Cipreses, amor y tú: Latidos en Florencia (Latidos en la Toscana 1) 9. Capítulo 9 #2
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9. Capítulo 9 #2

—Oh, ya sabes, cada año hacemos un viaje de chicas a una ciudad europea distinta. Este año nos decidimos por Florencia y, de momento, no nos hemos arrepentido.

—¿Lleváis ya mucho tiempo aquí? —Sergio notó que la conversación con Lissy le resultaba mucho más fácil.

Probablemente porque la joven no le interesaba de verdad.

Él prefería mil veces saber qué hacía Mara, cómo estaba, cómo era su vida.

Pero no sabía cómo dirigirse a ella, así que prefería centrarse en su amiga. Era menos peligroso.

—Llevamos aquí casi una semana. Mañana sale nuestro vuelo de vuelta a Hamburgo.

Sergio asintió pensativo. ¿Mañana mismo se marchaba? No tendría una segunda oportunidad de volver a ver a Mara. Solo disponía de los próximos minutos. Pero quizá fuese mejor así. Tenía claro que Mara jugaba en otra liga. Por qué ella lo había reconocido siquiera era un misterio para él.

Para entonces, Sergio también había recibido su Aperol Spritz y brindaron.

—Por una ciudad maravillosa de la que seguro guardaré un gran recuerdo durante mucho tiempo —brindó Lissy mientras miraba a Sergio de reojo y le guiñaba un ojo al camarero. Tan exageradamente como si se le hubiera metido una mota de polvo.

Por fin Mara también se dirigió a él. —Qué casualidad tan increíble que nos encontremos aquí, Sergio. ¡Es alucinante! ¿Tú también estás aquí de vacaciones?

—No, ahora vivo en Florencia.

—¿De verdad? ¡Pero qué fuerte! Me lo tienes que contar todo.

—Lissy estaba entusiasmada. Él no sabía exactamente si era su forma de ser o si el alcohol ya se le había subido a la cabeza, pero desde luego no iba a contarlo todo.

No era el alma de la fiesta y mucho menos un poeta consumado.

Pero notó que el alcohol lo relajaba un poco.

Sus manos ya no temblaban de forma incontrolada, el sudor de su frente se había secado y su ojo derecho había dejado de palpitar.

Poco a poco se sintió capaz de acceder al deseo de Lissy y contar algo sobre sí mismo y su vida.

Seguramente no sería tan emocionante como la de Mara, pero tal vez podría demostrarle que se había convertido en un hombre hecho y derecho que podía estar orgulloso de una carrera exitosa.

—Doy clases de arquitectura aquí, en la Universidad de Florencia.

—¡Hala! ¿O sea que de verdad estudiaste arquitectura?

—Sí, era un deseo que tenía desde hacía mucho. Después de la secundaria hice el bachillerato en el instituto técnico de economía y luego estudié arquitectura.

—¿Y cómo has acabado aquí?

—Envié mi solicitud a la universidad. —Sergio se encogió de hombros y miró al grupo con una sonrisa un poco tímida.

No quería dar mucha importancia al hecho de que le permitieran enseñar en una universidad de prestigio.

No quería presumir, y probablemente las chicas ni siquiera eran conscientes de la reputación que tenía esa universidad en los círculos expertos.

Sergio se subió las gafas un poco. Era una costumbre que no podía controlar y que afloraba siempre que estaba nervioso.

O cuando reflexionaba. O cuando se quedaba sin saber qué decir.

Rápidamente volvió a entrelazar los dedos para reprimir un temblor repentino.

Odiaba ser el centro de atención. Solo en la universidad no le importaba nada, pero aquí no se trataba de él: prefería con mucho saber qué había sido de Mara.

—Y tú, Mara, ¿qué has hecho después del instituto?

—Oh, ya sabes, mis ambiciones nunca fueron tan grandes como las tuyas. —Sonrió un poco avergonzada y se veía tan encantadora que Sergio apartó la vista rápidamente.

—Hice una formación profesional.

—¿En qué sector?

—En el comercio minorista. Ahora trabajo en una boutique y asesoro a las clientas con sus problemas de moda.

—Es dependienta en una boutique para tías arrogantes y frustradas que están forradas de pasta —le interrumpió Lissy.

—¡Lissy!

—¿Qué? ¡Si es verdad! No lo digo con intención despectiva, pero es cierto. Tus clientas son en un noventa y nueve por ciento tías arrogantes a las que tienes que besarles los pies para que se compren una blusa de quinientos euros.

—Que luego se ponen para ir a que tú les pongas las uñas postizas —replicó Mara.

—¿Entonces trabajas en un centro de estética? —intentó Sergio calmar un poco los ánimos.

—Sí, exacto, soy diseñadora de uñas. Y lo soy en cuerpo y alma.

—Qué bien que hayas encontrado tu vocación. —Sergio quería preguntarle a Mara muchísimas cosas más, pero se mascaba una tensión extraña en la mesa. Notó que Lissy quería hablar con él, pero seguía sin tener el más mínimo interés en ella.

Y así pasó lo que tenía que pasar, y Lissy zanjó la conversación con aspereza.

—Creo que ya hemos acabado por aquí. ¿Quieres venirte con nosotras a algún bar? Estaría genial.

Sergio sacudió la cabeza. Sabía que no sería la decisión correcta.

Había sido agradable volver a verlas a las dos, pero notó cómo resurgían en su interior viejos sentimientos que no quería permitir.

Tenía que irse ahora, y mejor si era de inmediato.

Tenía que protegerse de esas turbulencias emocionales que lo habían acompañado durante años.

Había creído haberlas superado por fin. Por eso tenía que cortar por lo sano antes de que fuera demasiado tarde.

Si es que aún tenía alguna oportunidad de considerar ese encuentro como un episodio sin importancia, era ahora.

—No, es muy amable por vuestra parte, pero creo que deberíais disfrutar de vuestra última noche en Florencia como teníais planeado. Además, estoy muerto, he trabajado todo el día y necesito irme a casa urgentemente. Os deseo una noche inolvidable y me alegraría volver a veros en otra ocasión.

—Claro, ¿vienes mucho por Hamburgo?

—No, para ser sincero, nunca.

—¿Y cuándo se supone que nos volveremos a ver entonces?

—No lo sé, Lissy, pero como suele pasar, el azar hará que volvamos a cruzarnos.

Ya habían salido del restaurante y estaban en la plaza un poco indecisos. A Sergio toda la situación le resultaba incómoda. Tenía de nuevo su maletín en la mano y se aferraba a él. Le daba cierta seguridad.

—Ha sido estupendo volver a verte, Sergio. Qué pena que ya tengas que irte.

Mara seguía teniendo esa voz rotunda y cálida que le ponía a Sergio los pelos de punta.

Eso no había cambiado en todos estos años.

De repente, ella dio un paso hacia él, lo rodeó con sus brazos y lo apretó con fuerza contra sí.

Sergio se puso rígido como un palo. Le habría gustado devolverle el abrazo, pero no pudo.

Debía de sentirse en sus brazos como un bastón de senderismo, pero él se limitó a sonreír y a subirse las gafas, una vez más.

—Sí, ha estado muy bien. Hasta la próxima.

Con esas palabras, se dio la vuelta y dejó allí a las dos mujeres perplejas. Tenía que irse. Simplemente huir.

Era un cobarde miserable, y lo sabía.