Cipreses, amor y tú: Latidos en Florencia (Latidos en la Toscana 1) 26. Capítulo 26 #2
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26. Capítulo 26 #2

—Ah, aficiones, sí. —Sergio se frotó la nuca con nerviosismo y volvió a subirse las gafas.

Una señal inequívoca de que Mara lo había puesto en un aprieto.

No había sido su intención, pero de alguna manera su reacción resultaba condenadamente tierna.

Sergio era tan reservado y sencillo. Era amable y natural.

Probablemente ni siquiera podía imaginarse que tuviera un atractivo sexual.

De un modo intelectual. Aquello resultaba sorprendente incluso para Mara.

Sergio nunca le había interesado como hombre cuando iban juntos al instituto.

Era tan retraído y callado, más bien un empollón.

En aquel entonces, esas cualidades no le habían parecido precisamente sexis.

Pero ahora irradiaba una inteligencia que la impresionaba.

En cada frase que pronunciaba, demostraba que era un hombre inteligente.

Con sus gafas y sus manos a menudo inquietas, seguro que para la mayoría de las mujeres no era precisamente el hombre de sus sueños.

Pero Mara no se contaba entre la mayoría de las mujeres.

Recordaba perfectamente la imagen que Sergio había dado en bañador.

Bajo aquella ropa convencional, no parecía en absoluto un profesor aburrido.

Sergio tenía un vientre plano, el inicio de una tableta y brazos musculosos.

Sus manos eran las de un artista. Eran finas y algo fibrosas, con dedos largos y sumamente cuidadas.

Mara solo había visto a Sergio una vez sin gafas.

También había sido en su día de playa en Viareggio.

Aunque las gafas formaran parte de él, le quedaran bien y subrayaran su inteligencia, sin ellas parecía otra persona.

Sus intensos ojos azul oscuro con aquella mirada a veces soñadora resaltaban mucho más, y se veía mejor su rostro afilado y algo anguloso.

Sergio era a su manera un hombre deseable, pero al parecer nadie se lo había dicho nunca.

Quizá le resultaba aún más atractivo porque Sergio tenía un carácter incomparable.

A Mara le pasaba a menudo que la gente le resultaba atractiva hasta que descubría que no eran personas especialmente agradables.

Cara bonita, alma vacía. Entonces el atractivo desaparecía de golpe.

Con Sergio era justo al revés. Amaba su interior, su carácter, su capacidad para ponerse en el lugar de los demás y que él le hiciera sentir que estaba ahí para ella.

Sabía que él nunca la dejaría tirada. Sergio haría cualquier cosa por ella, la apoyaría en todos los sentidos y la llevaría en palmitas.

Mara se quedó pensativa. ¿Qué era lo que había pensado?

¿Que amaba esas cosas de él? ¿Podría ser que se hubiera enamorado de Sergio sin darse cuenta?

Al principio, Sergio era simplemente el conocido amable que la apoyaba y con quien estaba segura de que nunca se aprovecharía de ella ni de su situación emocionalmente revuelta.

Entretanto, habían pasado muchos días y horas juntos, y Mara descubría cada vez más rasgos de carácter encantadores y, a veces, también singulares en él.

Sí, Sergio era sin duda un hombre del que podría enamorarse.

Sonrió para sí. Posiblemente, ya estaba perdida por él.

—¿Está todo bien? —Sergio la miró con expresión de sorpresa en sus ojos azules.

—Claro, ¿qué no iba a estar bien?

—Dímelo tú. Llevas varios minutos mirándome fijamente sin decir nada. Empieza a darme miedo. —Sergio se subió de nuevo las gafas.

—Qué va, todo está bien. Solo me estaba preguntando por qué he tardado tanto en darme cuenta de lo buen tío que eres.

Las mejillas de Sergio se tiñeron de rosa. Seguramente no oía muy a menudo lo estupendo que era. Una pena, en realidad. Mara se propuso firmemente decírselo una y otra vez. Hasta que al fin la creyera.

—Bueno, más vale tarde que nunca, ¿no crees?

Mara se echó a reír. —Sí, en eso tienes toda la razón.

—La cena está lista. Sugiero que salgamos al balcón. No es muy grande, pero una mesa y dos sillas caben justo.

—¿Tienes balcón? ¿En pleno centro histórico? ¡Es fantástico!

—Sí, tuve mucha suerte en aquel entonces cuando encontré el piso. Los balcones son relativamente raros por aquí. Hay algunos patios interiores, pero solo en los pisos grandes de las casas más señoriales. ¿Vienes?

Sergio había llenado dos platos con su pasta aromática y echó a andar delante.

Mara aprovechó la oportunidad para echar un vistazo rápido al piso.

Atravesaron un salón que no era muy grande y además estaba decorado de forma bastante austera.

No había mucha decoración. ¡Típico de hombres!

Había un sofá, un televisor y una estantería de libros.

Después quería comprobar sin falta qué tipo de libros leía Sergio.

Opinaba que lo que alguien tenía en su estantería decía mucho sobre esa persona.

Bueno, a diferencia de la suya, probablemente no serían novelas románticas.

Salió al pequeño balcón. Sergio tenía razón, apenas había sitio para una minúscula mesa redonda y dos sillas, pero las vistas al casco antiguo de Florencia compensaban esa carencia.

Era de ensueño. Mara notó cómo se relajaba y aspiró profundamente el aire cálido del atardecer.

En ese momento, no quería estar en ningún otro lugar.

¿Se sentaría Sergio a menudo aquí en el balcón con otras mujeres?

¿O prefería sentarse aquí a solas y leer?

Esa era una idea que a Mara le agradaba mucho más.

¿Pero qué le pasaba hoy? No tenía por qué ponerse celosa de mujeres que solo existían en su imaginación.

—Bueno, aquí estamos. Mi rincón favorito de todo el piso. Aquí puedo reflexionar de maravilla y observar a la gente.

—¿Ah, sí? ¿Así que te gusta observar a la gente?

—Sí, la verdad es que me encanta.

Mara arqueó las cejas y miró a Sergio con una sonrisa pícara. —¿Vas a revelarme algún secreto?

—No es lo que piensas. No soy un mirón ni nada por el estilo.

Pero me apasiona dibujar; casas, pero sobre todo personas.

Creo que no hay edificio en Florencia que no haya dibujado ya.

Por eso, ahora me ha dado por las personas.

En algún momento me di cuenta de que los edificios, aunque pueden ser preciosos, siempre son iguales.

En cambio, el rostro de una persona cambia tantas veces en el transcurso de una hora...

muestra las emociones que ocurren en su interior, y eso me parece fascinante.

Podría pintar a una persona veinte veces y cada vez tendría una expresión distinta.

Eso me impresiona. Me acabo de dar cuenta de que suena bastante loco, pero de verdad que no soy un asesino en serie ni nada parecido.

Sergio le sonrió de forma tan encantadora que ella le creería cualquier cosa.

Mara sintió cómo una bandada de mariposas empezaba a revolotear por su estómago.

Sentía un cosquilleo por todo el cuerpo.

Este hombre era sencillamente especial y, en realidad, ella sentía que no se merecía que él quisiera estar con ella.

Al verlo allí sentado frente a ella, subiéndose las gafas una vez más y esperando su reacción, no pudo evitarlo: por encima de la mesita, tomó su rostro entre sus manos y le dio un beso cariñoso que Sergio correspondió enseguida con suavidad.

—No te habría tomado por un asesino en serie, la verdad, pero estoy segura de que en ti hay mucho más de lo que he descubierto hasta ahora.

—No lo sé, puede que te equivoques. Quizá no sea tan profundo como supones. En el fondo soy bastante aburrido, y me temo que tarde o temprano te darás cuenta.

El brillo en los ojos de Sergio se desvaneció y una expresión triste ocupó su lugar. ¿Hablaba por experiencia? ¿Acaso le habían dicho a menudo que no valía nada?

—No puedo imaginarme eso. Para mí eres alguien muy especial, y estoy segura de que eso no va a cambiar.

Las palabras de Mara expresaban exactamente lo que sentía.

Sergio era una persona muy importante para ella.

No era solo el antiguo compañero de colegio con el que se había cruzado por casualidad, el que le había endulzado los últimos días y la había ayudado a desconectar.

En ese momento, solo estaba segura de una cosa al cien por cien: se había enamorado de Sergio y nada, absolutamente nada, podía cambiar eso.

Ya se encargaría ella de convencerlo de que merecía ser amado. Exactamente tal como era.

Sergio se aclaró la garganta y desvió la conversación hacia un tema que parecía resultarle mucho más agradable. Y menos peligroso. —Empieza, por favor, antes de que se enfríe la comida. Me he esforzado mucho y empecé ayer mismo a preparar la masa de los ñoquis.

—Es fantástico. ¿Cocinas a menudo?

—Sí. Salgo una o dos veces por semana, casi siempre con mi colega Stefano, pero disfruto cocinando algo rico tras un día agotador para cenar luego en el balcón. A solas conmigo y mis pensamientos.

Sergio la miró como esperando ver qué opinaba ella de esa declaración. Para Mara fue un alivio saber que no tenía que preocuparse por otras mujeres. Menos mal.

—Me lo imagino, y seguramente yo haría lo mismo.

En las últimas semanas Lissy me ha arrastrado a tantas discotecas, bares y pubs, a tantos eventos y celebraciones, que apenas he tenido tiempo de disfrutar de la tranquilidad de mi casa.

Pero a veces es importante tener tiempo para uno mismo.

Por eso te entiendo perfectamente. Y ahora: ¡buen provecho!

Mara tomó el primer bocado de los ñoquis caseros de Sergio y cerró los ojos con deleite.

Aquel plato sabía mejor que cualquier cosa que hubiera probado jamás.

No solo olía de maravilla; los aromas del pesto se expandían por su boca y Mara podía distinguir cada hoja de albahaca.

Pero también percibía otras especias y hierbas.

Ya había olido el ajo, pero el tomillo, el romero y otros matices redondeaban el sabor a la perfección.