Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Prólogo
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Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4)

Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4)

Por JAX HART

© inepub.com

Prólogo

JD

Entré sigilosamente por la puerta lateral de la finca, con las botas en la mano, intentando no despertar a toda la maldita casa.

El sol apenas empezaba a romper el horizonte, franjas naranjas y suaves pintaban el cielo.

Acababa de volver del barracón, donde Skye se había quedado dormida en mis brazos, acurrucada a salvo y calentita después de nuestra noche bajo las estrellas.

Estaba más segura en el barracón de invitados que con su madre, por cuya casa desfilaban hombres extraños.

No me arrepentía de nada.

Pero en cuanto puse un pie en el pasillo, la voz de mi padre atravesó el silencio como un latigazo.

—¿Crees que no nos damos cuenta cuando entras a escondidas al amanecer?

Me quedé rígido, con las botas colgando de la mano. Mi madre apareció junto a mi padre, con los brazos cruzados y los labios fruncidos, lo que me indicaba que no era la primera vez que me esperaban.

—¿Dónde estabas? —ladró mi padre.

—Estaba con Skye —dije sin rodeos, dejando de fingir.

El rostro de mi madre se retorció de asco.

—¿Esa chica? ¿Otra vez? ¿No aprendiste la lección después del incidente del mes pasado? —rugió él—. Esa cazafortunas buena para nada solo va a arrastrarte hacia abajo, y a nosotros contigo.

—Tiene nombre —espeté—. Y la amo. Le di mi anillo de los Northport como provisional hasta que me des el de la abuela.

Mi padre dio un paso adelante.

—Esa chica es una muerta de hambre, JD. Eres un Northport. Vienes de linaje, de estatus. Ese tipo de chica no pertenece a nuestro mundo ni debería llevar el escudo de nuestra familia en el dedo.

Apreté la mandíbula.

—¿Te refieres a alguien que trabaja duro y le importan un bledo tus malditas fiestas?

—¡Está por debajo de ti! —siseó mi madre—. Es una fase. Un error.

—No, los que estáis cometiendo un error sois vosotros —repliqué, alzando la voz—, por pensar que alguna vez querría vuestra vida fría y vacía. Me paseáis por ahí como si fuera el heredero de vuestro legado, pero me importa un carajo. Quiero una vida que sea real. Y Skye es real.

La cara de mi padre se puso roja.

—Tienes dieciocho años. No sabes lo que es el amor. Lo que conoces es la lujuria. Y si no entras en razón, te quitaré la camioneta. La Ducati. La Amex. Todo.

Cerré los puños.

—Adelante —escupí—. Quítamelo todo. Aun así la elegiré a ella.

Mi madre jadeó como si la hubiera abofeteado.

—¿Tirarías por la borda todo lo que te hemos dado por una chica con un vestidito de segunda mano?

La miré a los ojos, firme y ardiente.

—Lo dejaría todo cien veces con tal de pasar una noche más con ella.

Mi padre me dio la espalda, despidiéndome con un gesto de la mano.

—Estás castigado. Se acabaron las llaves. Se acabaron las tarjetas. Si quieres comportarte como un desgraciado, puedes vivir como tal.

No me inmuté.

—Perfecto —dije—. Encontraré mi propio camino.

Y mientras subía las escaleras de dos en dos, me di cuenta de que lo decía en serio. Cada palabra.

Que se quedaran con su imperio.

Yo tenía amor. Real y verdadero.

Y eso valía más que todo su oro.