Coja número para el apocalipsis (Asuntos Multiversales 1) Capítulo 9 — El Göppingen de las infinitas posibilidades
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Capítulo 9 — El Göppingen de las infinitas posibilidades

El Göppingen de las infinitas posibilidades

Leo aterrizó de morros sobre el empedrado mojado.

Nada elegante.

Nada heroico.

Ni siquiera eficiente.

Su cuerpo impactó, se deslizó un trecho y se quedó tendido en un charco que sabía a agua de lluvia, a chicle caducado y a dejadez municipal.

Durante un instante, permaneció allí mismo, inmóvil.

No porque hubiera perdido el conocimiento, sino porque su cerebro había convocado una junta extraordinaria urgente para dilucidar si, visto el rumbo que tomaba el día, levantarse era una operación financieramente viable.

A su lado, la tía Elara se empotró contra un aparcabicicletas volcado, amortiguó la caída rodando sobre sí misma, se puso en pie de un salto, inspeccionó el soplador de hojas y dictaminó:

—Bien. No se ha roto nada.

Leo alzó la cabeza con debilidad.

—¿Lo dices por ti o por mí?

Elara lo miró.

—Por el aparato.

—Naturalmente.

Se incorporó a pulso. Le temblaban las manos.

Tenía la ropa rota, polvorienta, chamuscada y cubierta en varias zonas por fibras de papel, como si alguien lo hubiera arrastrado a la fuerza por un archivo que sufriera las pesadillas de una destructora de documentos.

En el pelo llevaba enredada media página de lo que parecía una novela rosa generada por IA. Se la quitó de un tirón.

En ella se leía:

«Su dolor era oscuro como la noche, pero el amor de ella era una luz que jamás...»

La frase se cortaba ahí. Interrumpida en pleno clímax patético, como todo en aquel desierto de algoritmos del que acababan de caer.

Leo arrugó el papel hasta hacer una bola.

—No.

Luego levantó la vista.

Y, por un segundo, se le olvidó cómo se respiraba.

Göppingen estaba allí.

Pero no su Göppingen.

O no solamente ese.

Ante él se extendía la ya conocida zona peatonal, pero se había fracturado en un despliegue de posibilidades.

Como si alguien hubiera tomado todas las versiones de la ciudad de distintas realidades, las hubiera superpuesto y luego hubiera impreso el resultado con una impresora láser mal calibrada, a la que a mitad de proceso se le hubiera agotado la consciencia del tóner.

A la izquierda, unas torres negras se erguían hacia el cielo, lisas y hostiles, surcadas por cables luminosos. Los carteles de neón parpadeaban en las fachadas:

MAULTASCHEN SINTÉTICAS — AHORA CON MÓDULO DE MEMORIA

IMPLANTES CEREbrALES, DOS POR UNO — SOLO HOY

¿AUTOMATIZAR LA KEHRWOCHE? CONSULTE A SU ASESOR DE DRONES DOMÉSTICOS

Entre las torres flotaban drones, taxis sin conductor y al menos un robot de reparto que juraba en arameo porque alguien le había desviado un pedido a otra línea temporal.

El robot no paraba de pregonar la misma dirección, en la que no se levantaba casa alguna desde hacía doscientos años, con el tono de un becario a punto de presentar la dimisión.

A la derecha, en cambio, se alzaba una muralla medieval de piedra basta.

En las almenas, varios guardias con armadura reluciente comprobaban a golpe de alabarda si los ciudadanos habían barrido sus aceras como Dios manda.

Sobre la puerta de la ciudad colgaba una pancarta, bordada con esa rigurosidad carente de humor que solo la administración despliega cuando va del todo en serio:

CIUDAD IMPERIAL LIbrE DE GÖPPINGEN — KEHRWOCHE BAJO PENA DE MUERTE

Debajo, en un tamaño menor y con una sumisión más temible que la propia amenaza:

«Las reclamaciones se presentarán por escrito, por triplicado, antes del ocaso.»

Sobre un torreón se había posado un dragón.

Un dragón de verdad. Verde, enorme, escamoso, con un pequeño chaleco reflectante amarillo alrededor del cuello y la dignidad aburrida de un funcionario a quince minutos de su pausa para comer.

Escupió una breve llamarada sobre un montón de hojas secas, contempló el resultado y acto seguido marcó una casilla con la garra en un portapapeles que le sostenía un escudero. Tramitado. Siguiente montón de hojas.

En mitad de la plaza del mercado flotaba una plataforma postapocalíptica de metal oxidado, bloques de hormigón y armazones de vehículos en llamas. Una fina ceniza caía de ella, posándose sobre las cosas como la primera y muy decepcionante nieve del fin del mundo. En un letrero se leía:

GÖPPINGEN CENTRAL 2091 — ENTRADA BAJO SU PROPIA MUTACIÓN

Leo se quedó estupefacto.

—Esto es...

—Un error de clúster —dictaminó Elara.

—Iba a decir que es una faena.

—También.

Por encima de ellos, el cielo se desgarraba en tres partes meteorológicas distintas.

A la izquierda llovía un polvo de neón verde.

A la derecha brillaba un sol medieval y exagerado, que parecía pintado con pan de oro por un monje que no había reflexionado demasiado.

En el centro, unos relámpagos violetas surcaban una capa de nubes de un amarillo tóxico, que ya no tenía nada que demostrar y, aun así, lo intentaba.

Leo miró hacia la familiar biblioteca municipal.

O hacia el lugar donde debería haber estado.

Allí se erigía de forma simultánea como una fortaleza de datos cromada, como un scriptorium gótico y como una ruina calcinada, sobre cuya entrada colgaba un cartel:

BIBLIOTECA CERRADA POR INFECCIÓN DE CONSCIENCIA

Leo pensó en Miriam, en el libro sin título, en el Archivo de la Noche que tal vez ni siquiera existiera en alguna de aquellas versiones, y tuvo que masajearse las sienes antes de que el pensamiento empezara a corroerlo por dentro.

—Por favor, dime que esto se puede arreglar.

Elara levantó el soplador de hojas. En la pantalla parpadeaban los fragmentos asegurados.

FRAGMENTO 1: ASEGURADO FRAGMENTO 2: ASEGURADO FRAGMENTO 3: ACTIVO POSICIÓN: CENTRO DE LA SUPERPOSICIÓN DE REALIDADES

Apareció una flecha. Apuntaba hacia arriba. Hacia la plataforma postapocalíptica flotante.

—Ahí arriba —dijo Elara.

Leo levantó la vista.

En la plataforma se elevaba un salón del trono edificado con carpetas de archivador, vigas metálicas, hojas cortantes, estandartes medievales y mitades de marquesinas de autobús. En el centro resplandecía algo con una luz blanca y cortante.

El tercer fragmento.

—Naturalmente —dijo Leo—. No podía estar simplemente en la oficina de objetos perdidos.

Elara sonrió de medio lado.

—Las oficinas de objetos perdidos son más peligrosas. Allí tendrías que demostrar que es tuyo.

Un chirrido estridente rasgó el aire. Un taxi sin conductor salió disparado del lado izquierdo de la ciudad, recibió el impacto de una piedra de catapulta en mitad de la plaza del mercado, dio tres vueltas de campana, se transformó brevemente en un coche de caballos y explotó en una nube de iconos de red wifi y heno.

Una herradura incandescente aterrizó junto a Leo y se apagó siseando en el charco.

—Tenemos que darnos prisa —dijo Elara.

—¿Ah, sí? Yo es que iba a evaluar ahora mismo la infraestructura turística.

Ella lo agarró de la manga y tiró de él.

El camino hacia la plaza del mercado era una pesadilla de versiones urbanas colisionando entre sí.

Esquivaron a mercaderes medievales que vendían brebajes energéticos como pociones de brujas, asegurando que el contenido de cafeína no constaba en ningún registro de las autoridades y, por tanto, no existía a efectos legales.

Un robot con capucha de monje intentó encasquetarle a Leo una bula para errores de software, con tarifas según la gravedad: un programa colgado costaba tres avemarías; un documento perdido sin copia de seguridad, la salvación del alma.

De pronto, un mapache les cerró el paso.

Había mutado, no se podía dorar la píldora: le sobraba una hilera entera de costillas, la cola le brillaba con una frecuencia de luz errónea y vestía una camiseta descolorida del FC Filstal.

Examinó el soplador de hojas con la mirada experta de un ser que alguna vez poseyó algo y jamás volvería a admitirlo.

—¿Acreditación de estacionamiento? —graznó—. Solo está ligeramente radiactiva. Dura más que la propia zona.

—No, gracias —dijo Leo.

—La cambio por un alma. Trato justo. Conmigo te llevas el cambio.

Elara se detuvo. Leo tiró de ella para seguir avanzando.

—No.

—Tiene buena vista —comentó Elara.

—Le sobran tres ojos.

—Por eso lo digo. Buena vista.

En la plaza del mercado se libraba una guerra.

No una guerra clásica.

Una guerra al estilo de Göppingen.

Es decir, un conflicto sumamente complejo de tozudez territorial, disputas por el espacio de aparcamiento, agravios históricos y una obligación sobrenatural de cumplir con la Kehrwoche.

Los drones se batían en duelo aéreo con ballesteros.

Un dragón discutía con un parquímetro sobre el cambio en monedas y salía perdiendo a ojos vistas.

Los habitantes del fin del mundo freían latas de raviolis sobre un patinete eléctrico en llamas, mientras un guardia intentaba cobrarles con efectos retroactivos una licencia de uso común especial para ello.

Leo se detuvo un momento.

—Esto, en el fondo, no es más que un pleno del ayuntamiento pero con mayor presupuesto.

—Concéntrate —dijo Elara.

La flecha del soplador de hojas apuntaba a un puente de luz que conducía desde el centro de la plaza del mercado hasta la plataforma flotante.

Estaba compuesto por tiras parpadeantes de luz de neón, tablones de madera vieja y planchas de metal oxidadas que se rechazaban mutuamente, algo que transmitían con claridad a cada paso que se daba.

Al inicio del puente, un cartel advertía:

ACCESO A LOS DOMINIOS DEL SOBERANO SOLO CON CERTIFICADO VÁLIDO DE DEBER CIUDADANO MULTIVERSAL

Debajo, alguien había pintado con pintura roja:

O CON UNA RAZÓN DE PESO

Elara plantó el pie en el puente. Este crució. Luego emitió un pitido. Acto seguido, una voz sintética, tan cortés como la de un contestador automático que ya te ha dado por perdido, anunció:

—Por favor, acredite su necesidad dramatúrgica.

Leo cerró los ojos.

—¿Otra vez no?

Elara alzó el soplador de hojas.

—Tenemos dos fragmentos, una realidad bajo mínimos y muy poca paciencia.

Una breve pausa.

—Necesidad dramatúrgica validada.

El puente se estabilizó.

Leo miró a Elara.

—¿En serio?

Ella se encogió de hombros.