Cielos funestos (La senda de los dragones 8)
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Capítulo 1
Nahia observaba la gran mancha negra en la lejanía, su corazón se empequeñecía ante el significado de aquella aciaga imagen.
Apenas podía creer lo que estaba presenciando, parecía un engaño o un espejismo.
Sin embargo, su corazón y su llama interior, que ya había prendido, le indicaban que lo que sus ojos transmitían era veraz.
Se entristeció tanto que se le escapó un profundo resoplido intentando apaciguar la angustia que sentía.
Se asió mejor a la liana de sujeción de la atalaya de vigilancia a la que estaba subida.
Nada menos que en la punta de uno de los árboles más altos de los insondables bosques de los Usik.
Prefería no mirar hacia abajo porque le había parecido que estaban a más de cincuenta varas de altura.
Al menos la atalaya era amplia y parecía segura.
Tres guerreros Usik estaban algo más arriba.
Eran inconfundibles con sus pieles verdes, cabeza afeitada y la cara pintada de rojo con una línea blanca horizontal sobre los ojos.
Se habían encaramados a unas ramas altas y observaban los cielos con una especie de catalejo hecho con madera y cristales.
Uno de los vigías se giró y dijo algo en aquel idioma tan cantarín. Nahia no entendió lo que decía.
—Se acercan —tradujo Asti a su lado, su medallón Ilenio emitió un destello dorado.
Nahia miró a los ojos a la portadora Usik, líder guerrera de su pueblo.
—¿Crees que vienen a estos bosques? ¿A atacar? —Nahia se dio cuenta de que lo había dicho con una mezcla entre sorpresa y horror.
—Ojalá no fuera así, pero parece que vienen hacia aquí.
—Eso no es nada bueno… nada en absoluto… —Nahia no pudo disimular y en su rostro apareció la desesperanza que sentía.
—Mi corazón siente lo mismo —Asti suspiró profundamente y su semblante bello y frágil se entristeció.
—¿Cuántos dragones?
Asti se volvió hacia los vigías y preguntó.
—No lo saben seguro, están demasiado lejos todavía, pero calculan que cerca de un centenar.
Naha asintió, ella también había calculado ese número. No porque pudiera distinguirlos bien, sino por el tamaño de la nube que formaban.
—¿Qué vais a hacer?
Asti lo meditó un momento.
—Hemos sido capaces de matar dragones cuando los hemos encontrado en solitario, pero esto es muy diferente y aterrador. Si vienen tantos juntos… sería un suicidio. Nuestra única opción es escondernos en los bosques y esperar que nos protejan.
—Opino lo mismo —convino Nahia asintiendo.
—Voy a convocar al Gran Consejo Tribal de Sabios. Necesito su opinión antes de tomar ninguna decisión. Ellos son los líderes de cada tribu y es su prerrogativa y responsabilidad.
—¿Los mismos que nos juzgaron a Eki y a mí?
—Ese fue el consejo menor, con solo un sabio de cada tribu. Es el consejo que rige el día a día. En este caso, viendo la magnitud del problema, tengo que convocar a todo el consejo. Lo llamamos Consejo Mayor, lo forman varios sabios de cada tribu y toman decisiones de importancia.
—¿Tendrás tiempo? —Nahia miró hacia la nube de muerte en la distancia.
—Creo que sí. Calculo que no deberían llegar hasta mañana.
Los dragones no vuelan muy rápido y las tierras de Tremia y estos bosques son enormes.
Debemos apresurarnos, eso sí. Enviaré a nuestros pájaros gigantes a recoger a los miembros del consejo de inmediato.
Prepararemos una estrategia entre todos.
—No sé cómo puede ser que vengan tantos dragones juntos. No había sucedido antes, no me lo explico.
Nahia sabía que no era normal semejante número de dragones.
De hecho, no sabía ni cómo era posible conociendo cómo pensaban y actuaban los cinco reyes.
Todavía le parecía más impensable porque sabía lo que le habían dicho al Gran Oráculo.
Se habían negado a colaborar entre ellos y solo así se podía amasar tal número de dragones para un ataque.
Asti se encogió de hombros.
—No sé qué ha cambiado, pero algo ha pasado. Lo que buscan lo sé yo y lo saben los bosques que nos acogen y protegen: muerte y destrucción.
—Sí, eso debemos asumirlo como incuestionable.
Asti se volvió y, llevándose las manos a la boca, imitó el cantar de un ave.
Nahia intuyó que sería algún tipo de llamada.
Lo volvió a hacer una segunda vez y, tras un momento, una tercera.
Respondiendo a la llamada apareció una de las inmensas aves de los Usik guiada por un guerrero a su cuello.
El gran pájaro de pecho rojo y alas negras se posó en un extremo de la atalaya con gran agilidad.
Debía pesar una barbaridad, pero no lo parecía cuando volaba o se posaba.
Asti le dio instrucciones al jinete, que un momento después tiraba de las riendas haciendo que el gran pájaro se elevara por encima de los árboles y volara hacia el interior de los bosques.
La líder guerrera repitió la llamada varias veces más y fueron llegando nuevos pájaros con jinete que partieron tras recibir instrucciones.
—Los he enviado a recoger a los sabios de cada tribu Usik —explicó Asti.
Nahia asintió y observó al último de los grandes pájaros perderse en la distancia.
Volaban con agilidad. Los dragones parecían mucho más lentos y torpes en el aire.
Hasta Eki, que era rapidísimo y muy ágil, palidecía en comparación.
Los dragones eran depredadores mayores, pero aquellas grandes aves de los Usik les vencían en el arte de volar.
Por último, Asti llamó a otro gran pájaro que se posó con gracia sobre la atalaya.
—Vamos, regresemos. Hay mucho que hacer y es urgente —Asti señaló al ave.
—Te sigo.
Asti subió a la espalda del gran pájaro con una facilidad y equilibrio increíbles.
Nahia tuvo muchas más dificultades hasta que dos guerreros que iban en la espalda del ave la ayudaron a subir y a atarse, acto que agradeció.
La armadura de jinete era fantástica para la batalla, pero terrible para aquel lugar salvaje de árboles gigantescos y entorno selvático.
Nahia se sentía la más torpe y pesada de todo aquel mundo y que los guerreros Usik solo llevaran un taparrabos con un peto de cuero y madera y se movieran como monos por los árboles no ayudaba a que se sintiera mejor.
Una vez que estuvo asegurada, Asti dio la orden y el gran pájaro echó a volar.
Una cosa que Nahia había notado de aquellas grandes aves era que no se elevaban mucho en el aire, al contrario que los dragones, siempre volaban bajo y muy cerca de las copas de los árboles.
Nahia dedujo que sería por seguridad. Si algún dragón aparecía, descendían un poco más y desaparecían entre los árboles, como si se los hubieran tragado.
Lo que sí tenían era más maniobrabilidad que los dragones, incluso que los raudos.
Seguramente porque pese a ser aves gigantescas, eran más pequeñas que los dragones y mucho más ligeras.
Nahia observó los bosques mientras volaban.
Aquel mundo la fascinaba, así como los Usik que lo habitaban.
Esto hacía que le resultara más desolador todavía lo que estaba a punto de llegar y reforzaba su decisión de ayudar a aquel pueblo nativo tan salvaje como bello.
En el poco tiempo que había pasado con aquella etnia de piel verde había entendido que, si bien eran salvajes y agresivos, también tenían espíritu noble.
No atacaban por matar de forma violenta y cruel, que era la fama que tenían, lo que hacían era defender con fiereza sus dominios y no permitían que nadie entrara en ellos fuera por tierra o por aire.
El gran pájaro volaba rápido hacia el centro de los bosques, a una zona muy densa. Nahia se dio cuenta de que era un lugar diferente a donde Eki aguardaba.
—¿No vamos a la aldea? —preguntó a Asti. Sentía cierto malestar por dejar a Eki atrás y solo en aquel entorno.
—No, vamos al centro de los bosques, hay un lugar de reunión allí. Es lo más rápido para que los sabios de las tribus puedan llegar antes desde sus aldeas.
—Entiendo —Nahia asintió.
Era lógico. Lo más probable era que aquellas gentes tuvieran establecidos lugares para reuniones importantes. Sentía la brisa en el rostro y comenzaba a distinguir un olor característico.
Continuaron volando un rato. El gran pájaro iba muy rápido, Asti debía haber pedido que así fuera.
El jinete iba prácticamente tumbado sobre la cabeza del ave.
Ella y Asti también se habían echado hacia delante para cortar el viento, era algo casi natural a aquella velocidad.
Nahia estaba acostumbrada a montar a Eki y se percató de que Asti también lo estaba a montar en aquellos pájaros gigantes.
—Ya estamos —Asti le indicó con el dedo índice un área frente a ellos.
—¿Ahí? El bosque es muy cerrado —Nahia se preguntó cómo iban a descender en aquella zona. Con Eki sería imposible, había enormes árboles frondosos por todas partes.
Asti asintió.
—Es el punto central teniendo en cuenta dónde están situadas las tribus. También es un lugar de muy difícil acceso y oculto.
—Eso me estaba preguntando…
—No te preocupes, esta ave sabe cómo penetrar y llegar a la base.
Nahia no tuvo tiempo de pensar más en ello, el gran pájaro realizó un quiebro brusco y comenzó a descender en picado hacia las copas de los árboles.
Iba rapidísimo y pareció que iba a estrellarse contra el bosque.
Nahia pensó que quizá aquel pájaro había calculado mal la maniobra, iba demasiado rápido y en vertical y chocarían con las ramas.
Tuvo que bajar el visor de su casco para proteger los ojos cuando el pájaro entró en picado entre los árboles.
Vio que le golpeaban hojas y ramas pequeñas, pero no gruesas, lo cual la extrañó.