Cipreses, amor y tú: Latidos en Florencia (Latidos en la Toscana 1) 32. Capítulo 32
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32. Capítulo 32

—Vaya, ¿por fin tienes un momento para ponerte en contacto con tu mejor amiga?

Mara tragó saliva. Había pospuesto demasiado tiempo esa llamada aclaratoria con Lissy.

Casi todos los días se había propuesto firmemente llamarla, pero al final nunca se había atrevido.

Era una cobarde redomada. Que su amiga estuviera enfadada con ella le estaba bien empleado; no se merecía ni esperaba otra cosa.

Mara suspiró y bajó la cabeza. Simplemente no había sabido cómo hablar con Lissy.

Le entraba un miedo atroz solo de pensar en llamar a su mejor amiga; se le revolvía el estómago y se le hacía un nudo.

Qué vergüenza. ¿No se suponía que las mejores amigas estaban para hablar de los problemas?

¿Y ella le tenía miedo a su mejor amiga?

Era una auténtica farsa. Bueno, tenía claro lo que le esperaba.

Lissy nunca se había mordido la lengua a la hora de dejar clara su postura.

Mara no podía esperar otra cosa. Y menos cuando se trataba de un tema tan emocional como su futuro.

Mara inspiró profundamente una última vez. Directa a la boca del lobo.

—Lissy, ¿cómo estás?

—¿Ah, pero de verdad te interesa cómo estoy? Sinceramente, no me ha dado esa impresión en las últimas semanas. Me podría haber ahogado aquí en Hamburgo y ni te habrías enterado. ¿Sabes que me siento como si me hubieras dejado aparcada en una vía muerta?

—Lo sé, y lo siento mucho. Pero yo...

—¿Qué? Siempre se trata de ti. ¿Has dedicado un solo pensamiento a que yo pudiera necesitar a una amiga con la que hablar?

No, te ha dado totalmente igual, no te ha importado lo más mínimo.

Sabes, Mara, estoy profundamente decepcionada contigo y ya no te entiendo en absoluto.

Me pregunto dónde ha ido a parar mi mejor amiga.

Has cambiado mucho desde el asunto con Vincent.

Mara percibió el amargor en la voz de Lissy y lamentó de todo corazón ser una decepción así para su amiga.

Se encogió sobre sí misma, como para protegerse de las acusaciones de Lissy.

Quería reconciliarse con ella a toda costa.

Echaba de menos a su amiga y lamentaba profundamente no poder compartirlo todo como en los viejos tiempos.

Precisamente ahora necesitaba su consejo y su apoyo más que nunca.

—Lissy, no hablemos de Vincent, ¿vale? No merece la pena perder ni un segundo pensando en él.

—¿Ah, sí? Pues eso es nuevo. ¿No fue él el motivo por el que huiste a Florencia?

—Sí, claro. Fue uno de ellos.

—Bueno. Mara, ¿cuándo vas a volver a casa de una vez?

—No lo sé.

Lissy resopló por el auricular y Mara pudo visualizar perfectamente cómo ponía los ojos en blanco.

—¿Todavía no has entrado en razón? Mara, por favor, no te lo tomes a mal, pero lo que estás haciendo es una irresponsabilidad. ¿Qué pasa con tu piso? Tienes que buscarte un trabajo de una vez. No te reconozco.

—Sé que no puedes entenderlo, Lissy. Pero es que no sé qué se me ha perdido ya en Hamburgo. Hamburgo ya no es mi hogar.

—Claro que lo es. Hamburgo siempre ha sido tu hogar y siempre lo será. ¿Qué haces allí en Florencia todo el día? ¿Tienes algún plan de futuro? ¿Sabes qué quieres hacer? No puedes pasarte el día sin hacer nada. ¿Has encontrado ya un trabajo?

—No, Lissy, todavía no.

—¡Madre mía, Mara, reacciona ya! Estoy muy enfadada contigo, sí.

No puedo ocultarlo. Me siento inmensamente decepcionada.

Durante los últimos años hemos sido como siamesas y, de repente, te largas y te importa un bledo lo que sea de mí.

Esa es una cosa. Pero la otra es que no entiendo por qué tiras tu vida por la borda así como así.

Sí, la boutique cerró, pues búscate otro trabajo, joder.

Hay tiendas de moda de sobra en Hamburgo.

Solo tienes que darte un paseo por el Jungfernstieg y cinco tiendas te ofrecerán empleo.

Tienes prestigio en el sector, la gente de la moda te conoce y conoce tu nombre.

Se pelearían por una empleada como tú. No tienes que tener miedo a quedarte sin trabajo. Solo tendrías que moverte un poco.

Lissy había ido alzando la voz hasta que casi estaba gritando, y Mara, por precaución, alejó el móvil un poco de su oreja.

—Tienes un piso y tienes amigos aquí. No se puede tirar todo eso por una aventura en Florencia. Ya no tienes diecisiete años, ¡utiliza la cabeza de una vez!

Mara tragó saliva. Las palabras de Lissy le dolieron a pesar de haberse preparado para ello, y tuvo que lamerse los labios antes de poder responder con la boca seca.

—Lissy, sé que lo dices por mi bien. Y seguro que tienes razón en algunas cosas.

Lo del trabajo me hundió, ya sabes que siempre había soñado con quedarme con la boutique algún día.

Claro que puedo buscar algo en otra parte, y probablemente sin mucho esfuerzo.

En eso estoy de acuerdo contigo. Pero no estoy segura de que sea lo que quiero.

Sabes, los meses aquí en Florencia me han cambiado, en eso tienes toda la razón.

Ya no soy la Mara que trabaja todo el día hasta que llega a casa agotada por la noche y solo quiere tumbarse.

Aquí todo es distinto: la vida, la atmósfera de Florencia es otra.

La gente está más relajada y se disfruta mucho más de la vida que en Alemania.

—Claro, porque te pasas el día paseando por Florencia y derrochando el dinero en las boutiques.

Me imagino que eso es mucho más divertido que buscarse un trabajo en Alemania.

Pero eso no es un plan de vida. ¿Desde cuándo eres tan ingenua?

No te reconozco. No puedes pretender que esto dure para siempre.

Algún día se te acabará el dinero, ¿y entonces qué?

Pues entonces tendrás que mover el culo de vuelta a Alemania para trabajar, te guste o no.

—¿Y qué pasaría si buscara trabajo aquí en Florencia?

—Has dicho que no tenías trabajo.

—Todavía no.

—¿En serio? ¿Te das cuenta de lo infantil que estás siendo?

—¿Por qué infantil? Me acabas de decir que tengo que volver a trabajar. ¿Qué tiene de infantil que me busque un empleo?

—Es infantil que sigas huyendo. De tus problemas, de tu vida y de ti misma. ¿Es que no te das cuenta?

—No, Lissy. Al contrario, tengo la sensación de que ya no estoy huyendo, sino que por fin he llegado a mi sitio.

—Ay, Mara, ¿de verdad te quieres convencer de eso? ¿O me quieres convencer a mí? Olvídalo, porque te veo venir. Simplemente tienes miedo de volver, un pánico atroz a enfrentarte a tus problemas y a tu vida, y a reconciliarte por fin con Vincent. Vincent es el hombre ideal para ti.

—¿Cómo dices? ¡No puedes estar hablando en serio, Lissy!

Mara empezó a acalorarse. ¿Desde cuándo Lissy defendía a Vincent?

—Claro que sí, es un presumido, no hay duda, y cometió un error grave.

Pero él también ha cambiado últimamente y te echa de menos.

Vincent viene a verme constantemente para preguntarme por ti.

Créeme, Mara, se ha dado cuenta de que te hizo daño y lo siente.

Con Vincent podrías seguir con tu vida aquí.

En tu hogar y conmigo a tu lado. Te recibiría con los brazos abiertos, y creo que deberías pensarlo.

Pero para eso tendrías que usar la cabeza de una vez y dejar de comportarte como una niña pequeña.

Mara se sintió como si le hubieran dado un bofetón.

¿Qué estaba pasando? —¿Sabes qué, Lissy?

Estoy más que indignada de que realmente me estés aconsejando que le dé otra oportunidad a Vincent.

Fuiste tú la que se opuso desde el principio a que le perdonara.

No sé qué os traeréis entre manos, pero ya es tarde.

He conocido a otro hombre al que no dejaría por nada del mundo.

Y creo que ya he tenido suficiente de reproches por hoy. Cuídate.

Rápidamente, Mara pulsó el botón rojo y soltó el móvil como si quemara.

Sabía perfectamente que Lissy le iba a leer la cartilla en cuanto la llamara.

Por eso lo había evitado tanto tiempo. Pero no se lo había imaginado tan horrible.

Lissy debía de estar que echaba chispas, y Mara sabía que, cuando su amiga estaba de ese humor, no era capaz de escuchar ni aceptar argumentos razonables.

Lissy tenía su opinión y ella tenía otra.

Tal como Mara lo veía, en ese momento era imposible que se pusieran de acuerdo.

Para Lissy era inconcebible que el hogar de Mara no estuviera en Hamburgo.

Pero para ella, eso ya no era en absoluto algo evidente.

Por supuesto que echaba de menos a su amiga y sentía muchísimo haberla dejado de lado estos meses.

Sabía que no estaba bien, y también era consciente de que hoy ni siquiera se había enterado de cómo estaba Lissy.

Todo había girado en torno a ella y se sentía fatal por eso.

Nunca había sido una persona egoísta y no quería serlo jamás.

No quería pelearse con Lissy, y le horrorizaba la idea de no volver a sentarse nunca más en una cafetería con su amiga para cotillear.

Deseaba de corazón que Lissy estuviera allí; así seguro que entendería mejor qué era lo que retenía a Mara en Florencia.

Sabía que Lissy había disfrutado mucho de las vacaciones allí.

Habían sido unos días fantásticos y, sin embargo, ella no había llegado a conectar con Florencia.

No sentía ese amor por la ciudad. Desde que se marchó aquel entonces, Florencia había sido un lugar de ensueño para Mara.

Incluso al despegar se había jurado a sí misma que volvería algún día, porque esa ciudad la había cautivado por completo.

Cierto es que el regreso había sido mucho más rápido de lo esperado.

Aun así, deseaba que Lissy la entendiera y concediera legitimidad a sus pensamientos y sueños.

Pero no: Lissy tenía su opinión, y era firme e inamovible.

Diera los argumentos que diera, su amiga ni siquiera intentaría comprenderla.