Codiciar, acechar, poseer (Bésame, psicópata 1) 20 Decker
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—Por favor —jadea Marcus—. Lo siento, lo siento mucho. Solo déjame ir y no le diré ni una palabra a nadie y…

—Tenemos que hablar sobre el sándwich de queso a la plancha —digo.

Un silencio. Le tiembla el labio—la mitad de él, al menos—. Por favor, ya te he contado todo lo que sé y…

—Ni siquiera le gusta el sándwich de queso a la plancha, Marcus. —Paso los dedos por las herramientas de la pared, y él se estremece cuando chocan entre sí—metal contra metal. Pito, pito, gorgorito.

—¡No! —chilla—. Te lo juro, te juro por Dios, yo solía hacérselos y a ella le gustaban.

—Te equivocas. Los odia. Porque le recuerdan a ti —elijo los alicates y me acerco—. ¿Lo hiciste a propósito, Marcus? ¿Darme información que sabías que la disgustaría? La aterrorizaste cuando estabais juntos. Quizás quieres seguir haciéndola sufrir.

—No, por Jesucristo, no, ¡puedes quedártela! ¡Intento ayudarte! ¡Te he contado todo lo que sé! Literalmente todo. Me he quedado aquí sentado mientras me sacabas la sangre y me cortabas, y joder, Dios mío, joder.

Espero a que termine su pequeño arrebato para no tener que levantar la voz. Tu hermano fue al apartamento de ella hoy. La amenazó.

—Oh, mierda, ¡yo no le dije que hiciera eso! No lo mates, tío. ¿Lo has matado? ¿Es él quien… huele?

No respondo, lo que él toma como respuesta suficiente porque empieza a gritar.

Acerco los alicates a su pezón derecho y aprieto.

Se calma hasta soltar un gemido desesperado: «por favor, por favor, por favor».

Le faltan la mitad de las uñas de los dedos de las manos y de los pies, pero he dejado su pecho bastante tranquilo. Hasta hoy.

—Solo podrás vivir si tienes razón, Marcus —digo—.

¿Hasta qué punto prestaste atención a lo que realmente le gusta?

Me dijiste que le gusta tener sexo a oscuras.

Me privé de esa experiencia la primera vez basándome en tu información.

Pero anoche ella definitivamente parecía disfrutar mirándome.

—Nunca pensé que llegaría a utilizar esa información cuando se la saqué. Solo quería saberlo.

—¡A lo mejor le gustan cosas diferentes contigo!

—O no prestabas atención a lo que ella quería. Quizá no te importaba lo que le gustaba mientras tú te corrieras. La gente no empieza de repente a querer follar a oscuras. Ni empieza de pronto a odiar los sándwiches de queso a la plancha.

—Tal vez simplemente la asustaste porque sabes demasiado y está... no sé... recelosa —dice con un hilillo de voz.

Interesante. Frunzo el ceño, liberando la presión de los alicates mientras lo pienso.

¿Es eso posible? He pasado meses aprendiendo todo lo que puedo sobre ella, siguiendo sus movimientos, leyendo libros para rellenar los huecos.

Pero nunca le he preguntado a ella por sus comidas, bebidas o flores favoritas.

Y si eres una mujer que ha pasado meses luchando contra un acosador abusivo, un lector de mentes podría parecerte más de lo mismo.

—¿Qué es lo que odia, Marcus?

—Yo... a mí, supongo —su voz suena gangosa, el espacio donde debería estar su nariz está obstruido con sangre y cartílago roto.

Todavía conservaría los globos oculares si hubiera admitido más rápido que incendió su casa.

En cambio, siguió culpando a Naomi, dijo que ella le había preparado la cena, que se quedó dormido y despertó con la casa en llamas.

Honestamente, no me importa si lo hizo o no.

Solo quería hacerle daño. Por lo que le hizo a ella.

Agarro los alicates y tiro.

Grita, grita, grita, lo que está bien; nadie le oirá. Arrojo el trozo de pezón y el tejido que se ha desprendido con él sobre la cortina de ducha en la esquina. Cae con un golpe húmedo junto a la palma levantada de Casper.

Espero. Me dirá lo que quiero saber. A veces les lleva unos minutos evaluar correctamente la situación. Darse cuenta de que rendirse es la única opción.

Podría pasar el tiempo trabajando en su portátil; también está aquí abajo.

He estado iniciando sesión, haciendo el trabajo del tipo por él.

A veces incluso ayuda, pero no hace falta ser un genio para estafar a la gente y quitarles el dinero que tanto les ha costado ganar, para conseguir que inviertan en criptomonedas.

¿Cómo demonios acabó ella con este imbécil?

En cualquier caso, si alguien lo investiga, el portátil está enrutado a través de docenas de torres, la última en Nueva York.

Marcus también ayudó con eso. Y no pueden rastrear el ramo.

Los corté en casa de Everett cuando estaba trabajando; el hombre sabe bastante de fertilizantes.

En el peor de los casos, creerán que Marcus los encargó desde Nueva York, o que hizo que su cabrón hermano se los llevara para aterrorizarla.

Finalmente, los gritos de Marcus se calman. Empiezo a hablar, lenta y pausadamente, para asegurarme de que entiende. Le pregunto sobre Naomi. Sobre su hermano. Sobre cualquier cosa que quiero saber. Cuando la cabeza de Marcus cae sobre su pecho, le doy una bofetada para despertarlo.

—No sé nada más, lo juro… lo juro… por favor…

Podría preguntar quién lo sabe, pero ya conozco la respuesta. No voy a hablar con sus amigos sobre ella, en absoluto. No tiene familia. Lo único que Marcus sabía era que su madre murió hace un par de años y le dejó la casa.

Pero no pasa nada; no necesito a nadie más. Tengo lo que vine a buscar.

Agarro la capucha del suelo y se la vuelvo a poner en la cabeza, apretando el cordón de su cuello más de lo necesario, ignorando sus frenéticas protestas.

—¡Por favor, tengo dinero! ¡Puedo pagarte! ¡Te daré mi camioneta!

Me río por eso, no puedo evitarlo. —Nadie quiere tu vehículo compensador de pequeñeces.

Está temblando, quizás intentando llorar con sus ojos destrozados, aunque no estoy seguro de lo segundo. Nunca he hecho eso. Llorar, me refiero.

—Eres un enfermo de mierda, ¿lo sabes?

¿Eso es una pregunta de verdad?

Pero entonces dice: —No eres mejor que yo, ¿sabes? También le estás haciendo daño. Harás algo peor de lo que yo hice.

Mis músculos se tensan, la mano agarrando los alicates como una prensa. Podría hacerle más daño por eso… pero ¿cuál es el sentido? Arrancarle el otro pezón no hará que esté más equivocado.

Y está equivocado. Yo no le haré daño. No lo haré.

Pero una vocecita en mi cabeza susurra: Los chicos podrían hacerlo, pedazo de imbécil. Mira lo que le pasó a Tara.

—Gracias, Marcus —digo, colocando los alicates en su lugar correspondiente en la pared. Luego apago la luz y le dejo gritando en el abismo.