15. Capítulo 15
—Y cuando vean un pórtico así, significa que este edificio data de la…, de la…
Apenas Sergio se hubo quedado trabado, la mano de su alumno empollón salió disparada hacia arriba.
—¡Profesor Marinelli! Creo que lo sé.
—Sí, Daniele, no me cabe la menor duda. Venga, dígalo —dijo, sacudiendo la cabeza, molesto consigo mismo.
¿Por qué estaba tan desconcentrado? Podría recitar de memoria el tema que tocaba hoy en el plan de estudios.
Les había contado lo mismo a tantos estudiantes en los últimos años que no debería haber perdido el hilo en absoluto.
Y, sin embargo, estaba totalmente descentrado desde que se había cruzado con Mara.
No podía pensar en otra cosa. Su imagen flotaba constantemente ante su ojo interno y lo distraía.
Daniele le estaba explicando ahora mismo su propio trabajo, pero él no escuchaba al arrogante estudiante.
Daniele pertenecía al tipo de alumnos a los que los profesores amaban, por un lado, porque absorbían los conocimientos como una esponja; pero, por otro lado, Sergio detestaba a esos alumnos sabelotodos que señalaban cada minúsculo error para acaparar ellos mismos el protagonismo.
Y hoy, especialmente, no tenía paciencia para algo así.
—Sí, Daniele, creo que con eso basta. Lo ha explicado usted de maravilla y estoy seguro de que sus compañeros lo han entendido todo a la perfección. Le agradezco su ayuda. Creo que…
En ese momento, sonó la campana que marcaba el final del seminario.
Gracias a Dios. Justo estaba pensando en cómo retomar el rumbo hacia su tema principal.
Daniele se había ido por las ramas de forma extrema y había tomado una dirección completamente distinta a la que él tenía planeada.
Sus alumnos también parecían aliviados de poder abandonar aquel seminario tan caótico.
El aula se vació a la velocidad del rayo y solo quedó una persona: su colega y amigo Stefano. Este aplaudió y se acercó a Sergio bajando las escaleras con una sonrisa burlona.
—¿Pero qué ha sido eso? No te reconozco. Si tú eres normalmente la perfección personificada.
—Venga, no me lo digas tú también a la cara. Hoy he tenido un día de perros y no creo que me hagan falta tus comentarios hirientes.
Stefano ya había llegado junto a Sergio y le puso una mano tranquilizadora en el hombro.
—Hala, no te lo tomes tan en serio. Eso le puede pasar a cualquiera.
A mí me pasa con bastante frecuencia, de hecho, y en cierto modo me tranquiliza ver que a ti también se te tuerce una clase alguna vez.
Si no, siempre me siento fatal por comparación.
Sergio sonrió con amargura. —Bueno, al menos te he alegrado el día a ti, ¿no?
Su colega asintió amablemente. —¿Sabes qué? Vamos a comer juntos. Tienes cara de necesitar urgentemente una charla de hombre a hombre.
—Es que…
—No, hoy no acepto excusas, Sergio. Se nota a la legua que tienes algo clavado y creo que hace un momento todo el mundo se ha dado cuenta de que no eres tú mismo.
Así que vamos a comer algo y me cuentas qué pasa.
Sé que no sueles abrirte así como así, pero créeme, ayuda hablar de los problemas. Y seré una tumba, te lo prometo.
Sergio vaciló un instante. ¿Qué iba a contarle a Stefano?
Ni él mismo sabía exactamente por qué estaba tan confundido.
¿Por esos pocos minutos en los que había hablado con Mara?
Era una locura. Su amigo lo miraba con tal franqueza y comprensión que no tuvo corazón para rechazarlo de nuevo.
Ya lo había hecho con demasiada frecuencia en las últimas semanas y quizá Stefano tuviera razón y fuera hora de poner en orden sus pensamientos durante un almuerzo. No perdía nada.
—Está bien, vámonos pues.
El Ristorante à la Giorgio estaba un poco apartado del bullicio turístico. Sergio y Stefano siempre acudían al mismo sitio. En su restaurante favorito disfrutaban de una excelente cocina toscana a precios que no eran para turistas. Y, sobre todo, tenían tranquilidad.
—¡Venga, suéltalo! ¿Qué ha pasado? Estás irreconocible. Ya me había extrañado estos últimos días, pero no quería presionarte. Sin embargo, al ver cómo ha ido tu seminario antes, he pensado que quizá te vendría bien alguien que te escuchara.
—Stefano, es que ni yo mismo sé qué me pasa.
Llevo unos días totalmente desconcentrado y no me lo explico.
Me saca de quicio. Sabes que doy mucha importancia a la seriedad, sobre todo en mis seminarios.
Quiero enseñar algo a los alumnos, no balbucear como un idiota.
—Sergio alzó las manos como si de ahí pudiera obtener la respuesta a lo que le sucedía.
—¿Ha pasado algo fuera de lo común?
—No, nada del otro mundo, eso es lo peor. Aparte de que me encontré con una antigua amiga del instituto de Hamburgo.
—Ajá. ¿Y es tan guapa?
Sergio miró a su colega sorprendido. —¿A qué viene eso?
—Hombre, si un encuentro casual con una excompañera de clase te ha dejado así de trastocado, tiene que ser por lo menos Miss Germany.
Sergio sacudió la cabeza. —Tanto como eso no, pero guapa es un rato, desde luego. Siempre lo ha sido y probablemente lo será hasta el fin de sus días.
—Bien. ¿Y qué te ha hecho esa criatura celestial?
—Absolutamente nada. Solo hablamos un poco y, cuando ella y su amiga siguieron su camino, yo me fui a casa.
—¿Cómo que te fuiste a casa?
—Pues que al día siguiente tenía que madrugar para dar clase y por eso…
—Sabes, Sergio, a veces creo que eres un caso perdido.
Resumiendo: te encuentras con una antigua compañera que es guapísima y te ha sorbido el seso de alguna manera, y en lugar de hacer algo con ella, la dejas irse sin más y te metes solo en la cama porque al día siguiente quieres estar descansado. ¿Lo he entendido bien?
—Sí, dicho así, suena bastante estúpido, la verdad.
Stefano soltó una carcajada. Sergio se maldijo por haber sacado el tema siquiera. ¿Qué se le había pasado por la cabeza? Ya sabía él solito que se había comportado como un completo idiota. No necesitaba además las burlas de Stefano, que le recordaban una vez más el caso perdido que era.
Stefano se secó las lágrimas de risa de los ojos.
—Perdona, amigo mío. No quiero burlarme de ti, pero es que a veces eres impagable. Te aprecio mucho, eres un tío fantástico. Pero me da pena que seas tan reservado con las mujeres. Porque estoy seguro de que ellas también pensarían que eres estupendo si les dieras una oportunidad.
—Ahora ya suenas como Ornella. Mira, ese es el siguiente problema.
—¿Desde cuándo Ornella es un problema? Yo a nuestra amiga solo la conozco como alguien que resuelve problemas.
—Sí, lo es, pero se empeñó en interrogarme, no paraba de hacerme preguntas y no me dejaba en paz.
Y yo no quería hablar de ello porque ni yo mismo sé explicarlo.
Discutimos y hace ya unos días que no me paso por allí.
Y eso me reconcome ahora también. Ornella es una persona importante en mi vida y me arrepiento de haber sido tan brusco con ella.
Mi reacción fue totalmente exagerada. Ella no tiene la culpa de que yo sea tan imbécil y haya dejado marchar a Mara sin pedirle el número de teléfono.
—Ah, ahora entiendo cuál es el problema: te gustaría volver a verla, pero no sabes cómo contactar con ella.
—Exacto. Solo sé que sigue viviendo en Hamburgo.
Pero aparte de eso, lamentablemente no sé nada más de ella.
Y buscarla en Hamburgo sería como buscar la famosa aguja en un pajar.
No tiene ningún sentido. Por eso tengo que quitármela de la cabeza cuanto antes para recuperar mi forma habitual.
Ni pensar quiero en que Daniele acabe dándome la clase por completo.
—Sergio intentó reconducir la conversación a terreno más seguro y desviar la atención de sus sentimientos.
Stefano sacudió la cabeza sonriendo. —Vaya, Daniele también asiste a algunos de mis cursos. A ese no va a poder frenarlo, me temo. Ya sabes, cada minúsculo error lo castiga sin piedad.
—Sí, lo sé demasiado bien, por desgracia.
—Olvídate de Daniele, él es el menor de tus problemas. Volvamos a Ornella. Sé que a veces puede tener un deje inquisitorial, pero estoy seguro de que nunca lo hace con mala intención. Seguro que solo quería ayudarte.
—Eso ya lo sé. Pero en ese momento perdí los estribos. No dejaba de preguntar aunque yo repetía una y otra vez que no quería hablar del tema. Entonces levanté la voz y me marché. Me sabe fatal, pero no sé cómo arreglarlo.
—Ay, Sergio, si ya conoces a Ornella. Quiero decir, en Florencia todo el mundo conoce a Ornella y sabes de sobra que no es rencorosa.
Es un trozo de pan. Seguro que aceptará tus disculpas sin armar un escándalo.
Compra unas flores y pásate por la joyería.
Dile que lo sientes y ya verás como enseguida está todo solucionado.
—¿De verdad crees que me perdonará así como así?
—Sí, eso creo.
—Bueno, pues ya sé qué tengo que hacer esta tarde. Con suerte, al menos uno de mis problemas se resolverá.