21. Capítulo 21
Sergio deslizaba el carboncillo sobre su bloc de dibujo con concentración.
Intentaba plasmar en el papel la mirada pensativa de una mujer joven.
Una vez más, estaba sentado en la Piazza della Repubblica, dibujando para desahogar sus penas.
Pintar no era solo su pasión y un pasatiempo; también le ayudaba a despejar la mente y a procesar sus problemas.
Al dibujar, podía desconectar. Se concentraba en los minúsculos detalles que distinguían una buena obra de una mala.
Con el tiempo, había perfeccionado tanto su técnica que era capaz de representar hasta el más leve cambio en la expresión facial.
Si tenía suerte, la mujer no se marcharía hasta que hubiera terminado de dibujarla.
Casi estaba listo, pero en ese momento ella se acercó a su novio, al que había estado esperando.
Lo abrazó, lo besó con ímpetu, se agarró de su brazo y juntos se alejaron en dirección opuesta.
Aquella expresión, esa mirada tan especial que había tenido en el rostro mientras esperaba, se había esfumado.
No había sido una mirada de impaciencia, sino más bien de anhelo.
Ahora ya sabía qué era lo que esperaba con tantas ganas.
A él también le gustaría que una mujer le dedicara una mirada así alguna vez.
Entonces se acordó de la nota que se había metido ayer en el bolsillo del pantalón.
Sacó el papel con cuidado y lo desdobló.
Lo alisó, casi como si aquel trozo de papel fuera algo valioso.
Annabella. Un nombre precioso para una mujer extraordinariamente atractiva.
¿Debería llamarla de verdad? Stefano se limitaría a sacudir la cabeza y a poner los ojos en blanco al ver que Sergio vacilaba.
Pero ¿qué iba a decirle a esa mujer tan guapa?
Si la llamaba, tendría que hablar con ella tarde o temprano.
Nunca lo había hecho en su vida y, en el fondo, sabía por qué.
Solo podía salir mal. Como todo lo que había intentado en cuestiones de pareja.
Los pensamientos de Sergio se desviaron hacia el pasado.
Por supuesto que había tenido novias. Faltaría más que a sus treinta y un años no hubiera tenido pareja.
No, siempre había mujeres que lo fascinaban y de las que se enamoraba.
Al menos, él había pensado que era amor.
Echando la vista atrás, tenía claro que a menudo solo se trataba de un encaprichamiento, quizá un poco de ilusión.
Solo una vez en su vida la cosa pudo haber llegado a ser algo más serio.
Con Silke. Ella había sido realmente especial para él.
La conoció durante sus estudios de Arquitectura en Hamburgo.
Ella también estudiaba allí y solía sentarse dos filas detrás de él en las clases.
Aún recordaba exactamente cómo se sentía su pelo largo, liso y rubio entre sus dedos.
Era como la seda y olía como un arbusto de frambuesas frescas.
Le encantaba hundir la nariz en él y absorber su fragancia profundamente.
En realidad, le encantaba todo de Silke.
Era una mujer inteligente, divertida. Era sarcástica como él, y a menudo se partían de risa con sus ocurrencias mordaces.
Silke no era como las otras chicas de la universidad.
Esas se interesaban principalmente por su aspecto y se preguntaban cómo volver locos a los chicos.
A Silke eso le traía sin cuidado. Su ambición era ser la mejor de su promoción.
No porque fuera una empollona, sino porque quería demostrar a todo el mundo de lo que era capaz.
Se había matriculado en la carrera en contra de los deseos de sus padres, y nadie creyó jamás que tuviera lo necesario para terminarla con éxito.
Precisamente por eso, Silke quería demostrárselo a todos.
Probablemente lo habría conseguido si no hubiera conocido a André.
A Sergio se le encogió el corazón al pensarlo.
La relación con Silke había sido muy armoniosa.
Se entendían con solo mirarse y podían hablar de cualquier cosa.
Y cuando encuentras a alguien así, no puedes dejar que se escape, ¿verdad?
Pero para Silke, por lo visto, no fue algo tan serio como para él.
Estuvieron juntos un año aproximadamente y Sergio, en su fuero interno, ya la veía ante el altar.
Podía imaginarse pasando el resto de sus días con ella.
Con aquella mujer maravillosa, sencilla e inteligente.
Pero un día llegó un chico nuevo a las clases.
André. Recordaba perfectamente que le extrañó que Silke fuera tan extremadamente amable con el recién llegado.
Normalmente, ella analizaba a las personas durante mucho tiempo antes de acercarse a ellas.
Se formaba una idea, decidía quién encajaba con ella y su filosofía de vida, y de quién prefería mantenerse alejada.
Sergio habría jurado que André era del tipo de personas de las que ella pasaría.
Pero se equivocó. Se equivocó en todo: en André, en Silke y en su relación.
No pasó mucho tiempo antes de que Silke se enamorara perdidamente del machito de André.
Hasta el día de hoy, Sergio no lograba explicarse por qué había sucedido.
André era justo el tipo de hombre que a Silke no le gustaba nada.
Era el típico que se preocupaba más por sí mismo y por su imagen que por su título universitario.
Exactamente de lo que siempre se habían burlado.
De pronto, Silke desapareció de su vida. Lo dejó de la noche a la mañana, con el corazón roto y un sueño que estalló como una enorme burbuja de jabón. El sueño de pasar la vida con una mujer a su lado que lo comprendiera.
Durante otros dos semestres tuvo que ver cómo los dos se mimaban en cada clase, se besuqueaban y no podían quitarse las manos de encima. Claro, André era un tío de verdad, no un estirado y un aburrido como él.
El fiasco con Silke fue la razón principal por la que Sergio solicitó plaza en la Universidad de Florencia.
Quería dar la espalda a Hamburgo. De una vez por todas.
Se había arrastrado durante un año entero por aquel horror, viendo a esos dos enamorados juntos mientras él tenía que seguir con su vida solo e infeliz.
Quizá esa fuera también la razón por la que iba tan poco a Hamburgo.
Seguía asociando la ciudad con el tormento del amor no correspondido y, aunque las cicatrices ya habían cerrado, todavía le dolía recordar aquel sentimiento de abandono.
Sergio observó el dibujo que había hecho y se dio cuenta de que la joven de la mirada anhelante guardaba un gran parecido con Mara.
El mismo pelo, la misma nariz respingona.
¿Realmente era así la mujer, o su memoria le había vuelto a jugar una mala pasada, como ya había ocurrido con otros bocetos de los últimos días?
Durante mucho tiempo, le puso a todas las mujeres el rostro de Silke.
De forma inconsciente. Una y otra vez, ella se colaba en sus pensamientos y él la plasmaba en el lienzo.
Eso había sido hace años y ya debería haberlo superado.
Tras el fin de su breve relación con Silke, se había encerrado aún más en sí mismo; su autoestima estaba por los suelos y durante mucho tiempo no se atrevió a quedar con ninguna mujer.
No fue hasta que conoció a alguna que otra chica aquí en Florencia cuando se dio cuenta de que le faltaba algo.
Pero esas relaciones habían sido más bien superficiales.
Su noviazgo más largo apenas duró medio año; los otros se habían terminado a veces a las pocas semanas.
¿Se podía llamar a eso relación? Sergio no estaba seguro de cómo denominar aquellos escarceos.
Lo peor de sus relaciones era que todas sus novias lo habían dejado en algún momento.
Él nunca había iniciado una relación ni tampoco la había terminado.
Y todas las mujeres coincidían en una cosa: en que era un aburrido total.
Al principio, debían de pensar que era profundo y eso les resultaba sexy de algún modo.
Pero no tardaban mucho en descubrir que no era profundo, sino simplemente soso.
Sergio era así. Era alguien que pensaba mucho, que se cuestionaba las cosas.
No era el tipo juerguista que se pasaba todas las noches de fiesta.
Él quería dar paseos románticos, cocinar para su amada o dibujarla.
Quería disfrutar de la compañía mutua, apretar fuerte su mano contra la suya y no soltarla jamás.
Quizá algún día encontraría a una mujer que no pensara que fuese aburrido, que no lo viera como un muermo con el que no se puede hacer nada.
Sergio miró la nota que tenía en la mano.
El número de teléfono estaba escrito con trazos enérgicos, y se preguntó por enésima vez por qué debería llamar a esa mujer.
Al fin y al cabo, pensaría lo mismo que todas las anteriores.
En cuestión de unas semanas, ya no querría saber nada de él.
¿Para qué involucrarse entonces y concertar una cita con ella? ¿De qué serviría todo eso?
Triste, Sergio volvió a doblar el papel y dejó que se deslizara de nuevo en el bolsillo de su pantalón. Quizá mañana encontraría el valor para llamar a Annabella. Quizá pasado mañana, o quizá nunca.