Chinara. El tren pasa tres veces EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Camino

Cuando entré en este nuevo espacio no había nada. Solo Serrat, que me lamía la cara con mucha alegría e inquietud. Me estaba esperando. Siempre había imaginado este lugar como una fiesta ibicenca, con todos vestidos de blanco y sonriendo a los que pasamos por el gran portón dorado.

Me gustaba fantasear con la idea de que Michael Jackson y Freddy Mercury por fin terminarían aquí el dueto, que ahora Rose se reencontraría con Jack y con el capitán del Titanic y que Lennon respiraría tranquilo porque, de momento, no tiene aún quien le cierre las ventanas como en el vídeo de Imagine .

Como decía, al entrar no había nada. Solo andaba en silencio, despacio, sin ningún miedo, pero con los nervios que te suscita lo desconocido.

Sentí tranquilidad, no tenía prisas ni dolor…

Advertí que tenía el pelo blanco porque vi un rizo por encima de mi hombro.

Dicen que, cuando llegas aquí, lo haces en la forma en la que has sido más feliz y pleno en la vida terrenal. Lo eliges tú.

Caigo en la cuenta de que, si me hubieran preguntado hace un tiempo, habría dicho que mi mejor versión fue aquella en Nigeria, en los noventa.

Hoy sé que no. Tengo clarísimo que la mejor Camino es la de mi instante como mortal.

Por nada del mundo me habría perdido mis años finales porque siento que llegué a ser plenamente feliz.

Esto es muy difícil de decir, y más en público, porque enseguida hay quien te hace ver que la felicidad completa no existe, y yo sí creo que la tuve.

Unos meses antes de venir aquí, comprendí sin titubeos que me encontraba viviendo uno de los momentos más felices de toda la vida para mí.

Ya estaba en el quinto y último bloque. En el tocadiscos sonaba Heal the World , de Michael Jackson, la televisión estaba apagada porque yo disfrutaba en mi mecedora releyendo con dificultad y por enésima vez Mujercitas .

El cartero me había dejado una carta con remite de Argentina.

La dejé para la hora de la cena; esa noche quería tener compañía, y así fue.

Cené deleitándome con una sucesión de versos inventados y una caligrafía torpe, como de señor mayor.

Aún sentía el derecho de pensar que era letra de «viejo», porque en mi mente no sentía que yo lo fuera.

Uno nunca piensa que lo es, solo lo admite cuando el cruel espejo lo escupe sin remordimientos.

Después de cenar salí a la terraza a fumar un cigarro.

Sí, fumar es malo, pero a esas alturas no tenía tiempo de plantearme esas cuestiones.

Cerré los ojos y quise hacer un repaso de todo, de mis momentos, de mi existencia, por si al día siguiente me quedaba sin memoria.

Quería atesorar las cosas más importantes de mi vida, grabarlas, y pasaron por mi mente imágenes de mis padres y hermana, de mis misiones en los diferentes países, del olivo de Nigeria, muchas de Lorenzo, de mis pacientes, de Serrat (que ya no estaba), de las chicas…

la estampa de mi preciosa casa… la carita de Ángela, mi sobrina nieta, de la cual tenía una foto en el salón con un birrete por su graduación en secundaria…

y alguna de Fran, que tanto me ha querido siempre, igual que yo a él.

No necesitaba más, había alcanzado el máximo. Me daba mucha pena verme obligada a admitir que los recuerdos algún día se borrarían de mi decrépito cerebro, por eso escribí esta novela.

Al parar de andar por el blanco absoluto, sentí que una mano me tocaba el hombro.

Me di la vuelta lentamente, tan despacio que me dio tiempo a pedir un deseo con los ojos cerrados, de un modo tan infantil que hasta me sacó una media sonrisa.

Cuando los abrí… se había cumplido. Un chico de melena castaña y mirada despierta me observaba concentrado en pleno proceso de reconocimiento.

Tenía el aspecto de unos treinta y cinco años.

Yo lo reconocí a él, y él entendió que era yo.

No me había visto nunca con esta apariencia en esa edad, pues en los noventa, como ya he dicho antes, mi cabello era oscuro y las arrugas no habían aparecido.

Su mejor versión había sido la elegida esta vez para reencontrarse conmigo, y acertó de pleno.

Llegó a mí más tarde de lo que me habría gustado, pero esta vez sin un límite de tiempo, sin relojes, sin distracciones mundanas ni nada alrededor que pudiera alterar su sencillez.

Y, esta vez sí, para siempre.