio figuraba finalmente, con la caligrafía de Leo, trazada con más esmero del necesario:
LO QUE YA SABEMOS
Leo redactó el primer punto.
1. La Casa Ancla protege.
Miriam apostilló:
Pero solo si no finge que puede sostenerlo todo.
Eberle escribió debajo:
Verificar la capacidad con regularidad.
Elara añadió:
No ignorar el tejado. Los tejados son traidores horizontales muy taimados.
Leo lo dejó tal cual. Había aprendido que las verdades de Elara resultaban más duraderas si no se la obligaba a explicarlas.
Punto dos:
2. La Casa Ancla está autorizada a buscar.
Debajo, en cuatro concisas líneas que habían podado entre todos hasta que no quedó nada superfluo:
Solo con un ancla concreta.
Solo con consentimiento y plan de retorno.
Prohibidas las actuaciones unilaterales.
Quien no pueda ser recuperado, no será olvidado.
Eberle estampó al lado:
LISTA DE BÚSQUEDA ABIERTA
Punto tres:
3. El Guardián del Margen no ha sido derrotado.
Al llegar a esta frase, se hizo un breve silencio.
Todos sabían lo que significaba. El Guardián del Margen no era una persona a la que se pudiera vencer.
No era una figura ni un rostro, sino una negativa a decidir hecha de líneas tachadas y tramas secundarias descartadas.
Conducía de manera forzosa a las existencias suprimidas de vuelta y, con cada éxito, absorbía un poco más de lo que estas dejaban atrás.
Elara escribió debajo:
Pero ahora tiene un problema con nosotros.
Miriam complementó:
Y nosotros con él.
El frigorífico zumbó desde el taller:
—La enemistad es a menudo una mera cuestión de competencia difusa.
Leo exclamó:
—¡Las diecisiete horas!
Elara intervino:
—No. Esta vez casi tiene razón.
Leo la miró.
—Por favor, no.
Eberle reflexionaba con seriedad. Se le podía ver pensar del mismo modo que se contempla a un funcionario examinar un legajo.
—El Guardián del Margen es una función —articuló despacio—. Quizá a largo plazo no baste con trabajar en su contra. Quizá se pueda modificar su cometido.
Elara lo apuntó con el resto de su panecillo.
—Si propones invitar al Guardián del Margen a una comisión de estudio, te meto en el tostador.
El tostador parpadeó:
NO SOY APTO PARA INTRODUCIR PERSONAS.
—Menos mal —apostilló Leo.
Miriam contempló el cielo.