CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
—No podemos equivocarnos en esto, Abby —dijo Knox—. Lin es un agente. ¿Estás segura de que es él?
—Mira, las Tríadas controlan el juego. Si consiguieron meter a alguien dentro, lo más probable es que sea chino. Desconfían de los de fuera. Prefieren tratar con los suyos.
Sí, estaba haciendo perfilado racial, pero con razón.
Lin nunca me había dado motivos para sospechar de él.
Siempre se había mostrado cortés, profesional, y por lo que yo sabía, era un buen tipo.
Pero si mi instinto estaba en lo cierto, todo encajaría.
El enemigo más peligroso es aquel en quien nunca se piensa.
Nos pusimos los chalecos antibalas a toda prisa y cogimos cargadores extra para las pistolas. Encontré mi arma en la encimera cerca del baño. Copeland agarró los dos rifles de asalto que guardábamos allí y salimos del tong.
—Normalmente se tarda una hora en llegar a Napa, pero haré lo posible por estar allí en cuarenta y cinco minutos —prometió Knox mientras nos dirigíamos al coche.
No conseguí llamar a Kang hasta que ya estábamos en el todoterreno saliendo de la ciudad. Íbamos lo más rápido que podíamos.
—¿Lin? Joder. Voy para allá, Abby. ¿Quieres que avise a la policía de Napa?
—Copeland ya está en ello. Les hemos pedido que monten puntos de control a un kilómetro del B&B.
—Buena idea. Nos vendrá bien toda la ayuda posible.
La siguiente llamada fue para Reilly, para ponerlo al día y ver si había agentes más cerca que nosotros a los que pudiéramos recurrir.
—No sé de ningún agente que viva en la zona del valle de Napa —dijo—. La agente House está en Oakland, pero supongo que la distancia es más o menos la misma. Aun así le pediré a ella y a algunos otros agentes que nos echen una mano. Abby, siento mucho lo que está pasando.
Agradecía la preocupación de Reilly, pero una parte de mí le guardaba rencor. Debería haber estado allí con mi familia. Sabía que lo que había pasado no era culpa suya, pero me enfurecía. Me sentía impotente. ¿Qué clase de madre trabaja en algo que pone a su familia en peligro? «Por lo visto, yo» .
Pero seamos sinceros: no estaba pensando en tener hijos cuando elegí esta profesión.
Los niños simplemente no entraban en la ecuación.
Dudo que lo hubiera considerado siquiera de haber sabido que los criaría sola.
Pero me enamoré de un hombre que ya tenía dos hijos.
En aquel momento pensé: «Podemos con esto» .
«Somos un equipo» . Pero seis meses después lo asesinaron, ese equipo se deshizo, y de repente era madre soltera con un trabajo despiadado.
Esas fueron las cartas que me tocaron, y solo podía jugarlas lo mejor posible.
Que no se me malinterprete: no fue fácil.
Al principio hubo días en que quería tirar la toalla y largarme.
Pero no lo hice. Ahora es más fácil, aunque esos pensamientos siguen asomando de vez en cuando.
Intento recordar que cada día es una oportunidad de ser mejor madre.
Todos los padres estamos aprendiendo, no solo yo. Al menos, eso es lo que me digo.
Desde que salimos del tong hasta que llegamos al B&B, estuve en contacto con mi suegra por mensajes. Antes de alertar a Castro de la amenaza, la había llamado para darle instrucciones concretas:
—No le abras la puerta al agente Lin.
—Abby, no entiendo. ¿Qué pasa?
—No es de fiar. Ve a la habitación de los niños y cierra con llave. Que no hagan ruido. No los despiertes si puedes evitarlo. Espera al agente Castro. Ya voy para allá.
Le dije a Po Po solo lo imprescindible, para no asustarla más de lo necesario. Por suerte, los niños seguían dormidos como troncos, ajenos al peligro que acechaba tras la puerta de su habitación. A partir de esa llamada, me fue informando por mensajes.
El B&B de los Fulton quedaba a unos ochocientos metros al sur del cruce entre la autopista 12 y la 29. La policía de Napa ya había montado dos puntos de control, pero no tenían gran cosa que contar. El escaso tráfico que pasaba eran vecinos de la zona que los agentes conocían de toda la vida.
Detrás de nosotros venía una ristra de furgonetas de los medios. Salir del tong con chalecos antibalas y rifles en mano había sido una señal clarísima de que algo gordo pasaba. Seguro que se les hacía la boca agua ante lo que parecía un nuevo giro en la historia de Chasing Chinatown.
Íbamos hacia el este por la autopista 12, a unos diez minutos del B&B.
Aunque era de madrugada y las carreteras estaban casi vacías, Knox se las había apañado para recortar aún más el tiempo.
Aun así, me parecía que el coche no avanzaba lo bastante rápido.
Iba hecha un manojo de nervios en el asiento del copiloto.
—¿Seguro que estás preparada para esto? —preguntó Knox sin apartar la vista de la carretera—. Podemos entrar nosotros primero.
Sabía lo que Knox insinuaba. Ni siquiera quería pensarlo. Era mi familia. No iba a quedarme al margen, pasara lo que pasara.
—Entro yo primero —dije cuando nos acercábamos a la autopista 29.