CAPÍTULO TREINTA Y UNO
Zoric, Petrovic y Adrijana se instalaron en el Holiday Inn de Van Ness Avenue poco después de las siete de la tarde.
Cajas vacías de comida para llevar del restaurante de al lado cubrían una pequeña mesa cerca de la puerta corredera que daba a un estrecho balcón.
Un pack de doce Budweiser descansaba sobre el largo escritorio que recorría la pared bajo la ventana.
El aire acondicionado era un modelo de suelo, y su zumbido era directamente industrial.
—Esto es una mierda, tío —soltó Petrovic tras dar un trago a su cerveza.
Estaba despatarrado en una silla arrinconada en una esquina de la habitación, con una bota apoyada en la moqueta y la otra pierna sobre un reposapiés.
No podían permitirse dos habitaciones, y todas las que tenían dos camas individuales estaban ocupadas.
Se habían conformado con una de cama king y habían pedido una supletoria.
Adivina quién se quedó con la supletoria—.
¿Por qué no vamos a un hotel más barato y así conseguimos dos habitaciones?
—Este ya es un hotel barato —replicó Adrijana con su habitual tono de asco. Ella y Zoric estaban sentados en la cama, recostados contra las almohadas del cabecero.
—Seguro que los hay más baratos —insistió Petrovic.
Adrijana miró a Zoric—. No pienso quedarme en un antro infestado de ratas.
—Vaya, mira quién se cree demasiado fina —Petrovic dio otro trago largo a su cerveza.
Zoric odiaba estar con los dos a la vez.
No paraban de discutir, y él siempre acababa obligado a tomar partido por uno u otro.
Le preocupaba que traer a Adrijana les dificultara completar la Atracción.
Pero además de financiar el viaje, Adrijana había conseguido pasaportes falsos para los tres.
Zoric y Petrovic no habían tenido más remedio que traerla.
—Cuanto antes nos carguemos a esta agente del FBI, antes cobraremos —dijo Zoric—. Tenemos que actuar rápido. —No tenían ni idea de cuántos equipos más habían venido a terminar el juego. La aplicación ya no ofrecía actualizaciones.
—No tenemos armas. ¿Cómo coño vamos a atraparla? —preguntó Petrovic—. Puedo estrangular a esa zorra, pero no va a estar ahí fuera esperándome.
—Necesitamos un plan —señaló Adrijana—. Además, no vale cualquier foto de ella muerta. Tiene que encajar con la temática.
—Ya os lo dije, La Roca . Si usamos esa película, ganamos seguro.
—¿Y cuál es el plan ? —Adrijana puso los ojos en blanco—. ¿La vas a volar por los aires en un edificio con todo el C-4 que llevas en el bolsillo de atrás? No, espera. ¿Quieres encerrarla en una celda de Alcatraz?
—Drago, no aguanto más esta mierda. Esta zorra me tiene hasta los cojones.
—¿A quién llamas zorra?
—¡Callaos! ¡Callaos! —Zoric había intentado mantenerse al margen.
Se había esforzado por ignorar la discusión, concentrándose en el combate de MMA de la tele.
Se volvió hacia su amigo—. A mí también me gusta esa peli, pero tiene razón.
Necesitamos algo fácil y rápido. —Zoric cambió de canal y enseguida encontró un informativo que cubría la investigación de Chasing Chinatown—.
Mirad esto. Ya todo el mundo sabe lo del juego.
—¿Y qué? —se burló Petrovic.
—¿Y qué? ¿Cómo pretendes que nos acerquemos a ella? —Zoric levantó las manos exasperado—. Ahora mismo esa tía está rodeada de periodistas y agentes del FBI. —Cogió su cerveza de la mesita—. Cuanto más hable, peor para nosotros.
Habían perdido el factor sorpresa, y eso cabreaba a Zoric. Vale, Kane no conocía sus identidades, pero el intento fallido del francotirador, el ataque en su casa y que el FBI hubiera aireado todo lo del juego hacían casi imposible acercarse a ella, aunque estuviera a la vista de todos.
Petrovic apuró lo que le quedaba de cerveza, abrió otra y se bebió la mitad de un trago.
Zoric sabía que aquel silencio era su manera de darle la razón.
Luego miró a Adrijana y pensó en todo el dinero que había gastado.
El vacío en sus ojos le decía que se arrepentía.
Zoric volvió la vista a la tele mientras su cabeza buscaba desesperadamente una solución.
El silencio se adueñó de la habitación.
Adrijana evitó mirar a los hombres mientras bebía de la botella de vino tinto que sujetaba entre los muslos.
Incluso con sus escasos conocimientos del mundo criminal, sabía que Zoric y Petrovic no tenían lo necesario para un asalto frontal, no con el dispositivo de seguridad desplegado y la cobertura mediática constante en torno a la agente Kane.
Para ganar, tendrían que salir de su zona de confort y hacer lo que ningún otro equipo había intentado.
Paladeó el vino antes de romper el silencio—. ¿Y si usáramos a su compañero, el poli? Ya sabéis, como cebo.