18. Capítulo 18 #2
—Ya me has ayudado bastante, Mara. Y por eso me duele en el alma lo que voy a decirte ahora mismo. Creo que es lo más difícil que he hecho en mi vida… pero voy a tener que cerrar la boutique.
—¿Qué?
—Lo siento mucho, Mara, no te imaginas cuánto.
Pero no voy a poder volver. No puedo permitirme una segunda empleada y, con una sola persona, el negocio no funciona a largo plazo.
La tienda era mi sueño hecho realidad. Desde que era una niña pequeña, quería tener una boutique con muchos vestidos bonitos.
Quería asesorar a las clientas y sacar lo mejor de cada una.
Quería ayudar a la gente a sentirse guapa y valiosa, y eso es lo que he hecho.
Durante muchos años he podido vivir mi sueño, ¿y quién puede decir eso de sí mismo?
Muchas personas no cumplen sus sueños y deseos y se pasan la vida lamentándose por no haber tenido el valor de hacerlo.
Pero yo lo hice. Y estoy orgullosa de ello.
Y estoy orgullosa de ti. Sin ti, la boutique no habría sido lo que ha sido, y sé que éramos un equipo de ensueño.
Lydia se frotó la parte superior de los brazos como si tuviera frío, a pesar de que fuera hacía veinticinco grados y ella llevaba un jersey grueso. Tenía la mirada puesta en el exterior a través del escaparate. Casi como si no pudiera mirar a Mara a los ojos.
—Pero la situación ya no da para más. Tengo que cerrar la tienda; necesito despejar la mente. Ahora necesito mis fuerzas para mí misma.
—Pero yo podría…
Lydia giró la cabeza y miró a Mara con una mezcla de incredulidad y compasión.
—¿Qué? ¿Seguir matándote a trabajar sesenta horas a la semana?
No, Mara, no puedes, y yo tampoco quiero eso.
Sé que en las últimas semanas me he aprovechado de ti, y lo siento.
Tengo un sentimiento de culpa increíble por ello, créeme.
Si hubiera sabido que en pocas semanas no iba a estar de nuevo al pie del cañón, nunca te lo habría pedido.
Fui una ingenua y una tonta. Por supuesto, te pagaré la indemnización correspondiente para que puedas tomarte tu tiempo en buscar trabajo.
Podrás pagar tu alquiler, y quiero pagarte lo suficiente como para que puedas vivir de ello el próximo medio año.
Al menos. O mejor aún, el próximo año entero.
Eso te dará algo de seguridad. Te lo debo.
—Lydia puso su mano sobre el hombro de Mara.
—Por favor, intenta entenderme. Ahora tengo que cerrar todo aquello que pudiera costarme aunque fuera una pizca de energía.
Tengo que concentrarme en mí, y todo lo demás no es importante ahora.
Necesito las fuerzas para mí misma. ¡Por favor, Mara, entiéndeme!
No me resulta nada fácil, te lo aseguro.
Esta maldita enfermedad ha destrozado toda mi vida.
Y por eso no voy a permitir que también acabe con mi cuerpo.
Mara tuvo que sentarse. Se sintió como si de repente le hubieran arrebatado el suelo bajo los pies.
Su trabajo había sido lo único que la había mantenido a flote en los últimos meses.
Lo único que le daba motivación para levantarse por las mañanas.
Dirigir la boutique ella sola había sido agotador, pero sentía que estaba haciendo algo útil.
Había querido ayudar a Lydia y, gracias a ello, había desarrollado una fuerza inmensa que ni siquiera sabía que poseía.
Pero en aquel momento, en el que Lydia le quitaba hasta la última pizca de alegría, se dio cuenta de lo infinitamente agotada que estaba en realidad.
Todo el cansancio acumulado de las últimas semanas la golpeó como una ola gigante, y sintió que podía desplomarse en cualquier momento.
Otra parte de su vida parecía haberse roto.
De la vida que conocía y amaba apenas quedaba ya nada.
No sabía qué era peor. Haber perdido el trabajo o ver a Lydia tan destrozada.
Ambas cosas eran igualmente terribles, y sentía que no solo su vida, sino también su corazón volvían a romperse.
Una vez más después de la traición de Vincent.
—¿Cuándo cerramos la tienda?
—Hoy.
—¿Qué?
—Son poco más de las seis. Cerramos ahora y mañana ya no abriremos.
—Pero ¿qué pasa con todo el género? Tendremos que liquidarlo.
—No es necesario. Ya he hablado con mis proveedores y ellos recuperarán la mercancía.
Afortunadamente, mi situación imprevista ha hecho que muchos de ellos acepten soluciones poco habituales.
Después de todos estos años de colaboración, no han querido ponérmelo todavía más difícil.
Es lo único bueno de la enfermedad. Uno consigue puntos por lástima, por así decirlo.
Lydia prácticamente escupió las últimas palabras.
La compasión era lo último que quería. Y Mara podía entenderla.
Lydia siempre había sido una mujer fuerte.
Se había abierto camino sola en la vida, había levantado la tienda por su cuenta y se había hecho un nombre.
Tener que renunciar ahora a la obra de su vida debía de ser para ella incluso peor que el diagnóstico de su enfermedad.
—Entonces supongo que voy a por mi bolso. ¿Puedo hacer algo más…?
—No, Mara. Gracias. Ya has hecho demasiado por mí.
No sé qué habría hecho sin ti y sin tu inestimable ayuda.
Y lo siento de corazón. ¡Por favor, créeme!
Quizá… ¿Quién sabe cómo seguirá todo? Posiblemente me den otra oportunidad de montar algo de nuevo.
Entonces me encantaría y me sentiría honrada de tenerte a mi lado.
Mara abrazó a su jefa una vez más. No se había imaginado así la despedida. No pudo responder nada a las palabras de Lydia. Tenía la garganta como anudada. Y tampoco quedaba nada más que decir.
Rápidamente cogió su bolso y emprendió el camino a casa. Al menos le quedaba su vivienda, aunque por el momento no tenía claro cómo iba a pagar el alquiler, por mucho que fuera a recibir una indemnización de Lydia para los próximos meses. Quizás tendría que irse de su piso, su último puerto seguro.
Mara ni siquiera se había dado cuenta de que estaba corriendo. Huía de una vida que yacía ante ella en miles de pedacitos minúsculos. Huía de una versión enferma de su jefa, antes tan fuerte, que la conmovía profundamente. Y huía de su propio fracaso, de sí misma.
Al llegar a casa, Mara se dejó caer sin fuerzas en el sofá y se quedó mirando fijamente a la nada.
No podía moverse, no podía hacer nada, ni siquiera pensar.
El teléfono no paraba de sonar. Lissy. Seguro que su amiga quería convencerla de nuevo para salir a alguna fiesta esta noche para despejarse.
Pero Mara no estaba para eso. Hoy mucho menos que en los últimos días.
Y estaba segura de que nada en este mundo podría distraer sus pensamientos ahora mismo.
El día de hoy pasaría a su historia personal como el jueves negro.