22. Capítulo 22
—¿Lissy?
—¡Madre mía, Mara! ¿Sabes la de veces que he intentado localizarte? ¿Pero qué pasa?
—Lissy, no te alteres, pero...
—Si me dices que no me altere, es que tengo motivos de sobra para hacerlo. ¡Así que no me digas eso y dime qué está pasando!
—Vale, perdona. —Mara tragó saliva. Había llegado el momento de la verdad—. Estoy en Florencia.
—¿Que estás qué? Perdona, pero creo que no te he oído bien. ¿Estás en Florencia? ¿Así por las buenas? ¿Por qué no me has avisado antes?
Mara cerró los ojos un instante y se pasó la mano por los rizos. Sabía que Lissy reaccionaría con incomprensión y, probablemente, ella se sentiría igual si fuera al revés.
Dejó que su mirada vagara por la ventanilla del autobús.
Su avión acababa de aterrizar en Florencia y ahora se dirigía al casco antiguo.
Con la emoción, se le había olvidado reservar habitación.
Así que primero tendría que ver dónde pasaba la noche.
Pero eso podía esperar. Ahora lo primero era calmar a su amiga y, por lo que parecía, no iba a ser tarea fácil.
—Mira, Lissy, necesito distancia desesperadamente. El caso es que Hamburgo me asfixia, no puedo pensar con claridad y necesito un cambio de aires sí o sí para volver a encontrarme a mí misma.
—¿Un cambio de aires? ¿Así como así? ¿Y qué pasa con la boutique? Estas últimas semanas has trabajado sin parar, no te he visto el pelo. ¿Y ahora coges y te largas? Lo siento, pero no lo entiendo.
—Sí, lo sé. Ya no tengo trabajo en la boutique.
Ese ha sido el detonante de mi apresurada marcha.
Lydia vino a verme ayer y me explicó que va a cerrar la boutique.
De un día para otro. Es decir, que desde hoy estoy en el paro y ya no tengo que estar pendiente de la tienda. Por fin puedo hacer lo que me apetezca.
Mara sabía que sonaba como una niña ofendida. Quizá lo fuera. Pero, sobre todo, estaba herida y decepcionada. Todavía le escocía que Lydia no hubiera hablado con ella antes.
—¿Que ha hecho qué? ¡Eso es broma! Mara, dime que es una broma de mal gusto.
—Por desgracia, no. Ojalá lo fuera. Ay, Lissy, de verdad que lo desearía con todo mi corazón.
Pero no es ninguna broma. Lydia entró en la tienda y me explicó que la boutique estaría cerrada a partir de hoy.
Ni siquiera pude preparar a las clientas habituales.
Quiero decir, que ahora se encontrarán todas con la puerta cerrada y se preguntarán por qué no les dije nada.
—Mara seguía negando con la cabeza incrédula, e imaginaba que Lissy estaba haciendo lo mismo.
—Olvídate de las clientas, ¿pero qué pasa contigo ahora? Te has dejado la piel estas últimas semanas para sacar adelante la tienda. No puede ignorar eso así como así. No reconozco a Lydia en esa actitud.
—Yo tampoco, pero Lydia ha recibido malas noticias.
Según los médicos, no se va a recuperar tan pronto como esperaba, y los proveedores le han prometido aceptar la devolución de toda la mercancía de inmediato.
Por eso no quería hacer una liquidación, en la que habría perdido dinero.
Y así, por su cuenta, ha decidido cerrar la boutique inmediatamente —Mara suspiró.
—¿Y no se te ocurre otra cosa que marcharte de Hamburgo a toda prisa? No te reconozco. Mara, mujer, no es para tanto. Sandra, la de la boutique Rosenhagen, busca desesperadamente a alguien. Estaría encantada de contratarte. Vuelve, yo te pongo en contacto con ella. Ya verás como no es tan grave.
—No. Lissy, ayer se me hundió el mundo bajo los pies.
Sabes perfectamente que desde que me separé de Vincent solo he vivido por y para el trabajo.
Y para el futuro de la boutique. No puedo empezar a trabajar mañana mismo en otro sitio y fingir que no ha pasado nada.
Estoy agotada y necesito este descanso cuanto antes. No puedo más.
Las lágrimas volvieron a rodar por las mejillas de Mara.
La conversación con Lissy la estaba alterando mucho y notó cómo todo volvía a salir a la superficie.
Todos esos sentimientos horribles que se habían acumulado en las últimas semanas y meses.
La angustia por la salud de Lydia, la tristeza por su relación destrozada.
La vergüenza de tener que admitir ante los invitados que la boda se había cancelado.
Todos esos sentimientos se abalanzaron de nuevo sobre ella, a pesar de que había tenido la esperanza de haberlos dejado atrás en Hamburgo.
Tal vez lo habría conseguido si no tuviera que estar repasando media vida con su amiga. Era hora de despedirse.
—Lissy, creo que me voy a quedar sin cobertura de un momento a otro. Probablemente sea mejor que vuelva a llamarte más tarde.
—No, Mara. ¡Escúchame! Seguro que reservar el vuelo a Florencia ha sido solo un arrebato. Tienes que volver ahora mismo, ¿me oyes? Yo te ayudaré. Pero no puedes salir huyendo así. Eso no sirve de nada.
—¿Qué? ¿Lissy? ¿Sigues ahí? Lo siento, pero solo oigo interferencias. Volvemos a hablar.
Mara pulsó rápidamente el botón rojo y colgó.
Por supuesto, había entendido cada palabra perfectamente.
La conexión era tan buena como si Lissy estuviera allí mismo a su lado.
Pero no quería discutir en ese momento. Ella misma no sabía si aprobaba del todo su propia decisión.
Pero el caso era que ya estaba allí y tenía ganas de disfrutar del tiempo que tenía por delante.
Mara se dio cuenta de que ya había llegado a la estación de autobuses, justo en el centro de Florencia. Por suerte era el final de la línea, así que pudo bajar en la parada correcta a pesar de su ensimismamiento. Ahora tocaba llevar a buen puerto la «operación alojamiento».
Había buscado un poco por internet durante el trayecto, pero con tan poco margen no había podido reservar ninguna habitación.
Así que no le quedaba más remedio que ir recorriendo los hoteles uno por uno.
De camino al casco antiguo había varios hoteles y fue preguntando.
Florencia estaba llena de gente, a pesar de que todavía era temporada baja.
El verano estaba a la vuelta de la esquina y muchos turistas buscaban el sol cálido, que en Alemania y en el norte de Europa todavía se resistía a salir.
Cuando Mara salió del tercer hotel sin éxito, se le empezó a encoger el corazón.
¿Qué haría si no encontraba sitio donde quedarse?
No podía dormir en la calle. Estaba en una ciudad extraña en un país desconocido.
Había sido una idea estúpida subirse al avión así como así.
¿Pero qué se le había pasado por la cabeza?
Ella, que siempre era tan sensata y se pensaba veinte veces cada pequeño paso que daba.
¿Y luego hacía algo así? ¿Qué le pasaba?
Aunque le pesara reconocerlo, Lissy tenía razón en todo. Maldita sea.
Estaba cansadísima y agotada, sus piernas no querían dar un paso más y su maleta daba botes pesados sobre el empedrado del casco antiguo.
Lo que más deseaba era sentarse allí mismo, en plena calle, a descansar.
Pero eso no le serviría de nada. Si no encontraba una habitación pronto, tendría un problema enorme.
Los recepcionistas de los hoteles por los que ya había pasado habían sido amables y se habían ofrecido a preguntar en otros alojamientos, pero ella lo había rechazado agradecida.
Su italiano no era muy bueno y pensó que no tendría mucho sentido que le explicaran en italiano lo que otros hoteleros les hubieran dicho.
Sin embargo, si en el cuarto hotel no tenía éxito, aceptaría el ofrecimiento sin dudarlo.
¡Ahí! Otro hotel. Por suerte en el casco antiguo había una gran oferta de alojamientos.
Algunos incluso se los podía permitir, aunque no todos, desde luego.
Los hoteles de cuatro estrellas los había descartado enseguida.
No podía pulirse todos sus ahorros en una sola noche.
Pero en este volvería a probar suerte. Tenía buena pinta.
Un vestíbulo con sillones algo pasados de moda, pero limpio y cuidado.
Quizá aquí tuviera más suerte. Mara se armó de valor y volvió a preguntar por una habitación.
—Ciao. ¿Tienen alguna habitación libre?
—Sì, pero solo me queda una habitación. Lo siento mucho, pero es una habitación pequeña y sin vistas. No puedo ofrecerle nada más. Estamos completos.
Por fin asomaba un rayo de esperanza y Mara habría abrazado al amable recepcionista de alegría. Le daba absolutamente igual si el cuarto era grande o pequeño. Solo quería un lugar donde dormir, una ducha y que estuviera limpio a ser posible. No necesitaba nada más.
Aliviada, Mara se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos un segundo.
Normalmente ella era de las que buscaban la seguridad absoluta.
Antes de comprarse un simple champú, se leía veinte reseñas y comparaba diez productos.
Y ahora acababa de reservar un vuelo a Florencia sin pensar en las consecuencias.
Lissy tenía razón, había sido casi una imprudencia salir pitando de esa manera.
Simplemente había huido, cuando con la mente fría seguro que habría encontrado una solución lógica.
Y, sin embargo, ahora estaba allí tumbada, en esa cama mullida de un hotel en el centro de Florencia.
Mara escuchó su interior.
Se sentía... bien. Notó cómo recuperaba esa sensación de libertad y ligereza que ya había experimentado en su última visita a la ciudad italiana.