Capítulo
Veinticuatro
SKYE
Oí los pasos antes de verlo. Pesados. Peligrosos. Cada uno como el chasquido de un arma al amartillarse en el silencio del sótano.
La puerta crujió al abrirse y JD bajó, lento y borracho, con la rabia del whisky emanando de cada poro.
Me incorporé y mis cadenas tintinearon.
Este hombre no era el JD que yo recordaba. No el chico que me prestaba su chaqueta cuando temblaba de frío, que me besaba como si estuviera hecha de luz de luna. Este hombre… era duro. Yo lo había convertido en esto…
La camisa se le pegaba al cuerpo, desabrochada en el cuello, las mangas enrolladas, las venas marcándose en sus brazos como relámpagos. Sus ojos eran magma. Abrasadores. Apestaba a whisky caro y a guerra.
Se dejó caer en cuclillas frente a mí.
—Skye —exhaló, como si el nombre le doliera.
Extendí la mano hacia él.
—Shhh.
Le puse los dedos en los labios, luego me incliné y lo besé con suavidad, con desesperación.
—Solo… acuéstate conmigo. Un momento.
Se resistió un instante, luego cedió y dejó que lo atrajera hacia mí.
—Te amé durante mucho tiempo —susurré—. Nunca dejé de hacerlo.
Se tensó.
Tragué saliva.
—Me fui porque merecías Boston. Merecías perseguir tus sueños, y sabía que tus padres nunca te dejarían en paz si te quedabas conmigo.
Se puso rígido.
—Gilipolleces.
—Los oí cuchichear, JD. Oí los rumores del pueblo. Northport y tu chica del parque de caravanas. Nunca encajaría. Era una mancha en tu futuro.
Su boca se torció en una mueca.
—Estoy harto de tus mentiras.
Se me cortó el aliento cuando metió la mano en el bolsillo y sacó algo pequeño. Frío.
Un anillo.
El anillo. De oro, con el escudo de su familia. El que solía hacer girar en su meñique mientras juraba que algún día me lo pondría.
Se me abrieron los ojos como platos.
—¿Quieres hablar de manchas? ¿De mentiras? —Se le quebró la voz—. Háblame del hombre de la biblioteca.
Negué con la cabeza mientras las lágrimas me anegaban los ojos.
—No fue real. Nada de eso. Lo fingí. Para despistarte. Para que dejaras de buscarme.
Su pecho subía y bajaba como el de un hombre al borde del precipicio.
Clavó la mirada en el anillo.
—Malgasté mi corazón contigo —dijo con voz de hielo—. Quizá *sí* eras la inútil que mi madre siempre dijo que eras.
Las palabras me atravesaron como cuchillos.
Solté un jadeo mientras las lágrimas me rodaban por las mejillas.
—JD, no…
Se levantó. Acero frío en cada movimiento.
—Tengo que arreglar las cosas con mi chica —dijo con voz inexpresiva—. Evie merece saber la verdad.
—No —las palabras me salieron ahogadas—. Por favor. No vayas a verla.
Me ignoró.
—Suéltame, JD.
Se detuvo en la puerta.
Pero no se volvió.
Y se marchó otra vez. Esta vez el sabor del whisky se quedó en mis labios.