Coit Tower (Thriller del FBI de Abby Kane 5) CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

Habían pasado dos días sin incidentes. Ni mis vecinos ni los medios se habían enterado de lo que estaba pasando en la Casa de Kane. Había convencido a Reilly de que no montara un puesto de mando en mi jardín delantero. Eso habría atraído atención innecesaria y habría alarmado a los vecinos.

Un agente de la oficina había desenterrado información sobre el Equipo Favela. El tipo se llamaba Antonio Rocha, un matón en ciernes de Rocinha, una de las favelas más grandes de Río de Janeiro. Su historial resultó interesante.

Al parecer, su madre era una mujer poderosa en la favela donde él creció debido a su novio de toda la vida, Francisco Sá Silva, el brazo derecho de uno de los narcotraficantes más temidos de Río.

Se decía que Sá Silva la había ayudado a criar a Rocha desde que este tenía diez años.

Sospechaba que Rocha nunca había estado a la altura de sus expectativas.

Quizás participar en este juego era su manera de demostrar lo que valía ante el hombre al que llamaba papá.

Según el juego, el Equipo Favela debería haber estado en Buenos Aires, Argentina.

No había puntos de ruta en el mapa que conectaran esa ciudad con otra, así que solo podía suponer que B.A.

había sido su primera incursión en el juego.

Por lo que podía ver, solo había completado una de las Atracciones antes de que los objetivos del juego cambiaran. Están solo a un vuelo de distancia.

Salí por la puerta trasera en busca de Knox. Ya había mandado reparar y reforzar la cerradura; de hecho, todos los puntos de entrada a la casa habían sido dotados de medidas de seguridad adicionales. Los focos también volvían a funcionar. Mis vecinos tendrían que aguantarse.

Knox había instalado dos trampas para animales vivos en las esquinas más alejadas del jardín para evitar que los mapaches activaran las luces de seguridad.

—Ayudará a evitar falsas alarmas —dijo, señalando las luces con la mirada.

Estudié la jaula de malla metálica.

—¿Qué harás si atrapas uno?

—Llamaremos al control de animales para que lo reubiquen.

Respiré hondo el aire fresco y le di una patada a una piña que había caído del árbol.

El Día de Acción de Gracias pasado, Lucy había recogido suficientes para que toda su clase hiciera pavos con piñas.

Lucy había hecho uno para cada uno de nosotros, y sirvieron como centros de mesa para nuestra cena festiva.

Recordar ese día me revolvió el estómago; aún no había visto a mi familia desde la noche en que se los habían llevado.

Seguía presionando a Reilly para que me permitiera una visita, pero él rechazaba mi petición una y otra vez.

Me estaba haciendo plantearme una decisión que no le iba a gustar.

Mientras tanto, las videollamadas eran la mejor opción.

Al menos podía ver a mis hijos. Ryan y Lucy no parecían demasiado afectados por lo que había pasado.

Ya habían estado separados de mí antes. Castro y Lin estaban haciendo un gran trabajo manteniéndolos entretenidos con películas de alquiler y videojuegos.

Habían contratado a una profesora particular, autorizada por la oficina, para darles clase, ya que no podían ir al colegio.

La única queja de Ryan era que echaba de menos sus clases de judo y kung fu.

—Abby, intento practicar mis movimientos en mi habitación, pero no es lo mismo. No tengo a nadie con quien entrenar.

—¿Has probado a preguntarle al agente Castro o a Lin si pueden ayudarte?

—Sí, pero siempre están ocupados con sus cosas, o Po Po les hace llevarla a algún sitio.

—¿Y fuera? ¿Hay cosas que hacer?

—Hay un pequeño viñedo donde a veces juego al escondite con Lucy, pero no podemos alejarnos mucho. Ah, el Sr. Fulton me está enseñando sobre vinos.

Ed y Betty Fulton eran los dueños del B el Sr. Fulton me dijo que hay que escupirlo. De todos modos, sabe asqueroso.

Po Po parecía contenta con el arreglo temporal porque el B sigo pensando que ese diseño tiene algún significado.

Se lo enseñé a mi amiga Ethel. Había visto algo parecido antes, unos dibujos que tenía su padre, pero no sabía qué significaban.

Por suerte, todavía tengo las fotos que le saqué a la tetera mientras estábamos allí. Puedo estudiarlas.

Rellené el bocadillo sobre mi pequeño monigote. Aquí Sushi Zhang informando en directo desde Nob Hill, donde se rumorea que una persona misteriosa no recoge lo que deja su perro.

—Vale, bueno, avísame si descubres algo.

—Lo haré. Por cierto, ¿cómo lo llevas?

—Bah, estoy bien. No he tenido motivos para salir de casa, salvo las ganas de ver a los niños y a Po Po.

—¿Nada de nada?

—Nada.

—Mira, si necesitas algo, lo que sea, o si puedo hacer algo por ti, dímelo. Va en serio.

—Cuidado. Me estás dando demasiada carta blanca.

Kang se rio.

—Lo que no te mata te hace más fuerte. ¿No dicen eso?

Colgué pensando en la investigación y en cómo nos había metido a Kang y a mí en una serie de situaciones absurdas.

Se había convertido en alguien con quien podía contar siempre, alguien a quien podía confiarle mi vida, alguien por quien todavía sentía un estúpido flechazo.

La culpa de todo la tenía aquel día en que me salvó la vida por primera vez.

«Estúpido síndrome de enamoramiento con el héroe». Eso era todo.

Abrí la ventana que había sobre mi escritorio y miré afuera.

Eran las dos y media de la tarde. Lo sabía porque, al otro lado de la calle, vi a nuestra cartera haciendo su recorrido de casa en casa.

Llevaba el familiar bolso azul marino colgado del hombro y, como siempre, vestía una camisa de manga corta azul cielo y unos culottes grises.

Rara vez la veía con pantalones largos, ni siquiera cuando llovía.

La temperatura exterior rondaba los veintidós grados.

Ni demasiado frío ni demasiado calor. Supongo que caminar tanto le ayudaba.

Cerca de ella, una ardilla negra bajó corriendo por un poste de teléfono y se quedó pensando si cruzar hacia mi lado. Se echó atrás cuando se acercó un Mustang verde bosque; el rugido de su motor se impuso al zumbido del cortacésped de mi vecino.

Copeland me llamó la atención justo cuando me apartaba de la ventana. Me detuve y lo observé bajar por el camino de entrada hasta el borde de la acera, donde inspeccionó la calle en ambas direcciones. De vuelta al porche, me saludó llevándose dos dedos a la frente.

Le sonreí y me pregunté cómo podría darles esquinazo a él y a Knox para ir a visitar a mi familia. La generosidad de Kang había plantado una semilla en mi cabeza.