Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Epílogo
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Epílogo

JD

La Navidad en el rancho Northport nunca había sido así. Nada de fiestas frías de gente de alta sociedad con miradas de reproche y saludos de compromiso. Nada de corbatas tiesas ni charlas vacías. Esta vez era real. Era nuestra.

Los niños corrían por todas partes —la mitad de ellos de la familia extendida de los Royal Bastards— y se gritaban unos a otros mientras zigzagueaban entre fardos de heno envueltos en luces de colores.

El rancho brillaba como un maldito plató de cine.

Las luces se entrecruzaban por las vigas del porche.

Un pino de nueve metros resplandecía con mil adornos, hechos a mano y desparejados, junto a la chimenea del interior.

El olor a humo de leña, canela y cuero impregnaba el aire.

Edge se pavoneaba con un traje de Papá Noel de terciopelo rojo, la barriga rellena de almohadas, soltando jo-jo-jós como si fuera el dueño de diciembre.

Regan —Dios bendiga su caos— llevaba un conjunto de elfo verde con lentejuelas apenas legal, campana en mano y muérdago en alto sobre las cabezas de la gente.

Tarak forcejeaba con un crío que llevaba a hombros mientras le daba sorbos al bourbon a escondidas.

¿Y River? Ese chico estaba en un rincón, con los labios pegados a los de una chica morena y menuda como si fuera su salvavidas. Nunca le había visto esa mirada en los ojos, como si aún no pudiera creer que ella fuera real.

Me incliné y le susurré a Skye al oído:

—Están dejando en evidencia a los recién casados.

Se rio, con las mejillas sonrojadas por la luz del fuego y el embarazo. Su barriguita ya era visible, redonda y preciosa bajo el suave jersey rojo que le ceñía las curvas. Sin darse cuenta, se llevó la mano al vientre mientras sonreía viendo a Jackson jugar a pillar con Amber y los chicos de Tarak.

—Está tan feliz —dijo en voz baja.

Asentí, con un nudo en la garganta.

—Yo también.

Skye se giró para mirarme de frente. Le brillaban los ojos bajo las luces, enmarcados por esas ondas cobrizas que no podía dejar de acariciar.

—¿Nos escapamos? —susurró.

—Me has leído el pensamiento.

Nos escabullimos escaleras arriba, dejando atrás el caos, las risas y el tintineo de botellas de cerveza.

La habitación de invitados del piso de arriba la había decorado Regan, probablemente con la intención de que echáramos un polvo.

Mantas de terciopelo rojo, lucecitas blancas parpadeantes, velas con aroma a pino y un cartel de «Traviesos y Buenos» sobre la cama.

Ni siquiera cerré la puerta antes de acorralarla contra ella. Sus labios se abrieron para mí, y la besé como si aún estuviera intentando hacerla mía.

—Eres mi mujer —gruñí contra su cuello—. Mía, Skye.

Se estremeció cuando me arrodillé y le subí esa perfecta falda roja por los muslos.

—¿Crees que nos oirán con la música navideña? —jadeó.

Sonreí con la lengua recorriendo la cara interna de su muslo.

—Estarán demasiado ocupados discutiendo quién le echó alcohol a la sidra.

Hicimos el amor sobre las suaves mantas, con las luces del árbol parpadeando suavemente tras las ventanas escarchadas.

Nuestros cuerpos se movieron juntos como música, lentos, hambrientos, reclamándose el uno al otro.

Sus gemidos quedaron amortiguados por la almohada con aroma a pino, con los dedos enredados en mi pelo.

Fuera, la fiesta seguía a todo trapo. Dentro, le di todo lo que tenía, una y otra vez, hasta que los dos nos derrumbamos en un revoltijo de sudor, amor y promesas pronunciadas no con palabras, sino con cuerpos.

Feliz Navidad para mí.