Codiciar, acechar, poseer (Bésame, psicópata 1) 32 Naomi
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32 Naomi

NAOMI

Urgencias está tranquila hoy, todo son las típicas chorradas que no requieren que me coma mucho la cabeza. Nada de misterios médicos por resolver.

Una anciana con dolor en el pecho. Probablemente una angina, pero le haré un estudio cardíaco completo para estar segura.

Una estudiante universitaria con un coma etílico.

Le pongo suero por vía intravenosa. Monitorizaremos sus constantes; se pondrá bien.

Pero no me gusta la mirada vacía de sus ojos, los hematomas con forma de dedos en su muñeca, ni la forma en que se niega en rotundo a que le hagan un examen por agresión sexual.

No puedo obligarla. Pero quizá Alexis pueda convencerla.

El siguiente es un niño de doce años con una pierna rota. Su madre le echa un sermón sobre el monopatín y el casco mientras le reduzco la fractura. Solo llora un poco.

Para cuando llego a la sala de descanso a por un café, me siento casi tranquila. Es el noveno día; el tiempo se mide en el espacio que separa el ahora de «cuando ocurrió».

Puede que esté intentando autoconvencerme para sentirme mejor, pero creo que ha pasado demasiado tiempo como para que yo esté en peligro.

Si Decker me quisiera muerta, ya lo estaría.

Y si le hubiera dicho a su amigo el ayudante del sheriff que yo estaba allí, ese tipo no me habría dado nueve días para que cambiara de opinión sobre irme de la lengua.

Ha pasado tiempo suficiente para que yo sea cómplice.

Me bebo el café solo con un puñado de hielos para que sea más fácil de engullir y luego tiro el vaso de papel. Vuelvo a la zona de exploración justo cuando Jenna asoma la cabeza.

—Oye, Alexis le ha hecho el examen por agresión sexual... tenías razón. Los ayudantes del sheriff vienen de camino para tomarle declaración.

Suspiro. Siempre deseo equivocarme, pero rara vez lo hago. Ojalá pudiera ver las cosas con tanta claridad en mi propia vida.

—¿Cómo va tu día? —pregunta Jenna.

¿Qué se supone que debo responder a eso?

¿Que estoy bien? Sí, sin problemas por aquí.

Vi a mi casi-algo meter a mi ex en una trituradora de madera y, desde entonces, no dejo de tener este sueño en el que Marcus me persigue y Decker le arranca la cabeza de cuajo en una ceremonia de sangre y vísceras.

Desde luego no puedo decirle que me despierto de ese sueño más excitada que nunca, que me doy placer con la cara hundida en la almohada que todavía huele un poco a él.

Sé —joder, lo sé— que eso es completamente enfermizo.

Cuando creces con abusos, resulta difícil distinguir la amenaza de la paranoia.

Es igualmente difícil diferenciar la agresión de la protección.

Los hombres maltratadores siempre te aseguran que es lo segundo, pero mienten.

Solo quieren que te quedes cerca para poder hacerte más daño.

Pero Decker no. Él no está intentando quedarse cerca de mí; se ha desvanecido por completo de mi vida. Ni siquiera sé si sigue en el pueblo. En su lugar, yo habría huido a otro país antes de que la policía pudiera llamar a mi puerta.

¿Es por eso por lo que le deseo más? ¿Porque no está presionando? ¿Porque no puedo tenerlo? Estoy tan enferma como él.

Yo maté a un hombre una vez, con malicia y premeditación. Quiero decir, ¿quién guarda una pala en la cocina? Si hubiera podido trocearlo, hacerlo desaparecer en lugar de lidiar con el sheriff, lo habría hecho. Incluso recordar lo que hice aquella noche no me horroriza. Debería.

Estoy rota. Nos merecemos el uno al otro.

Esbozo una sonrisa forzada para Jenna y luego me encojo de hombros. —Estoy bien. Solo estaba viendo a una madre echarle la bronca a su hijo mientras yo le recolocaba el hueso de la pierna en su sitio.

Ella hace una mueca. —Cómo me gustan esas situaciones. Sé que es solo por la preocupación, pero maldita sea.

—Mientras los mantenga distraídos, supongo, y... —Mi corazón da un brinco mientras echo mano al bolsillo por la vibración. ¿Decker?

Pero no lo es. El zumbido es solo mi buscapersonas. Los resultados de las pruebas que pedí para la paciente con dolor en el pecho ya están aquí.

—Vámonos a cenar esta semana, ¿vale? —dice Jenna—. Alexis y yo... te echamos de menos. ¿Quizá pueda venir Kennedy también?

Trago saliva con dificultad. Veré a Kennedy bastante esta semana; tengo que ir a la comisaría mañana por la mañana. Ni siquiera les he dicho a Alexis y a Jenna que Mitch ha desaparecido. Sin duda debería decírselo antes de que se enteren por otra persona.

Ella sigue esperando una respuesta.

—Me parece bien —digo, pero mi voz suena tensa, rara.

Jenna frunce el ceño. Pero no tiene oportunidad de responder. Ambas nos giramos ante el alboroto que llega de la sala principal.

—¡Necesito un box de trauma! —la voz de Alexis.

Parece que hoy está a punto de ponerse más interesante.

Corro hacia urgencias, con Jenna pisándome los talones. No sé si es una situación que requiere a todo el personal, pero cuando alguien grita trauma, vas.

Doblamos la esquina juntas. Me detengo de golpe en la entrada de urgencias, y mis zapatillas lanzan un chirrido agudo y violento.

Jenna ni siquiera mira atrás. Tengo que seguir, tengo que moverme...

pero no consigo procesar lo que estoy viendo.

Tengo el corazón en la garganta, la cara ardiendo, la sangre vibrándome. ¿Decker?

No está de pie ante las puertas de urgencias con un ramo de tulipanes amarillos en el puño. Está en medio de la sala como una estatua, con Alexis sujetándole el brazo y los celadores con una camilla acercándose ya por su otro costado.

La pernera izquierda de sus vaqueros está empapada de sangre, y tiene una de sus enormes manos apretada sobre el abdomen. El resto de la sala se desvanece en un silbante ruido blanco.

Él me mira a los ojos. Me dedica esa adorable media sonrisa. Pero tiene sangre en la mejilla. Eso es lo último que registro antes de que se desplome de bruces contra el linóleo.