CINCO DUROS (Amor múltiple nº 3) 31
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Tengo la mejilla caliente y húmeda. Parpadeo hasta despertarme, pero hay tanta oscuridad que no veo ni mi propia mano.

—¿Qué pasa, Big Boy? —dice una voz grave—. ¿Has encontrado algo?

Oigo un gemido suave y un aliento caliente me da en la cara; huele a golosinas para perros. Alargo la mano en la negrura y noto un pelaje suave. Después, una nariz húmeda roza la mía.

—Big Boy —susurro—. ¿Eres tú?

La respuesta es un montón de jadeos rápidos y, luego, un ladridito.

Me giro boca arriba y fuerzo la vista hasta distinguir los contornos de cinco figuras conocidas que se alzan sobre mí.

—Está aquí —dice Cary.

—Melanie.

Conozco la voz de Cash. Es el primero en agacharse y me pone la mano en la pierna: grande, cálida y fuerte.

—¿Qué demonios haces aquí?

Me echo a llorar. No son lágrimas bonitas como las de las actrices de las películas, que de algún modo consiguen parecer más sexis cuando lloran, sino unos sollozos desgarradores que sé que me dejarán la cara llena de manchas.

—Eh, tranquila.

Antes de que pueda asimilar lo que está pasando, me levantan de la paja y me estrechan contra un pecho duro y musculoso. Es Cash. Su olor me resulta tan familiar que lloro aún más al darme cuenta de cuánto necesito estar cerca de él.

Más manos se posan sobre mí.

—Eh, Melanie. Tranquila. No tienes que llorar. Todo va a salir bien.

La mano de Cary me acaricia el pelo y es demasiado. Es demasiado amable, demasiado tranquilizador, y no me merezco nada de esto.

—¡Bájame! —grito mientras me retuerzo entre los brazos de Cash, pero él no me hace caso—. Es culpa mía, ¿vale? Todo es culpa mía.

—¿Qué quieres decir? —pregunta Sawyer.

—Quiero decir que... debería haberos hablado de Jethro Flint y de sus amenazas.

Yo... en aquel momento estaba tan furiosa por haber perdido mi granja que, aunque os habíais portado muy bien conmigo, os guardaba un rencor enorme.

Cuando él hablaba mal de vosotros, me ayudaba a sentirme menos mal por mis pensamientos mezquinos, como si no estuviera tan sola.

Pero no os merecíais nada de eso. Ni lo que yo pensaba de vosotros ni que Jethro os culpara de sus problemas.

No os lo merecíais, y ahora todo está arruinado.

—¿Les dijiste tú que hicieran lo que hicieron? —pregunta Colt—. ¿Los obligaste?

—No..., pero...

—¿Encendiste tú la cerilla? ¿Envenenaste a las vacas? —continúa.

—Claro que no, pero...

—¿Te quedaste de brazos cruzados mirando mientras lo hacían?

—No...

—Entonces, ¿cómo va a ser culpa tuya? —Colt ha perdido ese tonillo risueño de siempre; solo suena cansado y exasperado.

—Es que... si le hubiera pasado algo a Big Boy, no me lo habría perdonado nunca.

—Está bien —dice Cary—. Un poco impresionado por la aventura, pero bien.

—Pero Cooper’s Cottage, y la casa, y las vacas...

—...no son culpa tuya —dice Cash con firmeza.

Hundo la cabeza en su camisa gastada por el trabajo, tan avergonzada que no soy capaz de mirarlos ni a oscuras.

—Me disteis un hogar y un trabajo, y os lo pagué quedándome de brazos cruzados mientras alguien os amenazaba. Soy una persona horrible.

—No, cariño. Eres buena persona. Eres una persona que arriesga su propia vida para buscar a nuestro perro. Eres la persona que hizo todo lo posible por arreglar las cosas. Eres la persona que ha devuelto la luz a nuestras vidas, que nos ha unido y nos ha enseñado cómo puede ser una vida feliz.

—No os merezco —digo en voz baja—. No me merezco a ninguno de vosotros.

—Sí que nos mereces.

Es Scott quien suelta esas palabras con una voz llena de determinación.

—No tenías ni idea de que las amenazas de Jethro fueran algo más que las quejas de un hombre amargado. Yo, en tu lugar, tampoco me lo habría tomado en serio. Sabemos quién eres, cariño. Sabemos que no eres responsable de nada de esto... sabemos que no fue culpa tuya.

—No te imaginas lo preocupados que estábamos cuando no te encontrábamos.

Pensábamos que quizá alguien te había secuestrado como parte de esta venganza.

Buscamos por todas partes, pero entonces Big Boy echó a andar hacia tu granja y lo seguimos.

Tardamos un montón... madre mía, qué lento es...

pero al final nos trajo hasta aquí —dice Sawyer.

—Te vienes a casa con nosotros —añade Cash con firmeza—. Y quiero que me prometas una cosa.

—¿Qué? —pregunto, sorbiendo por la nariz.

—Que no nos dejarás nunca más. Nunca jamás.

¿Lo dice en serio? ¿Lo dicen todos en serio? No me culpan y quieren que vuelva a la casa Flint y que no me marche nunca.

Siento el corazón como un globo que se infla y se me escapa del pecho flotando, lleno de una felicidad aún más desbordante por la tristeza que lo ocupaba antes. Sonrío de oreja a oreja y, a nuestros pies, Big Boy gime en señal de aprobación.

—Vamos —dice Cash, y echa a andar conmigo todavía en brazos, acunada como una novia—. Vamos a llevarte a casa.

Casa.

Esa palabra se me asienta dentro como un chocolate caliente en un día frío de invierno. La casa que dejo atrás ya no existe, pero la que tengo delante es cálida y acogedora, un refugio de perdón y aceptación.

Creía que lo había perdido todo. Creía que esos cinco rancheros eran despiadados e insensibles. No pensaba que pudiera encontrar un futuro a la altura de mi pasado, pero lo he encontrado.

Cinco hombres me han demostrado que el futuro puede ser brillante.

Cinco hombres quieren llevarme de vuelta a su casa y no dejarme marchar jamás.

Y quizá, solo quizá, quiero permitírselo.