9. Capítulo 9
Sergio iba de camino a casa. Hoy había pasado un largo día en la universidad y estaba agotado.
En la última hora le había empezado a doler un poco la cabeza y sabía que lo mejor sería meterse directamente en la cama.
Como siempre, dio un pequeñísimo rodeo por la Piazza della Repubblica para empaparse de la atmósfera de esa plaza antes de entrar en su apartamento.
Su casa estaba muy cerca de su plaza favorita, así que no le importaba dar ese pequeño rodeo.
Su maletín pesaba y le daba la sensación de que, en lugar de libros, llevaba dentro piedras enormes que ahora tenía que arrastrar hasta casa.
El día le había exigido mucho. Había pasado un total de ocho horas dando clase sobre los estilos arquitectónicos que predominaban en Florencia y cómo distinguirlos.
Había hablado de patios interiores, portales y tipos de columnas.
Y, por si fuera poco, en los descansos no había dejado de leer sus gruesos tomos.
El día había estado completito y tenía la cabeza al menos tan llena como su agenda.
Por fin llegó a su lugar preferido y miró a su alrededor.
Oyó el tiovivo y el familiar murmullo de gente alegre.
De inmediato, parte de la tensión se desvaneció.
Amaba tanto esa plaza... Esa era la verdadera Florencia y sentía cómo palpitaba por sus venas.
Los restaurantes que rodeaban la plaza estaban, una vez más, muy concurridos, y no podía culpar a la gente por entrar.
La comida era mediocre, si acaso. Definitivamente había mejores restaurantes en Florencia, pero algunos estaban tan escondidos que los turistas no daban con ellos.
Sin embargo, estos cuatro grandes locales de aquí, que se alineaban uno junto al otro en el frontal de la plaza y atraían irremediablemente a la gente con sus terrazas climatizadas, eran imposibles de ignorar.
Además, la mayoría de los días había un camarero frente a cada restaurante que se dirigía a los turistas que paseaban e intentaba convencerlos de que su establecimiento era mucho mejor que el de al lado.
Pero en el fondo todos eran iguales, la comida sabía igual en todas partes y el ambiente bajo los toldos —como a Sergio le gustaba llamarlos despectivamente— era idéntico al del restaurante vecino.
No importaba en absoluto a cuál se fuera.
A Sergio le daban ganas de sonreír a veces al ver cuánto tiempo se lo pensaban los turistas antes de decidirse por uno.
Leían todas las cartas, las comparaban y luego cuchicheaban entre ellos.
A veces se pasaban media hora dando vueltas frente a los restaurantes para asegurarse de tomar la decisión correcta.
Sergio dejó que su mirada recorriera a los clientes de las terrazas y ya se disponía a seguir caminando cuando, de repente, descubrió un rostro conocido.
Pero si esa era... No, no podía ser. Sergio sacudió la cabeza, extrañado de sus propios pensamientos.
Realmente necesitaba irse a casa cuanto antes.
Ahora ya estaba viendo fantasmas del pasado.
En pleno centro de Florencia. A plena luz del día.
Como ayer, cuando se quedó observando a aquella mujer que rompió a llorar, conmovida por la propuesta de matrimonio de su prometido.
Quiso seguir adelante, pero su mirada se vio atraída como por un imán hacia la mujer de los alborotados rizos castaños.
Si no supiera que era imposible, pensaría de verdad que...
¿En serio? ¿Otra vez? ¿Pero qué le pasaba para ver a Mara por todas partes?
Era una estupidez absoluta, igual que la vez anterior. ¿O quizás no?
Sergio dio unos pasos hacia la joven. Estaba hablando con una amiga de pelo rosa.
¿Quién se teñía el pelo de rosa? ¿Cómo se le ocurría a alguien semejante idea?
De nuevo, Sergio se asombró de sus propios pensamientos confusos.
¿Acaso importaba el color de pelo de la acompañante de Mara, si es que realmente era ella?
Cuanto más se acercaba Sergio, más seguro estaba.
Sí, realmente era Mara. Mara Hoffmann, de Hamburgo.
Sergio se detuvo en medio de la plaza. Simplemente no podía seguir caminando hacia ella.
Un lazo invisible lo retenía, un muro en su mente le prohibía dar más pasos en esa dirección.
Estaba como petrificado. ¿Qué se supone que debía decir?
¿Debería siquiera dirigirle la palabra? ¿Sabría ella quién era él?
No se habían visto desde la época escolar.
Habían ido juntos al instituto y luego sus caminos se separaron.
No tenía ni idea de qué había sido de Mara ni de por qué estaba allí.
El corazón de Sergio empezó a latir más deprisa.
Sus pensamientos daban vueltas en su cabeza como el nostálgico tiovivo a sus espaldas.
¿Qué debía hacer? Tenía que decidirse ya.
Podía acercarse a Mara y hablarle, o podía olvidarse de todo e irse pitando a su apartamento para esconderse allí de un encuentro con su pasado y, a ser posible, de su vida entera.
Solo el hecho de verla lo transportaba de golpe a sus años de instituto.
Una época que había odiado con cada fibra de su cuerpo.
Años que preferiría olvidar para siempre.
Y en realidad había pensado que ya había dejado todo aquello atrás, pero su respiración temblorosa, que ahora expulsaba de forma entrecortada, le demostró lo contrario.
En ese momento, la mujer giró la cabeza y él vio sus ojos.
Habría reconocido esos grandes ojos castaños en cualquier parte.
Realmente era Mara, y lo estaba mirando.
Vio un destello de reconocimiento en su mirada.
Sí, se acordaba de él. Pero entonces la expresión de Mara cambió, se volvió pensativa, y él se dio cuenta de que estaba intentando recordar de qué lo conocía.
Sergio soltó un suspiro. Era evidente que no había dejado en ella una impresión tan duradera como la que ella dejó en él. Tanto en su cabeza como en su corazón.
Mara le sonrió, y esa sonrisa lo animó a dar un paso más hacia ella.
Aunque tenía la sensación de que el corazón le iba a saltar del pecho en cualquier momento, porque ahora corría tanto que apenas podía alcanzarlo, se sentía atraído por esa mujer como por una fuerza invisible.
El lazo que hace un momento lo retenía parecía ahora tirar de él cada vez más hacia ella.
No podía evitarlo, no podía dar media vuelta y huir.
Tenía que acercarse. La decisión estaba tomada. Sin que él hubiera intervenido.
Para entonces, la amiga de Mara también se había girado hacia él, y ella también le resultaba familiar. ¿Sería la amiga de Mara de aquel entonces? El rostro le resultaba conocido, pero el nombre se le había borrado por completo y, por más que se esforzaba, no lograba recordarlo.
Sergio llegó a la barandilla de la terraza del restaurante y se plantó frente a Mara.
Tenía tantas ganas de saludarla, de decirle tantas cosas, pero no fue capaz de articular palabra.
Su mano apretó con más fuerza el asa de su maletín de libros, como si tuviera que sujetarlo y defenderlo ante el mundo entero para que nadie se lo arrebatara.
También había cerrado el otro puño para ocultar el temblor de sus dedos.
Sus labios, que querían dedicarle a Mara una sonrisa amable, se apretaron con firmeza para esconder su nerviosismo.
—¿Sergio? ¿Eres tú? —Mara lo miró con expresión interrogante. Por fin había descubierto dónde había visto esa cara antes.
—Sí. —Sergio suspiró internamente por su propio fracaso.
Tenía que decir algo ahora. Las palabras y frases se formaban en su cabeza, pero simplemente se negaban a salir por sus labios.
Por eso estaba allí, balbuceando ante aquella mujer atractiva e intentando desesperadamente tragar el nudo que tenía en la garganta.
—¿Te acuerdas de mí? Soy Mara. Fuimos juntos al instituto.
—Sí, claro, me acuerdo.
—¿Qué? ¿Tú eres Sergio? Pues no te habría reconocido.
Sergio dirigió la mirada de mala gana hacia la amiga de pelo rosa. Si tan solo recordara su nombre...
—De mí no te acuerdas, ¿verdad?
—Sí, claro que me acuerdo...
—Soy Lissy. Bueno, para ti probablemente Klarissa, pero ni se te ocurra llamarme así. ¿Te vas a quedar ahí plantado o vas a entrar de una vez a tomarte un Aperol con nosotras?
La mano de Sergio se aferró aún más al asa de su maletín. ¿Debía tomar algo con ellas? ¿Sería buena idea? Por otra parte, si las rechazaba ahora, pensarían que era un huraño arrogante. Alguien que se creía demasiado bueno para sentarse con ellas. No podía permitir eso bajo ningún concepto.
—Sí, claro. Yo..., ya entro. —Sergio subió rápidamente los tres peldaños hacia la terraza cubierta del restaurante y se dejó caer en la silla libre de la mesa.
Las sillas de ese local eran sumamente incómodas.
Eran de hierro fundido y estaban decoradas con filigranas extrañas.
Bonitas, pero incómodas. El metal era demasiado duro para apoyarse y Sergio se preguntaba cómo podía alguien sentirse a gusto allí.
Pero ese era el menor de sus problemas en ese momento.
Se enfrentaba más bien al enorme reto de entretener a esas dos mujeres o, al menos, de pronunciar una frase coherente.
El nudo de su garganta seguía sin desaparecer y tenía la sensación de que era imposible que no oyeran su respiración agitada.
Su voz tembló al preguntar: —¿Qué os trae exactamente por Florencia?
Mara se apartó un mechón de sus largos y rebeldes rizos detrás de la oreja.
Siempre lo había hecho así. Cuánto le habría gustado a Sergio tocar ese cabello.
Su aroma a jazmín y vainilla llegó hasta él.
Era el mismo olor de antes, y eso le dio la seguridad de que era ella de verdad.
Que no era un sueño ni ninguna visión, sino la realidad.