37. Capítulo 37
—¡Me alegro muchísimo por ti! Sabía que lo conseguirías.
Por enésima vez, Sergio estrechó a Mara con fuerza entre sus brazos y le plantó un beso apasionado en los labios.
El hecho de que Ornella hubiera organizado un trabajo para Mara con tanta rapidez y que ella lo hubiera conseguido a la primera entrevista lo llenaba de un orgullo increíble.
Un alivio inmenso se extendió por su pecho.
Porque aquello significaba que Mara se quedaría en Florencia.
En su ciudad y en su vida. Por fin se permitía creer en un futuro juntos.
Durante los últimos meses, siempre había tenido la esperanza de vivir un momento así, pero no se había fiado de su suerte.
Una y otra vez había pensado que su relación con Mara no podría perdurar.
Al fin y al cabo, la vida le había enseñado con demasiada frecuencia que una felicidad tan grande y plena solía ser efímera.
Esta noticia tan positiva de hoy le hacía, por fin, creer y confiar en que la vida se portaba bien con él por una vez.
Miró a Mara con felicidad y le acercó la silla.
Hoy habían ido a su restaurante habitual en la Piazza della Repubblica para celebrar el nuevo empleo de Mara.
En este restaurante la comida distaba mucho de ser perfecta, pero aquel lugar tenía un significado tan especial para ellos que podían pasarlo por alto sin problemas.
Estaban sentados en la misma mesa en la que Mara se había sentado con Lissy cuando Sergio la conoció.
Parecía que habían pasado cien años, en otra vida.
Si ya entonces hubiera sabido que Mara era la mujer de su vida, probablemente se habría puesto aún más nervioso y ni siquiera se habría atrevido a dirigirle la palabra.
Quizá fuera mejor no haber podido prever cómo se desarrollaría todo.
Y aquí, en la plaza, la había vuelto a encontrar por segunda vez.
Así había seguido el destino su curso. En los últimos meses había pasado mucho menos tiempo allí, y cuando lo hacía, se sentaba con Mara en uno de los bancos a observar a la gente.
Hacía mucho que no sacaba sus utensilios de dibujo.
La última vez fue en el hospital, cuando tuvo el permiso de hacerle el retrato a Mara que ahora colgaba en su salón.
Y allí se quedaría para siempre, de eso estaba convencido.
La pintura había sido una válvula de escape para él, la había necesitado para dar sentido a su vida.
Pero ese sentido estaba ahora sentado frente a él. Ya no necesitaba dibujar para eso.
—Estoy contentísima. Tendrías que haber visto a Ornella, ha estado fantástica. Me ha transmitido tanta fuerza y calma que sin ella me habría vuelto loca.
Mara irradiaba felicidad, y Sergio apenas podía apartar la mirada de ella. Sus ojos brillaban como las estrellas y la rodeaba un aura de plenitud.
—Sí, Ornella es realmente una persona muy especial.
Todos los días me alegro de haberla conocido poco después de mi llegada a Florencia.
Es un poco como mi familia. Siempre estuvo ahí cuando las cosas me iban mal.
Con ella puedo hablar de todo, y a menudo tiene puntos de vista muy inteligentes.
Es maravilloso que esté ahí, y sabía que nos ayudaría —Sergio levantó brevemente la mano para que no lo interrumpiera.
—Sé que en aquel momento me extralimité y que primero debería haber hablado contigo sobre si realmente querías un trabajo en Florencia, pero entonces me pareció la única forma de que estuvieras más satisfecha.
Estabas tan desanimada y dudabas tanto de ti misma...
No hay nada más importante para mí que verte feliz. Espero que lo sepas.
Mara buscó la mano de Sergio por encima de la mesa y la acarició con suavidad.
—Sí, lo sé, y es mutuo. En cualquier caso, ha sido una idea fantástica por tu parte.
En el primer momento me quedé realmente desconcertada de que hubieras planeado semejante encerrona a mis espaldas.
Pero tenías razón: si alguien podía ayudar, esa era sin duda Ornella.
Cuando ella y Maria se ponen a hablar, la verdad es que apenas entiendo una palabra.
Hablan tan rápido que no estoy segura, pero creo que utilizan algún tipo de lenguaje secreto para evitar que nadie se entere de qué están tratando en realidad.
Sergio soltó una carcajada. —No es un lenguaje secreto, simplemente hablan tan deprisa que hasta yo tengo problemas para seguirlas. Puede que sea intencionado, pero más bien creo que se meten tanto en la conversación que no pueden evitarlo.
—Puede que tengas razón —Mara soltó una risita —.
La verdad es que tengo muy buen presentimiento con Maria.
Tienes que saber que se parece mucho a Lydia, mi jefa de Hamburgo.
Es igual de elegante, abierta y cariñosa.
Creo que nos vamos a llevar de maravilla.
Estoy tan contenta de poder empezar ya la semana que viene.
Ornella y Maria han prometido ayudarme con el papeleo.
No es del todo sencillo empezar a trabajar de repente en Italia y no en Alemania.
Hay muchas cosas que tener en cuenta, rellenar y aclarar.
Y las dos me han dicho que se encargarán de ello aquí en Italia por mí.
Yo solo tendré que aclararlo con la oficina de empleo alemana.
Sergio vio cómo la duda asomaba brevemente a los ojos de Mara.
—Y eso también lo conseguirás. Puede que ahora sea molesto y empañe un poco la alegría, pero ya verás como merece la pena. Y entonces serás libre y podrás empezar una nueva vida aquí en Florencia. Con un nuevo trabajo... y conmigo.
Sergio miró a Mara profundamente a los ojos y esperó una reacción. Deseaba que Mara también anhelara una vida con él. Que él fuera el motivo por el que ella quería quedarse aquí en Florencia, por el que se había esforzado en conseguir un empleo.
—Así será, Sergio, sin duda. Amo Florencia.
La ciudad tiene algo mágico que me cautivó desde el primer instante.
Todavía intento descubrir qué es. Si son sus hermosos edificios, el imponente río o sus tesoros artísticos.
Pero más bien creo que es por su gente. Por su amabilidad, su apertura y sus ganas de vivir.
Esa atmósfera que crea esta gente maravillosa vibra en mi interior, por así decirlo, y creo, es más, estoy convencida de que no podría volver a Hamburgo sin echar de menos esta ciudad de leyenda a cada momento.
Sergio esperó pacientemente para ver si su amor era solo por la ciudad o también por él. Por suerte no tuvo que esperar mucho, pues Mara continuó enseguida.
—Esa es una cosa. Pero el motivo más importante por el que quiero quedarme en Florencia cueste lo que cueste eres tú.
Al igual que mi amor por esta ciudad, apenas puedo expresar con palabras lo que siento por ti.
Cuando me marché de Hamburgo, jamás habría pensado que fuera posible volver a amar, y mucho menos de esta manera.
—Aquí tenéis la comida.
Sergio levantó la vista sorprendido. No había oído llegar al camarero.
Estaba tan embriagado de amor que se había desconectado de todo lo que lo rodeaba.
Solo por un breve instante soltó la mano de Mara para dejar algo más de espacio al servicio en la mesa.
Levantó su copa de vino y brindó con Mara.
—Por ti y por tu gran éxito de hoy. Me he quitado un peso de encima y estoy deseando empezar nuestro futuro juntos.
Estaba retirando su copa cuando una mano se posó en el hombro de Mara. Ella miró hacia arriba y, del susto, dejó caer su copa de vino. El estallido de los cristales rotos resonó con un estruendo desagradable en los oídos de Sergio, que miró con extrañeza al joven que estaba de pie junto a Mara.
Pálida como la cera, ella preguntó: —¿Vincent? ¿Qué haces tú aquí?