Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
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Capítulo

Cincuenta y seis

SKYE

El rancho todavía bullía tras el brunch improvisado de boda: botellas de cerveza vacías, tacones abandonados y pétalos de flores esparcidos como confeti en una zona de guerra de alegría.

Me escabullí de la casa principal porque quería encontrar a Jackson antes de que JD y yo nos fuéramos de luna de miel.

Rodeé el lateral del establo y me detuve en seco.

River estaba allí, medio oculto entre las sombras, apoyado en la valla que daba a los pastos. Llevaba el chaleco abierto, el pelo revuelto por el sueño, o quizá por una noche que nunca terminó. Parecía tallado en silenciosa angustia, y aquello me dejó clavada en el sitio.

—No esperaba encontrarte mirando caballos —dije mientras me acercaba.

—Ahí dentro no podía pensar.

—Estaba buscando a Jackson —añadí mientras recorría el pasto con la mirada—. ¿Lo has visto?

—Se fue a montar con Cal. Quería dar una última vuelta antes de que os fuerais.

—Gracias. —Me coloqué a su lado y le di un golpecito con la bota—. ¿Dónde está tu acompañante de boda? Esa pelirroja del capítulo de Las Vegas te estaba devorando con la mirada…

River resopló sin pizca de humor.

—No traje a nadie. Pensé en invitar a alguien, pero… no fui capaz.

Ladeé la cabeza.

—¿Por qué no?

Apretó la mandíbula, con la mirada perdida.

—Porque la chica que quería traer está en Maine.

Arqueé las cejas.

—¿Maine?

—Sí. La hija de un MC rival —murmuró, y por fin me miró con los ojos oscuros velados por el recuerdo—. Éramos fuego. Le oculté quién era para que se enamorara de mí. Decir que se enfadó es quedarse corto. Nos soltamos. Dijimos que maduraríamos. Y lo hicimos. Solo que no juntos.

Dejé que el silencio se posara un momento.

—¿Sabe ella cómo te sientes ahora?

River negó despacio con la cabeza.

—No estoy seguro.

Me apoyé en la valla a su lado.

—Entonces díselo. Llámala. O mejor aún, ve a buscarla. Lucha por el amor, River. Merece la pena. JD y yo casi no lo conseguimos, y me arrepentiría cada maldito día si no hubiéramos encontrado el camino de vuelta.

Se volvió hacia mí con una sonrisa torcida; la luz del sol arrancaba destellos plateados de su barba incipiente.

—Siempre tuviste debilidad por los tontos enamorados.

—Culpable —dije con una sonrisa.

River asintió una vez, como si acabara de tomar una decisión.

—Puede que sea hora de coger la carretera hacia Maine. De recuperar a mi chica.

—Envíame una postal —bromeé.

Se rio con una risa grave y sincera.

—Solo si viene con una invitación de boda.

Le di un golpecito en el brazo.

—Trato hecho.

Me volví hacia la casa principal justo cuando Jackson llegaba al galope, con Cal pisándole los talones. La risa de mi hijo resonó entre las colinas y se me llenó el corazón. Mientras les hacía señas para que se acercaran, miré a River por encima del hombro.

Seguía allí, apoyado en la valla, pero esta vez con un atisbo de esperanza en la mirada.

Y tuve la sensación de que cierta chica en Maine estaba a punto de llevarse la sorpresa de su vida.