Cipreses, amor y tú: Latidos en Florencia (Latidos en la Toscana 1) 35. Capítulo 35 #2
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35. Capítulo 35 #2

Sergio le enseñaba a Mara los artículos de piel con tanto orgullo como si él mismo hubiera movido un dedo para fabricarlos. Le encantaba pasar la mano por el cuero suave de los bolsos y carteras.

—Mira este, qué llavero tan bonito. ¡Y este bolso de aquí! Dios mío, Sergio, podría comprarme la tienda entera de una vez. Es precioso y huele increíblemente bien.

Sergio se rió por lo bajo. —Es que eso es piel auténtica y no esas baratijas que venden por todas partes en los puntos turísticos.

En la tienda de Massimo solo hay géneros de primera clase y, además, trabajados a mano.

Por eso el negocio va tan bien. La gente sabe que aquí puede confiar en la calidad y, por ello, no le importa gastarse algún euro de más.

Massimo se había situado mientras tanto detrás de ellos. Se había acercado sigiloso como un gato, y Mara se sobresaltó un poco cuando él habló.

—Bueno, ahora sentaos conmigo y contadme cómo os va. Sergio, hace mucho que no venías.

—Sí, Massimo, tienes razón. Lo siento. Últimamente he tenido mucho jaleo.

Massimo arqueó una ceja y le sonrió a Sergio con picardía. —Sí, ya lo veo. Y lo comprendo perfectamente. Si yo tuviera una novia tan guapa, tampoco tendría tiempo para verte a ti.

Mara soltó su risa argentina y el corazón de Sergio se abrió un poco más.

—Sí, hay que establecer prioridades y tienes razón, Mara es mi absoluta prioridad número uno. —Con ternura, tomó la mano de Mara entre las suyas y la besó con suavidad para subrayar sus palabras.

Massimo le dio una palmada amistosa en el hombro y asintió con entusiasmo. —No pasa nada, amigo mío, no hace falta que te disculpes. Te entiendo perfectamente. ¿Qué hay de nuevo por la universidad?

A Sergio le gustó contarle lo que estaba pasando en Florencia.

No había demasiadas novedades, o él no se había enterado, subido a su nube de felicidad.

Pero como hacía medio año que no veía a Massimo, siempre había alguna cosilla que a su amigo le sonaba a noticia nueva.

Massimo también habló de su día a día, de sus clientes, e integraba siempre a Mara en la conversación.

Massimo hablaba un poco de alemán, que Sergio le había enseñado en la universidad, así que pudieron charlar con bastante fluidez.

Los retazos de italiano que se intercalaban en la conversación la hacían especial.

Era una mezcla caótica de alemán e italiano; a veces Sergio le traducía un poco a Mara, pero también el italiano de ella mejoraba día tras día y ya entendía muchísimas cosas.

Sergio ni siquiera se dio cuenta de cómo pasaba el tiempo. Siempre había valorado mucho las charlas con Massimo, y Mara también parecía estarse divirtiendo.

—Massimo, creo que va siendo hora de que nos marchemos. Llevamos aquí un buen rato.

—Anda ya, Sergio, qué más da una hora o dos. Vosotros tenéis tiempo, yo tengo tiempo; así pasamos un rato juntos, como hacen los buenos amigos.

—Claro, Massimo, tienes razón. Pero quiero seguir enseñándole la ciudad a Mara, no solo tu tiendecita, por maravillosa que sea.

Massimo suspiró teatralmente. —Está bien, si tú lo dices... pero no os podéis ir sin llevaros algo. No os vais de aquí hasta que Mara se lleve un recuerdo de mi tienda y de nuestro encuentro. Elegid lo que queráis.

Mara se decidió por el pequeño bolso que ya había tenido en la mano durante su primera vuelta por la tienda.

El bolso era semicircular, de suave piel de napa color coñac, con bordados calados y un pequeño colgante en forma de flor.

Era lo justo para que cupieran un paquete de pañuelos y un móvil, pero eso no parecía importarle a Mara. Al contrario.

—Me quedo con este bolso, me he enamorado de él antes y tenía intención de comprarlo igualmente. Pero me gustaría pagarlo.

—De ninguna manera, eso ni hablar. El bolso es un regalo mío, porque me hace muy feliz ver que haces tan dichoso a mi amigo.

Quédatelo y acuérdate de mí de vez en cuando.

A ver si volvéis a visitarme pronto, y espero que no dentro de otro medio año —replicó Massimo con énfasis y una mirada de advertencia a Sergio.

—Muchas gracias, volveremos, sin duda. —Mara abrazó afectuosamente a Massimo. — Voy saliendo a que me dé un poco el aire. Te espero fuera.

—De acuerdo, salgo enseguida.

Sergio siguió a Mara con la mirada mientras salía de la pequeña tienda de nuevo hacia el callejón.

—Parece que te ha tocado la lotería con ella.

—Sí, Massimo, de eso no tengo ninguna duda. Mara es la mujer de mis sueños, el gran amor de mi vida.

—Me alegro por ti. Te mereces ser feliz de una vez.

—Ya me lo han dicho unos cuantos. Por lo visto, no soy tan mal tipo —le sonrió Sergio a su amigo. — Me gustaría comprar este llavero.

Sergio le tendió un llavero a Massimo. Era de cuero trenzado negro y al final colgaba un corazón de plata.

—Ah, ya entiendo. ¿Va a tener llave del piso?

Sergio asintió. No tenía por qué contarle a Massimo que en ese llavero no solo colgaría la llave de su casa, sino que al mismo tiempo le entregaría a Mara la llave de su corazón. Pagó rápidamente el llavero, se despidió de su amigo con un fuerte abrazo y fue al encuentro de Mara.

—Ha sido tan amable... Massimo es realmente una persona fantástica.

Sergio rodeó a Mara con ternura y la miró profundamente a los ojos.

Su corazón dio un vuelco por un momento y casi le pregunta sin querer si quería casarse con él.

Sus sentimientos eran tan intensos como nunca antes los había sentido en toda su vida, pero no quería asustarla y abalanzarse con una propuesta de matrimonio después de solo unos meses.

Así que apartó la mirada de la suya y la besó con suavidad.

—Tengo un regalo para ti.

—¿Para mí? Ya me regalas esta excursión maravillosa y este día increíble, ¿qué más voy a recibir?

Sin decir palabra, le tendió el llavero a Mara.

—¡Oh, Sergio, es adorable!

—Me alegra que te guste y, cuando estemos en casa, le pondremos la llave del piso.

—Pero si ya tengo una llave del piso.

—No, tienes mi llave del piso. Eso es diferente, la quiero de vuelta.

—¿Qué? Pero...

—Es broma, Mara. Quiero que tengas tu propia llave. Sé que entras y sales tanto como te place, y así está bien. Tómalo simplemente como un gesto simbólico de que ahora tienes tu propia llave de mi casa... y de mi corazón.

Sergio vio con horror cómo se le llenaban los ojos de lágrimas a Mara y una sombra cruzaba su rostro.

Solo por un breve instante tuvo la sensación de que Mara dudaba, pero luego esbozó una sonrisa insegura.

¿Había hecho algo mal, había dicho alguna tontería?

Era un idiota. Realmente se le daba de perlas estropear hasta el momento más bonito.

—Sergio, es un detalle tan tierno... ¡Gracias! Te quiero.

El corazón de Sergio latía con fuerza en sus oídos y por un momento sintió como si el mundo girara a su alrededor.

Sabía que Mara sentía algo por él, por supuesto.

Se lo había demostrado y, en realidad, no habría hecho falta ni que lo dijera.

Pero escuchar esas dos palabras de su boca fue increíblemente hermoso.

—Y yo a ti. Más que a mi vida. Y mi único deseo es que te quedes conmigo, para siempre.

Volvió a estrechar a Mara fuertemente entre sus brazos.

Rápidamente relegó a un segundo plano su expresión triste de hacía un momento.

Seguro que se lo había imaginado. No la dejaría marchar nunca más.

Diera igual lo que pasara. Mara y él estaban hechos el uno para el otro y no permitiría que fuera de otra manera.

Jamás aceptaría que alguien o algo se interpusiera entre ellos y le arrebatara a Mara.

Moriría por ella, y no lo decía como una frase hecha.

Lo decía muy en serio. Esa mujer era su vida y debía serlo para siempre.